La Nueva Granada: veinte meses en los Andes
Autor: Holton, Isaac Farewell,1912-Fecha de publicación: 1981
Editorial: Bogotá: Ediciones del Banco de la República Colección: Credencial Historia
Palabras clave: Andes; Colombia; Descripciones y viajes Lugar: Colombia; Andes
Descripción:
Mapa de la Nueva Granada
PRESENTACIÓN
LA NUEVA GRANADA: VEINTE MESES EN LOS ANDES, se publicó en inglés en 1857 y en 1967 Southern Illinois Press preparó una edición resumida con introducción de C. Harvey Gardiner. Carvajal & Cía., en su libro VIAJEROS EXTRANJEROS EN COLOMBIA, incluyó algunos fragmentos de la edición inglesa, abreviados, pero la versión de la obra completa en español estaba en mora de ser publicada en nuestro país.
El libro de Holton reviste especial interés histórico porque describe las condiciones sociales y económicas de la Nueva Granada a comienzos de la década de 1850, período que algunos historiadores —Nieto Arteta y Luis Ospina Vásquez, entre otros— han señalado como uno de los más importantes en la historia del país.
Holton llegó a la Nueva Granada por interés primordial de estudiar la flora tropical. Pero hombre de múltiples intereses y observador cuidadoso, describe con simpatía, humor y objetividad su viaje desde la Costa Atlántica a Bogotá y de allí hasta el Valle del Cauca donde permaneció varios meses. Por sus reseñas de la vida en Bogotá y sus alrededores y la del Valle del Cauca, el libro se convierte en un complemento muy importante de otras obras básicas para el estudio sociológico de la realidad del país a mediados del siglo XlX. En un período de continua experimentación política, en el que los dirigentes y pensadores granadinos luchaban por transformar las estructuras del país, la vida cuotidiana seguía siendo la misma que había sido durante siglos, tal como comenta Holton, hablando del Valle, “si un Rip van Winkle despertara de un sueño de 200 años, lo único que le sorprendería sería el nacimiento de la libertad civil y religiosa". En efecto, el atraso de la agricultura
era impresionante, existía muy poca diversificación de cultivos y las técnicas en el campo eran primitivas. Por otra parte, en las regiones que visitó Holton, la manufactura era prácticamente inexistente. En Bogotá encontró varias fábricas abandonadas y en Cali sólo supo de la existencia de un telar. De tal manera, a través de las páginas del libro se observa que si acaso había habido un cambio en las condiciones materiales de vida desde la Independencia hasta 1850, éste había sido desfavorable desde el punto de vista económico, lo cual estuvo probablemente relacionado en el Valle con la disminución de la explotación minera en el Chocó.
Dentro de la colección de viajes publicados por el Banco de la República predominan los autores europeos. Este es el primero que se publica escrito por un norteamericano. Para el Banco es muy satisfactorio poder ofrecer a los estudiosos de la historia colombiana esta importante obra correspondiente a la primera parte del siglo pasado.
FRANCISCO J. ORTEGA Subgerente Técnico.
PREFACIO
Es inevitable que el botánico que estudia los productos de la zona tórrida siente un deseo enorme de ver con sus propios ojos esas tierras de verano perpetuo. El deseo aumenta con los años, pero cada uno que pasa lo liga más a los deberes profesionales y al hogar. En mi caso, las fuerzas centrípetas se desarrollaron menos vigorosamente que las centrifugas, y por eso pude viajar al trópico.
La pobreza de información botánica sobre la Nueva Granada, una región tan rica en plantas, despertó mi interés por esa nación, ya que desde la visita de Humboldt, a principios de este siglo, no se ha publicado ni siquiera el catálogo de un coleccionista.
Tampoco son abundantes o recientes las fuentes de información general sobre esta república. En nuestras bibliotecas se encuentran varias obras sobre Colombia, escritas durante la guerra contra la Madre Patria, que terminó, o más bien se hizo crónica en 1825. Pero no pudo encontrar un solo volumen publicado después de que la Nueva Granada tomó su sitio en el concierto de las naciones, ni respuesta a la inquietud de cuáles son los efectos de treinta años de libertad, en un país al que el despotismo español, mantuvo durante tantos años completamente aislado del mundo. La causa determinante del viaje narrado en este volumen fue precisamente ese vacío de información geográfica.
Así, pues, comencé mi tarea con una idea más clara de los objetivos que de las dificultades de la empresa. La falta de datos confiables se hizo sentir aun antes de iniciar el viaje, lo obstaculizó a cada paso y dificultó todavía más su relato. Las observaciones de otros viajeros, que por alguna razón especial residieron en el país o pasaron por él fugazmente sin conocer nada del idioma y de la idiosincrasia de sus gentes, son generalmente tan erróneas, que quizá me incliné a confiar excesivamente en mis propias observaciones cuando divergían de las de ellos. Además de esas obras, ya bastante viejas, hace poco llegó a mis manos, por feliz accidente, un pequeño volumen titulado “Bogotá en 1886-7”, escrito por J. Steuart y publicado por Harper & Brothers, 82 Cliff Street, 1838. Me lo habían recomendado en Sur América, pero en vano lo busqué en bibliotecas y librerías, y no conozco otra copia en los Estados Unidos.
Ninguna otra nación hispano-americana tiene una proporción tan alta de autores como la Nueva Granada, pero sin embargo, las obras son pocas y de difícil adquisición. El autor consultó el Semanario de la Nueva Granada, publicado en Bogotá en 1810, varios artículos científicos de Boussingault y una publicación del presidente T. C. Mosquera que le permitió conocer el nombre de muchos animales y de algunas plantas. Consultó cuidadosamente la historia de Plaza y a veces hace referencia a la de Acosta. Muy amablemente funcionarios públicos granadinos, tanto en Bogotá como en otras ciudades, le permitieron consultar documentos que tenían en su poder. Es una lástima que ni la Embajada Granadina en los Estados Unidos ni el consulado en Nueva York pudieron proporcionarle información adicional a la que había reunido en el país.
Muchos son los individuos que generosamente contribuyeron a que la obra fuera más exacta, pero los favores recibidos son tantos, que aunque los recuerdo con gratitud no tengo espacio aquí para enumerarlos. A ningún norteamericano debe esta obra más que a ese gran caballero, comerciante y académico que es Alexander I. Cotheal. El señor Julio Arboleda atendió siempre todas nuestras consultas y el señor Escipión García-Herreros contribuyó con valiosas y complejas observaciones sobre derecho civil, y además con un compendio histórico sobre el último intento revolucionario. Ambas contribuciones merecen mejor suerte que la de quedar resumidas en unos pocos párrafos, como necesariamente tiene que suceder en un libro de viajes.
Pero a nadie debe este libro tanto como al señor Rafael Pombo, secretario de la Embajada Granadina, ayuda que no se debió a la amistad con el autor, al que no conocía cuando este fue a buscar información por primera vez, sino al amor que el señor Pombo siente por su patria. Ojalá que su país sepa agradecer y recompensar su fidelidad y cumplimiento del deber, su buena voluntad y celo, porque estos exceden toda capacidad de agradecimiento del autor. Fue una calamidad que el señor Pombo no estuviera en los Estados Unidos cuando se empezó a armar el libro en la imprenta. La ausencia del autor también contribuyó a aumentar los errores de ortografía española que encontrarán los lectores conocedores de este idioma, no obstante la increíble eficiencia de los impresores. Espero que esas fallas no perjudiquen demasiado la utilidad de la obra, porque la mayoría de las palabras mal escritas en el texto aparecen corregidas en el Apéndice. Las traducciones de la frase Dominus vobiscum y de las expresiones Que entre para dentroy Por siempre son tal vez las más importantes de las que no se corrigieron.
Hay, sin embargo, otra clase de errores que ningún corrector de pruebas puede enmendar y cuyo número no se sabrá nunca. Son tantas las apreciaciones equivocadas del viajero y tantos los errores que una vez escritos como verdaderos no se verifican nuevamente, que es imposible pensar que esta obra esté libre de ellos. El lector indulgente los sabrá perdonar.
