Bodega y bodeguero — El navío de Crusoe — Cargueros — Puente estupendo — Suicidio
municipal — Sal — Baño general — Ciudad petrificada — Pescaderías — Sumisión a las mulas — Desayuno campestre —Adiós al río — El señor William Gooding — El Coronel Joaquín Acosta — La guadua — El mercado dominical — La misa — El cementerio — La fuente — Saludos y despedidas.
Abandoné el champán tan rápidamente que ni siquiera tuve tiempo de darme cuenta en cuál margen del río estábamos, y como Honda se halla en la izquierda, pensé que nos encontrábamos a ese mismo lado. Pero estaba equivocado pues nos hallábamos en La Vuelta de la Madre de Dios, que es el último sitio a donde suben los vapores, aunque al decir que algunos, con suficiente fuerza, pueden llegar hasta el pie de los rápidos de Honda.
Lo único que hay en La Vuelta es un cobertizo, pero el lugar es tan favorable para embarcar y desembarcar, y la tierra parece ser tan fértil que si tuviera buen clima sería el sitio ideal para una finca. Desde aquí sale un camino relativamente aceptable a Bogotá, por el cual, con buenas bestias, se llega a Guaduas en un día.
A mucha gente le gusta viajar a lomo de mula de La Vuelta a Honda llevando su equipaje, pero es preferible ir directamente a Guaduas, o si no, a Pescaderías. Esta población queda al frente de Honda y allí es más fácil contratar bestias y se consiguen mejores posadas. Pero en el caso de que el viajero decida subir por el río y si tiene mucho equipaje, le aconsejaría que lo dejara en la margen oriental y no lo llevara a Honda.
Dejamos el río y tomamos un viejo camino de herradura que avanza en medio de bellos y variados paisajes, y pronto unos altos cerros nos taparon la vista del río. Había micos trepados en los árboles y en el campo crecían flores de muchas clases. Por primera vez vi una planta pequeña que parece yerba, y desde entonces la encuentro por todas partes. Es la Dichromena ciliata y llama la atención porque las hojas superiores, las brácteas, son blancas en la base.
Caminamos varias millas antes de encontrar la primera de las pocas casas que hay en el camino. Al entrar a un potrero por un portón me sorprendió ver que éste tenía techo; después observé que todos lo tienen. Aquí llaman puerta a todo: a los portones, a los portales y a los portillos; puerta de tranca es simplemente un par de barras, y puerta de golpe un portón. Es incómodo para el viajero no conocer los nombres locales de las cosas, que precisamente por ser localismos no se encuentran en los diccionarios y las gramáticas. Personalmente los que conozco me han parecido poco útiles en la Nueva Granada porque, por lo general, se escriben para latitudes madrileñas. Después de haber andado seis o siete millas empezamos a creer que nos habíamos perdido y que en vez de seguir a Honda nos estábamos alejando del río, pero de pronto sentimos a la derecha ruido de agua y vimos el Magdalena corriendo y chocando tan violentamente contra las rocas, que nos preguntamos cómo haría el pobre champán para pasar por este sitio, conocido como Quita- palanca.
Llegamos al pie de los rápidos cuando menos lo pensábamos y encontramos unas cuantas chozas y un edificio bien planeado y grande, pero es imposible saber si todavía no lo han terminado o si es que está en ruinas. En el arco sobre la puerta hay un letrero que dice Bodega de Bogotá.
El bodeguero es todo un personaje. Fue en otra ocasión cuando tuve oportunidad de conocerlo mejor: una vez llevé a depositar algún equipaje y para hacer las cosas rápidamente desensillé yo mismo la bestia, entré los aperos a la bodega y llamé al bodeguero, un viejito flaco, que se estaba desayunando.
“¿Qué es lo que hay aquí?”, preguntó señalando las cosas que había entrado sin permiso.
“Solamente mi montura” contesté. Por montura se entiende la silla, el freno, el cabestro, en fin, todos los aperos.
“Sáquela, ordenó, no tiene por qué estar aquí hasta que no la haya registrado".
Me pareció divertidísima la disciplina tan estricta de la única persona que he conocido en este país que tenga algún sistema de trabajo, y si no hubiera sido porque estaba de afán, habría perdido media hora discutiéndole y negándome a cumplir sus órdenes. El peón sacó la montura, el viejo la contabilizó y volvió a ponerla donde yo la había colocado antes. En otra ocasión lo escandalicé cambiándome de ropa en la bodega; el pobre hizo todo lo que pudo para convencerme de que en vez de la camisa cambiara de propósito; pero la necesidad, que no conoce leyes, es además la madre del discernimiento y mientras alegábamos yo me cambiaba a toda prisa hasta que se terminó el motivo de la discusión.
