La negación de casi toda la historia de la masonería anterior a la Gran Logia de Londres de 1717 comenzó a tener sentido cuando empezamos a analizar las circunstancias políticas de la época. El año en cuestión vivió un período turbulento de la historia británica en cuanto a la relación entre los reinos de Escocia e Inglaterra. Las dos coronas se habían unido cuando en 1603 el rey masón Jacobo VI de Escocia sucedió a la reina Isabel I, para convertirse en Jacobo I de Inglaterra.
Por aquel entonces, ambos países eran oficialmente protestantes, pero los escoceses eran en su mayoría presbiterianos, es decir, no aceptaban la autoridad de los obispos o de los arzobispos, mientras que los ingleses seguían la tradición episcopal de la Iglesia anglicana. Los escoceses creían que el episcopalismo se acercaba demasiado a la doctrina de la Iglesia católica romana para su gusto y no querían formar parte de un sistema de mecenazgo a través de obispos y arzobispos, el cual les resultaba demasiado ajeno a la tradición escocesa que la Iglesia celta había establecido.
La relación entre los dos países continuó siendo tirante hasta que, durante el reinado de Carlos I, se elaboró un documento que los presbiterianos firmaron en Greyfriars' Kirkyard, en Edimburgo. Este documento, conocido con el nombre de «el Pacto», fue firmado por todos los que se reunieron para defender el culto de sus antepasados en contra del rey.
Al principio, los defensores escoceses del Pacto marcharon en dos ocasiones hacia el sur para luchar contra el rey, y en el segundo ataque sir Robert Moray fue iniciado en la masonería por los líderes de los defensores del Pacto que actuaban bajo la autoridad de la Logia St. Mary's de Edimburgo. El rey Carlos I acabó yendo a Escocia para establecer la paz con los escoceses y para intentar formar una alianza en contra de su nuevo enemigo, Oliver Cromwell, y el Par - lamento inglés.
Cuando Carlos I perdió la guerra y su propia cabeza, los escoceses ofrecieron la corona de Escocia a su hijo, también llamado Carlos, con la condición de que firmara el Pacto, a lo que accedió con reservas el 21 de mayo de 1650. Oliver Cromwell respondió enviando su armada a Escocia para castigar a los defensores del Pacto y a su rey. Con la ayuda de los generales Monk y Wade, Cromwell tomó Escocia y arrasó los castillos de aquellos que apoyaban el Pacto, entre los que se encontraba el castillo de Roslin. En ese momento visitó la capilla Rosslyn, pero, como él mismo era masón, no la destruyó.
Tras la muerte de Cromwell, Monk ofreció a Carlos el trono de Inglaterra, y Carlos se convirtió en rey de Escocia, Irlanda e Inglaterra. Los escoceses enviaron entonces al reverendo Sharp a Londres, un ministro presbiteriano, para recordarle al rey que había firmado el Pacto. Sin embargo, el ministro volvió a Escocia con el cargo de arzobispo de San Andrés y, cegado por el nuevo poder conseguido, nombró obispos para reforzar las prácticas episcopales, para gran consternación de los presbiterianos del Pacto. En 1679, doce defensores del Pacto asesinaron a Sharp por su traición, y los escoceses volvieron a marchar en contra de los ingleses. Tras ganar la batalla de Loudon Hill, fueron derrotados por el duque de Monmouth en Bothwell Bridge y, durante cinco meses, un millar de defensores del Pacto fueron hechos prisioneros por los ingleses en Greyfriars' Kirkyard, donde anteriormente se había firmado el documento. Las condiciones eran terribles y muchos de ellos murieron. Otros fueron vendidos como esclavos a América.
Cuando Carlos II murió en 1685, fue sucedido por su hermano Jacobo VII y II de Inglaterra, un católico que intentó obligar a los escoceses y a los ingleses a convertirse al catolicismo. Esto provocó la ira de Inglaterra, y en julio de 1688 el Parlamento inglés invitó al estatúder de las Provincias Unidas, Guillermo de Orange, con su esposa Mary, para que accedieran al trono de Inglaterra. Aceptaron y firmaron la Declaración de Derechos promulgada por el Parlamento inglés el 22 de enero de 1689, que restringía el poder del monarca sobre la religión oficial y aseguró una sucesión protestante. El Parlamento escocés los aceptó como reyes de Escocia, pero la Irlanda católica tuvo que ser sometida en la batalla de Boyne, que todavía se celebra con las Marchas de la Orden Orange de Ulster.
Cuando Guillermo III murió, la corona pasó a la reina Ana Estuardo, hija de Jacobo VII, que se casó con el príncipe alemán de Hannover. En 1706 hubo un movimiento para unir los parlamentos de Escocia e Inglaterra, y los presbiterianos temieron que los episcopalianos volvieran a intentar imponer sus creencias sobre los escoceses. Al año siguiente, los ingleses impusieron la unión y Escocia envió cuarenta y cinco miembros para que tomaran asiento en la Casa de los Comunes, y dieciséis a la Casa de los Lores. Se acordó unir los dos parlamentos con el claro entendimiento de que Escocia mantendría su antiguo sistema jurídico y el culto presbiteriano.
