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Los medios designan dirigencias políticas y confeccionan sus mensajes

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Naturalmente, todo político de importancia ha necesitado influir a la prensa y, por tanto, ha debido tener relaciones con ella. Pero que los líderes de partidos surjan de las filas de la prensa ha sido un hecho absolutamente excepcional y no debería esperarse que se repita.

Max Weber, La demagogia técnica

Si alguna vez los políticos usaron los medios, ahora los medios crean sus propios políticos. Alfredo Peña es un periodista de denuncia a quien Chávez designa Secretario de la Presidencia y luego postula para Alcalde Mayor de Caracas: obtenido el cargo con votos boliva- rianos, el comunicador se pasa a la oposición. Julio Borges adquiere notoriedad en un talk show televisivo de dudoso gusto, “Justicia para Todos”, en el cual actúa como juez en litigios de personas sin recursos, a quienes a veces se humilla y se incita a reñir ante las cámaras. Ello le da títulos para presentarse posteriormente en la escena como líder de un partido opositor cuyo nombre casi replica el del show: Primero Justicia. Las televisoras, mediante cuidadosas dosificaciones del tiempo en pantalla, deciden quién dirige y quién no dirige la oposición. Recurrimos de nuevo a los testimonios de columnistas abiertamente opositores:

Consideremos la dupla Ortega & Fernández tan sólo como los sujetos -¿telegénicos?- que tanto entusiasmó a la facción de gerentes de la televisión comercial que, al parecer, ha logrado usurpar la dirección política de toda la oposición sin consultarla. (...) Ortega fue toda su vida un importante sindi- calista adeco en tiempos de hegemonía adeca, algo que no te entrena para ser el líder constructor de un gran movimiento de oposición obrera. Esto último hay que ganárselo y no es cosa que pueda decretarse en la gerencia general de un canal de noticias (Ibsen Martínez, El Nacional, 1/2/2003, A-9).

En el mismo sentido apunta el también oposicionista Fausto Masó:

La huelga generó que la oposición quedara descabezada. Al fracasar el paro, la CTV y Fedecámaras ya no sirven. La oposición tuvo durante tres meses una presencia abruma- dora en la televisión, pero no sacó a Chávez y los líderes se derrumbaron. Es una demostración de que los líderes no se crean (Fausto Masó, El Nacional, A-2, 8/3/2003).

Y concluye el también opositor Pablo Antillano:

Actores y cómicos se transfiguran también y, bebiendo brebajes pancreáticos, se convierten en diplomáticos de la incordia y analistas del entorno. Los dueños de los canales de televisión reemplazan a secretarios generales de los partidos políticos, a los actores brasileros y locales, a los líderes de opinión, a los modelos de moda, se maquillan y se auto-exaltan como héroes epopéyicos (“Cables cambiados”,

Domingo, p. 4, 16/3/2003).

Pues, en definitiva, la militancia política ha sido sustituida por la mediática, según también denuncia Pablo Antillano:

Los militantes y jefes políticos abandonan los comités y las reuniones parroquiales, renuncian a las escalinatas de los barrios, a los afiches, a los viajes semanales a sus regiones, y denigran del partido y de la organización para dedicarse a la molienda de programas matutinos, a poner tarimas para los eventos de agendas anónimas y a los trancazos de la autopista (“Cables cambiados”, loc. cit.).

Poco antes el catedrático Earle Herrera había declarado:

Ramos Allup dice que tienen una agenda pero llegan los due- ños de los medios y se la cambian. La agenda política frente a Hugo Chávez la imponen Marcel Granier, Gustavo Cisneros, Omar Camero, Alberto Federico Ravell de Globovisión. (...)

Los dirige un día Cecilia Sosa, otro día Marcel Granier, otro día es un militar, otro es la tripulación del Pilín León, pero los que realmente dirigen son los dueños de los medios, pero como no manejan realmente la situación, no la analizan po- líticamente, a veces lo que pudieran convertir en una victoria terminan sirviéndola en bandeja de plata al gobierno (Mauren Morillo, “El periodista no puede estar sometido a los cambios de luna de su patrón”, La Razón, 15/11/2002, A-11).

O, según también señala Ignacio Ramonet, director de Le Monde

Diplomatique:

Es normal que los medios hagan contrapeso al poder político, no que se constituyan en la oposición, que es otra cosa (...) Pero si esa función es legítima, lo que deja de serlo es asumir el rol político de la oposición. Y ese desliz aquí se practica sin ningún problema (...) La soberbia mediática es tan peligrosa como la soberbia política. Los medios, no sólo aquí sino en muchos países, tienen una arrogancia que los lleva a creer que pueden dominar al poder político. Y aquí el poder polí- tico tiene legitimidad democrática porque ha sido elegido, el mediático no (“La soberbia mediática es tan peligrosa como la política”, El Nacional, D-1,7/4/2002).

Y así, resume el político oposicionista Henry Ramos Allup:

Es posible reemplazar buenos políticos por malos políticos y viceversa, pero no sustituir a los políticos y a la política por empresarios metidos a políticos o por empresas y empresarios conduciendo los destinos del país para ponerlos al servicio de sus intereses particulares. Eso no es lo que pasa en los países civilizados. En esos países cada sector tiene su lugar (Allup, Últimas Noticias, 9/2/2003, 9-10).

