La creación del yo es un proceso de reconocimiento de los límites en el contacto que el organismo realiza con el entorno. Desde la simbiosis ori- ginaria con su madre, el organismo comienza un viaje de identificaciones
y diferenciaciones con respecto al medio, que le permite reconocerse en sus especificidades.
El ser humano va diferenciándose de sus introyectos y reconociendo sus proyecciones en el mundo, para descubrirse como ser original y úni- co. Este proceso de autorreconocimiento se produce en la asunción de nuestros límites. Conocernos es descubrir nuestro alcance y diferenciarlo de aquello que está más allá, lo que conforma al otro. Lo que no es yo. Eso es el otro.
Nos toma toda la vida descubrir nuestros límites, ya que ellos van cambiando a través de los años, de las situaciones vitales y de cada en- cuentro personal.
El límite en la identidad es el darse cuenta de “quién soy” y de “quién no soy”. La imagen personal que vamos construyendo en cada identifi- cación y en cada alienación. La autopercepción de mis necesidades y deseos me permite acercarme al proceso personal que ocurre bajo mi piel y diferenciarme de los otros y de sus necesidades. Mi estilo personal va surgiendo, a través de los años, y expresa la específica configuración de características que poseo. La especial integración de nuestras energías, que vamos realizando a través de las experiencias en nuestra historia, nos organiza en una forma peculiar que nos hace ser nosotros mismos. Ni siquiera los hermanos gemelos sacan las mismas conclusiones de los mismos hechos y pueden organizar identidades diferentes, salvo que es- tén en confluencia.
Es el trabajo de reconocer las normas de la sociedad que habitan en mí y poder soltarlas. Cuando puedo diferenciarme de mis mandatos, puedo elegir libremente sin confundirme con las expectativas ajenas. No soy esas expectativas y puedo decirles que “no” o que “sí”, según elija o necesite.
El gran viaje consiste en llegar a ser nosotros mismos.
El límite en el contacto con el otro plantea otra situación intere- sante: cada uno de nosotros necesita tener un espacio propio. Para ello, aprendemos a reconocerlo y a defenderlo. En la relación con los otros podemos aislarnos, pegotearnos o encontrar un sano contacto que per- mita que existan zonas compartidas y zonas propias. En los espacios que compartimos habitan nuestros proyectos comunes, los encuentros y las
sociedades. En los espacios propios nos retiramos para estar “a solas con nosotros” y poder ingresar en nuestra intimidad. En ellos, meditamos, oramos, descansamos o hacemos planes. Nos restablecemos de la inten- sidad del contacto y descubrimos nuestras necesidades más profundas.
Lamentablemente, esta posibilidad de soledad sana no es lo sufi- cientemente estimulada por nuestra sociedad. Entonces, surge en forma disfuncional como aislamiento emocional en personas que están todo el tiempo en un grupo social sin espacios propios. Se da la paradoja de que estamos todo el tiempo juntos y desconectados a la vez.
Encontrar la distancia óptima en la relación implica un movimiento continuo de acercamientos y alejamientos. Un ir y venir entre el yo y el tú. El contacto y la retirada pulsan como cualquier otro ritmo vital. Tenemos, entonces, un tiempo para estar a solas y otro para compartir con el otro.
La posibilidad de frustrar y la de ser frustrados están presentes, ya que nuestros tiempos no siempre coinciden. En ese sentido, es vigente la frase de Fritz Perls:
Cuando nos encontramos es hermoso, si no, nada puede remediarlo. El dar y el recibir tienen un papel muy importante en las relaciones de contacto que tenemos con nuestras personas próximas:
• Si el dar es desmedido, nuestro organismo se agota. Si el recibir es insuficiente, sufrimos.
• Si damos lo que nadie necesita, invadimos. Si recibimos lo que no necesitamos, nos cargamos con lo excesivo.
El dar y el pedir son funciones que nos permiten sostener el equili- brio organísmico con nuestro entorno. Cuando aprendemos a decir que no a los pedidos que exceden nuestra capacidad o nuestra decisión, nos aliviamos y con toda libertad podemos decir SÍ o NO a cualquier so- licitud que provenga de nuestro mundo. No hay culpa, solo respuesta simple, sin explicaciones que oscurezcan al límite. Entonces, también po- demos aceptar el SÍ o el NO de los demás, sin resentirnos.
