Tal como hemos visto, la Orden de los Caballeros del Temple fue fundada mediante los esfuerzos conjuntos de una serie de miembros de Rex Deus que se infiltraron en los sitios clave para asegurarse de que nada interrumpiera su grandioso proyecto de recuperación de los objetos ocultos bajo las ruinas del Templo de Herodes. Consiguieron fundar la orden de los templarios, que rápidamente consiguió éxito y fortuna. Cuando falleció su primer gran maestre, Hugues de Payen, los templarios todavía estaban construyendo sus sedes e iglesias circulares en Europa y, como su prestigio se había expandido, en seguida se difundió que eran los protectores del santo Grial.
Una vez detectados los principios de sus creencias en el tarot, y establecida la sólida relación con los autores de la leyenda artúrica, precisábamos analizar el período de su deca- dencia con más detalle.
La primera cruzada de 1096 había conducido a la conquista de Tierra Santa por los cristianos, y a la fundación del reino romano de Jerusalén. Sin embargo, los ejércitos mu- sulmanes no se quedaron con los brazos cruzados y, cuando reconquistaron la región de Edesa, se organizó una segunda cruzada en 1147, durante el reinado de Luis VII de Francia y del emperador Conrado III. En esta ocasión no se pudo repetir el triunfo de la primera cruzada; su único éxito fue la invasión de Lisboa (Portugal) por los cruzados ingleses y frisones cuando iban de camino hacia Tierra Santa. La tercera cruzada fue patrocinada por los conocidos reyes Ricardo I Corazón de León de Inglaterra, Federico I Barbarroja de Alemania y Felipe II Augusto de Francia. Pero tampoco obtuvieron resultados positivos. Federico se ahogó de camino a Cilicia y, desde ese momento, la misión comenzó a disgregarse pues Ricardo I y Felipe II intentaron hacer las cosas por su lado, en lugar de cooperar. Finalmente se tomaron los puertos de San Juan de Acre y Jaffa, pero el ejército cristiano no consiguió mucho más.
Durante la cuarta cruzada, de 1202 a 1204, se atacó la ciudad cristiana de Zara (Dalmacia) y se invadió Constantinopla. Tras apoderarse de sus tesoros y reliquias como botín de guerra, se instauró a Balduino, conde de Flandes, como nuevo emperador romano de Constantinopla. En la quinta cruzada, Federico II fue coronado rey de Jerusalén en 1229, hasta que fue destronado por los tártaros catorce años después.
Tras la pérdida de Jerusalén y la victoria de los musulmanes en 1244, el rey Luis IX de Francia planeó y financió una gran expedición al Medio Oriente, un proyecto que tardó cuatro años en llevarse a cabo. A finales de agosto de 1248, navegó con su ejército hasta Chipre, donde pasaron el invierno preparando los últimos detalles para la invasión de Tierra Santa. Siguiendo la misma estrategia que en la quinta cruzada, el rey Luis IX llegó a Egipto y al día siguiente invadió Damietta sin problema. Su siguiente ataque fue El Cairo, en primavera, pero resultó ser un desastre absoluto. Los cruzados no pudieron mantener sus flancos, y los egipcios abrieron las compuertas de las reservas de agua del Nilo, con lo que provocaron una inundación que atrapó a todo el ejército cristiano. Luis IX no tuvo otra opción más que la rendición. Tras desembolsar la enorme suma de 167000 libras1 por el rescate y ceder Damietta, el rey navegó hacia Palestina, donde permaneció cuatro años más construyendo fortificaciones antes de regresar a Francia con su ejército en la primavera de 1254.
Esteban de Otricourt, el comandante del ejército templario que había acompañado al rey Luis IX y había sufrido enormes pérdidas al financiar esta empresa tan mal organizada, tuvo que ser presionado para prestar la suma del rescate.(2) Entre los nobles de Europa había empezado a extenderse el sentimiento de que las cruzadas ya no tenían ninguna finalidad, y el desastre del rey Luis IX lo confirmó. No obstante, el fracaso de su cruzada le dejó más tiempo para dedicarse a resolver los problemas internos de su reino. Al final, pudo solucionar el viejo problema político entre Francia e Inglaterra, la cual poseía gran parte del reino de Francia.
Para reafirmar las buenas relaciones con Enrique III de Inglaterra, Luis lo invitó a visitar París en 1254.(3) El rey inglés y su séquito fueron alojados en el Temple de París por los caballeros templarios, ya que era el único lugar próximo a París lo bastante grande y apropiado para acogerlos.(4) El resultado del clima de compañerismo fue el Tratado de París de 1259, que restauró el derecho del rey inglés a poseer Gasconia, bajo la regencia del rey francés.
Habiendo asegurado las fronteras, el rey Luis anunció la intención de encabezar otra cruzada, a pesar de la fuerte oposición de la nobleza. Durante este período de enorme esfuerzo militar en Francia, el papa otorgó al rey Luis el derecho a aplicar impuestos a la Iglesia francesa, una concesión que, luego, su nieto consideraría como un derecho.
