La necesidad y a la par la costumbre de mentir, reflejan las condiciones del medio social en que vivimos. Podría uno afirmar, sin miedo a equivocarse, que los periódicos no dicen la verdad más que en casos excepcionales.
León Trotsky, La industria del rumor
Los medios plantean abiertamente esta nueva concepción de su rol ante representantes de organismos internacionales, y así, Marianela Palacios obtiene de José Miguel Vivanco, representante de Human
Rights Watch la siguiente declaración:
Los medios de comunicación en Venezuela no tienen obli- gación jurídica de ser imparciales. Ni el derecho interno ni el derecho internacional los obliga a ser equitativos en sus informaciones, análisis y opiniones. Si los medios desean
asumir el papel de la oposición en Venezuela lo pueden hacer perfectamente, amparados en el derecho internacional (“Hu- man Rights Watch considera que la democracia venezolana está en peligro”, El Nacional, D-4, 22 de julio de 2002).
Ignora Vivanco que “el derecho interno”, en este caso el artículo 58 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, re- conoce que “toda persona tiene derecho a la información oportuna, veraz e imparcial”. Ignora también que el artículo 30 de la Ley de Ejercicio del Periodismo incluye entre las “violaciones de la ética profesional del periodista que pueden ser conocidas y sancionadas por los tribunales disciplinarios correspondientes, las siguientes: (...) e) apartarse deliberadamente de la objetividad en las informaciones sobre personas y sucesos”. El representante de una organización que dice defender los derechos humanos bien puede pretender que desconoce el ordenamiento que los consagra. Para los restantes mortales, rige el principio de que la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento.
El flagrante desconocimiento de los derechos de los venezolanos que dice defender lleva también a Vivanco a sostener que estos actores políticos que manejan información sin considerarse obligados a ser imparciales ni equitativos, tampoco estarían obligados a ser veraces. Sin embargo, aparte de la norma constitucional citada, la Ley de Ejer- cicio del Periodismo comprende en su artículo 30 entre las violaciones de la Ética periodística: “a) incurrir voluntariamente en errores de hecho en sus informaciones; b) adulterar intencionadamente las opiniones y declaraciones de terceros; c)negarse a rectificar debida- mente los errores de hecho en que haya podido incurrir al reportar sobre personas, sucesos y declaraciones; d) adulterar o tergiversar intencionadamente las informaciones con el objeto de causar daño o perjuicio moral a terceros”. Y el Código de Ética del ejercicio de la profesión de periodista en Venezuela pauta en su artículo 6 que “el periodismo se debe fundamentalmente al pueblo, el cual tiene dere- cho de recibir información veraz, oportuna e integral a través de los medios de comunicación social”. Por el contrario, opina Vivanco:
El concepto de información veraz consagrado en la Consti- tución crea algunas dificultades, pero a éste se superpone el derecho a la información oportuna. En ciertas circunstan- cias, la celeridad y la inmediatez que caracteriza el trabajo de los medios audiovisuales, amparados bajo el derecho a la información oportuna, riñe con el derecho a la información veraz (loc. cit).
En otras palabras: podrían los medios perfectamente suministrar a la sociedad una información parcializada, falta de equidad y falaz, sin que para ello obsten disposiciones de rango constitucional. Los medios estarían, no sólo por encima de la verdad, sino de la ética, de la ley y de la carta fundamental.
La doctrina es acogida por los medios, divulgada con grandes titulares y numerosas declaraciones en los canales privados, sin que los comunicadores formulen el más mínimo reparo, y pregonada sin más por muchos de éstos. Entre quienes la profesan empleando la televisión, Orlando Urdaneta confiesa desembozadamente que:
Hemos pecado en excesos al opinar. Por ello empleo la primera persona del plural. Sin embargo, debería hacer una salvedad al referirme a “La hora de Orlando”. Siempre dije que no era un programa periodístico. No hubiera sido un comportamiento ético presentarme como periodista en un programa donde yo conduje la información, en serio y en broma, hacia el ataque sostenido al régimen. Jamás pretendí que la gente sintiera que “La hora de Orlando” fuese un pro- grama imparcial, que respetaba los valores ético-periodísticos (Alfredo Meza, “Lidiamos con un gobierno que hizo del odio su paradigma”, El Nacional, 28/12/2003, A-5).
