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EL VALLE DEL ORINOCO

In document La Nueva Granada Isaac Holton (página 147-160)

Hidrografía — El páramo de Choachí — La cordillera de Bogotá y las provincias que hay en ella — La selva oriental — Fuentes termales —Resguardos indígenas — Sacerdote afortunado — Penitente astuto —Planta de cabuya — Laguna Grande — Tesoros escondidos — El asesinato del rey chibcha — El señor Quevedo — Bolívar — Joaquín Mosquera —Rafael Urdaneta —

Domingo Caicedo — José María Obando — Francisco de Paula Santander —

Seis administraciones y tres rebeliones — Asesinato y misterio — Sucre, Sardá

y Mariano París — Une — Páramo de Cruz Verde — Plantas raras.

Había visto que los campesinos que bajan de los páramos a Bogotá traen plátanos y naranjas que no se dan en esas altitudes, por consiguiente, más allá del páramo debí a haber tierra caliente y yo quería conocerla. Me dijeron que fuera a Ubaque y a Ubaque decidí irme. Pero ¿dónde quedaba ese sitio? ¿Acaso en la cuenca del Orinoco? Eso me parecía prácticamente imposible y resolví preguntarle a un militar, quien me aseguró que las aguas de esa región eran tributarias del río Bogotá, y al mismo tiempo me habló de sembrados de caña y de plátano. Cuando yo le sugerí que un río no podría subir desde tierras donde se diera el plátano hasta la Sabana, admitió que efectivamente eso era algo imposible.

Bogotá está en el propio límite de la cuenca del Orinoco, pero las nociones hidrográficas del país no son muy exactas y muchas de las regiones que se cree que desaguan en el Magdalena, lo hacen en realidad en el Orinoco. En la mayoría de los mapas la Cordillera Oriental o de Bogotá aparece como una cadena bien delimitada que corre derecha en dirección nororiental. El mapa de Mosquera sitúa a Bogotá a mitad de camino entre esta cadena de montañas y el Magdalena, quizá más cerca del río. En el mapa de Tanner, de Colombia, hecho en 1829, que es el mejor hasta ahora, la laguna de Tota y el campo de batalla de Boyacá aparecen situados demasiado al occidente de la cordillera, y tuve que corregir en dicho mapa la salida que Tanner le da a la laguna por el Sogamoso e indicarle otra, al lado opuesto, por el río Upía, el cual atraviesa una alta cadena montañosa para llegar al Meta y al Orinoco. El mapa de Acosta, el mejor geógrafo granadino hasta la llegada de Codazzi, cometió el mismo error de Tanner. Hay otro mapa que sitúa a Bogotá a todo el oriente de los Andes, ¡nada menos que en los llanos del Orinoco!

En todas mis excursiones anteriores había usado botas pero esta vez estrené una nueva clase de “chaussure”, los alpargates o alpargatas. Imagínense una estera de cordón trenzado al que primero enrollan dándole la forma exacta del pie y luego cosen con una aguja larga, de un lado al otro, a todo lo ancho. Arriba le cosen una cobertura para el pie pero la punta queda abierta de manera que se ve el dedo gordo. En el talón amarran una tira que se ajusta con una cuerda tejida, de colores vistosos, amarrada por delante sobre el empeine. En la ilustración el alpargate aparece como pantufla y para el conocedor es extraño que la manga del pantalón quede tan encima del alpargate.

Alpargate o alpargata.

Para caminar no hay nada que proteja los pies como el alpargate; no los calienta, se ajusta a sus movimientos y permite un paso más seguro porque se adapta mejor al terreno. Si tuviera que ganarme la vida caminando, lo más probable es que lo hiciera en alpargates. En Bogotá, el par vale quince centavos; en el Cauca son de peor calidad y más caros. Yo me acostumbré a usarlos y ya no puedo pasarme sin ellos. Es curioso que me es difícil encontrar alpargates suficientemente grandes. No acostumbro mirarle los pies a la gente, pero existe unanimidad entre los observadores sobre que esta es una tierra de pies bonitos, lo cual me imagino que quiere decir que son pequeños. La mejor prueba que podría presentar al respecto es que nunca me he medido unos alpargates que me quedaran grandes, a pesar de que siempre que se ha presentado la ocasión he podido usar las pantuflas que me han prestado distintos caballeros.

