Mientras se publicaban estos textos, en Cuba concluía en esos mismos días el Congreso Cultural de La Habana, llevado a cabo entre el 4 y el 12 de enero. En él, delegados de decenas de países se habían encargado de discutir las relaciones entre cultura y política a la sombra de la revolución y se habían prestado, una vez más, a servir como avales del gobierno de Fidel Castro.
Semanas más tarde, La Cultura en México le dedicó su número del 7 de febrero al Congreso, en el cual se reproducían algunas de las ponencias presentadas allí, así como un resumen de la cuarta declaración del Llamamiento de La Habana.
Centrado en los problemas del tercer mundo, el Congreso fue inaugurado, el 4 de enero, con un discurso del presidente cubano Oswaldo Dorticós y clausurado, el día 12, por el comandante Fidel Castro. Cinco comisiones de trabajo funcionaron a lo largo del Congreso: 1. Cultura e independencia nacional, 2. La formación integral del hombre, 3. Las responsabilidades del intelectual ante los problemas del mundo subdesarrollado, 4. Cultura y medios de comunicación, y 5. Problemas de la creación artística y del trabajo científico y técnico.
Por considerarla de mayor interés, y por ser la más concurrida de todas, el suplemento mexicano reprodujo un fragmento de las conclusiones de la tercera comisión, abocada a analizar el compromiso de los intelectuales en los países del tercer mundo. Por tratarse de una pieza que resume los objetivos del Congreso y, de manera especial, el nivel de la discusión en el seno de la izquierda en torno a la posición del intelectual en la sociedad, vale la pena citarla completa:
Llamamiento de La Habana
Existe hoy, a escala intercontinental, una profunda relación entre los problemas de la revolución y los de la cultura. Esto nos obliga a
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reconsiderar el concepto mismo de la responsabilidad de los intelectuales y a definir juntos formas militantes y dinámicas de solidaridad entre los hombres de cultura de todo el mundo. Es preciso darle a la solidaridad una significación nueva, universal y concreta. Como ha señalado Régis Debray, “el secreto del valor del intelectual no reside en lo que éste piensa, sino en la relación entre lo que piensa y lo que hace”.
Nuestro tiempo se caracteriza por el esfuerzo tenaz de los tres continentes por librarse de la opresión. Vivimos una etapa de lucha entre el imperialismo y los países sojuzgados del mundo, es decir, en medio de una violenta lucha de clases a escala internacional. A este Congreso asisten todos aquellos que —comprendiendo que el destino del mundo se juega en esta lucha— han tomado partido por las clases explotadas, por la causa de los pueblos. Y como ésta es también la causa de la cultura, el Congreso Cultural de La Habana podría muy bien llamarse Congreso de la dignidad de la cultura.
No nos ha unido aquí un humanitarismo compasivo sino la cólera ante la injusticia y la brutalidad. Cansados de una larga explotación y humillación, los pueblos del tercer mundo toman decididamente el camino de la lucha armada. Es por eso que no están aquí los que preconizan diálogos y entendimientos entre opresores y oprimidos. Sabemos bien que el verdugo descarga su golpe precisamente cuando la víctima inclina la cabeza. No estamos, pues, por las reverencias. Estamos por la revolución.
La tradición de celebrar congresos de intelectuales y escritores de izquierda se remonta, como casi todas las ideas cercanas a la revolución que se reactivan en los sesenta, a la década de los treinta.
En 1935 se celebró en París el primer Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura, con la participación de intelectuales de la talla de Gide, Malraux y Benda, y con la participación de decenas de escritores invitados de numerosos países. Este primer evento constituyó un éxito clamoroso. En junio de 1936, en Londres, hubo otra reunión en la cual Malraux pronunció un encendido discurso en favor de la república española, recientemente amenazada por la sublevación del general Franco. Ahí se acordó que un segundo congreso debía celebrarse en Madrid. Entre tanto, en junio de 1937 se llevó a cabo, en Nueva York, el segundo Congreso de Escritores Americanos. Un mes más tarde se acordó que, en vez de Madrid, sitiada entonces por los franquistas, la sede del Congreso se trasladase a Valencia, capital de guerra de la república.
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Defensa de la Cultura se iniciaron el 4 de julio de 1937, bajo la presidencia de Juan Negrín, jefe del gobierno español, con la asistencia de doscientos escritores de veintiocho países. Por México asistieron, entre otros, Carlos Pellicer, Octavio Paz y José Mancisidor.