Entre los que sostienen tal doctrina como normativa para los medios impresos se cuenta Roberto Giusti, quien fuera encargado de prensa del ex presidente Carlos Andrés Pérez, y sintetiza la filo- sofía que lo orienta como reportero del diario El Universal: “Como elementos de intermediación social, no nos corresponde únicamente
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reflejar la verdad tal cual, misión periodística que resulta relati- vamente sencilla en tiempos apacibles y en países con regímenes democráticos convencionales. (...) Me pregunto si a la hora de exi- girnos objetividad lo que quieren en el fondo es silencio cómplice, babosa obsecuencia, la entrega incondicional o la renuncia” (Laura Weffer, “Roberto Giusti: es necesario ir más allá de la objetividad”,
El Nacional, 26/6/2003, A-5).
No se trata de mera retórica. El estudioso de la comunicación Andrés Cañizales denuncia que “una práctica que se ha hecho co- mún, en medio de esta crisis, por parte de periodistas venezolanos ha sido el refrendar, sin asomo de crítica, la mayoría de declaraciones y opiniones de los voceros de oposición, en tanto que exhiben otra cara, de constante agresividad e incredulidad, cuando el que habla defiende las posturas oficialistas” (“Contrapunto entre corresponsa- les extranjeros y medios venezolanos”, Comunicación 121, primer trimestre 2003, p. 96). Miguel Ángel Rodríguez define el estilo de su programa “La Entrevista” en RCTV afirmando que “esa manera de increpar al invitado y de no darle tiempo para que mentalmente razo- ne o desarrolle una respuesta a un discurso, nos ha dado estupendos resultados” (Lavinia González, “Chávez sigue siendo un bastión muy fuerte de esperanza”, Las verdades de Miguel, 21/4/2005, p. 10). Esta confesión de parte que releva de pruebas podría ser suscrita por la mayoría de los entrevistadores de los canales privados. Inquieto por el predominio de tal estilo, el opositor Manuel Isidro Molina apunta que “los medios deben volver a ser espacios plurales y éticos, sin manipulaciones, censura ni tergiversaciones politiqueras. Y deben salir del dispositivo neoliberal que los viene animando. Además, sus propietarios y gerentes tienen la responsabilidad de volver a ser venezolanos, y no agentes neocoloniales al servicio de los intereses transnacionales de la globalización capitalista” (“La rectificación mediática tiene que ser valiente, sincera y honesta”, La Razón, 3/11/2002, A-5).
Este debate teórico se plantea sobre una práctica de parcializa- ción total. Y así, el Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello apunta que a raíz del cierre patronal iniciado en diciembre de 2002
En los medios privados y del Estado prevalecieron los entre- vistados que favorecieran una u otra tendencia política, según fuera el caso. El análisis de una semana elegida al azar duran- te este período, en la que se monitoreó la tendencia política de los invitados a programas matutinas en las televisoras RCTV, Venevisión, Televen, Globovisión y Venezolana de Televisión, reveló que en este lapso el 82,14% de los entrevistados en los medios privados, se identificaba con sectores de la oposición, mientras que el 100% de los entrevistados en el canal del Estado simpatizaba con el gobierno nacional (Los medios
en el centro del paro, UCAB, 2003, p. 9).
Se aprecia mejor el peso de dicha parcialización si se considera que los medios privados atribuyen al canal del Estado apenas un 2% de la audiencia; que éste no podía divulgar llamados inconstitucio- nales al derrocamiento violento de un gobierno legítimo, y que si se convocaba entrevistados simpatizantes del gobierno electo a los canales opositores era con frecuencia para tratarlos como acusados en paneles de opositores que unánimemente los vejaban, tergiversaban sus expresiones y les quitaban el uso de la palabra.