Hay tres caminos a Ubaque, pero como a mí me gustan las vueltas largas, con la venia del lector iremos por Choachí, pasando por El Boquerón, en el que ya estuvimos mucho rato, y luego cruzaremos el catión que se ve desde Monserrate. Exactamente a la salida del Boquerón hay una venta y quien de allí se vuelva para mirar atrás estará de acuerdo conmigo en que ningún camino ha atravesado jamás un desfiladero más escarpado. Si estuviera a cien millas de Nueva York en vez de a dos millas de distancia de Bogotá, sería una atracción turística, pero aquí son muchas las bogotanas que no lo conocen. En la Nueva Granada aprecian poco lo sublime, quizá por tenerlo en tanta abundancia.

Seguimos ascendiendo continuamente por senderos que el uso continuo ha gastado, a veces empinados, pero en largos trayectos casi planos. En la boca del Boquerón dejamos el río San Francisco que en ese sitio lo forman innumerables arroyos que vienen de todas las direcciones. Pero ¡ qué camino tan solitario! Parece que atravesara tierras que hubieran sido abandonadas, y con razón, por no ser habitables para el hombre. En algunos lugares el camino se bifurca en varios senderos, todos malos y que confluyen luego en un callejón tan estrecho que es difícil que al lado del viajero pase una pobre mujer con un enorme bulto de carbón sobre las espaldas, cubierto de hojas de frailejón.

Y el ascenso continúa. Nos damos cuenta de lo que hemos avanzado mirando las montañas que se elevan detrás de nosotros, y sobre todo la iglesia de Monserrate, que ya no vemos destacarse contra el cielo claro sino contra la sierra azul que se divisa al otro lado de la Sabana. El frailejón empieza a ser más abundante y la vegetación adquiere un colorido más opaco. Guadalupe también desaparece de la vista, como también las montañas que sobriamente dominan a Bogotá, con sus cimas rodeadas de nubes oscuras, mientras la ciudad goza de un tiempo hermoso. Todas ellas se desdibujan y por encima del pico más alto contemplamos la Sabana y mucho más allá podríamos ver el Quindío si no lo taparan las nubes. Sin embargo, seguimos subiendo.

Finalmente ganamos la última cumbre. Frente a nosotros se extiende, muchas millas al oriente, una llanura ondulante y donde ésta comienza se halla la primera casa que encontramos desde que dejamos la venta a la salida del Boquerón. Pero ¡qué casa más infeliz! Aparte de una pequeña parcela sembrada de papa y de arracacha, no hay nada que aliente al espíritu del hombre. Al lado de esto, Siberia debe ser un paraíso. Largo y desolado fue el camino por el páramo de Choachí, y así y todo, no merece ese nombre pues es demasiado bajo y caliente para ser un páramo. Vimos

varias casas y me cuentan que cuando hace mal tiempo los campesinos tienen que quedarse encerrados.

Confieso que no logro explicarme porqué esta llanura es mucho más fría que las llanuras africanas. El sol las ilumina con igual intensidad, y el aire que es dos veces mas enrarecido no puede desvanecer tan rápidamente el calor. Quizá se deba a que la superficie está mucho más lejos del fuego interno de la tierra, que es la fuente principal de calor, y que los rayos del sol contribuyen mucho menos de lo que pensamos a calentar la tierra.

La primera parte de la nieve que se derrite en la primavera es la que está debajo de las capas superficiales y la tierra se deshiela antes de que le den los rayos del sol. Así me imagino que las aguas que descienden de nieves perpetuas proceden también de esas capas inferiores de nieve. Sin embargo, no es extraño que la temperatura de los sitios más bajos en la Nueva Granada sea menor de la que les correspondería por su elevación o, si ustedes prefieren, por el espesor de la capa terrestre sobre la cual están situados. Las brisas que refrescan el rincón de Vijes proceden del oriente y veinte minutos antes están en sitios altísimos y helados. Pero si el viento sopla del oriente, es posible que haya pasado durante dos horas por regiones calientes y ya no sea tan frío; y si viene del sur, será todavía más caliente. Pero difícilmente llega una ráfaga del norte que no haya estado jugando un rato antes en algún picacho cubierto de escarcha. Por esta razón el que quiera conocer un ejemplo típico de lo que es el clima en la zona tórrida no deberá buscarlo en la Nueva Granada, y creo que debido a estas circunstancias muchas plantas tropicales no podrían vivir aquí sino en invernaderos. Por último, ellas explican porqué razón los granadinos no saben lo que es una noche verdaderamente calurosa.