Quiero aprovechar la oportunidad para agradecer a los editores la liberalidad con que atendieron todas mis sugerencias e incluso los gastos, los cuales sobrepasaron en mucho los calculados inicialmente. Su generosidad es una de las experiencias más agradables en la larga e incesante tarea que concluye hoy. Si otros viajeros encuentran en esta obra la ayuda que el autor buscó en vano, y si ella contribuye a despertar en el filántropo simpatía por una de las naciones más liberales y libres del mundo, el esfuerzo quedará ampliamente justificado.
LA NUEVA GRANADA
Escena tropical — Localización de viajes — El Valle del Magdalena —El Cauca y el aislamiento de su valle — Los objetivos de este trabajo —Los orígenes del carácter — La influencia de la latitud sobre el valor del tiempo — El efecto de la altitud sobre la temperatura — El monopolio religioso El linaje — El plan de la obra.
Acabo de regresar de una zambullida refrescante en las frías aguas de la quebrada que baja de la montaña. Me recuesto perezosamente en el áspero y no muy limpio promontorio de tierra y piedras, que forma un bando por debajo y a todo lo largo del corredor de la choza donde vive el hombre que trabaja en la calera. Él también está aquí, sentado en un gran pedazo de roca que deberá arder algún día. Labra una cuchara de palo en la rama gruesa de un arbusto, utilizando el machete, esa herramienta universal que casi nunca le falta al campesino y que es un cuchillo de aproximadamente veinte pulgadas de largo, enfundado y colgado de una correa amarrada a la cintura.
En honor a mi venida, la niña más pequeña se pone la camisa, quizá la única prenda que posee, pero la apariencia del diablito apenas sí mejora, porque el vestido, aunque no tan negro como su piel, es muchísimo menos limpio. Imitando al padre coge un palo grande y lo golpea a troche y moche con un cuchillo romo que ha perdido el mango de cacho, para hacer, según me dice, otra cuchara.
La hija mayor y la mamá están ocupadas en un pequeño fogón construido al final del corredor, asan para el almuerzo familiar unos plátanos pelados y unos pedazos de carne de res de apariencia bastante sospechosa, artículos estos que la clase trabajadora, siempre que los tiene a mano, cocina para la frugal comida de medio día. El niñito, libre de ropa y de mugre, está atareado examinando al extranjero, pero al mismo tiempo tiene un interés expectante en la actividad de la madre.
Estamos en un sitio un poco más alto que la planicie triangular que se extiende hacia el oriente del río. En el ángulo cerca a nosotros, hacia el occidente, hay una aldea de chozas, algunas dignas de llamarse casas, situadas alrededor de la plaza que casi nunca falta en las aldeas granadinas. La quebrada en la que me acabo de bañar recibe un poco más abajo un afluente que desciende de un cañón a mi derecha, bordea la aldea por el norte, y en su orilla izquierda hay otras tantas casas, luego serpentea entre campos de caña de azúcar, platanales y tierras incultas y atraviesa un bosque de una o dos millas hasta perderse en las aguas amarillas del río y correr hacia el norte para alcanzar el mar Caribe. El río es el Cauca y la población Vijes.
Más allá del río se ven tierras bajas cubiertas de bosques, y en el oriente, a la distancia, las cimas azules de las montañas del Quindío que separan este apartado lugar del valle del Magdalena. Vijes, en su rincón, está aislado del resto del mundo, al oriente por el bosque y el río, y en todos los otros costados por una alta cadena de montañas rocosas, de laderas cubiertas de pasto y de alturas coronadas de bosques espesos. El camino que viene del sur, a lo largo del río, atraviesa penosamente estas montañas, subiendo en zig-zag, o en quingos, como dicen aquí, logra avanzar entre la loma y el río, pero cuando hay demasiados obstáculos, trepa a lo largo de una ladera
empinada para obviar dificultades y luego desciende nuevamente. Digo camino, pero quizá esta palabra es engañosa para el lector, porque implica casi siempre la existencia de viajeros y se puede interpretar como un sendero por el cual una mula puede pasar a otra, por eso la palabra trocha tal vez da una idea más exacta al hombre occidental.
Podemos contemplar todo este paisaje porque la choza está situada en el cañón de la cordillera, en un sitio plano aunque ligeramente elevado. Los rayos verticales del sol, brillantes pero no abrasadores, bañan la escena que es de una belleza serena y tranquila, y tan alejada de todas las vías de tránsito que posiblemente ninguno de los que lea estas líneas haya visto o vea nunca el paisaje original que estoy intentando describir.
¿Y por qué no comenzar aquí y ahora las descripciones informales que desde hace tanto tiempo vengo prometiendo a mis amigos? Pues bien, este será el comienzo.
En primer lugar, localizaré geográficamente la región desde donde estoy escribiendo. La Nueva Granada ocupa el rincón noroeste de Sur América y se extiende desde un poco más allá del norte del istmo de Panamá hasta las cercanías de la línea ecuatorial. Es la zona central de las tres en que se dividió Colombia en 1830 y comprende la mitad del territorio original.
En Sur América no desemboca al Pacífico ningún río importante. El Amazonas, el Orinoco, el Magdalena y el Atrato dan al Atlántico, así como casi todas las aguas de la Nueva Granada. Las nueve décimas partes de la población viven en el Magdalena y en sus afluentes, de los cuales el Cauca es el más grande. El Cauca y el Magdalena corren hacia el norte por centenares de millas, a través de valles paralelos y separados por las montañas del Quindío.
Lo más acertado es considerar el nacimiento del Cauca en la fría y elevada región que se extiende entre la provincia de Popayán y la de Pasto. Desde el volcán de Puracé, al sureste de la antigua ciudad de Popayán, corre un riachuelo que bien merece el nombre de río Vinagre, ya que la composición de sus aguas es de once partes de ácido sulfúrico y nueve de ácido clorhídrico en diez mil, o sea, una en quinientas partes de ácido puro. Por leguas enteras ningún pescado puede vivir en esas aguas avinagradas, aun después de que el río vira directamente hacia el norte y recibe el nombre de río Cauca. Más adelante entra en un amplio valle y se convierte en un río tranquilo, de aguas turbias y navegables, bordeado siempre en la ribera derecha, y a veces en ambas, por bosques enmarañados y fangosos. Por esta razón las ciudades relativamente grandes de Palmira y Cali, situadas una al frente de la otra, están a dieciocho millas de distancia y bastante lejos del río, Palmira en la banda izquierda y Cali en la derecha. La palabra banda, por lo tanto, no equivale a orilla, ya que se refiere a un espacio que incluye tierra considerablemente alejada del río.
Después de Cali, las montañas de la Cordillera Occidental se apiñan hacia el Cauca y en un rincón está Vijes, en una planicie fértil y semicultivada, con su riachuelo límpido y cantarino. Más adelante están Buga y Cartago, ambas en la ribera oriental, y por último, la vieja Antioquia; pero allí el río empieza a formar rápidos, volviéndose más violento a medida que se precipita por cañones por donde ningún camino puede cruzar, y destruyendo así toda esperanza de encontrar una salida para el comercio por mar o tierra, por barco o ferrocarril, por canoa o recuas de mulas.
Finalmente hay una pausa en la veloz carrera del Cauca cuando este casi alcanza el nivel del mar, vuelve hacia el noreste y une sus turbias aguas a las igualmente oscuras del Magdalena, continuando hacia el norte y hasta el mar. La parte baja y navegable del río no tiene contacto con la alta, nadie viaja de la una a la otra a visitar a sus amigos, a comprar artículos o a vender sus productos.