Cerca de la bodega y debajo de un árbol vi seis o siete piezas de una caldera inmensa para la destilería de Cuní, que queda en las montañas, a dos días de camino. El trabajo de transportar una sola de ellas hasta Cuní es apenas comparable a la proeza de Aníbal o de Napoleón cruzando los Alpes, el primero con los elefantes, y el segundo con la artillería. Pero lo increíble es que toda la región por la que han traído estas piezas es excelente para el cultivo de la caña de azúcar, y sin embargo aquí estánoxidándose desde hace años, tiradas como una ballena abandonada en la playa. El transporte hasta el interior es a veces tan complicado como una maniobra militar. Cuentan que cierta vez llevaron piezas tan pesadas, que los cargueros, como llaman a los hombres que hacen las veces de bestias de carga, se comían una res diaria. Y dicen también que la carga más pesada que ha transportado una sola persona a Bogotá, pesaba 216 libras y la llevó una mujer. En cuanto al peso, es difícil saber si era ese exactamente, porque la conversión de medidas no siempre es precisa.
El carguero, como el boga, tiene un trabajo mucho más duro que cualquiera en los Estados Unidos y sus motivaciones son todavía más difíciles de explicar que las del boga. El carguero es oriundo de tierras altas y frías y pertenece a una raza más trabajadora. Además no siempre es pobre. El coronel Santamaría me contaba cómo en cierta ocasión en que viajaba a las espaldas de un silletero, este le mostró desde una cima una finca que tenía arrendada. Los cargueros son indígenas puros o de sangre mezclada y van desnudos de la cintura para arriba y de la mitad del muslo para abajo. Sostienen la carga con dos correas que les cruzan el pecho y me dicen que la mujer del carguero sale a recibirlo el último día del viaje, le lleva comida y transporta la carga el resto del trayecto.
Una vez bajando de Bogotá me crucé con una fila interminable de cargueros que llevaban gran cantidad de cajas de todas las formas imaginables, con maquinaria para una fábrica de la capital, y el origen de ese río humano era esta bodega.
Tuvimos que gritar hasta el cansancio: “Paso”, “Pasero”, para que finalmente viniera éste y nos transportara al otro lado del río, a una playa amplia y arenosa. El pasero tiene la obligación de
servir gratis a los vecinos y debe pagar algo a la Provincia por el privilegio de cobrar a los viajeros de otras provincias cinco centavos, y hasta diez cuando puede. Este pasaje es un renglón del ingreso provincial que debería centralizarse, como dicen aquí, ya que el dinero sale del bolsillo de los habitantes de otras provincias. Este paso produce muy poco porque está en un camino poco transitado; los hondeños son casi los únicos que lo usan y no pagan nada. Las demoras y las incomodidades de este transporte son unas de las razones por las cuales es mejor ir directamente a Pescaderías sin pasar por Honda. El paso de Pescaderías es malo, pero no tanto como el de Honda. Además se puede ir caminando de la bodega a Pescaderías, y en especial por la mañana es un paseo muy agradable. En el camino se encuentran muchos arbustos pequeños,Helictres, de la familia de las esterculiáceas, con frutas y flores de forma muy peculiar. Las flores son rojas, parecidas a las de la malva, y las frutas, siempre se encuentra alguna madura, tienen una pulgada de largo y forma retorcida muy curiosa.
En la playa de Honda hay una fila de chozas que deben ser de bogas y también una bodega bastante grande; más que bodega de Honda es la de Ibagué y de Santa Ana. En ella hay unas armas viejas que posiblemente por falta de transporte tuvieron que abandonar durante alguna campaña militar, y sin duda seguirán allí hasta que alguien las compre.
Por un camino empedrado subimos una loma escarpada hasta llegar a la planicie que se extiende casi hasta Honda. Es una llanura sin cultivos y llena de sol, donde vi por primera vez la Lantana, planta verbenácea, que desde entonces encuentro por todas partes. Tiene de tres a cuatro pies de altura, las flores forman una corona aplanada, son parecidas a las labiadas, y las frutas parecen moras chiquitas. Los botones de las flores son rojos, la flor recién abierta es anaranjada y luego se vuelve amarilla.
Al oriente de la llanura corre rugiendo el río por entre las rocas y las aguas turbulentas hacen imposible la navegación. Sin embargo, el presidente Herrán, en una ocasión en que le pareció más importante ahorrar tiempo que cuidar la seguridad personal, se arriesgó a navegar aguas abajo. Se está pensando construir un ferrocarril que pase al lado de los rápidos, pero dudo mucho que deje utilidades, si es que lo hacen.