Y el Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello confirma que

...los medios en su mayoría no sólo han tenido un rol me- diador en la acción política, sino que han pasado a ocupar un rol protagónico en ésta. Diversos líderes de oposición, con posterioridad al paro, han admitido públicamente que durante los dos meses que se prologó esta acción opositora, las estrategias, en no pocos casos, emanaban de los propios medios (Luisa Torrealba, Yensi Rivero y Andrés Cañizales, Los

medios en el centro del paro, UCAB, Caracas, 2003, p. 6).

Tal suplantación es no sólo evidente, sino además persistente. Y así, a mediados de 2004 el sociólogo oposicionista Tulio Hernández afirma, en el prólogo al libro Periodistas en la mira de Petruvska V. Simme, que los profesionales del periodismo, del sector público y del privado, “están pagando las consecuencias del hecho patológico, o por lo menos atípico, de que los medios se hayan convertido en actores de primera línea del conflicto político y no en narradores del conflicto como se supone que sea” (Periodistas en la mira, Alfadil, Caracas, p. 5).

Algunos comunicadores tratan de que sus entrevistados conva- liden esta suplantación de los partidos políticos por los medios. Así, Alfredo Meza plantea a María Teresa Ronderos, editora general de la revista colombiana Semana, preguntas con visos de afirmaciónes:

—Si las instituciones están tan debilitadas o desmanteladas como en Venezuela, ¿no es válido que los medios u otras organizaciones asuman el papel que le corresponde a las instituciones y los partidos políticos?

—No, porque abandonarían su función primordial. Los me- dios tienden a moralizar y opinar demasiado y se olvidan de informar, que es el corazón del periodismo. ¿Qué debe hacer un diario, la radio o la televisión durante un proceso electoral? Ofrecerle herramientas a los electores para que puedan tomar sus decisiones.

Colección Análisis Dictadura mediática en Venezuela

—Cuando los medios se comportan como si fueran partidos políticos, ¿pueden recuperar su credibilidad una vez superada la crisis?

—La credibilidad de los medios se pierde y se recupera tan lentamente que nadie se da cuenta. Los medios no pierden la credibilidad porque cometan un error un día. Tienen que sostenerse así mucho tiempo. La credibilidad se construye con información e independencia (“Los medios de comu- nicación no crean candidatos ni referendos”, El Nacional, 14/12/03, A-8).

Contra tal protagonismo se pronuncian lúcidamente personas cercanas a los medios, tales como la libretista de telenovelas Mónica Montañés, quien expresa que “extraño mucho un periodismo menos protagónico, en el que el periodista sirva más como enlace entre el lector y el creador, o el político, o el economista. No me gusta esta etapa del ejercicio de la profesión en la que el periodista opina sin necesariamente estar capacitado para hacerlo (...). Definitivamente, lo que se está viendo en los medios dista años luz de lo que a uno le enseñaron acerca de ser periodista” (Juan Antonio González, “Extraño mucho un periodismo menos protagónico”, El Nacional, 2/6/2003, p. A-14).

Designar un líder como quien escoge un actor es también dic- tarle un libreto. Las dos operaciones son una. Sólo quien adhiere a la agenda oculta golpista y privatizadora logra acceso permanente a los medios; quien se opone a ella es excluido. Hemos visto cómo los propios columnistas opositores denuncian esta usurpación mediática, entre ellos, con la mayor explicitud, Fausto Masó:

¿Pueden los medios dirigir la oposición contra Chávez? No. Con demasiada frecuencia las cuñas de la Coordinadora traslucen la mentalidad, los argumentos, los sentimientos, la visión del mundo, de los creativos de las agencias de pu- blicidad (Fausto Masó, El Nacional, A-2, 8/3/2003).

Tras ocho victorias electorales del proyecto bolivariano a pesar de la prédica de los medios, el sicólogo social oposicionista Axel Capriles resume que el chavismo acierta cuando se refiere a la oposición “en la falta de empatía con los sectores populares. Allí está el gran fracaso de la oposición: sus dirigentes creyeron que bastaba con salir en los medios, cuando aquí la política se basa en el contacto personal con el otro” (El Nacional, 04/10/2004, p. A-8).

Puntos de vista coincidentes sostiene el oposicionista Domingo Alberto Rangel (h) al ser entrevistado a comienzos de 2004 por Er- nesto Villegas para VTV: “Pero para eso hay que hacer un examen de conciencia, que tiene que llevar primero a que la oposición no puede seguir siendo nariceada por las anclas de las grandes compañías mediáticas, la oposición tiene que reconocer esto y ayudarse porque es ayudarse ella misma, por ejemplo, la señora Colomina, el señor Bravo, Bocaranda, tienen que salir de la pantalla, porque llevaron a esto a un fracaso (...). Los medios deben jugar su papel y los políticos debemos regresar al nuestro”. Quizá como consecuencia de tales declaraciones, que sólo se atreve a divulgar el canal del Estado, el político casi desaparece de los medios privados.

Los medios instigan al golpe de Estado,

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