Por lo tanto, la salida natural de este fértil valle está cerrada para siempre al comercio, y ¿cuáles sustitutos hay? Primero que todo el pestífero puerto marítimo de Buenaventura, en el Pacífico,
situado exactamente al occidente de Vijes. Los caminos terrestres a Buenaventura llegan hasta Juntas, en los afluentes del Dagua, desde donde es posible la navegación cuando el río no está muy crecido o muy seco. Pero el que llega a Juntas desde el Cauca casi nunca encuentra una embarcación, y no puede seguir más allá por tierra; y el que viene de Buenaventura, a veces no encuentra mulas y tampoco puede continuar navegando por el río. En ambos casos el viajero tiene que detenerse en Juntas una semana; por esta razón Buenaventura carece de comercio y aun los barcos que navegan a lo largo de la Costa del Pacífico, desde Panamá, no se detienen allí. La vía más corta de Bogotá a Buenaventura obliga a abandonar el camino principal del Cauca en un punto al oriente de Vijes, cruzar el río en un “ferry” particular y empezar a subir la Cordillera Occidental, desde este mismo punto, por un sendero increíblemente malo. Después de tres o cuatro horas de un ascenso terrible se llega al sitio desde donde se ven correr los arroyos que bajan por la vertiente occidental hacia el Pacífico.
La otra salida para el escaso comercio del valle es a través de las montañas del Quindío. Luego de diez días a lomo de mula, y si el tiempo es bueno, se llega al Magdalena a dos millas más abajo de Honda; pero si se quiere llegar al puerto de Cartagena, hay que seguir en mula hasta Calamar que queda a 65 millas, es decir, dos veces la distancia de Vijes a Juntas. Ante el aislamiento de este valle, el viajero se pregunta si puede existir un lugar más alejado y si la vida y la naturaleza humanas, aunque esencialmente las mismas en Labrador y Guinea, no deben presentar aquí algunos rasgos únicos y singulares. Este es un punto al que volveremos más adelante.
La naturaleza humana es, en verdad, esencialmente la misma en todas partes, pero infinitamente diversificada por el poder de las circunstancias externas. A diferencia del instinto, que raras veces cede frente a las más poderosas influencias, la naturaleza humana sufre la impronta de la más leve de las fuerzas perturbadoras. Los antepasados, el suelo, el clima, la ocupación, la constitución física, todos ellos influyen en la vida del hombre. Sin embargo, en casi todas partes esos factores disminuyen, se modifican o se neutralizan por la fuerza irresistible de la civilización europea, que circula a través de las arterias de las vías de comunicación, llegando hasta la más insignificante de las ramificaciones. Por eso el viajero deseoso de estudiar la fuerza de las influencias locales sobre los hombres, debe ir hasta lugares poco frecuentados por otros viajeros y donde ninguna influencia ajena haya penetrado. Debe instalarse sin premura en un país extranjero, de lengua, clima y religión diferentes a la propia, y con un comercio y una literatura locales o inexistentes.
Estas circunstancias son exactamente las que Vijes ofrece al investigador protestante y angloamericano, quien viene de un medio donde la vida es una ardua lucha, una guerra sin cuartel contra la adversidad y la competencia, y donde ni siquiera los muertos descansan en paz, a menos que sus restos se hallen en un sitio donde el comercio no requiera construir una nueva vía férrea, y donde los intereses y la salud no exijan la apertura de una nueva calle. El viajero llega a un sitio donde el invierno nunca sorprende al haragán, donde nunca nadie ha oído las máximas del Pobre Ricardo, donde es más barato roturar un campo que defender un pleito y más fácil criar otro niño que curar al enfermo; y donde aún el ministerio religioso constituye un monopolio no turbado por las luchas severas pero saludables que surgen cuando en la misma aldea se instalan dos o tres doctores y dos o tres iglesias.
Observemos entonces desapasionadamente lo que está frente a nuestros ojos; a través de los efectos lleguemos a las causas e investiguemos las distintas fuerzas morales que influyen en el carácter de los granadinos. Intentaré servirle al lector, tal como los ojos sirven al cuerpo, presentándole imágenes de cuya fidelidad no tendrá razón de dudar; y en el caso de que le ofrezca algunas conclusiones, no será porque posea una sagacidad superior, sino simplemente porque las conclusiones son demasiado obvias para pasar inadvertidas.
Vijes (o Bijes, la ortografía es incierta) tiene una latitud de aproximadamente 3º 45’ N, es decir que está más o menos sobre la línea ecuatorial. Por lo tanto el sol debería ponerse invariablemente a las seis de la tarde; pero como siempre se esconde entre las nubes más o menos una hora
después de medio día, pasa después inadvertido, y todos dicen que el sol se “esconde” alrededor de las cinco, y nunca mencionan el ocaso. Como el crepúsculo termina entre las seis y media y las siete de la noche, les parece muy natural que el sol desaparezca a eso de las cinco. Nadie se da cuenta tampoco de si el sol está o no en posición vertical a medio día, por lo cual aquí se desconocen todas las diferencias que se pueden deducir de los cambios anuales de la inclinación del sol. Es posible que aún esto influya en el carácter.
En nuestro país los hombres se desesperan si pierden un día a causa de la pleamar, o por la negligencia de un sirviente, especialmente si el invierno está cerca, si llega la primavera, o si se aproxima cualquier otro cambio que exija mucho trabajo. En cambio, el granadino ve tranquilamente un día seguir a otro, como fluyen las aguas del río, sin preocuparse, porque piensa que dispondrá de un número indefinido de días. La ausencia total de relojes refuerza esta ilusión. En toda la población que habita este triángulo (1.160 habitantes), no sé de nadie que tenga uno, y tampoco les hace mucha falta, porque las cosas marchan bien sin relojes. Es absurdo medir el tiempo que trabaja un hombre, cuando lo que realmente importa es la cantidad de trabajo que ese hombre hace. Algunos cirujanos amputan piernas y brazos en cuestión de minutos, pero hasta ahora no he oído que nadie haya propuesto pagarles por minutos.
Vijes está aproximadamente a 3.540 pies sobre el nivel del mar, altura por debajo del límite inferior del cultivo del trigo y de la papa. Las pocas papas o el escaso pan que se ven en el pueblo son el resultado del comercio con las tierras altas, en donde no se cultiva la caña de azúcar y quizá tampoco el maíz. Pero mientras en Vijes pueden prescindir del trigo y de las papas, las gentes de las regiones frías necesitan la caña para preparar alimentación y bebida; por consiguiente el comercio entre las tierras frías y las calientes es inevitable.
No conozco otra razón para que este valle sea más frío por estar más alto, que el hecho indudable de que una capa más gruesa de la corteza terrestre lo separa del fuego central de la tierra. Un hermoso día de principios de junio en Nueva York, o una fecha más temprana en cualquier otro lugar del sur de los Estados Unidos muestran todas las variaciones que el termómetro registra durante el año en este paraíso. Hablando en cifras, la temperatura más baja que he registrado es de 65º F. y la más alta 86º F., con la única excepción en que subió hasta 89º F. Pero el calor ese día fue más soportable que el de otras latitudes, porque aquí solo hay unas diez horas de sol precedidas y seguidas por noches de deliciosa frescura.
El clima influye en el carácter nacional, en forma directa por intermedio del traje e indirectamente a través de los productos agrícolas. El más importante de estos es el plátano, mal traducido al inglés con la palabra “plantain”. El plátano ahorra al hombre más trabajo que el vapor. Le da la mayor cantidad de alimento por área de tierra cultivada y quizá el esfuerzo máximo es el de llevarlo a la boca después de asarlo. Mi vecino Caldas dice que “la Nueva Granada sería algo si acabáramos con el plátano y con la caña de azúcar: esta es la madre de la embriaguez y aquel el padre de la pereza.
Pero de todas las influencias que afectan la vida de los granadinos ninguna tiene más radio de acción y más poder que la religión. Este es un punto que debo tratar con suma delicadeza, porque como soy protestante se me podría tildar de hostil al catolicismo. Sin embargo, es un tema sobre el cual debo hablar clara y llanamente aunque se ponga en duda mi imparcialidad. Mis objeciones teológicas al catolicismo como religión formalista, son diferentes a las políticas, por el monopolio que ejerce del culto. Es cierto que legalmente este monopolio impuesto desde que el primer español vino al país, dejó de existir el 30 de agosto de 1853. Sin embargo, continuará de hecho hasta que otras iglesias compitan con la que hasta entonces había sido la establecida por ley y era la única tolerada. El lector debe estar preparado para encontrar en este relato sacerdotes mucho peores que los de Irlanda y de Alemania, países donde la competencia asegura la existencia de personas más consagradas a su ministerio, y todavía menos se pueden comparar los sacerdotes
granadinos con los de Estados Unidos, los cuales, en el conjunto del sacerdocio católico, son como manzanas de concurso al lado de las de un simple huerto.
