Si alguna dictadura ha de haber, será una dictadura mediática y no política.
Umberto Eco, “Los ojos del Duce”
Según Curzio Malaparte, la técnica del golpe de Estado moder- no inaugurada por los bolcheviques en la Revolución de Octubre consistió en apoderarse de las comunicaciones. En Venezuela no hace falta este asalto: los golpistas son los dueños de los medios de comunicación. La actuación de éstos es un prolongado golpe frío que culmina con la interferencia en la señal de la televisora y la radio del Estado y la transmisión independiente.
Al monopolizar la imagen, dejando incomunicado al gobierno legítimo, las televisoras privadas transmiten declaraciones del viceal- mirante Carlos Molina Tamayo, del general Guaicaipuro Lameda y del alcalde Alfredo Peña, quienes han abandonado oportunamente la marcha antes de que resonara el primer disparo para reunirse en Venevisión, cambiar sus atuendos deportivos por sobrios trajes formales y maquillarse. Molina Tamayo llama a deponer un gobierno que: “ahora sigue masacrando venezolanos, no podemos permitir eso, a todas las autoridades, a todas las fuerzas armadas, por favor, actúen, actúen. Este gobierno es ya ilegítimo, a todos los ministros del gabinete del presidente Chávez los hago responsables, van nueve muertos hasta ahora (...)”. El locutor Unai Amenábar asume el coman- do de la situación nacional y pide cuentas a las Fuerzas Armadas: “La
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masacrando a la gente (...) al mismo tiempo llamar a la atención sobre los que tienen gran responsabilidad, las autoridades (...) y también al comandante de la Guardia Nacional y comandantes de las distintas fuerzas que colaboren, por favor, para restablecer el orden y para que no haya más muertos, gracias”.
De nuevo un desordenado montaje de imágenes violentas. “Lo que sí puedo decir es que los muertos eran del bando opositor, las balas venían del lado oficialista”, miente en off un locutor anónimo cuya afirmación desmienten testimonios posteriores y las imágenes que en ese momento registran la arremetida de la Policía Metropolitana disparando armas largas. Mientras se filman las hileras de tanquetas que salen de fuerte Tiuna hacia Miraflores, la voz de Aymara Moreno miente asimismo que “extraoficialmente se maneja la información que los disparon que salieron en la manifestación de Miraflores fueron hechos por efectivos militares, no por efectivos de seguridad que se encontraban apostados en la zona”. Así se formula la coartada preven- tiva para los efectivos de la Policía Metropolitana, quienes a la postre serán efectivamente enjuiciados y condenados como autores de gran parte de las heridas y muertes. “¿Dónde están los militares? (...) Los militares son unos cobardes”, clama una entrevistada, sumando su voz al clamor golpista. Los medios empiezan a divulgar ávidamente las defecciones, como la del general Luis Alberto Camacho Kairuz, hasta ese momento viceministro de Seguridad Ciudadana, quien se pasa al bando golpista porque “a mí no me van a venir guabineando de esa manera”.
Desde ese momento, los medios privados reciclan obsesivamente las imágenes de los ciudadanos que se defienden en Llaguno acom- pañadas del mensaje que los culpa. Antes de que se divulge el tan ensayado pronunciamiento del vicealmirante Ramírez Pérez filmado esa mañana antes del primer disparo, los medios dan los nombres de los firmantes. Guaicapuro Lameda ratifica la representatividad de los oficiales por canal 10, diciendo que se trata de “la voz de un almirante junto con otro grupo de oficiales de alta graduación, han sociedad civil ha hecho su trabajo como ha debido hacerlo, de manera
pacífica, de manera organizada, de manera cívica; ¿qué pasa con la sociedad militar, con la Fuerza Armada?”. El general Guaicaipuro Lameda, también con elegante traje formal, arenga: “Mantengamos hasta ahora la conducta que hemos mantenido mientras la Fuerza Armada se decida a protegernos. Vamos nosotros a protegernos un poco mientras vemos si es posible que en este país haya unos mili- tares que ejerzan el mando para proteger a una sociedad que está en la calle manifestando pacíficamente (...). Generales, coroneles, oficiales, profesionales de carrera, suboficiales de carrera tropas, tropas alistadas, ustedes están en los cuarteles y sé que están viendo la televisión, aprovechen este mensaje, piensen y tomen la decisión correcta: ponerse del lado de la sociedad”. Mientras militares reti- rados y locutores corean la arenga golpista, las imágenes que trans- miten Venevisión y Globovisión intentan documentar la supuesta violencia del gobierno: en realidad reproducen la arremetida de la Policía Metropolitana del alcalde oposicionista Peña parapetada en sus unidades blindadas.
