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Vietnam desde México

In document La Imaginacion y el poder Jorge Volpi (página 94-100)

En 1967, Carlos Monsiváis había publicado una versión irónica del poema Howl de Allen Ginsberg, en el cual resumía la actitud general de los intelectuales mexicanos hacia la guerra de Vietnam. Según él,

[...] leyeron un día en el periódico con indignación los acontecimientos de Vietnam o México, y fue tanta su rabia moral que dejaron de leer el periódico, porque yo no puedo hacer nada y qué ganaría con vivir angustiado y de ese modo no se ayuda a nadie.24

A fines de ese año, la joven periodista Elena Poniatowska dedicó su columna semanal de Siempre!, titulada “7 días del mundo”, a los intelectuales mexicanos y la guerra de Vietnam. Según ella, aunque se decían miembros de la izquierda y no se olvidaban de recordar su solidaridad con los pueblos sojuzgados por el imperialismo, ninguno había dicho claramente “esta boca es mía” para denunciar los crímenes que se cometían en el país sudasiático.

Posteriormente, el tema de la guerra de Vietnam continuó siendo uno de

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los más recurrentes en las colaboraciones de Poniatowska. En su siguiente columna, la periodista se dedicó a recordar la condena que la iglesia católica, en voz del obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo, hizo de la guerra. Posteriormente ofreció dos testimonios de la vida de los niños y jóvenes en Vietnam del Norte.

Semanas más tarde, Poniatowska volvió a referirse al papel de los intelectuales frente a los sucesos de Vietnam. En primer lugar, narraba el caso de la cantante negra Eartha Kitt, la cual, durante una visita a la Casa Blanca, frente a la esposa del presidente Johnson, habló enfáticamente contra la guerra. A continuación, Poniatowska citaba unas palabras que la escritora cubano- italiana Alba de Céspedes pronunció durante su asistencia al Congreso Cultural de La Habana. Cuestionada, como tantos otros, sobre la responsabilidad de los intelectuales en los países subdesarrollados, De Céspedes repuso:

Tenemos que expresar nuestras ideas políticas, cualesquiera que sean, y no sólo en libros, sino también con las armas que tenemos a nuestro alcance, es decir, a través de la cultura. [...] Lo que acabo de decir es muy importante porque es muy cómodo ser de izquierda y pasársela hablando en un café. Esto no resuelve nada. Hay que hablar con la gente, luchar. Es muy difícil encontrar un escritor dispuesto a dar una hora para ocuparse de los obreros o los campesinos...

Casi como si tratara de responder a las acusaciones de Poniatowska, La Cultura en México publicó su número del 21 de febrero con el título “Vietnam: libertad o muerte”. En él se incluía un artículo de Pablo González Casanova y otro de José Emilio Pacheco, así como un cuadro de conclusiones sin firma y un fragmento del libro Crímenes de guerra en Vietnam de Bertrand Russell.

El texto de González Casanova, “¿El principio de no intervención en Vietnam?”, es más un llamamiento al gobierno mexicano que un análisis de la situación de la guerra. En primer lugar, el autor habla del estado que guarda ésta, en el cual las fuerzas estadounidenses se hallan en una situación cada vez más desesperada (recordemos que son los meses más intensos de la ofensiva del Têt). Pero ello no debe sorprender, pues, según González Casanova, “Roma nunca creyó ser derrotada por los ‘bárbaros’ ni Hitler por las ‘razas inferiores’”.

Según el investigador, tanto la justificación teórica del intervencionismo estadounidense basada en la idea de que ese país tiene la misión de “liberar” y “democratizar” a los demás pueblos, como el despliegue de ciencia y tecnología que no resuelve los problemas sustanciales de la humanidad, muestran la decadencia de Estados Unidos. Los enormes e inútiles gastos de la guerra sólo

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confirman esta apreciación. “¿Y cuál ha sido el único resultado de la confrontación?”, se pregunta. A mayor nivel económico, mayor inflación, desequilibrio en la balanza de pagos, aumento del dólar, inestabilidad de la bolsa de valores; en lo referente a la situación social, deserciones, drogadicción, indigencia. “Dentro y fuera”, afirma González Casanova, “nos preguntamos qué hacer.” La protesta es útil, pero insuficiente. Desde los habitantes de los más alejados rincones del planeta hasta escritores de la talla de Bertrand Russell lo hacen sin que haya resultados tangibles. ¿Entonces?