Al hablar de las influencias del clima debí mencionar la idea tan difundida de que las pasiones de los habitantes de la Zona Tórrida son mucho más violentas que las de las razas nórdicas. Ninguna creencia puede ser más falsa e improbable que la que afirma que la sangre fluye más impetuosamente a través de las venas de los lánguidos hijos de los trópicos que por las nuestras. La influencia del ejemplo clerical, los votos de celibato, el confesionario y la falta de frenos impuestos ya sea por la conciencia, ya por la opinión pública, explican toda la diferencia de moralidad entre los dos pueblos.
Las otras influencias que modifican el carácter de los granadinos son quizá menos fuertes, pero todavía apreciables. Tal vez siga en importancia el linaje o los principios y costumbres trasmitidos de padre a hijo; y hay que reconocer que el linaje de esta gente es bien peculiar. Estoy obligado a admitir que los conquistadores, como llaman aquí a los primeros invasores españoles, pertenecían a una raza despiadada y sanguinaria. Las mejores familias conservan esta sangre casi pura, pero únicamente en escasas y terribles circunstancias surge la antigua crueldad en alguna revuelta popular. Las clases restantes presentan toda una gama de características entre el blanco, el negro y el aborigen; solo que este último elemento es más escaso aquí que en cualquier otra parte de la Nueva Granada, quizá porque los conquistadores trataron a los indios con más severidad que a cualquier otro grupo. Los españoles encontraron el valle diez veces más poblado de lo que está ahora, y no me atrevo a contestar a la pregunta de qué hicieron con todos esos habitantes. Tanto los indios como los negros tenían un carácter suave y amable, y si el elemento negro sobrevivió al indígena, puede ser porque los españoles tenían que comprar a los negros, mientras que los indios no les costaban más que el trabajo de cazarlos, y así estos corrieron la misma suerte que la especie extinguida de los didos en las islas de la India.
El español, la bella lengua de este valle, guarda respecto de los principales idiomas europeos, la misma relación de isla a continente, lo cual hace el aislamiento de la región más completo e impenetrable. Cualquier hombre culto puede defenderse muy bien con un solo idioma, siempre y cuando éste sea el alemán, el inglés o el francés; pero estar limitado al español, idioma notablemente deficiente en literatura periódica, en libros originales y en traducciones, significa estar aislado del mundo por un muro circundante.
Tal es el país que vamos a estudiar; pero ahora nos preocupa el problema de cómo presentar el resultado de estas investigaciones. Quizá lo peor sería presentarlas en forma de diario, pasando repetidamente por el mismo territorio y detallando las cosas que llaman la atención del viajero. Un diario es ameno y se escribe fácilmente, pero no creo que los lectores de libros de viajes encuentren en este género respuesta a sus inquietudes. Indudablemente preferiría seguir el método analítico de Tschudi, quien descarta el factor tiempo y ofrece resultados exclusivamente geográficos; sin embargo, no tengo confianza en mi capacidad para elaborar un trabajo interesante en ese estilo, por muy ameno que resultara. Por lo tanto, seguiré un término medio, y si alguno quiere precisión de datos, de orden cronológico, o saber el número de veces que visité determinados lugares, puede consultar el itinerario en el apéndice; los demás lectores deberán confiar en el autor, quien los conducirá siguiendo la ruta que ellos mismos podrían haber seguido. Permítaseme añadir unas cuantas palabras en relación con las personas mencionadas en la narración. Algunos viajeros ingleses en los países hispánicos acostumbran tomarse grandes libertades al escribir sobre los caracteres y circunstancias de sus anfitriones. Un viajero, por ejemplo, después de comer en compañía de un antiguo obispo de Popayán, habla en forma entusiasta, no solo de los vinos sino también de la amante del obispo. Con el fin de evitar lo que no concuerda con mis ideas sobre la hospitalidad, pero al mismo tiempo sin privar a mis lectores de observaciones exactas y seguras, he resuelto cambiar a veces los nombres de las personas cuando tenga que decir algo desagradable de ellas. Y si debido a la acuciosidad de algún mal
intencionado, se llegasen a conocer las fragilidades de alguien cuyo pan o plátano he compartido, no será en ningún caso debido al uso de mi libro, porque preferiría suprimir una docena de datos a dejar uno solo que fuera utilizado en forma poco honorable. Por lo demás, espero que la diferencia de lengua, la distancia, el aislamiento y mis sinceros esfuerzos para disfrazar ciertas cosas, cubran con un manto de caridad una multitud de pecados.
Pero aparte de esto, la ficción no tiene cabida en esta obra. He sido testigo ocular de todas las cosas que afirmo haber visto, y por respeto al lector y en honor a la verdad, nunca deformaré los hechos.
SABANILLA
La Nueva Granada vista por primera vez — Nieves perpetuas — Riohacha — Los indios guajiros — Santa Marta — La desembocadura del Magdalena — Un nativo — Los funcionarios del puerto — El pasajero sin pasaporte — La escuela de Sabanilla — Recaudación de rentas —La rotación de cargos.
Vi la Nueva Granada por primera vez el 21 de agosto de 1852. Esta es una fecha segura, amable lector, recuérdala bien, ya que en el resto del libro posiblemente no mencionaré otra. No había llegado el sol al horizonte ni estaba todavía el cielo cubierto de nubes, cuando el capitán anunció tierra firme. No le creí y salí a confirmar una vez más la extraña realidad de que algunos mienten por mentir, cuando la verdad serviría igualmente bien a sus propósitos.
Dudé de mis ojos tanto como de las palabras del capitán, al contemplar el espectáculo que se me presentaba. Una densa masa de blanquísimas nubes amontonadas al sur, unas encima de otras, teñidas de un delicado color rosa, donde quiera que los rayos del sol, todavía oculto para nosotros, las alcanzaban, mientras en hondos vacíos circundantes reinaba todavía la oscuridad de la noche. Busco una nube sin base en la tierra, un promontorio imaginario que desmienta las palabras del capitán, pero no puedo encontrar ninguno y entonces empiezo a creer en su veracidad.
En verdad, es posible que haya tierra a la vista. Indudablemente la veríamos si el horizonte no estuviera nublado, algo que no se puede esperar nunca en el trópico. Dicen que a cincuenta o cien millas de la costa las montañas se elevan a alturas de 24.000 pies y que naturalmente están cubiertas de nieves perpetuas, pero ¿qué relación tiene esto con la escena sobrenatural que tengo frente a mis ojos? Si lo que veo son solamente nubes, entonces es la salida del sol más sublime que haya contemplado jamás; y si es tierra firme, el mismo Homero no se habría atrevido a crear semejante Olimpo para sus dioses.
Una extraña ilusión óptica contribuía a mantener mi incredulidad. Esas moles parecían elevarse a 10 o 15 grados, sobrepasando las nubes que descansaban sobre el mar, en ese punto que llamamos horizonte, es decir, donde el mar, por su convexidad, desaparece de la vista. Saqué un pequeño sextante de mi camarote para medir la altura del pico más alto y solo señaló 3º 12’, lo cual también puse en duda hasta que el cuadrante del capitán lo confirmó.
Pero las nubes no son tan efímeras como el espectáculo matinal que presentan los Andes cubiertos de nieve. Pocas veces este paisaje magnífico se ofrece a la vista de los viajeros, y pronto, demasiado pronto, las nubes lo cubrieron para siempre.