Resultaba irónico que, ahora que el Pacto estaba garantizado por los dos parlamentos, la última esperanza de volver a la línea Estuardo que muchos escoceses albergaban se hubiera desvanecido. Este hecho se convirtió en un factor determinante cuando los ingleses aceptaron a un rey alemán en Londres.
Aunque Jacobo VII había muerto en Francia, su hijo Jacobo VIII todavía vivía cuando la reina Ana murió y Jorge I —hijo de Sofía, nieta de Jacobo VI— accedió al trono. Los defensores de Jacobo VIII eran conocidos con el nombre de jacobitas y no les agradaba la idea de tener a un rey alemán que ni siquiera hablaba inglés. Llamaban a Jorge de Hannover «el caciquillo alemán» y planeaban la vuelta del «rey de las aguas», como se conocía a Jacobo VIH. Su descontento llegó al límite cuando el conde de Mar organizó una reunión en Braemar a la que invitó a los nobles de Escocia para que tomaran las armas en defensa de Jacobo VIII de Escocia.
El 6 de septiembre de 1715 desplegaron su estandarte y marcharon contra los ingleses para restaurar el reino de Escocia y para liberarlo del reinado del monarca de Hannover, rey de Inglaterra. La primera batalla, que tuvo lugar en Sheriffmuir, en el condado de Perth, no tuvo resultados definitivos, pero Jacobo VIII se retiró a Francia, donde vivió el resto de sus días.
La masonería había llegado por primera vez a Londres en 1603, por lo menos, con Jacobo VI. Si bien puede haber tenido contacto con la masonería operativa de Londres, mantuvo su esencia jacobita escocesa; pero, tras la gran batalla con los escoceses en 1715, los masones de Londres estaban preocupados. Existía un clima de caza de brujas tras la represión de la armada escocesa de Jacobo VIII y cualquiera que mostrara sus simpatías hacia los jacobitas era sospechoso de deslealtad al rey de Hannover, Jorge I, que no tenía lazos masones. Alarmados por el peligro de ser reconocidos masones en un Londres hannoveriano, muchos miembros dejaron la Orden. Estaba claro que, para que la masonería sobreviviese, sus seguidores debían asegurar que habían purgado el movimiento de posibles y arriesgadas asociaciones jacobitas.
Otra referencia en el primer código Book of Constitutions, escrita por James Anderson en 1738, señala la vergüenza que en 1715 les causó la campaña jacobita a los masones, hasta el punto de que su anterior gran maestre se mostraba distante:
El rey Jorge I llegó con gran pompa a Londres el 20 de sept. 1724. Y, después de que finalizara la rebelión —en 1716—, las pocas logias que había en Londres, viendo que Christopher Wren las abandonaba, convinieron que era necesario elegir a un gran maestre, para unir y armonizar las logias que se reunieron
1. En la Goose y Gridiron Ale-house de St. Paul's Churchyard. 2. En la Crown Ale-house de Parker's Lañe, cerca de Drury Lañe. 3. En la Appletree Tavem de Charles-Street, Covent Garden. 4. En la Rummer y Grape Tavern de Channel-Row, Westminster.
Estas logias y otros hermanos se reunieron en la mencionada Appletree y, habiendo elegido al maestro masón de mayor antigüedad, formaron una Gran Logia de los Tiempos con carácter oficial, y sin dilación restablecieron la comunicación trimestral de los oficiales de las logias (llamada la Gran Logia), determinaron la celebración de la asamblea anual, y luego la elección del gran maestre de entre ellos mismos, hasta que tuvieran el honor de contar con un hermano noble en la cúspide.
El informe de Anderson sugiere claramente que la campaña jacobita había intimidado a la masonería de Londres y que esta reunión era un intento para restablecerse a sí mismos como subditos leales de su rey alemán. El uso de palabras tales como «restablecen>, relativa a la comunicación trimestral, demuestra con certeza que estos usos eran corrientes anteriormente pero que su práctica había decaído. La aspiración expresa de que esperaban que llegara un momento en que tuvieran un «hermano noble» como líder sugiere que alguna vez ésa había sido la norma; prueba de ello es que Jacobo I había sido su líder más de cien años atrás.
Conviene indicar que dos logias londinenses rechazaron adherirse al nuevo sistema hannoveriano, pues un antiguo libro titulado Multa Paucis, que el historiador J. S. M. Ward halló y volvió a publicar, dice que a dicha reunión acudieron seis logias, y no cuatro.(7)
Este es otro dato que la Gran Logia de Inglaterra prefiere no comentar.