Lo definitivo es sin duda la lucha de todo un pueblo, textualmente heroico, como es el pueblo de Vietnam, y de sus dirigentes, encabezados por Ho Chi Minh, este nuevo Juárez que no se arredró tampoco ante la potencia más grande de su tiempo, y que como Juárez supo una verdad elemental: que no hay poder que valga contra un pueblo decidido a defender su libertad e independencia.

La comparación con Juárez no está exenta de consecuencias prácticas: González Casanova la realiza buscando despertar la conciencia del gobierno mexicano, asimilando la lucha de los dos pueblos. México “no debe guardar silencio ante el sufrimiento y valentía extraordinarios” de sus hermanos vietnamitas. Y repite: “El gobierno mexicano no debe guardar silencio”. La explicación es, de lleno, una demanda de que se haga una exhortación a Estados Unidos para que abandone “esas tierras devastadas sin más exigencia que la vida de los soldados que regresen”.

Después de recordar una frase que dos siglos atrás aplicó Thomas Paine a Inglaterra, “Nunca una nación invitó tanto a ser destruida”, González Casanova cierra su texto con un nuevo llamamiento al gobierno mexicano para que declare su posición sobre Vietnam: “Dentro de las circunstancias políticas que vive el México de hoy, no es excesivo pretender que México actúe en defensa del principio de no intervención en Vietnam, y de libre autodeterminación para Vietnam”.

Por su parte, José Emilio Pacheco realiza un análisis más severo. En primer lugar, afirma: “Vietnam se ha convertido en parte de nuestras experiencias personales”. Vietnam no se ve como una guerra lejana, sino como una injusticia vivida en carne propia. Y de inmediato Pacheco muestra el origen de semejante fenómeno: “Tan grande es la fuerza de las imágenes que noche a noche vemos en televisión”, dice, que “lo quiera uno o no, cada uno de nosotros es víctima, teatro y proceso de horror a un tiempo”.

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introduce en las cómodas cenas familiares, la convierte en una realidad cotidiana, a diferencia de los conflictos conocidos sólo por los diarios o las referencias indirectas. Tal inmediatez transforma radicalmente la percepción del conflicto: no es lo mismo mirar la muerte que saber de ella, presenciar el horror diario que escucharlo o leerlo. Frente a la repugnancia que provoca la televisión, sostiene Pacheco, resulta difícil —casi repugnante— analizar la guerra en términos abstractos; sin embargo, opina que es tiempo de hacer una recapitulación de la situación actual de la guerra. A partir de los acontecimientos desarrollados entre el 31 de enero y el 7 de febrero —los ataques masivos del Vietcong a las ciudades más importantes del país—, Pacheco saca las siguientes conclusiones:

1. Ya no hay salida honorable para Estados Unidos: “si no se retiran como perdedores, tendrán que permanecer como genocidas”. 2. El Vietcong ha demostrado la inutilidad de los bombardeos y la escasa presencia de Estados Unidos en la zona. A pesar del aparente triunfo de las fuerzas estadounidenses, “la maquinaria de guerra del Pentágono no podrá nunca doblegar la voluntad de quienes se hallan dispuestos a morir en su lucha contra el invasor”. 3. A pesar de que se habla de la derrota de la ofensiva del Têt, en realidad el Vietcong ha impuesto sus propias leyes al enemigo. Frente a la superioridad de los estadounidenses, el general Giap aplica los principios básicos de la guerrilla: “si el enemigo es fuerte, evítalo; si es débil, golpéalo; si es más numeroso, dispérsalo”. 4. Frente a la afirmación de Johnson de que la ofensiva fracasó al no producirse un alzamiento general, hay que pensar más bien en una recuperación de fuerzas por parte del Vietcong. 5. “Política, psicológica pero sobre todo moralmente, es innegable que la ofensiva ha triunfado.” La baja de confianza es de Johnson y sus generales. 6. La nueva fase de la guerra es más cruel. Los sufrimientos de los civiles crecen día a día. “Para triunfar, los estadounidenses necesitarían que no quedara en pie ninguna construcción y hubiera muerto el último vietnamita.” 7. A pesar de que el combate de Hanoi y el del Vietcong no son idénticos, parece que su estrategia conjunta llevará ciertamente a un alzamiento general o a la toma del poder mediante una coalición. 8. El Vietcong no aceptará ninguna solución de compromiso. Si bien los estadounidenses pueden iniciar conversaciones con Hanoi en el momento en que cesen los bombardeos, el Vietcong requiere, además, el reconocimiento de que es el único representante del pueblo sudvietnamita. Pacheco concluye:

Los acontecimientos de 1968 muestran hasta qué punto el país más poderoso del mundo resulta débil ante las naciones pobres. Aunque pudieran triunfar militarmente y exhibir como prueba el número de

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muertes, moral y políticamente han perdido desde hace mucho porque toda la aplastante tecnología puesta al servicio de la contrainsurgencia que el Pentágono llama Lucha con el Comunismo, es incapaz de quebrantar la voluntad y el heroísmo del pueblo vietnamita. Contra esas armas se estrellan todas las demás.

Al término del artículo de Pacheco, en un recuadro sin firma, La Cultura en México presentaba sus propias conclusiones:

Al mediar febrero, la gran crisis asiática parece otra continuación “limitada” de la tercera guerra mundial que de hecho se inició en la misma Corea a mediados de 1950 y que gracias al “equilibrio del terror”, puede ser otra guerra de los treinta o de los cien años. [...] Consideraciones menos pesimistas ven la primera crisis de 1968 como la más seria amenaza planteada hasta el momento contra Estados Unidos como policía universal. [...] Lo que Washington llama lucha contra el comunismo es en realidad guerra contra los pobres, contra las tres cuartas partes de la población mundial que forman el llamado tercer mundo.

La Cultura en México opina que la guerra de Vietnam se libra con base en los intereses contrarios de Estados Unidos, China y la Unión Soviética, que intentan conservar o ampliar sus respectivas zonas de influencia, mientras “dos países del tercer mundo [Vietnam y Corea] han puesto en jaque a las superpotencias y las han obligado a una nueva definición de sus objetivos”. Y termina: “Por sí solo este hecho tendrá consecuencias incalculables”.

El número monográfico sobre Vietnam terminaba con el ensayo titulado “Informe sobre Vietnam del Norte” de Ralph Schoenman, un fragmento del libro Crímenes de guerra en Vietnam, compilado por Bertrand Russell.

Además de fundador de la moderna lógica matemática, Russell era una leyenda viva por su activismo político, desarrollado desde los años veinte, cuando era un miembro cercano al círculo de Bloomsbury. Después de la segunda guerra mundial había sido una figura destacada en el reciente conflicto de los misiles soviéticos en Cuba. Al actuar como mediador, a través de un intercambio de cartas abiertas con Kennedy y Jruschov, había tratado de aliviar la tensión existente.

Del mismo modo, desde el inicio de la guerra de Vietnam, Russell se había encargado en cuerpo y alma de alimentar una campaña internacional contra la intervención estadounidense. Para lograrlo, creó comisiones de apoyo al pueblo vietnamita y, en 1967, se encargó de organizar un Tribunal de Crímenes de

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Guerra.25 No obstante, historiadores como Stephen Koch afirman que la actitud

de Russell, aunque bienintencionada en principio, no era sino la última secuela del engaño que sufrieron los intelectuales progresistas a manos de los manipuladores de opinión soviéticos.26

En la sección que le correspondió del libro, Schoenman refiere el caso de David Mitchell, uno de los estadounidenses que, haciendo caso a Russell, protestaba contra la guerra y quien en esos momentos se encontraba en prisión por negarse a formar parte del ejército de Estados Unidos. Lo interesante era que los argumentos que Mitchell esgrimía para no participar en la guerra eran jurídicos y no apelaban a razones pacifistas o de conciencia.