Alfredo Peña se suma a la invocación mediática, echándole la culpa de lo que ocurre a los “círculos bolivarianos” y concluye que “definitivamente no vivimos en un Estado democrático” y que “a partir de ahora, no hay estado de derecho”, pues “el Presidente se ha salido de la Carta Interamericana de la OEA”. Más claro no se puede traer a colación la visita de días antes al embajador Shapiro. Una vez más, Globovisión y Venevisión y los demás canales privados encadenados sólo pueden acompañar la arenga con imágenes de enjambres de policías metropolitanos que disparan y arremeten en motocicletas y blindados.
No pierde ocasión de sumarse al llamado cierta jerarquía ecle- siástica. El cardenal Ignacio Velasco, principal representante de la Iglesia, manifiesta que: “Yo lo que quiero es aprovechar el canal para llevar una palabra de aliento (...) y quiero también denunciar en nombre de la Iglesia lo que ha ocurrido hoy y que estén en las calles
vulgan vagos comentarios de que se espera que en algún momento salgan de él aeroplanos que transportarían a fugitivos políticos. Las cámaras se complacen en recorrer un muro donde los golpistas han escrito un catálogo de nombres de representantes del gobierno electo acompañados de amenazas de muerte.
Dos días después Aristóbulo Istúriz narra por Canal 8 las inci- dencias del tenso Consejo de Ministros en el palacio asediado. José Vicente Rangel, para el momento ministro de la Defensa, se pro- nuncia por resistir aún en el estado de virtual indefensión de la sede del Ejecutivo, lo cual hubiera conducido a una inmolación como la de Allende. Cerca de las tres de la madrugada, el Presidente electo se retira a reflexionar, y cinco minutos antes del plazo fijado en el ultimátum decide entregarse, pero como prisionero y sin renunciar. Las cámaras de los comunicadores presentes filman la tensa espera de los ministros sentados en el suelo del patio, y la ceremonia en la que entonan el himno nacional cuando Chávez se entrega a sus secuestradores.
A las 3:45 de la madrugada, las radios y televisoras no clausura- das por la fuerza engañan al país divulgando el mensaje del general Lucas Rincón donde éste miente que el mandatario electo renunció. El locutor Napoleón Bravo aparece en las pantallas de Venevisión alardeando que tiene en sus manos la renuncia del Presidente electo, la cual, por supuesto, nunca muestra en cámara. Cerca de las cinco de la mañana, los medios anuncian a los venezolanos que Pedro Carmona Estanga, presidente del gremio de patronos, será ahora también Presidente de la República.
El nuevo poder erige así su trono sobre cuatro patrañas:
La de que los ciudadanos que dispararon en legítima defensa 1)
desde Puente Llaguno lo habrían hecho contra una manifes- tación, y no, como certifican los testigos presenciales y otra filmación, contra una avenida vacía por donde sólo avanzaban unidades semiblindadas.
apreciado una situación en el país que requiere esa exhortación, que requiere que desde soldados hasta oficiales se pongan del lado de Venezuela”.
Con dicho aval, se difunde por fin el comunicado de Ramírez Pé- rez, quien se subleva para lograr “la salida pacífica del Presidente de la República y la sustitución del Alto Mando Militar (...) por habernos querido someter a los dictámenes del castrocomunismo”. Sigue el comunicado del comandante del Ejército, Efraín Vasquez Velasco.
La fuerza bruta clausura el canal del Estado. Según desinforma El
Nacional: “10:00 p.m. La señal de Venezolana de Televisión quedó in- terrumpida y dejaron de transmitir desde esa hora” (11/4/2004, C-4). Pero las señales no “quedan” interrumpidas por sí solas ni “dejan” de transmitir sin causas discernibles: piquetes armados de la insurrecta Policía de Miranda toman el canal y la radio del Estado cumpliendo órdenes del gobernador opositor Enrique Mendoza, quien declara en pantalla: “Esa basura, que se llama asimismo el Canal 8, va fuera del aire”. Vladimir Villegas declara luego en dicha emisora que llamó al presidente del Colegio de Periodistas para solicitar que condenara el allanamiento, y que éste se negó a tomar ninguna acción, alegando que se ocupaba del entierro del fotógrafo Jorge Tortoza, afirmación que los familiares de éste después desmintieron. Posteriormente, efectivos de la Guardia Nacional implicados en el cuartelazo allanan las oficinas de Venpres, la agencia oficial de noticias, y otro contin- gente armado irrumpe en las instalaciones de Catia TV.
A mediados de la tarde canales privados, aparentemente bien informados, televisan la salida de dos columnas de tanques desde Fuerte Tiuna y detallan su avance por los viaductos del sur de la ciudad hacia el palacio de Miraflores. Ambos contingentes sitian la sede del poder y amenazan con bombardearla si el Presidente no re- nuncia. A medida que avanza la noche, los canales privados intentan dar la impresión de que el Presidente en efecto ha dejado el poder, concentrándose en filmar el aeropuerto de La Carlota, mientras di-
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