Navegamos luego hacia el occidente, casi paralelamente a la costa, y al sureste, al frente nuestro, estaba la provincia de Río Hacha. Esta tiene muy poca comunicación terrestre con el resto del mundo. Alrededor de la base de las montañas vive una tribu feroz de indios indomables, los guajiros. Los españoles, cuando las armas les fallaban como medio para subyugar a los salvajes, solían recurrir a los misioneros, pero aun ellos fracasaron con los guajiros, quienes obligaban al sacerdote a cargar sobre los hombros las cosas que le habían traído los peones, y así los conducían hasta los límites de su territorio. No obstante, estos mismos indios trataron con gran
amabilidad a una señora que naufragó viajando de Maracaibo a Santa Marta, una tal señora Gallego, si mal no recuerdo. Tenía pensado pedirle que me escribiera contándome su aventura y describiéndome el carácter de los guajiros, pero ahora veo que esas cartas nunca llegarán a los ojos del público.
Los guajiros tienen una costumbre curiosa, que creo debe haberse extendido a otras tribus. Entre ellos el tío materno es pariente más cercano que el mismo padre. Como explicó un guajiro: “El hijo de una mujer puede o no ser el hijo de su marido; pero indiscutiblemente el hijo de la hermana, por el lado de la madre, es su sobrino”. Me inclino a pensar que en algunas naciones de indios suramericanos la propiedad y los cetros deben haberse heredado de acuerdo con esta ley, reflejo de desconfianza.
Por fin nos acercamos a la costa y vemos tierra que parece tierra y no ya cielo; es muy desolada, una cadena de montañas desnudas y secas, sin árboles, sin yerba, sin agua y sin habitantes. Me pregunto porqué será que nosotros esperamos encontrar verdor perenne en el trópico, e imaginamos que la vegetación, que aquí no conoce otro descanso que la falta de agua, puede tener la frescura de la que acaba de despojarse del peso de la nieve que la cubrió cuatro meses y que debe apurarse para alcanzar madurez en unos cuantos meses. Esperamos imposibles y el que, como nosotros, se acerca a Santa Marta a finales de la estación seca y trayendo ideas preconcebidas, habrá de sufrir una desilusión.
Doblamos un cabo, miramos hacia el sureste y al fondo de la bahía que sirve de fondeadero, más bien que de puerto, vemos a Santa Marta. La catedral se ve claramente, destacándose entre un grupo de casas, pero fue todo lo que vimos, porque no nos acercamos más.
La naturaleza parece haberle negado al interior de la Nueva Granada una buena salida para el comercio. La gente de Santa Marta piensa que esta costa es de fácil acceso para los que vienen desde Bogotá, pero yo lo dudo mucho. A veces los vapores del Magdalena, que pertenecen a la Compañía de Santa Marta, pasan el banco de arena y el pequeño espacio de mar abierto que es necesario cruzar para llegar al puerto. Aquí dicen que esa maniobra no es peligrosa, pero la verdad es que casi nunca se atreven a realizarla.
El pobre viajero que se dirige a Bogotá y cuya impaciencia lo hace dejar el barco en Santa Marta tiene que seguir varias leguas por tierra y luego tomar una canoa o una pequeña embarcación para cruzar lagunas y canales estrechos, y sentirse afortunado si llega a Remolino. Pero si no encuentra vapor, la alegría será breve. Cuando estuve en Remolino, este se había inundado hacía poco, hecho frecuente según deduje por la existencia de un dique de ocho pulgadas de espesor para proteger la aldea de las aguas del río. Creo que quedarse allí debe ser peor que una estada en una de nuestras cárceles durante los peores días de verano.
Me dicen que Santa Marta no tiene buen puerto. Aunque la bahía está protegida de los vientos del noreste, los barcos prefieren arrastrar anclas más bien que enfrentar las ráfagas que soplan de las montañas que hay detrás de la ciudad. En cuanto a muelles donde un barco pueda atracar para descargar y cargar mercancías, no existen en Sur América.
Al salir de Santa Marta el viajero deja atrás las montañas y siguiendo hacia el occidente, si el tiempo no es muy bueno, pierde completamente de vista la tierra firme. Después de algunas horas aparece a la izquierda un margen de tierra cubierto de arbustos que da la impresión de ser un matorral anegado más bien que playa. Por fin el barco entra en aguas fangosas y navega a través de la desembocadura del Magdalena. El agua dulce, aunque tenga mucho barro, es más liviana que la salada y flota en la superficie, pero aquí se puede observar un extraño fenómeno. La corriente oscura que va extendiéndose en la superficie del mar golpea el costado sur del barco, pero no puede pasar por debajo de la embarcación; en cambio, al costado norte burbujea el agua clara del mar y hasta donde uno puede ver no se mezcla con la dulce.
Es muy escaso ver aguas multicolores. La persona que las haya visto en la desembocadura del Misurí, no las olvida fácilmente, y se pregunta asombrada cómo es posible que durante tanto tiempo se distingan claramente los dos ríos corriendo por el mismo lecho. Las aguas límpidas del Misisipí fluyen tranquilas hacia el sur, cuando súbita y violentamente las ocres del Misurí irrumpen a la manera de un tropel de caballería, en tal forma que la corriente fangosa parece llegar a la mitad del río de un solo golpe. Ambas corrientes hierven sin mezclarse. Desde lejos, en medio del agua cristalina se ve una mancha de fango, como el escuadrón de un ejército enemigo que se hubiera adelantado al resto de los atacantes. Parece como si las aguas límpidas rehusaran retroceder o mezclarse con las turbias, y la resistencia es tal, que se tiene la ilusión de que una fuerza moral interna las mantuviera tan clara y definidamente diferenciadas.
En la desembocadura del Magdalena este fenómeno pasaría inadvertido si no fuera por el barco. Se sabe que hay una corriente que fluye debajo de la otra, pero no podría verse nada si no fuera porque la quilla frena las aguas del río, permitiendo que avancen las del mar, con los mismos matices, los mismos contrastes y las mismas líneas definidas que presentan en el Padre de las Aguas.
Por último se vislumbra entre los árboles un edificio blanco y grande, la aduana de Sabanilla, y ver una construcción, que es por lo menos tan buena como la de un puerto de segunda clase en los Estados Unidos, da al viajero buenas expectativas del país al que va a llegar.
Se iza la bandera de la Unión para llamar a un piloto y al poco rato se aproxima una embarcación. Es muy interesante ver una cara nueva después de un viaje de veinte días; pero ver una de otra nación y raza, en su propio país, e inalterada por largos viajes, es suficiente para despertar el más vivo interés en el que apenas comienza sus andanzas por el exterior. En la embarcación estaban el piloto, su pequeño hijo y un negro. Los dos primeros tenían suficiente ropa y suficiente mugre encima, pero el negro estaba semidesnudo y tenía una expresión estúpida y vacía. No podría clasificar al padre y al hijo en ninguna de las cinco razas del hombre; parecería como si por lo menos la sangre de tres de ellas corriera por sus venas.
Se da la orden y sueltan el ancla. Es todo un acontecimiento para el viajero, cuando después de semanas de haber estado navegando sin ver ningún objeto que le permita observar la distancia recorrida o determinar el punto donde se halla, y cuya noción de espacio ha estado limitada a unos pocos metros, sentir que el barco, durante tanto tiempo un mundo aislado, vuelve a formar parte del ancho mundo. Sí, estamos en una posición fija, y lo que vemos ahora lo veremos mañana en el mismo sitio. Estamos a 200 varas de una playa que se extiende hacia el norte y el sur, al pie de una colina cubierta de bosques no muy tupidos. En la loma, al suroeste, está el edificio de la aduana, de dimensiones pretenciosas, pero desocupado, y más abajo un grupo de cobertizos y un pequeño malecón donde pueden atracar pequeñas embarcaciones, pero no hay un muelle para barcos. Pregunto por la ciudad y me muestran al sur unos techos bajitos de paja en unas pocas hectáreas de tierra plana y baja a dos millas de distancia. Es Sabanilla, la aldea más cercana. El ancla casi no había alcanzado el fondo del agua cuando llegó otra embarcación, donde venía un grupo más numeroso de funcionarios de salud y empleados de aduana. En contra de todas las predicciones del capitán, me dieron libertad para bajar a tierra cuando quisiera. Durante quince días el capitán no había perdido ocasión de asegurarme que un pelotón de soldados me bajaría del barco, me llevaría a la cárcel, donde tendría que quedarme hasta que aquel estuviera listo para zarpar, y solo entonces me escoltarían nuevamente a bordo. Tan obsesionado estaba el capitán con esta idea, que declaró que nunca volvería a admitir otro pasajero sin antes asegurarse que su pasaporte estaba en regla, y lo primero que informó al funcionario de aduanas, sobre lo que traía el barco, fue: “Un pasajero sin pasaporte”.