Durante las primeras sesiones en Valencia tomaron la palabra, además de Negrín, Alexei Tolstoi, Mijail Kolstsov y Gustav Regler, ovacionado por haber sido herido en el frente. El filósofo francés Julian Benda declaró ahí que “el intelectual está perfectamente en su papel saliendo de su torre de marfil para defender contra el bárbaro los derechos de la justicia”, mientras que el español Julio Álvarez del Vayo afirmó: “Somos combatientes de la cultura. Los uniformes que aquí vemos lo revelan, así como también las ausencias”.9 La
clausura del Congreso tuvo lugar en París, el 16 y 17 de julio, en el teatro de la Porte Saint-Martin, bajo la presidencia de Heinrich Mann y Louis Aragon. En su discurso de clausura, Aragon habló de las bondades del realismo socialista y de la necesidad de que los escritores se convirtieran en “ingenieros de almas”.
Este mismo espíritu comprometido parecía dispuesto a renacer, treinta años después, en el Congreso de La Habana. Con él se respondería, además, al Congreso para la Libertad de la Cultura, celebrado por decenas de anticomunistas en Berlín en 1950, con patrocinio de la CIA.10
La idea común de estos congresos, cuyo objetivo aparente era oponerse al fascismo, primero, y al imperialismo, después, ha sido severamente criticada en fechas recientes. Tras la caída de la Unión Soviética, los archivos de la KGB se
han encargado de mostrar que, en el mejor de los casos, la iniciativa de los congresos de intelectuales era formar una tibia oposición a los regímenes fascistas pero, sobre todo, manipular a los intelectuales supuesta o realmente “independientes” a favor de las políticas soviéticas.
Al igual que el llamado Frente Popular de los años treinta —la agrupación de los diversos sectores de la izquierda con el fin de enfrentarse unidos al fascismo—, los congresos de intelectuales se han revelado como una de las partes más turbias de la política de la Unión Soviética. Cientos de intelectuales se vieron sometidos, a veces sin saberlo, otras con plena conciencia, a los dictados de Moscú. Stalin, su principal propulsor, necesitaba contar con el apoyo de la opinión pública internacional, lo cual lo llevó a acercarse a intelectuales con ideologías distintas a la ortodoxia marxista-leninista.
Cuba seguía esta tradición, imitando en lo posible la actitud pasada de la
URSS. Al igual que Stalin, Castro siempre estuvo convencido de que un modo de
asegurar su supervivencia frente a la constante amenaza estadounidense era
9Cf. Lottman, 1982, pp. 174—176. 10
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gracias al apoyo de los “intelectuales comprometidos” de todo el mundo. El Congreso Cultural de La Habana de 1968 sólo era uno más de los contactos mantenidos por Castro con el objeto de obtener la ayuda de estos intelectuales.
Desde que en junio de 1961 Fidel Castro dirigió sus célebres “Palabras a los intelectuales”, la revolución cubana había intentado convertirse en guía y paradigma de la conducta que los escritores y artistas revolucionarios debían seguir en toda América Latina.11 En abril de ese año, Castro había vuelto a
definir la revolución en términos “socialistas” y el cambio implicaba también un viraje de su dirección intelectual.
El crítico Armando Pereira ha mostrado cómo durante la primera etapa de esta reafirmación revolucionaria, los intelectuales cubanos albergaron una suerte de “sentimiento de culpabilidad”, debido a que, de origen, éstos no habían manifestado una conducta revolucionaria. Para lavar este remordimiento, debían emprender una revisión de sus propias conductas y la reedificación ideológica de la revolución triunfante. Como reconoció el propio Fernández Retamar en su oportunidad: “Así como el partido iba a ser hecho después de ser la revolución gobierno —mientras que, habitualmente, una de las metas de un partido revolucionario es la toma del poder político—, de manera similar, los intelectuales de la revolución iban a hacerse tales, en medida considerable, después de esa toma del poder político”.12
Sobre la marcha, pronto quedó establecido que el papel del intelectual revolucionario tenía que ser completamente distinto del que tenían en las sociedades burguesas; mientras en éstas su carácter era casi decorativo, ahora tenía una misión redentora: lograr la transformación social inmediata.
Aunque al principio el propio Fidel Castro había reconocido que la libertad formal de los artistas debía mantenerse intocada, pronto el hostigamiento imperialista lo convenció de revertir esta tesis, de modo que ahora era necesario anteponer la “disciplina revolucionaria” a la libertad individual. El verdadero intelectual revolucionario, se dijo, nunca tendrá un problema en cuanto a la libertad de contenidos: su conciencia revolucionaria — si en efecto la tiene— lo librará de cualquier desviación ideológica. En palabras del comandante: “El revolucionario pone algo por encima aun de su espíritu creador: pone la revolución por encima de todo lo demás y el artista más revolucionario será aquel que estuviera dispuesto a sacrificar hasta su propia vocación artística por la revolución”.13
Hacia finales de la década, la disputa sobre el papel del intelectual en los
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Pereira, 1995, p. 11.
