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POLítICOs Octavio Granado

2. EL PACTO DE TOLEDO

Conseguida esta complicidad con la separación de fuentes, que había comenzado a finales de los años ochenta del pasado siglo y será luego estipulada en el texto del Pacto, es necesario encontrar un protagonista político, ya que como hemos visto no es posible una asunción mixta entre interlocutores sociales y partidarios. Es curioso, pero la situación será la contraria en la primera decena de este siglo, hasta llegar al momento actual en el que las reformas vuelven a ser, como en 1985, reformas del Gobierno en exclusiva.

Tampoco era fácil esta decisión, y aquí la habilidad discreta y silenciosa de Adolfo Jiménez juega un papel imprescindible. Para empezar, Adolfo solicitó una entrevista con el Presidente del Gobierno, ya que el propio PSOE no era un colectivo homo- géneo, sino un conglomerado de diferentes sensibilidades, y convenía no quedar sin asidero en la discusión.

Para continuar, había que conseguir un partenaire convencido de la tarea y que además pudiera rentabilizarla sin celotipias del resto. Miguel Roca era la persona adecuada, pero el respeto que encontraba fuera de su partido se convertía en des- confianza dentro (Adenauer decía que hay enemigos, enemigos mortales y compa- ñeros de partido), y delegó en su colaborador Francesc Homs i Ferret. Para que el acuerdo fructificara los representantes del Partido Popular no podían ser ultraliberales adversarios de los sistemas de reparto, y Martín Villa, Juan Carlos Aparicio (cuyo padre había sido —con el mío— funcionarios del extinguido Instituto Nacional de Previsión) y Montoro reunían las condiciones. Ya solo quedaba conseguir que por Izquierda Unida no viniera un fanático de Julio Anguita, y Pedro Antonio Ríos e Hi- nojosa Peralta. Almunia, Zambrana y C. Méndez representaron al Grupo Socialista. Adolfo Jiménez sabía que su puesto, de naturaleza política, no iba ser bien acep- tado por los diputados, que incluso prefirieron trabajar sobre un texto más reducido preparado por el letrado de la Comisión que sobre el serio y profundo diagnóstico elaborado por los técnicos de la Seguridad Social, y así fueron José Antonio Panizo y Fidel Ferreras quienes asesoraron a los congresistas.

También se sabía que el acuerdo iba levantar ronchas en un PP que ya se veía en 1995 como vencedor de las próximas elecciones, y que no encontraba demasiadas ventajas en limitar su capacidad de maniobra.

Se ofreció al PP dos asuntos a los que en aquel momento este partido sí era sensible:

• Sacar fuera de las pensiones del debate electoral; el colectivo de pensionistas era muy temeroso de las reformas que se anunciaban de la mano del Partido Popular, y todavía más de las propuestas de los pretendidos técnicos que auspiciaban el cambio de modelo.

• La corresponsabilidad en las reformas por hacer; la oposición al proyecto de ley de 1997, que sigue fielmente las recomendaciones del Pacto de Toledo, fue estrictamente nominal y de mínimos.

Izquierda Unida recibió satisfacción a algunas de sus demandas sobre mejora de prestaciones; CiU entonces no había entrado en el vendaval soberanista y renunció

sin demasiados problemas a la gestión de la Seguridad Social por parte de las Comunidades Autónomas.

El sistema ganó en transparencia, constitución de reservas (de ahí arranca el Fondo de Reserva, que ahora está siendo usado para el pago de las pensiones), mejora en la recaudación y en el control de la incapacidad, temporal y permanente, y esto permitía que las peticiones de unos y otros (mejora de prestaciones, reducción de cotizaciones) fueran más atendibles que con una Seguridad Social más defectuosa en funcionamiento.

El papel de Adolfo Jiménez fue determinante, aunque él nunca reclamara su cuarto a espadas en aquella tarea, como solemos hacer los que hemos sido par- lamentarios. Todos los participantes en las reuniones destacan su competencia y buen hacer, e incluso entre sus adversarios no tuvo problemas a la hora de asumir, en representación de España, un papel tan importante como la Presidencia de la Organización Iberoamericana de Seguridad Social. Delegó en sus colaboradores, en los diputados del Grupo Socialista y buscó complicidades allí dónde pudo. Y fue Secretario General de la Seguridad Social con varios ministros, lo que —puedo dar fe— es señal inequívoca de que tus jefes te valoran más de lo que les fastidias. 3. LA ExPERIENCIA ESPAÑOLA EN AMÉRICA

Como no abundan los profetas en su propia tierra, el aparente anonimato en el que desenvolvía sus trabajos Adolfo Jiménez fue compensado con creces por el reconocimiento internacional, no solo con la Presidencia de la OISS, sino con su labor como asesor en la mayor parte de las reformas que han tenido lugar en esa área geográfica.

Hay que señalar que los países que forman parte de la OISS tienen sistema de Seguridad Social muy incipiente, de reparto o de capitalización, que cumple sus funciones para el conjunto de la población o para un segmento más reducido de la misma.