Mientras tanto yo forzaba la vista para ver en la playa, por primera vez, la vegetación tropical. Ya había observado, al pasar por la desembocadura del Magdalena, algunos vástagos de plátano y
montones de pistia y pontederia que se habían desprendido de las orillas fangosas y bajas del Magdalena; pero la curiosidad estimulada por estas muestras de las maravillas que me esperaban en el trópico no se vio satisfecha, en lo más mínimo, por la vegetación común y corriente que bordeaba las laderas de la colina, al occidente del puerto, el Nisperal.
No se veía más rastro de trabajo humano que el pretencioso edificio y los cobertizos de los empleados de la aduana. La aldea estaba mucho más lejos, y decidido a averiguar cuáles podían ser las ventajas que atrajeran a la población a ese lugar tan alejado del puerto y del movimiento comercial, subí a una embarcación que se dirigía a la deslucida aldea. El pueblo está sobre una ciénaga salada, a unos pocos centímetros sobre la pleamar y consta de casuchas de barro de un solo piso, techadas con ramas de espadaña, planta tifácea. Todas son iguales y constan generalmente de dos cuartos que dan a la calle, pero solo uno tiene puerta a ella. Las ventanas sin vidrio y con rejas que se proyectan un poco hacia afuera, les dan el aspecto sombrío de prisión. Los barrotes de las rejas son lo suficientemente separados para permitir que el dueño pueda sacar la cabeza para ver qué sucede a ambos lados de la calle. A veces, en las esquinas, el transeúnte se golpea la cabeza contra las rejas, pero con mucha menos frecuencia de lo que es de esperar, pues las gentes, conociendo el peligro, tienen el cuidado de evitarlo.
Sabanilla es tan compacta como cualquier pueblo manufacturero de Norte América y mucho más fea por cuanto las chozas de barro y de paja son peores que las de ladrillo y pizarra. En las calles no se encuentra ni un árbol, ni un arbusto, ni una maleza. Por una abertura en una cerca me abalancé a un arbusto florecido, el primer objeto verde al alcance de mis manos. Se trataba de una Laguncularia racemosa, arbusto combretáceo común en las Antillas. Inmediatamente me puse a partir en pedazos su fruto característico, cuyo jugo corrosivo dejó una marca permanente en mi nueva y flamante navaja.
Un poco más adelante vi un papayo —Carica Papaya— “papaw” en inglés, palabra que traduce bien la original, pero que desafortunadamente nosotros la empleamos para referirnos a una planta muy diferente, la Asiminia triloba, que no tiene nada que ver con el verdadero papayo. Este crece a una altura de diez pies, no tiene ramas y las flores, a menudo unisexuales, se desarrollan en racimos al extremo de un tallo casi hueco. El papayo es fácilmente reconocible para el que conozca algo sobre este género. Existen también otras especies, pero si es cierto que algunas de estas plantas tienen la propiedad de ablandar las carnes, aquí no lo saben. Un jamaicano, a quien conocí después, me contó que conocía a un hombre que utilizaba las hojas del papayo para envolver la carne, que así se ablandaba. Me gustaría que esta posible propiedad del papayo se investigara científicamente.
En seguida llamaron mi atención unas cactáceas gigantes en la colina de arena situada detrás de la aldea. Son plantas triangulares y de diez pies de altura. No las he visto florecer, pero una de ellas debe ser la famosa pitahaya grandiflora, o una especie similar, cuyas flores solo se abren de noche.
Da la impresión de que todas las casas y chozas de Sabanilla fueran tabernas o tiendas, y cuando se entra en una de ellas, es curioso ver tantas botellas y ningún tonel. La primera casa a la que entré constaba de un cuarto grande, casi vacío, y era quizá la casa de un empleado de la aduana. En el suelo vi algo que a primera vista me pareció un mico grande, pero que al mirarlo mejor y para mi desconcierto resultó ser un niño desnudo y del color de la tierra donde estaba gateando. En otra casa vi otro espécimen similar, encima de un cuero y meciéndose en una hamaca.
La segunda casa que visité fue formalmente puesta “a mis órdenes”, lo cual quiere decir, simplemente, que uno es bien recibido. Allí vivían una mujer, posiblemente viuda (aquí no se puede saber si una mujer es o no viuda), su hijo, guarda de la aduana, y Joaquín Calvo, médico de la aduana. Amablemente me ofrecieron conseguirme un caballo para que al día siguiente viajara a Barranquilla, distante ocho millas río arriba.
Cuando conversaba con ellos pasaron unos jinetes, con ruanas de colores tan encendidos que me dejaron atónito. Las ruanas de mejor calidad son una especie de chales a rayas, de fibra de algodón y con unos pocos centímetros sin coser en el centro, para meter la cabeza. Nosotros los llamamos ponchos, pero esta es una palabra que no se debe decir en algunas partes del país y que en la costa se utiliza muy poco. Las más pesadas se llaman bayetones y se hacen con dos mantas o franelas dobles y son lo suficientemente gruesos para no dejar pasar el agua. Las ruanas cuestan entre dos y cinco dólares y un buen bayetón, prenda que no le debe faltar al viajero, cuesta alrededor de ocho dólares; cuando es de hule se llama encauchado.
En una casucha de dos piezas, una para la tienda y la otra para la familia, funciona la escuela pública con una docena de muchachos. La ley no permite escuelas mixtas y solo las aldeas grandes pueden darse el lujo de tener dos escuelas públicas; las niñas aprenden lo que pueden en la casa, si bien lo más frecuente es que se queden completamente ignorantes. Ahora que recuerdo a Sabanilla, después de haber conocido otros lugares, pienso que es el pueblo y la escuela más pobres que he conocido en la Nueva Granada. En la escuela vi niños desnudos, cosa no permitida en otros sitios. El maestro era apenas un adolescente y prácticamente no había libros, pero de todas formas es meritorio que un pueblo que ni siquiera tiene iglesia, posea su escuelita.
Regresando a pie al embarcadero de la aduana observé por el camino la Rhizophora llamada aquí mangle. Las raíces se desprenden desde parte del tronco y la fruta permanece en el árbol hasta después de esparcidas las semillas; la radícula, sobrepasando la corteza de la fruta, queda suspendida en el aire, por encima del agua y del barro, donde finalmente se entierra al caerse. Recogí también la fruta amarga y venenosa del manzanillo, el Hippomane Mancinella. A este y a la camomila los llaman manzanilla, diminutivo de manzana. Posiblemente por el veneno, es fatal dormir debajo de este árbol y no me gustaría dormir a la intemperie en ninguna parte donde hubiera uno cerca. En el mismo sitio se da una planta de la misma clase, la Cnidosculus stimulosa, cuyas espinas casi logran “estimularme” los dedos.
La aduana, repito, es un edificio bonito y blanco, con un plano inclinado que baja al miserable desembarcadero y a donde habría que llevar la mercancía en barcazas, pero nunca ha llegado una sola paca al edificio. Da la impresión de que ninguna de sus piezas ha sido utilizada nunca. Si todo el dinero que se gasté en el edificio se hubiera empleado en construir un muelle para barcos y una buena bodega, se habría impulsado el comercio. Pero otros países también cometen sus disparates; y la debilidad de éste, por lo menos, es construir aduanas donde el costo de recaudar los impuestos es superior a las sumas recaudadas.