Con extremo rigor, Marcelino Bisbal realiza un estudio morfo- lógico y de contenido sobre las notas referidas a la sociedad civil publicadas en los diarios Últimas Noticias y El Nacional durante los sucesos de abril de 2002. Para éste último, señala Bisbal “el valor del índice de imparcialidad es de –15%, esto nos hace pensar que El
Nacional fue PARCIALIZADO en el tratamiento de las distintas UR (Unidades Redaccionales) sobre el tema”. Detecta Bisbal un Índice de Compromiso de 21%: “el hecho es que el medio toma partido político sobre algunas informaciones publicadas”. El Índice de Orientación es de –21%, lo cual “indica que hay un grupo de informaciones sobre
el tema que tienen orientación con tendencia desfavorable aunque esa no sea la tendencia dominante”. En contraste, Últimas Noticias tiene un índice de imparcialidad positivo de +36% y “eso nos hace pensar que Últimas Noticias fue MUY IMPARCIAL en el tratamiento de las distintas UR sobre el tema”( “Sociedad civil, comunicación y política en el contexto venezolano” Comunicación, primer trimestre 2003, p. 71). Esta impresionante diferencia de 51 puntos entre un medio y otro destaca que la imparcialidad no sólo es sistemáticamente vulnerada, sino que también es posible ser muy imparcial, incluso en las situaciones más comprometidas y conflictivas.
Patrick Butler, vicepresidente del Centro Internacional de Perio- distas, en el Seminario Ética y Libertad de Expresión en Venezuela, organizado por la Universidad Santa Rosa y la Universidad Católica Andrés Bello sostiene que el periodista que justifica la falta de im- parcialidad y objetividad diciendo que, dadas las circunstancias que atraviesa el país, ser objetivo es sinónimo de ser cómplice, “no está haciendo un periodismo independiente sino partidario, que no trata de informar al público sino de convencer al público para cambiar un gobierno. Debemos permitir que sea el público –bien informado de las acciones gubernamentales, de todo lo bueno y de todo lo malo- el que tome sus propias decisiones” (Marianela Palacios, “Universidades abogan por un periodismo ético”, El Nacional 26/6/2003, A-5).
En el mismo sentido el británico Phillip Gunson, presidente de la Asociación de Periodistas Extranjeros, declara a título personal en el Día del Periodista que:
El periodismo venezolano está tan polarizado como cual- quier otro aspecto de la vida nacional. Muchos periodistas, editores y dueños de medios parecen pensar que esto es no sólo inevitable, sino hasta deseable, que la llamada impar- cialidad es una meta inalcanzable y hasta absurda en medio de esta coyuntura, que a la imparcialidad hay que tirarla por la borda porque así lo exigen las circunstancias. Lo que más preocupa de esta idea es que muchos lo asumen como
la posición correcta y, en realidad, es todo lo contrario. Es justamente en circunstancias extremas cuando más hace falta la imparcialidad y la ética (Marianela Palacios, “Periodismo en tiempos de crisis”, El Nacional, 27/6/2003, A-8).
Lo cierto es que muchos medios venezolanos no se hacen de rogar para situarse por encima de toda veracidad e imparcialidad. Según apunta el analista del Consejo para Asuntos Hemisféricos, Larry Byrns:
Los medios venezolanos no reportan sucesos, ayudan a crearlos. Su punto de vista se encuentra no sólo en la página editorial, sino en todas y cada una de las columnas de sus periódicos, en escandalosa contradicción con todo sentido y responsabilidad profesional (Temas, Caracas, 16/1/2003, p. 13).
Y Eleazar Díaz Rangel apunta que “Sigo insistiendo en la necesidad de promover una reflexión entre profesionales sobre el tipo de perio- dismo que se está ejerciendo en Venezuela. Pero sé que no es nada fácil cuando existe una presión permanente de propietarios de medios que, de alguna manera, inciden sobre esa forma de hacer periodismo y donde la verdad no es lo más importante” (Igor Torrico, “El periodismo en tiempos de revolución, Quinto Día, 24/6/2004, p. 16).