Pero esta charla, aceptable para los lectores que están soportando estaciones caniculares, es tema demasiado frío para proseguirlo en el páramo de Choachí; así que apresurémonos. Al frente de nosotros se elevan unos picos que me gustaría escalar pero que la falta de tiempo y la prudencia me lo impiden. Si de pronto el páramo “se pusiera bravo”, mal lo pasaríamos y mal comeríamos aun en el caso de que lográramos llegar a una de esas chozas desoladas, sin ventanas y sin chimenea. ¡Qué silencioso es el páramo! No hay pájaros, no hay insectos, y quizá debido a la atmósfera rarificada no se oye el murmullo de los arroyos. Bebí el agua helada inclinándome en un puente natural formado por una piedra plana sobre un riachuelo tributario del Orinoco. A una hora de camino cruzamos la vertiente y recuerdo el trabajo que me dio descubrir la palabra hoya que utilizan aquí para expresar cuenca hidrográfica, pues parece que a la gente inteligente no se le ha ocurrido idear otra mejor.

Todos los arbustos en estas alturas son singulares, pero vi uno que me llamó especialmente la atención pues tiene hojas tan grandes como las del manzano, blancas por debajo y con un sabor acre. Es el conocidísimo Drymis Winteri,que aquí no utilizan mucho como remedio y que como lo llaman canelo, lo confunden con el árbol de la canela, pero este es mucho más agradable y no tiene el sabor fuerte del canelo granadino.

Estábamos acercándonos al límite oriental del páramo y quedé asombrado de lo ancha que es la cima de la montaña, lo cual es normal en toda la cordillera de Bogotá. En ella, al norte están situadas provincias enteras, y en las de Vélez, Socorro, Tunja, Tundama y Pamplona son muy pocas las ciudades importantes localizadas en tierras donde se da la caña.

Las cumbres de esta cordillera son el jardín de la Nueva Granada y de toda Sur América. En ninguna parte de América, excepto en algunos lugares de los Estados Unidos, hay una población tan densa como la que habita en este mar de montañas. Lo único que le falta para ser una de las mejores razas de la tierra es educación adecuada. Es proverbial el ánimo emprendedor de los socorranos, y todos los habitantes de las tierras frías son de suyo muy trabajadores.

La naturaleza ha sido también pródiga con las riquezas minerales. Al norte de la Sabana están las minas de sal de Zipaquirá y un poco más allá, en Pacho, las de hierro. Todas las esmeraldas del mundo provienen de Muzo y Somondoco. Al norte de Muzo está la mina de cobre de Moniquirá, y por último, para no mencionar el estaño, el plomo y el azufre, que no se explotan sistemáticamente, están los yacimientos auríferos de Piedecuesta. Pero el más valioso de los depósitos minerales es el carbón, y aunque en la Nueva Granada quizá sea menos abundante que en Inglaterra o en Pensilvania, dadas las actuales necesidades del país, es prácticamente inagotable.

En el límite oriental de la cordillera se encuentran muchas crucesitas que posiblemente las personas que sobrevivieron al ascenso colocaron en acción de gracias o quizá otras que buscaban la protección del cielo para llegar abajo sin ningún hueso roto. Pero cualquiera que espere contemplar desde aquí los llanos sin límites del Orinoco quedará decepcionado porque este sitio está más o menos a la mitad del camino entre ellos y el Magdalena, así que lo que se contempla desde este sitio es un abismo insondable, y más allá montañas que se elevan nuevamente, una tras otra, de tal manera que a simple vista es imposible saber que ya se ha cruzado la parte más alta de la cordillera.

¿Cómo se llaman estas montañas? ¿Quiénes las habitan? ¿Qué poblaciones hay a sus pies? Ninguna tiene nombre y todas son inutilizables para el hombre. En la base de las montañas hay unas trochas horribles que los viajeros no transitan. Casi la mitad de las aguas de la Nueva Granada desembocan en el Orinoco y en el Amazonas, pero de los 2.243.730 habitantes del censo de 1851, únicamente 51.072 viven en esta región y en las tierras frías que desaguan en el Magdalena. De estos, 28.873 están en los cantones de San Martín y Cáqueza de la provincia de Bogotá, que es la principal, un imperio que se extiende del Magdalena al Orinoco; 18.523 en la provincia de Casanare y 3.676 en los vastos territorios de San Martín y Mocoa, cuyos límites la ley todavía no ha demarcado.

Y en todo este inmenso espacio no hay más que siete oficinas de correo. Aquí tenemos, pues, un mundo del futuro, habitado únicamente en la periferia por algunos indios civilizados. Cáqueza, a un día de viaje desde Bogotá (25 millas), es lo más lejos a que llega la mayoría de la gente, y hasta allí hay poblamiento, aunque muy escaso; pero pasando Cáqueza reina la soledad absoluta.