Cuando damos por la satisfacción del otro, sin preguntarnos si que- remos y podemos, estamos en confluencia con sus deseos y dejamos de
ser respetuosos con nosotros mismos. Nos resentimos y en algún mo- mento se lo expresaremos como un reproche. Ese dar no es el fruto del amor ni de la libertad. Solo de la confusión que surge al disolverse los límites entre uno y otro.
¡Y yo… que me sacrifiqué tanto! Y ahora vos… ¡Sos un desagradecido! Cuando damos libremente, con esfuerzo o sin él, eligiendo lo que hacemos por amor al otro, lo disfrutamos profundamente. Ese dar no necesita agradecimiento. Está implícito en el acto mismo del dar. Es el goce del dar.
Cuando pedimos lo imposible, nos transformamos en seres muy exi- gentes y nada que nos den nos ayudará a encontrar la satisfacción.
¿Y por qué no sos el hombre que yo necesito?...
Cuando pedimos, en relación con lo que existe en el ambiente, nues- tras posibilidades de satisfacción aumentan y recibimos con gratitud.
¿Qué tenés para tomar? ¡Me gustaría algo calentito!
El límite en mis potencias aparece cuando reconozco “hasta dónde” puedo extenderme en mi esfuerzo, en mis habilidades o en mis deseos. El desarrollo de mi capacidad de autoapoyo implica el despliegue de mis capacidades y recursos. Ellos tienen sus límites. No son infinitos.
Puedo desarrollar mi fuerza, entrenándome durante años. Sin em- bargo, no podré levantar más kilogramos o saltar más alto que determi- nado límite. Llego hasta cierto punto y luego necesito reconocer que ese es mi límite humano.
Mi paciencia no es infinita y mi inteligencia me permite resolver gran cantidad de problemas, sin embargo necesito ayuda en lo que no entiendo.
Una sobrestimación de mis posibilidades traerá dolor y dificultades, incluso la muerte. Cuando el límite no es reconocido desde nuestro inte- rior, se nos manifiesta desde afuera. La vida nos muestra los límites que no vemos o no queremos ver.
El límite en los placeres es absolutamente necesario para evitar los excesos que desequilibran nuestra mente y nuestro cuerpo. Hasta la más excitante de las actividades necesita seguir con el descanso. La comida más deliciosa debe tener su límite para que no sea indigesta. La saciedad es el puerto de llegada del placer. Cuando este puerto no es visto, nos convertimos en navegantes errantes que buscan más y más, sin posibili- dad de completud.
El goce es un contacto que culmina con la satisfacción y a esta le sigue una retracción en una etapa de reposo. Si no es así, el goce que quiere ex- tenderse ilimitadamente acaba desvitalizándose en forma irremediable.
¡Vamos! ¡Cantemos una canción más!, aunque ya no tengamos fuerzas… ¡Vamos, una más!
La ausencia de este límite conduce a las adicciones más graves que terminan anulando toda capacidad de goce. La obesidad, el tabaquismo o las drogas desconocen los límites naturales de nuestro cuerpo y termi- nan destruyéndonos física y psíquicamente
El desborde del sentir el vértigo más allá de ciertos límites de seguri- dad ha llevado a la muerte a miles de personas que se han arriesgado con mucha imprudencia.
El límite en el trabajo es la posibilidad de reconocer el cansancio y las necesidades de descanso y diversión. Quien se fanatiza con su de- sarrollo laboral deja de percibir el resto de sus necesidades vitales y se desorganiza. Si el trabajo es forzado externamente (la explotación), tam- bién transgrede los límites de nuestra potencia y el organismo termina enfermándose o agotándose.
El trabajo es “un árbol más del bosque” y convive con otros aspectos de nuestra vida que son muy importantes. Los adictos al trabajo dejan de ver a su familia, sus amigos, sus espacios de recreación y espirituales. Se deforman sobrecargando una parte de lo que somos, negando al resto de las partes que nos conforman.