El cerro donde está la aduana, si tuviera agua, sería el sitio ideal para una ciudad. A Sabanilla la traen en botes que navegan río arriba hasta donde encuentran agua dulce, sacan un tapón, dejan entrar la que necesitan y regresan con el agua a los tobillos. El abastecimiento de comestibles me pareció todavía más misterioso. Se hablaba de una hacienda a tres millas de distancia, pero personalmente no vi nada que se aproximara siquiera a un cultivo, a no ser el papayo y un cocotero.
Los cobertizos al pie del cerro y cerca del desembarcadero pertenecen a una firma extranjera que los arrienda al Gobierno. En ellos vi al recaudador y al inspector de aduanas examinando las mercancías; tenían las espadas y las pistolas a su lado, sobre una mesa, y los ayudantes rasgaban la envoltura de cada fardo, agujereaban todos los toneles, abrían las cajas y pesaban todas las cosas, líquidas y sólidas por igual, tal como lo ordena la ley. El inspector colocaba las pesas en la balanza y el recaudador anotaba el peso de los artículos. Si el peso de varios fardos resultaba casi igual, los funcionarios disminuían su celo vigilante después de haber esculcado, rasgado y punzado unos cincuenta bultos.
Me imagino que a pesar de todo hay contrabando por Sabanilla, pero creo que su principal obstáculo no son ni los sellos en la escotilla, ni los guardias a bordo, sino más bien la inmensa soledad que rodea al desembarcadero. Sin embargo, es posible que pase contrabando, ya que muchos funcionarios se prestan al soborno. Creo que cambiaron a todos los empleados del puerto durante nuestra corta estada, y el recaudador saliente me pidió que le diera un certificado en el sentido de que no lo había visto borracho cuando había venido a bordo, lo cual hice con mucho gusto.
BARRANQUILLA
Cabalgando a Barranquilla — Primer contacto con el trópico — Lagartos — Un cartero — Un pueblito — El gobierno de la Nueva Granada —La cárcel y la iglesia de Barranquilla — Navegando en bongo — Noche de bogas y de zancudos — ECaño de la Piña — El puerto de Sabanilla.
Como debía viajar a Barranquilla al día siguiente, madrugué para evitar el calor. Antes de salir, en la casa donde me ofrecieron el caballo, tomé el mejor café que he probado en mi vida. Lástima que en todas mis andanzas posteriores por el país nunca me dieron otro igual; tenía una fragancia que quisiera volver a encontrar.
Aquel viaje marcó una época en mi vida. El botánico que se dedica a estudiar y a clasificar plantas del trópico siente deseos inmensos de visitar estas tierras llenas de sol, pero generalmente las dificultades y los obstáculos crecen a la par con sus anhelos, en tal forma que obstáculos y ambiciones alcanzan el equilibrio de dos fuerzas iguales, las centrípetas y las centrífugas. En mi caso, las primeras resultaron ser demasiado débiles y finalmente me encontré en las tierras que tanto había anhelado conocer.
El paisaje tenía el aspecto de un invernadero sin limites. Esparcidas por el suelo había cantidades de semillitas deAbrus precatorius, bien conocidas en el Norte por su belleza: son de un rojo brillante y tienen una mancha redonda y negra. Me sorprendió no encontrar más plantas aroideas; solo vi una que trepa por los troncos de los árboles y apenas una estaba florecida. También cogí para botarla luego una bellísima pasionaria, aparentemente la Passiflora quadrangularis. Total, el día fue tan maravilloso que yo me sentía pleno de felicidad.
Dicen que el viajero conserva toda su vida un afecto especial por el lugar donde sus pies hollaron por primera vez el trópico. Y en verdad, recuerdo con nostalgia esas escenas felices del bajo Magdalena, aunque admita que es una región seca, estéril y desolada, cuyos escasos habitantes están dispersos y pertenecen al tipo más tosco de granadino. Pero es una región que quiero hoy y querré siempre, y que en mis afectos ocupa un lugar privilegiado al lado de la pequeña granja rocosa que fue mi primer hogar. Sin embargo, la diferencia entre los dos sitios es enorme: la granja de Westminster en Vermont tiene innumerables rocas, ventiscas que agolpan la nieve en cúmulos altísimos y las truchas más diminutas del mundo, mientras que la tierra de mis nuevos afectos tiene la aridez del trópico, el sol reverbera en las playas ardientes y es un verdadero paraíso de los lagartos.
Hay muchísimos lagartos en la costa pero son más bien pequeños y no se los ha estudiado bien, porque existe la idea de que algunos son venenosos. Hasta el doctor Minor B. Halstead, de Panamá, cree que fue la mordedura de un lagarto lo que mató a un hombre que encontró con una herida envenenada. En Bogotá cuentan extrañas historias sobre una especie de lagarto que llaman salamanqueja. Dicen, por ejemplo, que todo un pelotón de soldados murió después de haber bebido el contenido de una jarra, y que luego, al examinar ésta, encontraron en el fondo una salamanqueja. Por mi parte creo que todos los lagartos son inofensivos. Son animales difíciles de atrapar, a pesar de que la cola larguísima parece que, como el mango de un sartén, no sirviera más que para agarrarlos. Exactamente el mismo papel que quizá lleguen a desempeñar un día Panamá y Cuba frente a la República Modelo.
En todo un día de a caballo no vi más casas que las chozas pobrísimas de un pueblito llamado La Playa, situadas alrededor de la plaza que casi nunca falta en los pueblos hispánicos. Sabanilla, en cambio no tiene plaza.
En la Nueva Granada las autoridades trazan el plano de las ciudades y rara vez el diseño es irregular o disperso. A veces las plazas están empedradas y generalmente son el centro del mercado semanal que se hace casi siempre los domingos, con lo cual se asegura mayor asistencia a la misa.
Poco después de salir de La Playa me encontré con un cartero en una mula, la montura era parecida a una cabrilla de carpintero y me pareció cómoda para colgar cosas de los cuatro palos. El jinete llevaba en uno de ellos los zapatos más modestos del mundo, las albarcas, como los llaman aquí, que consisten en suelas de cuero sin curtir, con una correa curva para meter el dedo gordo y tiras de cuero para amarrarlas al pie. La hamaca doblada le servía de gualdrapa y a un lado colgaba la espada. Semanalmente lleva el correo de Barranquilla a la aduana de Sabanilla. Por todo el camino no vi el río ni una sola vez y apenas una siembra de maíz. La primera señal de que estábamos llegando a Barranquilla fue que el cartero se apeó para arreglarse a la vera del camino. Luego vi las copas de unas palmeras, las primeras que encontraba, pues hasta entonces únicamente había visto unas especies enanas. Estas eran cocoteros cultivados en los jardines de Barranquilla. La señora que conocí en Sabanilla me había enseñado a enrollar el saco envolviéndolo en el pañuelo, doblado diagonalmente, y amarrado a la cintura por las dos puntas que quedan sueltas. Ahora, siguiendo el ejemplo de mi compañero, me detuve para ponerme el saco y acicalarme antes de entrar a la ciudad.
Barranquilla tiene mucho mejor aspecto que Sabanilla porque por ley todas las casas están blanqueadas y algunas son de dos pisos. En un principio no capté el valor que aquí se adjudica a las casas techadas con teja, la mejor de las casas con cubierta de paja se considera inferior a la más humilde de aquellas. En Barranquilla utilizan espadaña, typhia,para los techos, pero río arriba emplean las hojas de iraca, las mismas con que se fabrican los sombreros de Panamá, la Carludovica palmata. Sin embargo, a todas las variedades se las conoce con el nombre de paja. El objetivo principal de mi visita a Barranquilla era entregar unas cartas de presentación escritas por el embajador granadino en los Estados Unidos al gobernador de la provincia y a uno de los principales comerciantes de la región, el señor José María Pino. A este último lo encontré en el almacén, donde me recibió muy amablemente y me ofreció una copa de vino, pero preferí aceptar una limonada. Me insistió que debía pasar la noche en la ciudad y puso a mi disposición un guía para que me condujera a la casa de la señora Creighton, el único hospedaje aceptable que hay en Barranquilla y que me costé ochenta centavos diarios. El señor Pino tuvo la atención de visitarme esa noche.