Cabalgando en un sillón

Haciendo una pausa antes de empezar el descenso miremos el grupo que acaba de aparecer en la hondonada y que se ha detenido para ponerse ropa apropiada al clima por donde va a pasar. Si se desenvolviera como a una momia al personaje principal, a quien el observador desprevenido podría considerar como un bulto puesto de cualquier manera sobre la mula, resultaría ser una dama bogotana bastante elegante, cuya condición actual no es la más apropiada para dedicarse al

alpinismo. Poreso tuvo que hacer esta excursión sentada en un sillón, montura parecida a las usadas en Turquía y en Europa, pero que no son nada seguras ni aconsejables, a menos que la señora sea totalmente incapaz de montar a caballo.

Como pueden ver, los pies quedan al lado contrario del que quedarían en una silla de montar de señora. El sillón, de cuero rojo con adornos de plata, está lo suficientemente bien acolchonado para ser cómodo cuando la bestia va al paso de un buey, pero para esta es más incómodo que una montura ordinaria. Detrás viene a caballo el marido con el primogénito en brazos. Pero el personaje que más me intriga es el hombre a pie. Obviamente no es indio y el sombrero es el de un caballero; pero el bulto que carga, los pantalones enrollados y las alpargatas, indican que está afrontando circunstancias a las que no está acostumbrado. Mi explicación no es muy caritativa y quizá sea errada, pero me imagino que los tres viajaron a Choachí o a Ubaque a veranear y jugaron y perdieron todo el dinero. Habían ido en cuatro mulas alquiladas y con un carguero para el niño, pero al regreso tuvieron que recortar gastos y dejar parte del equipaje para subirlo en otra ocasión y empeñar la otra silla. Esta historia explicaría toda la escena.

Una diferencia de cien pies en la altitud produce cambios considerables en la vegetación. Más abajo encontré una planta maravillosa que al principio se me pareció a la madreselva, pero con flores de color escarlata de tres pulgadas de largo y que resultó ser un arbusto que crece ocho pies, el Loranthus. En otra ocasión al oriente del Boquerón encontré una especie más bajita, la L. Mutisii, que tiene flores de seis pulgadas de largo, y también he visto otra con flores amarillas más pequeñas. En ese mismo sitio crece un arbusto melastomáceo bellísimo y más adelante me entusiasmé por las flores de unos árboles altos de ese orden, pero todos mis esfuerzos por cogerlas fueron inútiles. Karsten y Triana presentaron esta especie como Codazzia rosea. En ese lugar cogí una flor amarilla, una Loasa que no sabía que pica como si fuera una avispa.

Poco antes de entrar al bosque me detuve en una venta con unos campesinos que había encontrado en el camino. Sacaron algunas provisiones de las mochilas y se pusieron a almorzar. Uno de ellos me ofreció tímidamente un pedazo de chicharrón, bocado muy apetecido, pero lo rechacé, aduciendo que no tenía nada de hambre.

Al pie del cerro estuve en un manantial de aguas termales azufradas, las que llevaban por una acequia hasta una caseta para bañarse y por otra conducían agua fría para reducir hasta un punto soportable la temperatura de las primeras. De la fuente se escapa mucho gas que parece ser ácido carbónico. Desafortunadamente no había llevado termómetro, pero las aguas parecían lo bastante calientes como para cocinar huevos. Es curioso que estas aguas termales no sean más conocidas y visitadas, quizá porque a los bogotanos les gusta bañarse en agua helada y más que calentar el agua prefieren enfriarla.

En la Sabana de Bogotá hay fuentes termales que me hubiera gustado conocer, pero solo supe de ellas cuando ya me iba a ir. Las de Tabio, a unas veinte millas al norte de Bogotá, tienen una temperatura de 114ºF. mientras que cerca corre una quebrada cuyas aguas tienen una temperatura de 53º También hay otras en Suba, a diez o quince millas al norte de la capital.

Desde la fuente, que queda un poco fuera del camino, seguí hacia el sur, a Choachí. Este es un pueblito situado en una planicie en la ladera y a una milla o más del riachuelo que ruge al pie de la montaña. Las riberas del río están densamente pobladas de indios y en toda la región no había visto tantos cultivos como aquí. Contemplar el paisaje de la tierra cultivada me produjo un placer increíble. El distrito de Choachí cuenta con 4.691 habitantes, y Ubaque, que está un poco más adelante, tiene 3.399, mientras que el distrito de Fómeque, al otro lado del río, 6.645. La proporción de sangre blanca en toda esta población es muy reducida.

Una medida legal de carácter benévolo hizo que estas tierras quedaran en manos de los indios, impidiéndoles que las vendieran, excepto bajo ciertas condiciones; pero al difundirse la idea de

libertad, se vio que no era democrático restringir la libertad individual. Varias legislaturas provinciales están estudiando ahora este asunto; en algunas provincias la tierra de los resguardos solo se puede vender en subasta pública, pero en otras cualquier persona que logre convencer a

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