Las casas — La costumbre de fumar — Comida en Palacio — La comisión corográfica — Las clases bajas — En el mercado — Lección de español.
Al día siguiente de mi llegada a Bogotá visité con un amigo la casa de un comerciante de la ciudad. Entramos por el zaguán de una casa baja y mi amigo dio dos o tres palmadas en la puerta interior al final del zaguán, a lo cual siguió un breve diálogo con la sirvienta que vino a la puerta: “¿Quién?" “Yo”. “Adelante”.
Empujamos la puerta, burda, cuadrada y difícil de abrir porque está trancada con una piedra que cuelga de una soga de cuero amarrada en una clavija encima de la puerta. Al abrirse esta, se eleva la piedra y cuando se suelta la puerta, cae la piedra cerrándola nuevamente. “Que entren para dentro”, nos dice la criada, invitándonos a seguir.
La sala es alta y amplia, con el suelo cubierto con estera y dos o tres sofás baratos colocados contra las paredes. Instintivamente miro alrededor esperando ver algún libro o periódico pero no hay ninguno. Las ventanas son altas, con ventanillas de vidrio que abren hacia dentro. Las paredes de adobe o tapia tienen dos pies de espesor, y las ventanas están cortadas formando un escalón tan alto como un asiento, de tal manera que uno puede sentarse en la jamba de la ventana. Dos personas sentadas en la ventana y dos de pie, al lado, forman un grupo agradable para conversar. Todas las ventanas tienen rejas porque se considera que las alas de la ventana no son suficiente protección.
La señora de la casa vino a atendernos y nos informó que el señor a quien queríamos ver estaba fuera de la ciudad. Luego le ordenó a la sirvienta que trajera candela, y ésta trajo un tizón de la cocina en una cuchara de plata maciza para encender los cigarros redondos que nos ofrecieron. Yo me disculpé diciendo que no sabía fumar, pero la señora y mi amigo si lo hicieron.
La señora es mujer de mediana edad, no muy bien vestida y me pareció persona poco interesante, no tanto porque careciera de belleza, sino más bien por falta de inteligencia. En diferente ocasión volví a la casa y como ella estaba ocupada atendiendo otras visitas, me recibió su hija, una joven de ojos negros, pero a pesar de la atracción personal que sentí por esta, me cansé pronto de su compañía porque era incapaz de conversar de nada que no fuera del prójimo; parecía una estatua que hablaba y se movía.
La verdad es que difícilmente nadie puede llegar a ser buen conversador si no lee nunca. Y mi joven amiga era, en realidad, casi una prisionera. Su único placer y oficio consistía en sentarse junto a la ventana y saludar a los que pasaban. Invitarla a salir a caminar conmigo habría sido prácticamente un insulto; nunca podía salir sola sino acompañada por sus padres o hermanos; de hecho, no salía más que para ir a la iglesia. El colegio fue una cárcel, la casa otra, entonces ¿qué tenía que perder si resolviera entrar a un convento, que no sería sino otra prisión de la cual no saldría nunca? El convento no recibe ninguna prisionera sin dote, pero quizá en él sea tan feliz como podría serlo dentro del matrimonio.
Nunca vi fumar a la hija, pero me imagino que sí lo hace. Muchas personas me han dicho que no tiene nada de malo que las señoras fumen, pero como muchas lo hacen a escondidas, me imagino
que es costumbre todavía no totalmente aceptada en la sociedad granadina. No vi a las mujeres bogotanas fumar con la punta encendida del cigarro dentro de la boca, como lo hacen en tierra caliente. Posiblemente con ese sistema buscan economizar el tabaco, ya que así el humo no pierde su sabor en el aire hasta no haber depositado antes su narcótico en la membrana mucosa. En Bogotá fuman muy pocos cigarrillos (tabaco envuelto en papel) y las señoras prefieren fumar cigarros.
Esta familia gasta todos sus ingresos. Uno de los rasgos característicos de los neoyorquinos es el de economizar en lo necesario para derrochar en lo superfluo y esa debilidad también la tienen los bogotanos. Un escritor que conoció a Bogotá cuando la ciudad estaba en todo su apogeo afirma que entonces había gran despliegue de hospitalidad ostentosa, y que cuando la guerra y la revolución empobrecieron al país y la manumisión de negros e indios reforzó esa situación, la sociedad redujo el número, más bien que el lujo, de sus invitaciones.