En Barranquilla hay dos escuelas para varones, una pública y otra privada; para niñas no hay ningún establecimiento que merezca ese nombre. Sin embargo, según el informe del gobernador, cualquier casa donde dos niñas reciban clases es una escuela, ya que afirma que en la provincia hay cinco para unas veinte o veinticinco alumnas. Se supone que toda la instrucción pública se basa en el sistema lancasteriano, y cuando hay cambios en él, estos no significan avance sino deterioro de la educación. En la escuela que visité había una rueda enorme, pesada e inútil, de cinco pies de diámetro, con el alfabeto pintado alrededor; en cambio, el maestro, hombre joven, poseía alguna cultura y, entre otras cosas, sabía leer un poco de inglés.
La Nueva Granada está dividida en un estado, veintidós provincias y tres territorios, los cuales en 1851 constaban de ciento treinta cantones, subdivididos en ochocientos diez y seis distritos y setenta aldeas. En estas últimas el gobierno local tiene menos funcionarios que en los distritos.
Si se quiere comprender el país es necesario conocer la nueva división política, sus funcionarios, etc., y como en algunos casos tienen nombres intraducibles al inglés, intentaré, de una vez por todas, explicarlos al lector. A nivel nacional, en el Gobierno, el presidente representa el Poder Ejecutivo, y el Congreso el Poder Legislativo. El gobierno provincial se llama Gobernación; el jefe del Ejecutivo, gobernador, y el Cuerpo Legislativo, Cámara Provincial. El Cantón no tiene legislatura y su ejecutivo es el jefe político; mientras que en los distritos es el alcalde, y el Cabildo corresponde al Poder Legislativo. Anteriormente el distrito se denominaba Distrito Parroquial o Parroquia. La vice-parroquia era una parroquia que dependía de otra, la cual ocasionalmente le enviaba un cura o párroco para prestar servicios religiosos. El párroco, hasta septiembre de 1853, era también funcionario del Distrito, tal como lo es el alcalde, pero hoy en día ya no existen parroquias ni vice-parroquias.
El siguiente cuadro resume la explicación anterior:
Nación
Capital nal.
Presidente
Congreso
Gobierno
Provincia
Capital prov.
Gobernador
Cámara prov.
Gobernación
Cantón
Cabecera
Jefe político
-Jefatura
Distrito
Cabeza
Alcalde
Cabildo
Alcaldía
La aldea está menos organizada que el distrito, el territorio menos organizado que la provincia y ambos tienen poca población. El Gobierno central ha concedido al Estado de Panamá más autonomía que a las provincias.
Barranquilla es sede de la Gobernación de la provincia de Sabanilla. Como traía una carta de presentación del gobernador anterior, fui a visitar al actual, el señor Julián Ponce, con el que tuve una conversación interesantísima, pero no acepté su invitación a comer porque me dio pena incomodarlo. La Gobernación aquí está en el primer piso de la casa del gobernador.
En la Gobernación siempre hay uno o dos funcionarios además del gobernador. Antiguamente este era nombrado por el presidente, y el gobernador a su vez nombraba al jefe político de cada Cantón, quien a su turno elegía a los alcaldes de cada distrito. Tengo la sensación de que quizá a la Nueva Granada le sobran empleados administrativos.
Esta era la organización hasta hace poco, pero la nueva constitución introdujo muchos cambios. Los cantones ya no existen legalmente ni tienen funcionarios. Muchos de estos que antes se nombraban, ahora se eligen. Este sistema tiene el inconveniente de que puede resultar elegido un enemigo personal del presidente, situación difícil, por ejemplo, en el caso de los gobernadores, quienes se supone deben ser sus agentes y que tienen derecho a intervenir en cualquier asunto de carácter nacional, tales como la distribución del correo, y en decisiones de asuntos militares. Por eso dudo que el sistema dure.
También visité la cárcel de la provincia que es un salón con dos cuartos a cada lado. El guardián o alcalde es zapatero y estaba ocupado en su oficio. Era el primer hombre que veía trabajar desde mi llegada a la Nueva Granada, fuera de otros dos, que vi aserrando unas tablas, para lo cual
utilizaban un tosco artefacto que les permitía elevar uno de los extremos de la troza, en tal forma que uno de los hombres casi podía pararse debajo.
La prisión no estaba ni muy llena ni muy limpia, pero lo peor era que las ventanas de los dos cuartos daban a la calle. Todas las cárceles aquí están construidas con materiales poco seguros, tierra apisonada o ladrillos sin cocer, y claro está, la estada del prisionero en semejante pocilga, depende en gran parte de su buena voluntad. Las leyes de las distintas provincias difieren respecto al costo de la alimentación de los presos; en algunas corre por cuenta de ellas; en otras no, pero en todas partes los reclusos, siempre que tienen la oportunidad, piden comida, por la ventana, a los transeúntes.
El único otro punto de interés que visité fue la iglesia. Primero me llevaron donde un viejo sacerdote que tiene una especie de estudio en el piso alto de la iglesia. Me aseguró que aquí todo anda mal desde que el Rey de España dejó de gobernar estas tierras. Es la única persona que ha tenido la franqueza o la imprudencia de confesarme esta opinión. Como el gobierno cubano es el único ejemplo que queda de dominación española en el Nuevo Mundo, es difícil apreciar exactamente cuánto perdió la Nueva Granada con el derrocamiento del poder español.
Bajamos a la iglesia y antes de cruzar el umbral me quité respetuosamente el sombrero. La iglesia es un inmenso cascarón de piso de tierra y sin asientos. Al fondo está el altar principal y a los lados los altares secundarios donde rara vez celebran misa. A pesar de que la iglesia no se llena nunca, ni siquiera en ocasiones especiales, el cura nos aseguró que la ciudad necesitaba urgentemente otra más grande y mejor.
Lo que más me llamó la atención fue el órgano, de tamaño de salón, pero con dos fuelles externos enormes que requieren dos hombres para hacerlos funcionar. El trabajo de madera es bastante burdo y los cañones forman una fila que se proyecta horizontalmente desde adelante. Los de la fila del frente tienen pintados rostros largos y estrechos, como caras reflejadas en el dorso de una cuchara. El cura tiene su ayudante.
A mi regreso a Sabanilla tuve una discusión con el capitán sobre si debía o no pagar por el uso del caballo. Yo, que más que nada quería mostrarle lo equivocado que estaba en odiar tanto la raza española, esperé pacientemente el resultado, hasta que al final me informaron que debía pagar 80 centavos por ese jamelgo, precisamente lo que el capitán había pagado por un guía, un caballo y por los gastos de mantenimiento.
Volví otra vez a Barranquilla porque tenía interés en conocer el Caño de la Piña, que conecta el puerto de Sabanilla con el Magdalena. El dueño o capitán de un bongo, canoa gigantesca, convino en llevarme por $ 1,20. Cargaron la embarcación con mercancías que sacaron de la aduana, destinadas a un comerciante de Barranquilla, y como solo en la popa había una pequeña cubierta, para protegerlas de las inclemencias del tiempo las cubrieron con unos cueros. La tripulación consistía en el dueño, un negro enorme, otro todavía más negro pero más bajito, y un mulato. Además iba con nosotros un negrito desnudo, hijo del patrón, y los simples remeros, que se llaman bogas.
Desatracamos del embarcadero de la aduana. La única manera de mover el bongo es con el canalete del patrón, con las palancas de los bogas que terminan en horquetas de diferentes maderas y con varas más cortas con un gancho en la punta. El boga apoya la horqueta de la palanca en el fondo fangoso del río y el otro extremo contra el pecho, cerca del hombro, y camina hacia la popa haciendo mover la embarcación aproximadamente a tres millas por hora. Pronto llegamos a Sabanilla, pero mientras que en la aduana el bongo, completamente cargado y calando tres pies de agua, pudo arrimar al embarcadero, aquí quedamos a unos ocho pies de la orilla.