Al occidente está la sierra de precipicios perpendiculares, cuyos perfiles fantásticos me habían sorprendido el día anterior. Al norte las montañas descienden hasta el río, y al sur de la llanura está Ronda, al pie de un cerro alto, cuyas estribaciones también llegan al río. El camino empedrado baja hasta un puente de piedra muy antiguo que hay sobre el lecho seco de un riachuelo y entra inmediatamente a Honda. A esta ciudad llegaban en otro tiempo dos corrientes de tráfico del interior, rumbo a España. Eran las vías comerciales de Bogotá y Quito, ambas encaramadas en altísimas montañas y que se enriquecieron con la expoliación de los indios, pero cuando terminó esta, se acabó también el comercio con España. Hoy en día el comercio quiteño no busca el Magdalena, y las pocas importaciones y exportaciones de Bogotá empiezan a abrirse camino al pie de las montañas, en la margen oriental del río. Es natural entonces que desde que se entra en la ciudad se observa su decadencia; casas que debieron ser magníficas están reducidas a ruinas, sin techo, y las gruesas paredes ahora solo encierran malezas. Todas las construcciones de Honda son de piedra y teja, y por eso la vieja ciudad ha necesitado para derruirse la ayuda efectiva de uno o dos temblores.
El mejor ejemplo de arquitectura contra terremotos que conozco es el puente sobre el Gualí, el río cantarino que atraviesa a Honda. Antiguamente lo cruzaban dos puentes de piedra con un mortero casi tan duro como la piedra. Del situado más arriba solo queda uno de los contrafuertes y un pedazo de estribo. En cambio el otro ha sobrevivido a tantos cataclismos que ninguna descripción, medida o plano podría darle a un arquitecto idea de las condiciones en que se encuentra el puente hoy en día; y por mi parte, ninguna especulación o investigación geológica ha podido explicarme satisfactoriamente lo que le ha sucedido. Parte del puente se cayó, lo arreglaron con madera, luego se quemó y después lo volvieron a remendar; así que tiene construcciones de tres épocas
distintas. Hay pedazos tan resistentes que soportarían el paso de dos elefantes cargados, y otros tan débiles que para pasarlos se exige que la gente se apee de la cabalgadura y le quite la carga a las bestias. Parte de la mampostería se inclina contra la corriente, y la otra a favor de ella; tiene algo parecido a una linterna antigua que siempre me intrigó, porque nunca supe si el eje del cono era originalmente horizontal o vertical.
Pero acerca del puente hay otra cosa extraordinaria para contar. Los solones locales parecen tan decididos a arruinar a Honda que han impuesto un peaje de diez centavos por cada tercio de carga que cruza el puente, mientras que al otro lado se puede cruzar libremente las aguas tranquilas que hay entre los dos rápidos. Me encantaría empacar en una caja este puente, glorioso rival de la Torre de Pisa, y mandarlo a Nueva York; pero aquí no podrían prescindir de él, porque el Gualí no es nunca vadeable, y me temo que pasará mucho tiempo antes de que construyan otro.
Pasando el puente se vuelve a la izquierda, luego a la derecha, se sube una loma por una calle estrecha y por otra más estrecha todavía, y se baja hasta encontrar una vía amplia y recta que termina en la playa del río que desemboca en los rápidos. Después de este punto el Magdalena vuelve a ser navegable y no hay más obstáculos por mucho tiempo. La calle ancha y recta probablemente es la parte más nueva de la ciudad, y la plaza de mercado está al finalizar la calle, al pie del río.
Viniendo a Honda, teníamos el Magdalena todo el tiempo a la izquierda y no había ninguna calle entre nosotros y el río, solo una hilera de casitas insignificantes a la derecha. Después encontramos una calle al occidente, una placita, una iglesia, y detrás de ésta, una loma con casas; en la orilla norte del Gualí hay una calle en ruinas y en la margen derecha otra con algunas casas buenas, varias en ruinas y una plaza frente al cuartel y a las oficinas de la administración cantonal. Sigue otra cuesta con una o dos calles agradables, otra plaza y otra iglesia, y por último un sector de la población en el que casi todas las casas son de bahareque y paja, y se extiende hasta el riachuelo que limita a Honda por el sur. Este corre al pie de una altísima montaña cuyas estribaciones terminan en la misma orilla del Magdalena y atraviesa un valle tranquilo, que me encanté porque las casas están rodeadas de tierra que sin mucho trabajo podría convertirse en el jardín más bello del mundo. En cambio, el centro de la población, al sur, entrando por el puente, es una masa densa de casas de piedra y de calles mal empedradas y tortuosas, apiñadas entre la colina y los dos ríos, lo que la hace aparecer como una ciudad petrificada.