Según él, el ejército estadounidense violaba los convenios sobre guerra firmados por el país, como la Convención de Ginebra, los acuerdos de Ginebra de 1954, los acuerdos de Londres sobre Nuremberg y la Carta de las Naciones Unidas. Al utilizar armas químicas, napalm y los llamados lazy dogs, Estados Unidos atentaba contra los principios generales de humanidad asentados en esos tratados. Apoyando esta tesis, Mitchell recuerda que hacía apenas unos años, en el seno del Tribunal de Crímenes de Guerra de Nuremberg, el juez Robert Jackson, de la Suprema Corte de Estados Unidos, asentó que constituía un delito sancionado con la muerte el que ciudadanos alemanes no se hubiesen negado a obedecer las órdenes de su propio gobierno en asuntos relacionados con la violación de los principios antes enunciados. El juez Jackson incluso llegó a afirmar entonces que, “si en algún momento el gobierno de Estados Unidos fuera reo de esos crímenes, sus ciudadanos tendrían la obligación de negarse a cometerlos y de oponerse a quienes les ordenaran cometerlos”. Para Mitchell, ese momento había llegado.

Comisionado por Russell para hallar pruebas en favor de Mitchell, Schoenman fue enviado a Vietnam para observar si en efecto se cometían estos crímenes. Al día siguiente de su llegada a Hanoi, Schoenman fue recibido por el primer ministro Pham Van Dong y por el presidente Ho Chi Mihn. Al conversar largamente con ellos, pudo enterarse de los motivos por los cuales Vietnam del Norte no estaba dispuesto a iniciar pláticas de paz con Estados Unidos en ningún momento. Ellos le recordaron que en 1940, en los peores momentos de la segunda guerra mundial, cuando Hitler bombardeaba una y otra vez las ciudades inglesas, a ningún ciudadano británico se le ocurrió tratar de

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El Tribunal estaba formado por las siguientes personas: Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Laurent Schwartz (Francia), Lelio Basso (Italia), Lázaro Cárdenas (México), Stokely Carmichael y Dave Dellinger (Estados Unidos), Vladimir Dedijer (Yugoslavia), Isaac Deutscher (Gran Bretaña), Gunther Anders y Peter Weiss (Alemania), Josué de Castro (Brasil), Amado Hernández (Filipinas), Shoichi Sakato (Japón) y Mahmud Alí Kasuri (Pakistán). Las sesiones del “Tribunal Russell” se iniciaron en Estocolmo, después de que el general De Gaulle se negara a que su sede estuviese en Francia, el 2 de mayo de 1967 (Sartre, 1972, p. 23).

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establecer pláticas de paz con el enemigo; al contrario, el sentimiento de orgullo nacional creció como nunca antes. La sola idea de rendirse indignaba a los ingleses entonces tanto como a los vietnamitas hoy. Como dijo Ho Chi Mihn: “Seguiremos luchando otros cinco, diez, quince, veinte años si es necesario”.

A partir de ahí, Schoenman detalla los crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos contra el pueblo de Vietnam. Y su conclusión es que los vietnamitas no cederán y que el fin de la guerra llegará únicamente cuando Estados Unidos acepte retirarse de su territorio sin condiciones.

Semanas más tarde, el 23 de abril, la sección “Calendario” de La Cultura en México siguió comentando algunos de los sucesos más recientes de la guerra vietnamita.

Con el título “El Álamo y Khe Sanh”, José Emilio Pacheco, autor de la columna, realiza una comparación inversa entre los sucesos ocurridos en El Álamo en 1836 y en Khe Sanh en 1968.

En ambos lugares, un grupo reducido de estadounidenses defendió un cuartel en contra de un número muy superior de atacantes, hasta encontrar la muerte. En 1836 fue en contra de las tropas de Antonio López de Santa Anna y ahora en contra del Vietcong. De hecho, fue el propio presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson, quien se encargó de relacionar ambos sucesos; según él, en ambos casos el heroísmo de Estados Unidos quedó comprobado, así como su permanente lucha por la libertad. El grito Remember El Álamo encontró así una continuación en Vietnam.

No obstante, como observa Pacheco, en realidad en ambos casos, independientemente del heroísmo individual de los combatientes, el suceso sólo ha sido un pretexto para desatar invasiones injustas contra los países en cuestión: México en 1836 y Vietnam más de un siglo después. “Calendario” considera que Khe Sanh no corresponde a El Álamo, sino a Querétaro en 1867, es decir, a la derrota final de los invasores de Napoleón III.

La nota de Pacheco termina con una exhortación lírica: “Pero ahora la muerte, el sufrimiento y la capacidad de destrucción se encuentran tecnológicamente amplificadas y envuelven y amenazan a todos y lo que sucede en Vietnam ocurre también, y para siempre, en el interior de cada uno de nosotros”.

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