Si los medios no se adaptan a la Constitución, la Constitución ha de adaptarse a los medios. En febrero de 2003 la oposición recoge firmas para una reforma constitucional. Los dirigentes de los medios hacen incluir en el formato la derogatoria del artículo 58 de la Cons- titución Bolivariana, sin mencionar su contenido. Acaso sin saberlo, los firmantes proponen derogar el derecho constitucional “a la infor- mación oportuna, veraz e imparcial sin censura, de acuerdo con los principios de esta Constitución, así como a la réplica o rectificación cuando se vea afectada directamente por informaciones inexactas o agraviantes”. También se propone derogar el artículo 60 ejusdem, de acuerdo con el cual “toda persona tiene derecho a la protección de
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su honor, vida privada, intimidad, propia imagen, confidencialidad y reputación”. Los medios quedarían así despojados de todo deber frente a la sociedad; los ciudadanos, de todo derecho ante ellos.
Esta nueva forma de entender el juego de poder es criticada acremente por columnistas de opinión, muchos de ellos por cierto opositores. Así el guionista de telenovelas y comentarista Alberto Barrera Tyska, en su artículo “La videocracia”, apunta que:
La videocracia describe perfectamente este juego donde los argumentos han sido sustituidos por versiones fílmicas (...) La política y las instituciones son prescindibles de cara a cualquier material artesanal que pueda alimentar el show mediático. (...) Somos una sociedad donde nadie es capaz de saber qué está pasando. Estamos todo el día distribuyendo y consumiendo miles de versiones, democratizando la confu- sión. El país no vive. Sólo se distrae. (Alberto Barrera Tyszka, 22/9/2002 El Nacional).
La imparcialidad es hermana gemela de la veracidad. Medios que rechazan la una por lo general sacrifican la otra. En casi todas las páginas de este trabajo hay pruebas de ese aserto. Añadamos unas pocas: en su edición del 25 de septiembre de 2003, Tal Cual publica en primera página el titular desplegado “A punta de pistola”, ilustrado con una fotografía en la cual Hugo Chávez en un púlpito de conferencista esgrime una pistola gran potencia. Question de octubre de 2003 la reproduce, acompañándola del original, donde el Presidente tiene en la mano una flor. “Ética: arriba, la manipula- ción, abajo, la foto original. Otro periodismo es necesario”, comenta
Question en pie de foto que no tiene desperdicio. A fines de ese año el comandante Fidel Castro Ruz llega a Venezuela por pocas horas, se entrevista en privado con el Presidente, y parte. Tal Cual publica un texto evidentemente apócrifo que pretende ser una grabación de la entrevista. En Venezuela, un sector de los medios no distingue entre informar y falsificar o inventar imágenes, noticias o declaraciones. La comunicación pasa así a subproducto del delirio.
¿Tienen estos medios privados credenciales para convertirse en rectores de la vida nacional? Según personalidades del ambiente e intelectuales opositores, distan mucho de ello. Renny Ottolina, reconocido por admiradores y adversarios como el “Número Uno” de la televisión venezolana, opinó sobre tal materia:
A mi entender, el pensar que las clases económico-sociales menos avanzadas sean, por su escasa o ninguna educación, básicamente estúpidas y vulgares, es un gravísimo error. El ser humano tiene una tendencia natural hacia lo mejor. La televisión venezolana no estimula esta tendencia; sí, por el contrario, hace todo lo posible para desvirtuarla. El hecho de que una persona no haya recibido la educación a la cual tiene derecho, el hecho de que una persona no tenga la capacidad adquisitiva que ojalá tuviera, no hace de ella una persona vulgar, chabacana e indigna. Sólo la hace, desgraciadamente, pobre e ignorante. Pero la calidad humana sigue estando allí, al alcance de quien quiere estimularla. Con contadísimas excepciones, patrocinantes, agencias y estaciones ignoran este hecho. La televisión venezolana está cometiendo el grave pecado de subestimar al pública venezolano con el agravante de que haciendo gala de una inconciencia inconcebible, lo está haciendo a conciencia (“Juicio a la televisión venezola- na”, Resumen, 22/6/1980).