12Fernández Retamar, “Hacia una nueva intelectualidad revolucionaria”, Casa de las Américas, n. 40, enero-febrero, 1967, p. 10, cit. por Pereira, p. 12.
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países subdesarrollados, como ampliación de las llevadas a cabo en la isla, se tradujo en la búsqueda de una justificación teórico-práctica de los dictados establecidos por la política cultural oficial de la revolución cubana. El énfasis en la libertad individual debía desaparecer; a cambio, la revolución daría prestigio a los intelectuales comprometidos que estuviesen dispuestos a sacrificar su obra en beneficio de la idea revolucionaria.
Con el consentimiento de todos los participantes, el Congreso rindió un acto de homenaje a Régis Debray, detenido por el ejército boliviano. Esta mención era altamente simbólica: así como en los años treinta André Malraux era el ejemplo de intelectual comprometido —había rentado una flotilla de aviones y con ella se había dirigido a luchar a España contra los franquistas—, Debray representaba su continuación moderna.
La retórica revolucionaria se mantiene casi invariable a pesar de treinta años de distancia, aunque existen profundas diferencias detrás de las palabras. Si antes lo que congregaba a escritores tan diversos era la lucha antifascista, el nuevo enemigo pasó a ser el imperialismo que se precipita “contra los países sojuzgados del mundo”. Transformados los términos, las ideas centrales son las mismas: el llamado a la acción de los intelectuales, la comunidad de pueblos sojuzgados en busca de la libertad, el clamor fervoroso ante la revolución.
La comparación, sin embargo, resulta engañosa: mientras las enérgicas llamadas y las exaltadas argumentaciones de los escritores reunidos en los congresos de 1935 y 1937 eran lanzadas por intelectuales que al menos creían en la independencia y el valor de aquellos actos, ahora todos sabían que era un estado, el propio régimen revolucionario cubano, quien las financiaba. Si bien es necesario recordar el papel fundamental del Partido Comunista en los años treinta —y la relevancia de sus argumentos y sus métodos de trabajo—, también es cierto que la pluralidad real de los frentes populares propiciaba una discusión rica y diversa, por más que la inteligencia soviética tratase de manipular las acciones. Además, los efectos de los diversos congresos resultaron muy distintos, a pesar de que su meta fuese idéntica: mantener el prestigio internacional de la revolución. En las nuevas circunstancias, el Congreso Cultural de La Habana no tuvo —ni podía tener— las repercusiones de sus predecesores.
A pesar de su simpatía y adhesión a la causa, los intelectuales invitados a Cuba no se sentían tan amenazados por el imperialismo como los escritores de los treinta por los fascistas. Si la unión de los intelectuales en 1935 y sobre todo en 1937 era la respuesta colectiva a una amenaza real externa, ahora ésta se diluía en el dinero con el cual Estados Unidos financiaba a los gobiernos títeres de los países subdesarrollados. Para decir la verdad, los participantes en el
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Congreso Cultural de La Habana difícilmente podían llamar la atención de los habitantes de sus propios países.
La primera ponencia del Congreso reproducida por La Cultura en México pertenece a Alberto Filippi, representante de Italia. Su título es: “Sobre la responsabilidad del intelectual y la lucha de clases”.
En ella, Filippi considera que es errado pensar que la responsabilidad del intelectual en los países subdesarrollados y en los países con un “capitalismo avanzado” ha de ser distinta. El capitalismo, según él, incluye tanto al subdesarrollo como al “poscapitalismo”, de modo que, en uno y otro caso, la responsabilidad del intelectual debe ser “destruir el orden internacional determinado por el imperialismo”. En su opinión, los intelectuales europeos siguen mistificando a los países subdesarrollados. Durante siglos Europa desconoció las injusticias que se cometían en su nombre en Latinoamérica, Asia y África, y sólo ahora trataba de resarcir su culpa histórica, considerando que la opresión sólo se lleva a cabo en estos países miserables, sin que su actitud de simpatía romántica intente transformar las cosas. De acuerdo con esta moralidad equívoca, los intelectuales europeos, por ejemplo, condenan la violencia en Vietnam pero, en aras de una defensa del pacifismo, se niegan a defender activamente su revolución, con lo cual no hacen otra cosa que contribuir a mantener el imperialismo en aquel país.
La misión del intelectual del tercer mundo no sólo es acabar con su pasado colonial o semicolonial, sino descubrir, en su tradición europea, los elementos revolucionarios, antiburgueses y antimperialistas de ésta: sólo así se logrará un equilibrio entre lo nacional y lo occidental con una “perspectiva continental y mundial de la producción cultural revolucionaria”. En resumen, Filippi intenta mostrar que la responsabilidad intelectual no admite fronteras, que todos deben estar comprometidos con la misma intención de destruir al régimen imperialista; no obstante, en realidad su enfoque poco favor le hace a los intelectuales del tercer mundo.