Los partidos políticos que gobiernan estas instituciones son variados, y tienen criterios muy diferentes sobre el futuro de las mismas, su reforma y su presente. Afrontan problemas de recaudación de cuotas, de legitimación en el otorgamiento de las prestaciones, de funcionamiento, desigualdad social, de la existencia de capas privilegiadas y de otras excluidas del funcionamiento de los sistemas.

Con frecuencia, las reformas se pretende que tengan una duración temporal consi- derable, y que vadeen las alternancias políticas que como trombas de agua arrastran la legislación precedente.

Y en estas circunstancias, el papel de la OISS en general y de Adolfo Jiménez en particular ha sido con frecuencia decisivo. El rol que ha ofrecido España ha ido más allá que un simple benchmark. Ha supuesto un ejemplo a seguir, una buena práctica a imitar, y un proceso en el que el consenso social aparece como un procedimiento y un resultado a la vez.

En situaciones de gran fragmentación de las fuerzas políticas, como en Perú, la experiencia del Pacto de Toledo parece como una hoja de ruta significativa. Cuando no existe fragmentación, pero sí gran enfrentamiento, como en Chile a la hora de poner en marcha una parte no contributiva del sistema que compensara las inequi- dades generadas por la capitalización, estos acuerdos son fundamentales, porque evitan los cambios de legislatura. Cuando como en Colombia es necesario desarrollar el sistema para dotarlo de una mayor eficacia social, o en Brasil es necesario limitar los privilegios de grupos de alto nivel de renta, los ejemplos españoles y el papel de los acuerdos políticos están a la orden del día.

Estos acuerdos políticos han permitido asimismo la puesta en marcha de procesos unificados de gestión en entidades como el MERCOSUR cuyos tres países están gobernados por fuerzas políticas aparentemente similares, pero en la práctica con culturas, estilos de vida y pensamientos muy diferentes.

Y dejo para culminar este apartado lo que sin duda es el gran logro de la ges- tión de Adolfo Jiménez, al frente de la OISS, que el Convenio Iberoamericano de Seguridad Social.

Como el Convenio va a ser objeto de reflexión en otros capítulos, simplemente debemos señalar que la consecución del mayor acuerdo de protección social concreta no respaldado por una unidad política que hoy existe en el mundo, solo comparable en otro nivel más abstracto con los convenios de la OIT, cuando a este acuerdo han llegado más de veinte países con ideologías diferentes en sus grupos de gobierno, con intereses dispares, países de emigración, de inmigración y tránsito, de recepción o de salida permanente y ocasional, etc, solo es fruto de la tenacidad de Adolfo Jiménez y de quienes hemos ocasionalmente jugado el papel de colaboradores.

Adolfo tuvo siempre claro que el papel de España en la América Latina pasaba por reforzar lazos afectivos y simbólicos, un privilegio que hiciera que Portugal y España jugaran el rol de puente entre la Unión Europea y Latinoamérica. Nosotros vamos a invertir, a colaborar en infraestructuras, a ayudar a las poblaciones excluidas, pero no somos el gran vecino del Norte.

Nuestra concepción de área monetaria óptima se construye con un continuo eco- nómico, pero también social, y con la unidad idiomática que hace de la Península Ibérica el gran vecino del Este.

Esto permitió la firma del convenio, y después su ratificación, y si se hubiera existido un mínimo de inteligencia, hubiera sido la base sobre la que cimentar el futuro inmediato de la OISS. No ha sido así, y los resultados están a la vista. Solo cabe desear que Adolfo Jiménez siga tutelando con su buen criterio la resolución de problemas políticos que sin él serán más difíciles de resolver.

4. CONCLUSIONES Y UNA BREVE ExPERIENCIA PERSONAL

Desde las diferentes posiciones políticas, un país se forja con servidores del Es- tado, personas dedicadas al servicio público. En España también hay un grupo de estos servidores, con un papel más anónimo que el de los Presidentes del Gobierno o los Ministros, pero que hacen de este servicio la tarea de toda una vida y no de unos años.

Yo siempre he visto a Adolfo Jiménez como uno de estos servidores. Cuando fui llamado a ocupar mi responsabilidad, heredera de la suya, siempre puse a dos personas en la primera línea de los que me habían enseñado a aprender lo que sabía, y eran mi padre y él. Después había otra gente (Luis Martínez Noval, Miguel Ángel Díaz Peña…), pero Adolfo fue mi primera invitación cuando supe que iba ser nombrado, y no me arrepiento. Le estoy profundamente agradecido.

Nunca me dio un mal consejo, ni se equivocó en una recomendación, incluso cuan- do la persona referida le tenía menos cariño que el que esto firma. Intenté recabar su colaboración a través de su presencia en alguno de los grupos que evaluaban las publicaciones del Fondo de Investigaciones en materia de Protección Social de la Seguridad Social (FIPROSS) y siempre colaboró generosa y desprendidamente con nosotros. Cuando se produjo el cambio político, pocas personas hay que me trataran con más afecto.

Por esto he querido dejar constancia no solo de fríos hecho o de sesudas diva- gaciones, sino también de un afecto, que él sabe sincero, pero que por mi parte también es profundo.