Estas logias londinenses no crearon la masonería y, al igual que sus precursores, adoptaron un rito que ya existía antiguamente. Antes de 1646, las únicas asociaciones que daban permiso para formar logias eran las escocesas, que basaban su autoridad en los Estatutos Schaw de 1602, ordenados por el rey Jacobo VI de Escocia, antes de que se convirtiera en Jacobo I de Inglaterra. Si las cuatro logias supervivientes eran logias masonas legítimas, deben de haber actuado conforme a los permisos otorgados por las Logias Schaw escocesas, única fuente legítima de autoridad masona. Por tanto, la Gran Logia Unida de Inglaterra debería considerarse de menor antigüedad que la Gran Logia Unida de Escocia, que actualmente representa a las Logias Schaw.
Para los hannoverianos, debe de haber sido muy molesto tener que aceptar esto. Seguramente sabían que, durante
muchos años antes de la campaña jacobita de 1715, las
logias escocesas habían reservado fondos a los que todos contribuían para la compra de
armas que se utilizaban contra los ingleses: «guardado y reservado para la defensa de la
verdadera religión protestante, el rey y el país, y para la defensa de la antigua ciudad y
sus privilegios adscritos». Y estaban obligados a «aventurar sus vidas y fortuna en
defensa de uno y todos».(8)
Los masones londinenses no querían que se los asociara con estos sentimientos, que las autoridades hannoverianas hubieran considerado desleales, pero tenían el problema de que su autoridad para actuar como masones provenía de las Logias Schaw jacobitas de Escocia. Su solución fue novedosa y, desde el punto de vista de la masonería, ilegítima. Necesitaban una fuente de autoridad alternativa para sus actividades, de manera que optaron por reunir a las cuatro logias restantes de Londres para formar la Gran Logia hannoveriana, que negó de inmediato sus orígenes escoceses.
El repentino abandono de su verdadera historia por motivos políticos los dejó con la dificultad de explicar de dónde procedían. La solución fue decir sencillamente: «Nadie lo sabe», y eso nos remite a la postura actual de la Gran Logia Unida de Inglaterra.
Al haber alterado los libros de historia para borrar todo recuerdo sobre sus orígenes verdaderos, los ingleses intentaron imitar el patrimonio regio de la masonería escocesa haciendo la corte a la familia real de Hannover, animándolos a que se unieran y, finalmente, dirigieran la masonería de Londres. En cuatro años, su gran maestre fue un noble duque. Al cabo de sesenta y cinco años, ya contaban con numerosos príncipes hannoverianos en la cúspide. El precio que había que pagar por esta aceptación era la eliminación de todo vestigio de raíces celtas y, por tanto, del objetivo primordial de la masonería.
La decisión tomada en 1717 por este pequeño grupo de caballeros masones londinenses de erigirse a sí mismos en la única junta directiva de la masonería no fue aceptada por todos, y enseguida condujo a que otros grupos de masones reaccionaran y negaran el reconocimiento de esta autoridad que se había elegido a sí misma. Inmediatamente después de formada la Gran Logia de Londres en 1717, se hicieron públicas las Grandes Logias de York y de Irlanda en el año 1725, aunque probablemente existieron mucho antes de esta fecha.
7. J. S. M. Ward, Freetnasonry and the Ancient Gods. 95
Los hannoverianos tenían buenas razones para preocuparse por la línea Estuardo. Aunque Jacobo VIII demostró ser un líder débil, su hijo tenía más madera y Carlos Eduardo Estuardo, Carlos III, conocido como Bonnie Prince Charlie, el príncipe errante de las baladas escocesas, estaba decidido a arriesgarlo todo por recuperar su legítima corona, en poder de Jorge II.
Para evitar que Gales formara su propia Gran Logia, fuera de su control, la Gran Logia de Londres convenció a un masón llamado Hugh Warburton para reducir a su país a la categoría de una provincia de Inglaterra, a cambio de ser nombrado primer gran maestre provincial de Gales del Norte, un extraño arreglo del que muchos masones galeses todavía se resienten.
Se desarrolló rápidamente un sistema de control y mecenazgo para asegurar que todas las logias se atuvieran a los edictos de los caballeros masones de Londres. En 1734, el gran maestre de la masonería de Londres era un masón escocés, el conde de Crawford, y es muy probable que le hayan pedido que se convirtiera en primer gran maestre provincial de Escocia para reducir a un segundo país celta a la categoría de provincia de Inglaterra.
Las Logias de Kilwinning, Scoon y Perth no pensaron que se tratara de una amenaza seria, pero las Logias de Edimburgo se lo tomaron con la seriedad necesaria para dar con una solución. Propusieron elegir su propia Gran Logia para que administrara sus asuntos, otorgara permisos y protegiera sus intereses. Para llevar a cabo este plan, necesitaban a un gran maestre masón, ya que los Estatutos Schaw no les dejaban otra opción.