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Cuando Bonifacio VIII falleció, la Iglesia se encontraba en una situación caótica de grandes proporciones tanto espiritual como políticamente. La Iglesia católica romana siempre había considerado que tenía derecho a intervenir en los asuntos terrenales del mundo. Creía que sus obispos y sacerdotes debían ejercer la soberanía de Cristo en los asuntos de todas las naciones, y que el papa era el dirigente supremo del mundo, dado que la supremacía del pontífice era el cimiento básico de la religión católica romana.

El exceso de poder eclesiástico y el reconocimiento creciente de la corrupción asociada a ella comenzó a poner en tela de juicio la función de la Iglesia que, a su vez, estaba volviéndose más aprensiva con la herejía y atacaba cualquier

punto de vista que no fuera el del Vaticano. En el seno de la Iglesia se dio una creciente escisión doctrinal al mismo tiempo que, paradójicamente, una serie de catástrofes naturales asolaban al mundo, por lo que la población en general comenzó a creer que Dios ya no estaba con la Iglesia. En los tiempos que corrían, los cultos a las reliquias y la nostalgia de la gloria del pasado se convirtieron en una gran fuente de esperanza para las masas, que habían perdido la confianza en aquellos en quienes normalmente se apoyaban y confiaban. Las cruzadas de la Iglesia habían llevado a muchos reinos a la pobreza, sin haber recuperado Tierra Santa, y hacia principios del siglo xiv los primeros estallidos de la peste negra comenzaron a brotar como si hubieran llegado del infierno. Si la responsabilidad de la insuficiente voluntad de Dios no podía atribuirse a la

Iglesia, había que encontrar otro chivo expiatorio. Los judíos, como hemos señalado, ya habían sido perseguidos, pero en seguida se necesitarían otras víctimas.

El sucesor de Bonifacio VIII, Benedicto XI, al principio contó con la aprobación de Felipe IV, cuando rápidamente retiró la sentencia de excomunión que Bonifacio había emitido en contra del rey francés. Sin embargo, al entrar en el papado, Benedicto se vio forzado a restablecer la autoridad de la Santa Sede que Bonifacio no había sido capaz de mantener. El rey Felipe no tenía la intención de volver a abrir el debate de la supremacía terrenal, que Bonifacio ya había perdido, así que decidió el envenenamiento de Benedicto. El cargo de pontífice quedó vacante, pero existían bastantes problemas para elegir un nuevo papa.

Las sugerencias de los cardenales franceses diferían de las de los cardenales italianos y siguió un estancamiento en el cónclave, que duró diez meses. Para salir de este bloqueo, los representantes del rey Felipe IV propusieron que cada grupo eligiera a tres candidatos, y que después cada grupo eligiera a un candidato del grupo contrario. Bertrand de Gotte, arzobispo de Burdeos, un hombre que tenía muchos motivos para odiar al rey Felipe y a su hermano, Charles de Valois, fue elegido candidato por los dos grupos. El cardenal de Prato aconsejó al rey francés, diciéndole que Bertrand tenía un carácter ambicioso y flexible, y que podría servir a sus propósitos. Si el rey se entrevistaba con él, podría hacerle ver lo que convenía a sus intereses.

El rey francés inmediatamente convocó una reunión privada con Bertrand en la abadía de St. Jean d'Angely (Gasconia), en la que le dijo al ambicioso prelado que él tenía el poder de convertirlo en papa y que lo utilizaría a su favor, si accedía a seis condiciones previas. Las condiciones que Felipe IV quería a cambio de la silla de Pedro eran:

1. Reconciliación idílica entre él y la Iglesia.

2. Que él y sus candidatos pudieran recibir la comunión.

3. Los diezmos del clero de Francia durante cinco años para sufragar la guerra de Flandes. 4. La persecución y destrucción de la memoria de Bonifacio VIII.

5. Que Santiago y Pedro Colorína fueran nombrados cardenales. El rey Felipe IV declinó mencionar la sexta condición, diciendo:

La sexta condición es importante y secreta, y reservo la petición para el momento y lugar apropiados.(18)

¿En qué podía consistir la última condición «importante y secreta» que no pudiera mencionar este rey, normalmente tan directo? El rey Felipe IV nunca había manifestádo un carácter retraído al comunicar sus deseos; sin embargo, algo rondaba por su cabeza, que no se atrevía a mencionar hasta que llegara el momento adecuado. Creemos que era imposible que revelara esta última obligación que exigía al papa, porque el secreto absoluto era la clave de su enrevesado plan, que todavía tardaría dos años en madurar.