El embarque del nuevo ejército cristiano se retrasó debido a una enfermedad que debilitó al rey. Aunque mejoró lo bastante para poder zarpar, en seguida volvió a recaer gravemente y falleció en Túnez antes de que su ejército hubiera llevado a cabo ninguna acción militar. Sus entrañas fueron enterradas en Monreale y sus huesos fueron trasladados a St. Denis, donde se inhumaron en 1271. Allí, sus reliquias fueron objeto de un culto creciente que extraoficial-mente reconocía al rey muerto como «San Luis», aunque se tardó algunos años en canonizarlo oficialmente.
Parece ser que en esa época la devoción a las reliquias santas era un fenómeno corriente en Francia. La ciencia progresaba lentamente, y la superstición popular era un fenómeno muy extendido: se creía que las reliquias podían sanar milagrosamente. La creencia heterodoxa que surgía en torno a los restos de personajes que habían sido poderosos a menudo suponían un problema para la Iglesia, dado que el populacho podía cambiar repentinamente sus preferencias y dirigir su atención a símbolos e ideas que eran ajenas al control eclesial.
La Iglesia romana siempre ha reaccionado ante las nuevas creencias que encuentra en otros países, o que se generan en su propio territorio, con un método que consta de tres fases: 1. Ridiculización: en primer lugar, la Iglesia desdeña y critica las ideas no deseadas. Si este método no funciona, o sencillamente no se obtienen resultados, pasa a la segunda fase.
2. Absorción: sencillamente adopta las creencias existentes y las cristianiza. Esto ha ocurrido en culturas de todas partes del mundo. Actualmente, en algunas zonas de África, a los sacerdotes cristianos no sólo se les permite contraer matrimonio, sino que también pueden practicar la poligamia, debido a que las antiguas costumbres tribales se han integra do en la «nueva» variante cristiana para llegar a Dios. Si el método de absorción falla, la Iglesia suele pasar a la fase final.
3. Destrucción: la Iglesia torturaba, lisiaba o mataba a las personas que no renegaban de su fe. A principios del siglo XIII, la Iglesia demostró cómo trataba a aquellos que no se rendían al dogma del papado durante la denominada cruzada albigense, que arrasó gran parte de Francia en un proceso de limpieza teológica. Inicialmente, había intentado convertir a los herejes albigenses mediante tácticas pacíficas; pero, cuando este método falló, el papa Inocencio III ordenó una cruzada que, en veinte años, eliminó a miles de personas y sólo dejó con vida a unos cuantos grupos de cataros que se refugiaron en zonas aisladas. Este pueblo, caído en desgracia, todavía fue perseguido por la Inquisición hasta el siglo xiv. La masacre de Simón de Montfort a los habitantes de Béziers, durante su cruzada no sacra, demostró la crueldad con que la Iglesia romana trataba a los acusados de herejía. Interrogado Montfort por los soldados cómo diferenciaban a los herejes de los cristianos, la infame contestación de Montfort fue: «Asesinadlos a todos. Dios lo sabe.»(5)
Esta cruzada interna provocó un río de sangre entre albigenses y cristianos; pero, a pesar de su brutalidad, la Iglesia no consiguió mantener bajo control a los herejes cataros.
En esos tiempos de grandes rigores, tales como largas hambrunas o epidemias terribles, la gente recurría a la Iglesia para solicitar ayuda; si no encontraban auxilio en ella, es lógico y humano
3. E. M. Hallam, Capetian France 987-1328. 4. M. Barbour, ob. cit.
que buscaran refugio en nuevas ideas e intentasen hallar otras soluciones a su penuria. El filólogo y estudioso de psicología de la religión, John Allegro, observa:
[...] la religión tiene la función necesaria de exorcizar los demonios de la tensión acumulada que, aparentemente, es el compañero inseparable de la vida cotidiana.(6) Asimismo afirma que, ante la incompetencia manifiesta de las autoridades clásicas, la tendencia natural es buscar alternativas al poder establecido. Las reliquias capaces de exacerbar el fervor mágico de sus devotos eran precisamente nuevas fuentes de poder.(7) Por lo tanto, cuando el culto a las reliquias de Luis IX se fortaleció demasiado y se convirtió en una fuente de poder para la dinastía francesa,(8) el papa Bonifacio VIII, intentando contrarrestarla, absorbió la nueva amenaza aceptando la petición de los fieles de St. Denis e, inmediatamente, Luis IX se convirtió en santo de la Iglesia católica romana.
El hijo de Luis, Felipe III, no pareció darse cuenta de que los tiempos gloriosos de las cruzadas se habían acabado para siempre. Colaboró en un conato de cruzada aragonesa que le costó la vida y a su país la suma de 1229000 libras, una cantidad verdaderamente exorbitante en aquel entonces.9 Las arriesgadas aventuras de Felipe III al final hicieron tambalear la economía francesa, al excederse de los límites que las arcas reales podían tolerar. Los fondos anuales de la corona francesa alcanzaban en aquel entonces 656000 libras, y los gastos corrientes del Estado alcanzaban las 652000 libras. El coste del fracaso de la cruzada dejó una deuda abrumadora que tendría unas repercusiones considerables tanto para el Estado como para la Iglesia. Fue la cons- tatación definitiva para su hijo, Felipe el Hermoso, de que los gloriosos días de las cruzadas y de las órdenes militares cristianas habían llegado a su fin.