Cuando la persona está integrada entre su cuerpo y su mente, exis- ten menos posibilidades de extender el tiempo laboral, pues el respeto por el cansancio lidera el inicio del descanso. Cuando no sucede esto, el cuerpo es un esclavo de una mente que quiere más y más.
El límite en mi vida es el más evidente de todos y demoramos mu- chos años en verlo: la muerte. No somos eternos y vivimos una cantidad pequeña de años. A pesar de que el promedio de vida se alarga, día a día, seguimos siendo seres mortales. Las etapas de nuestra vida se terminan y dejan lugar a las próximas. La infancia, la niñez o la juventud son algu- nos ejemplos. El envejecimiento es natural y todos vamos hacia la vejez.
Cada etapa culmina con la aparición de la próxima. Cuando nos fijamos en alguna de ellas y no queremos avanzar a la otra, generamos una resistencia que solo trae dolor. El niño que no quiere dejar de jugar no descubre las posibilidades del intercambio social, de la amistad y del amor en pareja, que tiene lugar en la juventud. El adulto que no quiere envejecer se aferra a sus pasiones, sus logros y retrasa la apertura de su espiritualidad.
Como nos enseña Osho, el envejecimiento es natural e inevitable y siempre culmina en la muerte. El desarrollo de la conciencia es opcional e infinito.
El límite existe. El deseo inmaduro lo ignora y las consecuencias son dolorosas. La omnipotencia intenta transgredir lo imposible y se frustra, una y otra vez.
El límite como disciplina y como exigencia: el límite puede ser visto como un borde que nos informa que se nos acabó el territorio o como una imposición mental que nos impide ser felices. Estas dos visiones del límite nos llevarán a convivir sabiamente con él o a combatirlo toda nuestra vida. Finalmente, el límite se impondrá.
Cuando nos ordenamos en hábitos, horarios o tareas, comenzamos a disciplinarnos para organizar mejor un determinado desarrollo físico o mental. Así, el atleta o el estudiante establece determinados bordes de su acción que respeta más allá del sentir. El limitar un tiempo o no extender la actividad permite alcanzar metas más elevadas que cuando nos entre- gamos a la mera espontaneidad circunstancial.
Cuando esta disciplina no es fruto de un acuerdo interior y no es elegida libremente, genera una pelea interna en la que los límites son vistos como exigencias impuestas desde afuera y nos resistimos a ellas. El conflicto entre las exigencias y la tarea da por resultado una lucha muy forzada que es sostenida solo por la obligación y el esfuerzo. Esta mala integración del límite causa mucho sufrimiento y desgano.
El límite es una condición esencial de nuestra existencia. Nacemos limitados en capacidades, finitos en el tiempo y mortales. Somos seres limitados y esa es una cualidad, no una desgracia. Solo desde la ambi- ción soberbia de querer ser dioses vivimos a los límites como fatalidades. Cuando aceptamos nuestra existencia, tal cual como se nos fue dada, dejamos de pelearnos con la vida y podemos aceptarnos tal cual somos. No es un acto de resignación, sino de sabia percepción. Vemos lo que somos en vez de confundirnos con lo que quisiéramos ser.
Con la aceptación de nuestros límites desaparecen las críticas habi- tuales y nos acercamos a nuestra realidad. El reconocimiento del límite nos permite crecer. Apoyarnos en nuestros bordes es el punto de partida de nuestro desarrollo. A partir de lo que somos, podemos trabajar con nosotros para transformarnos. Solo apoyándonos en nuestros límites po- demos trascendernos y desarrollar más plenamente nuestro potencial.
La paradoja de la aceptación del límite es el descubrimiento de nues- tra dimensión transpersonal. Al disolver nuestro yo, como frontera que nos separa del universo, abrimos nuestra conciencia a la identificación con un todo más amplio. Nuestro cuerpo se relaja, nuestra mente se aquieta y surge nuestra espiritualidad como expansión de la conciencia.
Cuando nuestra conciencia se expande, nos damos cuenta de que no somos
meramente una individualidad. Nuestra conciencia transpersonal diluye ciertos límites para abrirnos a otros.