Renny Ottolina fue unánimemente vetado por la televisión comercial venezolana para evitar que su ejemplo como productor independiente amenazara el férreo monopolio del negocio. Para divulgar opiniones como la citada debió recurrir a la radio o a sema- narios disidentes, antes de su muerte en un accidente aéreo nunca aclarado. Pasan los años y, según apunta el crítico también opositor Alexis Márquez Rodríguez:
En los últimos 10 ó 15 años el mal se ha acentuado. La violencia, el terror y el sexo, además de la mentira y el en- gaño, proliferan cada día más, tanto en la programación de los canales como en la publicidad que transmiten. Tiros y
puñetazos. Torturas, crueldad de todo tipo, insania mental y física, astrología especialmente concebida para mentecatos dominan la programación. Sin hablar de la chabacanería, la vulgaridad y el mal gusto que prolifera igualmente, sobre todo en programas supuestamente humorísticos que, con las debidas excepciones, no provocan risa, sino lástima, cuando no indignación (“¿Dónde está la trampa?”, Alexis Márquez Rodríguez, El Nacional, A-8, 9/2/2003).
Y la hoy acérrima opositora Marta Colomina sostenía muy poco antes, el 30 de agosto de 1998, opiniones sumamente críticas sobre los medios que lanzaban campañas para derrumbar la economía: los mismos que ahora las emprenden para derrocar el gobierno electo:
En esta ruleta perversa hay tres tipos de jugadores:1. Los que andan irreflexivamente a la búsqueda de tubazo que les permita encabezar la primera página o abrir el noticiero; 2. Los que especulan con los rumores para derrumbar los papeles de la deuda externa venezolana a fin de comprarlos a precio de gallina flaca y venderlos luego con grandes ga- nancias (dado que Venezuela tiene y tendrá recursos para pagar a sus acreedores); y 3. Quienes se han atiborrado de dólares (hasta el punto de que no se consiguen bolívares y la tasa overnight llegó el miércoles al 168%) hacen criminales maromas a fin de que la operación se convierta en extraordi- nario negocio, para lo cual necesitan provocar a toda costa la maxidevaluación. Justo es decir que en este juego antiético las agencias internacionales de noticias están teniendo un papel protagónico. (...) Otra mala práctica periodística es sacar las declaraciones fuera de su contexto (o tergiversarlas). (Marta Colomina: “Fabricantes de catástrofes”, cit. en Las verdades
de Miguel, 2/4/2004, p. 2).
Por su parte, el Episcopado de la Iglesia Católica señala en abril de 1989 que “Estamos en presencia de una verdadera escalada de irresponsabilidad de ciertos medios; tenemos la impresión de que nuestros anteriores llamados y las actitudes de los perceptores han
encontrado hasta ahora como única respuesta una acentuación de los males denunciados: violencia, erotismo, materialismo consumista, irrespeto a la mujer al convertirla en simple carnada publicitaria, abuso comercial de los niños, introducción de la perversidad y el satanismo bajo diversas formas” (citado por Eleazar Díaz Rangel, “La Iglesia y la televisión”, Últimas Noticias, 25/5/2003, p. 11).
Y en el mismo sentido apunta la profesora Gipsy Nail Silva Urbina:
Observamos entonces como más del 50 por ciento de la programación que vemos a diario está teñida de expresiones vulgares, violencia, gestos impropios, agresión, donde adqui- rimos modismos extranjeros que deforman nuestro idioma. Por otra parte, la mayoría de las cuñas comerciales donde se ha venido acostumbrando al televidente a gritar y a adquirir algunos productos cuya razón primordial es el sexo. Podemos afirmar que la televisión venezolana ha permitido la burla de los espectadores en programas donde se desacredita la condición nacional, donde se ve con marcada influencia una transculturización que atenta contra nuestra idiosincracia