Las acciones posteriores del rey Felipe IV manifiestan que esta condición secreta sólo pudo haber sido que el papa debía apoyarlo en su decisión de arrestar a los Caballeros del Temple con el pretexto de herejía, y permitirle apropiarse de sus fondos para las arcas francesas. Como los templarios sólo respondían ante el papa, Felipe IV sabía que quizá no se saldría con la suya con este proyecto de piratería, a no ser que todos consideraran que actuaba con la bendición del papa.

El rey y el arzobispo no se apreciaban ni confiaban el uno en el otro, pero Bertrand era ambicioso y aceptó los términos de Felipe IV, que incluían la condición de que Bertrand debía permanecer en territorio francés. Había que trasladar la sede del papado, y Bertrand fue nombrado papa Clemente V en Lyon el 17 de diciembre de 1305.

Al aceptar las condiciones del rey francés, el nuevo pontífice puso en entredicho la autoridad papal durante los siguientes cincuenta años. Este fue el «período de Aviñón», que a los ojos de la Iglesia católica fue comparable al cautiverio de los judíos en Babilonia.

El primer acto que realizó el nuevo papa fue nombrar cardenales a doce seguidores del rey Felipe IV, entre los que se encontraban los hermanos Colonna, y tratar de respetar las condiciones del rey, salvo la destrucción de la memoria del papa Bonifacio VIII. El cardenal de Prato consiguió convencer a Felipe IV para que retirara esta condición. A cambio, y para demostrar su apoyo al rey Felipe IV en sus dificultades económicas, Clemente V dio su beneplácito al rey para la eliminación de la comunidad judía de su reino y la consecuente confiscación de todos sus bienes.

En aquel entonces, la nobleza europea ya había aceptado ampliamente que no iban a ser capaces de dominar a los musulmanes de Oriente mediante la fuerza militar, y muchos comenzaron a plantearse la utilidad de las órdenes militares, si no podían conservar Tierra Santa. En 1274, después de la sexta cruzada, en el segundo concilio de Lyon se ;, había hablado de unir a los hospitalarios y los templarios en una sola orden militar. Los líderes de ambas órdenes habían rechazado por completo la idea de prescindir de sus riquezas y prestigio, de manera que utilizaron su gran influencia para asegurarse de que dicha fusión no ocurriera. Sin embargo, la idea nunca llegó a olvidarse, ya que los privilegios que los templarios y los hospitalarios tenían, como el de estar exentos del pago de los diezmos y otros impuestos, le- vantaba celos y suspicacia entre los diversos estamentos.

En la primavera de 1291, el puerto de San Juan de Acre cayó en manos de los musulmanes, y el gran maestre murió junto con un cuantioso número de caballeros. El mundo cristiano había perdido la última esperanza de dominar Tierra Santa. Los templarios se retiraron hacia Chipre y consideraron su futuro con más cuidado, porque sabían que los llamamientos a la reorganización y el replanteamiento de su estructura empezarían a ser apremiantes.

La situación de los templarios a los ojos del pueblo era ahora muy complicada. Durante muchos años, habían proliferado las leyendas sobre sus poderes casi sobrenaturales en la batalla, habían disfrutado de la relación legendaria que se les atribuía con los míticos guardianes del Grial, y se los había considerado como los caballeros de la tabla redonda del momento. En realidad, entre 1190 y 1212 habían fomentado una variante de la leyenda del Grial, conocida con el nombre de Perlesvaus, que fue escrita por uno de sus miembros. En ella se describe claramente a la Orden del Temple como los caballeros custodios del Grial y sucesores del rey Arturo.(19) Sin embargo, en ese momento la función parecía aproximarse a su fin.

Expulsados de Tierra Santa por los musulmanes, ahora vivían más como invitados inoportunos en el reino de Enrique de Chipre, y pronto tendrían que replantearse su función por completo, o enfrentarse a la posibilidad de los llamamientos, cada vez más frecuentes, para que se unieran con los hospitalarios. En esta difícil fase necesitaban un gran maestre poderoso y visionario, un sucesor merecedor de la tradición de liderazgo de Hugues de Payen, para revitalizar y reorganizar a la orden en tiempos de necesidad. Tras la muerte del gran maestre Guillermo de Beaujeu en Acre, Teobaldo Gaudin fue elegido para sucederle, pero murió al cabo de pocos meses. Se esperaba que el hombre que le seguía, Hugh de Peyraud, fuera elegido para dirigir la orden; en cambio, un caballero de un pueblo próximo a Besangon, al este de Francia, se convirtió en gran maestre de los Caballeros del Temple: un hombre que sería temido por la Iglesia, " tras su muerte, por identificárselo con el segundo mesías.

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