La principal atracción de Honda, para mí, fue que allí vivieran dos de los caballeros más finos que puede encontrar el viajero en tierras extrañas. Me refiero al señor J.H. Jenney, de Boston, y al señor Treffrey, inglés, quien hace mucho tiempo reside en la Nueva Granada y está casado con una dama granadina. Ambos amigos hicieron todo lo que estuvo a su alcance para atenderme y facilitar mi estada. La presencia en el extranjero de personas como ellos es motivo de orgullo para nosotros, sobre todo teniendo en cuenta que a menudo los representantes de la raza anglosajona dispersos por el mundo se comportan de manera poco digna. Yo no llevaba cartas para ninguno de los dos y cuando fui a visitar al señor Jenney por primera vez, no estaba en casa. Entonces me dirigí a donde el señor Treffrey, quien me recibió con gran cordialidad, haciéndome sentir bienvenido. Me invité a desayunar y después buscó las llaves de la casa de Jenney y me instaló como amo solitario en la mejor casa de Honda, según mi parecer.
Para que no tuviera que ocuparme del problema de la cocina, me indicó dónde podía comer. Según el lenguaje granadino, la casa del señor Jenney era mi posada, y el lugar donde comía, la fonda. En inglés no encuentro la traducción exacta para estas palabras, podría traducirse la primera como hotel y la segunda como eating-house. Es posible que un puritano del Norte no hubiese aceptado totalmente la fonda, en especial debido a la presencia de los niños ilegítimos de la patrona, pero el viajero debe sobrepasar los escrúpulos o ir ajustándolos a las circunstancias.
La casa de la familia Jenney me pareció amplia y muy cómoda y me gustó todavía más cuando pude gozar de la compañía y de la hospitalidad de los dueños. En el patio hay una palma que casi llega al techo y todas las habitaciones están en el segundo piso, comunicadas por el corredor que hay alrededor del patio. Los balcones sobre la calle permiten ver todo lo que pasa en el pueblo. A la fonda iba cuatro veces al día; por la mañana y por la tarde, a tomar chocolate y dulce, y a las 10 y a las 4 para almorzar y comer. La comida consistía generalmente de carne, yuca y plátano. El pescado es abundantísimo y por las mañanas se ven hombres y muchachos llevando tres o cuatro peces enormes y pesadísimos colgados de un palo que cargan al hombro, o los ponen en el palo y los recuestan a las paredes. Desgraciadamente el pescado no tiene prestigio por ser tan barato y la fondista habría sido incapaz de servírnoslo, pensando que nos sentiríamos engañados. Hay otro pescado más pequeño y más caro, que es tan apreciado como la almeja redonda o quahog en Nueva York, pero yo prefiero los más grandes. Con frecuencia venden el pescado seco y así se puede conseguir en el mercado de Bogotá.
En la plaza de mercado de Honda vi vender un mineral muy curioso que al principio pensé que era mármol. Lo venden en pedazos y es de un color blanco sucio, con vetas rojizas. Pregunté para qué servía y me dijeron que era sal. La mayoría de la sal viene de Zipaquirá, donde hay un manantial de agua salada, en la cual disuelven pedazos de roca salada hasta que el agua queda completamente impregnada de sal; al asentarse la decantan en ollas de barro colocadas sobre fogones y le siguen echando salmuera hasta que la olla queda llena de sal sólida. Entonces rompen la olla y queda la moya de sal, que rompen en pedazos de tamaño conveniente para transportarlos a lomo de mula. La carga no tienen que protegerla de la lluvia porque el agua prácticamente no disuelve esas enormes masas compactas. Casi todas las minas y las fuentes saladas son de propiedad de la Nación; la sal se fabrica por contrato y el gobierno la vende a precios fijados por la ley. Este monopolio tiene muchos enemigos y el gobierno lo aboliría si no fuera porque sus ingresos son ya demasiado exiguos. En otro sitio vi moyas hechas en ollas más pequeñas y me contaron que las hacían de contrabando, sin pagar impuestos.
Por la noche el señor Treffrey envió cuatro hombres a recoger mi equipaje y me dolió verlos llevando a la espalda cuatro baúles grandes y pesados durante dos millas. A dos de ellos les