Federico Álvarez, un exiliado español que había residido en Cuba y en México, parece responder al malestar planteado por Filippi. En su ponencia — también reproducida por La Cultura en México—, Álvarez se pregunta, de nuevo, cuál es la responsabilidad del intelectual en los países subdesarrollados, pero su respuesta es, al contrarío de la de su colega italiano, más una justificación moral que la búsqueda de una respuesta coherente a nivel teórico. En primer lugar, resuelve la cuestión moral de la responsabilidad del intelectual con una cita del novelista francés Michel Butor:
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trabajar con relativa tranquilidad en una estancia o en un laboratorio, dedicado a sus esfuerzos a aumentar el saber humano, a mejorar nuestra estancia en la tierra y nuestra vida, es un traidor a todo lo que hace, a sí mismo, a todos los que le siguen y lo comprenden de veras, ya sea matemático, compositor o arquitecto, si no arroja en la balanza la poca autoridad moral o espiritual de que se encuentra investido.
No deja de asombrar la suficiencia de un intelectual como Butor, convencido de su propia bondad. La sola idea de que un intelectual pueda ser inútil o dañino le parece escandalosa. Pero dejemos esto de lado. Para Butor, y para Álvarez, el intelectual no sólo debe trabajar para “aumentar el saber humano”, sino que debe usar su autoridad moral —su prestigio— para opinar sobre las cuestiones de interés público que le atraigan. Quien trabaja cómodamente por el bien del mundo lo menos que puede hacer es utilizar su “poca” autoridad moral para impulsar a la acción a los otros: qué lejos estamos ahora del intelectual comprometido de los años treinta, de aquel que se lanzaba a la acción sin intermediarios, dispuesto a perder no sólo sus comodidades, sino la vida. La idea de compromiso se mantiene, pero su fuerza se va perdiendo sin remedio.
Según Álvarez, la misión del intelectual consistiría en: 1. Expresar la ideología, la visión del mundo, el estilo incluso, de la nueva clase revolucionaria; 2. Poner en tela de juicio la realidad social, ejercer la crítica de una sociedad que acaba por aceptarlo como su propia conciencia autocrítica; y 3. Que el artista cree su arte y el científico, su ciencia.
Hasta aquí, la ponencia podría haber resultado sorpresiva si este escritor no hubiese añadido una pequeña excepción a su imagen del intelectual moderno. “Hay momentos”, dice, “en que la historia y la vocación humana más personal exigen del hombre [...] el sacrificio de toda función y de toda responsabilidad que choque con la responsabilidad elegida de luchar con las armas en la mano oponiendo [...] la violencia justa a la violencia criminal.” A diferencia de sus similares europeos, los países subdesarrollados exigen a sus hijos, y en especial a sus hijos intelectuales, que acepten esta responsabilidad que, jerárquicamente —como lo indicó Fidel Castro—, es superior a cualquier otra. Para concluir, Álvarez repite otra cita de Julio Cortázar —el cual, por cierto, también asistió al Congreso—: “Todo intelectual pertenece al tercer mundo”.
Más importante para nosotros, por tratarse de otro de los representantes de México, es la ponencia del filósofo Adolfo Sánchez Vázquez: “Vanguardia artística y vanguardia política”.
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En su intervención, Sánchez Vázquez trata de demostrar que la vanguardia artística está indisolublemente ligada a la revolución y a la lucha contra el orden estético dominante. Frente a algunas directrices teóricas del momento que consideran que el vanguardismo es “decadente”, es decir, que se ha aliado con el antiguo régimen, Sánchez Vázquez opina que la verdadera vanguardia artística estará siempre del lado de la vanguardia política. Si bien la burguesía ha tratado de reorientar su actitud hacia el arte de vanguardia, mercantilizándolo, a esta vanguardia artística correspondería la tarea de reencontrar su origen revolucionario:
Con su obra, el artista contribuye a asegurar y enriquecer la apropiación estética y, en definitiva, al hombre como ser creador. [...] De ahí la doble necesidad de ser revolucionario —es decir, verdaderamente creador— en el arte y disipar la ilusión —alimentada por los ideólogos burgueses— de que termina ahí la revolución para el artista, y de que su compromiso político y social es incompatible para ser revolucionario en el terreno de la creación artística.
Con un punto de vista que, en más de un sentido, recuerda las posturas del joven Lukács, Sánchez Vázquez trata de reconciliar la labor del artista y la del revolucionario como dos caras de una preocupación idéntica. El verdadero