C. WRIGHT MILLS
1.2. El problema de las ideologías
El planteo originario de Mills lo lleva a enfrentarse con el problema de las ideologías (Agulla, 1994:482). Las orientaciones básicas, representadas por el liberalismo y el socialismo, para Mills no se muestran como explicaciones adecuadas ni del mundo ni del hombre.
Según Mills (1969:178-179) así como la Edad Antigua fue seguida de varios siglos que los occidentales llamaron, la Edad Media y Edad del Oscurantismo, la Edad Moderna empezaba a ser seguida por una edad posmoderna que podía ser llamada la Cuarta Época, lo que motivaba que las explicaciones procedían de la transición histórica de la Edad Media a la Moderna, y que cuando se las generalizaban se hacían casi inaplicables o por lo menos, no convincentes. Sostenía que las principales orientaciones, como el liberalismo y el socialismo, se habían desplomado virtualmente como explicaciones adecuadas del mundo
En otra de su obra Los marxistas aclara:
En cuanto ideología, tanto el liberalismo como el marxismo han sido vulgarizados y trivializados; cada una de ellas suministra frases hechas para la defensa de una gran potencia estatal y para la denigración del otro bloque y todas sus obras. En cuanto enunciados de ideales, ambos llevan en sí el humanismo laico de la civilización occidental. Estos ideales son los únicos disponibles que, al mismo tiempo, forman parte de una filosofía política comprehensiva y son proclamados tanto por los
dirigentes como por los dirigidos de los dos estados nacionales más poderosos del mundo (Mills, 1976:5).
Es decir, como indica Mills (1969:180) el liberalismo se interesó por la libertad y la razón como hechos supremos en lo que afecta al individuo y el marxismo, como hechos supremos en lo que afecta al papel del hombre en el hacer político de la historia. Los liberales y los radicales de la Época Moderna fueron por lo general hombres que creyeron que la historia se forja racionalmente y que cada individuo construye del mismo modo su propia biografía.
En este sentido, en la visión de nuestro autor la época moderna depositó todo en las versiones clásicas del liberalismo y el marxismo que considerados en todas sus variantes, constituían las principales, e incluso, las únicas alternativas políticas. Y más que filosofías políticas se presentaban como “realidades políticas” de primer orden y los credos proclamados de los dos Estados más poderosos en la historia del mundo (Mills, 1976:5). Al contemplar a los Estados Unidos y a la URSS (y los bloques de naciones alrededor de cada uno de ellos), el resto del mundo los veía en términos de estos credos y el mundo subdesarrollado los consideraba como alternativas de modelos para su propio desarrollo.
A continuación, también en Los marxistas agrega:
En los países capitalistas avanzados del siglo XIX y comienzos del XX, una vasta y a menudo confusa amalgama de liberalismo y marxismo se desarrolló en una especie de común denominador ideológico. En el proceso ambos se vieron modificados y atenuados: el marxismo fue revisado, incorporándose en él elementos liberales; el liberalismo fue adaptado a sus críticos y a las realidades cambiantes, incorporándose en él elementos marxistas. Estas modificaciones y estos préstamos mutuos constituyen una buena parte de la historia de la filosofía política reciente y contemporánea, así como de la historia política. Dentro de las sociedades capitalistas durante los últimos cien años, una de las formas no-revolucionarias del marxismo –la socialdemocracia– ha constituido el principal movimiento de oposición en la mayor parte del mundo capitalista avanzado (Mills, 1976:7).
Si bien, para el autor, ambas formas políticas fueron “credos insurgentes” en su origen y encarnaron la retórica de movimientos, partidos y clases en camino hacia el poder (Mills, 1976:11), como indica, finalmente, se convirtieron en un credo conservador, es decir, la ideología y la retórica de sistemas políticos y económicos
consolidados. Porque al alcanzar el poder estas filosofías políticas se convirtieron en ideologías oficiales. De este modo, para Mills:
Con el éxito, la ideología en general se vulgariza a la larga; hay un liberalismo vulgar y un marxismo vulgar [...] Sobre todo, con el éxito, los ideales, especialmente los más rebeldes, tienden a incorporarse en la ideología de la justificación, y, en la realidad práctica, a identificarse con los agentes de la acción. El mantenimiento de estos agentes viene a ser el ideal activo; los demás ideales se convierten en “mera retórica”, de campaña o revolucionaria [...] Las teorías, con frecuencia, son difíciles de separar de los otros elementos, pues tienden a convertirse en meros supuestos utilizados en las discusiones de las metas urgentes, los medios necesarios y la retórica de la justificación o del ataque. A medida que se confunden con estos otros elementos, las teorías se hacen borrosas. Transformadas en meros supuestos, tienden a hacerse “meramente ideológicas”, y a menudo –junto con los ideales– a hacerse parte de la anfibología ideológica tan característica de nuestro tiempo. En cuanto teorías, se hacen sumamente formales: no es fácil advertir su pertinencia respecto de los ideales proclamados, las ideologías en las que se cree, los agentes de la acción histórica, pues estos ideales, ideologías y agentes no son “ubicados” por las teorías dentro de una sociedad existente y en el movimiento de su historia (Mills, 1976:9-10).