La única invitación a comer que recibí de los bogotanos para quienes traía cartas de recomendación, fue la del Presidente. Se suponía que era una comida “en familia” a las seis de la tarde, y yo llegué un poco antes de esa hora. El centinela que estaba en el portón no me preguntó nada y pasé por el zaguán y el corredor hasta llegar a las escaleras. En el corredor del segundo piso un oficial de guardia me condujo a uno de los salones. En distintas ocasiones estuve en palacio en seis u ocho salas diferentes, la mayoría alfombradas y amobladas cómodamente, pero sin lujo. Todas se verían bien en la casa de un hombre medianamente rico. Las recepciones en palacio son modestas y acordes con la sencillez republicana. En privado el presidente actúa como un ciudadano común y corriente, pero en la calle la guardia de lanceros diferencia al “Ciudadano Presidente” del resto de los ciudadanos.
Tanto el General López como su sucesor el General Obando son viejos soldados que en muchas ocasiones han expuesto su vida por la patria y otras veces en contra del gobierno. Ambos se caracterizan por su dignidad y aire marcial. Obando quizá es más destacado como militar; pero, según mi opinión, López es superior como funcionario, ya que se ha interesado mucho por desarrollar los recursos del país. La señora de López es una de las más bonitas para su edad que he visto en Bogotá, mientras que la señora de Obando tiene apariencia más sencilla, tal vez más granadina y menos elegante.
Éramos unos doce invitados y en la comida nos ofrecieron muy pocos platos típicos granadinos. Solo mencionaré el preparado con el pescado corto, grueso y parecido a un reptil, que pescan en el río Bogotá. Lo sirvieron en el mismo papel en que lo envuelven para asarlo. La banda militar amenizó la comida desde el patio.
La familia que con más placer visitaba en Bogotá era la del Coronel Codazzi, que vive tres cuadras arriba de la catedral. El coronel es italiano, su señora venezolana y las hijas menores nacieron en Bogotá. Las veía coser en la sala y la familia era tan sencilla que cuando después de comer iba a visitarla y por casualidad la encontraba todavía sentada a la mesa, no podía resistir la tentación de acompañarla a comer.
Codazzi dirige la Comisión Corográfica, y su obra sobre la geografía de Venezuela, preparada y publicada bajo los auspicios del gobierno de ese país, es modelo de investigación geográfica. Al finalizar labores en Venezuela se comprometió a elaborar un trabajo similar en la Nueva Granada, en el cual ha venido trabajando desde hace varios años. Codazzi ha tenido que enfrentarse a dificultades increíbles y así como va en pocos años habrá visitado todas las regiones del país. Cuando lo conocí acababa de regresar de Medellín y de la provincia de Antioquia, y antes ya había visitado las del norte de la capital, con excepción de las de la costa. Después recorrió toda la pestífera región del Chóco, la costa de Buenaventura, la provincia de Popayán, la de Pasto y también el Istmo, en donde aconsejó a los que estaban explorando a fin de localizar la mejor ruta para construir un canal, pero desgraciadamente no fue atendido. Lo último que supe de Codazzi
fue la mala noticia de que tanto él como el Coronel Pineda estaban jugándose la vida para aplastar la revolución de Melo.
Codazzi es un hombre tremendamente entusiasta, de valor inquebrantable y además creo que es magnífico amigo. El gobierno le ha asignado varios ayudantes y uno de ellos, Manuel Ancízar, publicó el relato del viaje por las provincias del norte. Otro caballero que lo ha acompañado en todos los viajes es José María Triana, joven botánico de gran dedicación. Es prácticamente imposible conseguir hombres con la formación que requiere esta empresa, pero el gobierno y la Comisión han hecho todo lo que han podido para contratar individuos bien calificados. Los integrantes de la Comisión miden las latitudes, longitudes y altitudes y toman nota de todas las observaciones que están a su alcance. En esta forma vienen luchando año tras año contra dificultades tremendas, selvas, precipicios y en la costa del Pacífico contra fiebres y serpientes venenosas. Son merecedores de todo honor y de cumplido éxito.
Ocupémonos ahora de las clases más pobres e intentemos explicar la razón por la cual hay tantos pobres en Bogotá. De los 30.000 habitantes con que cuenta la capital es apenas un puñado de gente el que tiene medios suficientes para vivir bien. Claro está que igualmente en Nueva York vive más gente de la que puede encontrar trabajo en la ciudad; quizá la explicación sea la de que los hombres viciosos son gregarios y prefieren aguantar hambre a perder la oportunidad de estar con los de su propia calaña. En Bogotá son muchas las personas que conocen bien el hambre y la pobreza, entre ellas las guarichas, mujeres parecidas a las grisettes parisienses, pero muy superiores estas a las primeras en inteligencia, dinero, comodidades, moral y belleza.
Las guarichas proporcionan a precios módicos los servicios de nodrizas, pero la que es de malos sentimientos, como toda la gente de su clase, termina por aprovecharse cuando el niño a su cuidado le toma cariño. Sus propios hijos no son problema porque si sobreviven y ella recibe una buena oferta de trabajo, los abandonan en el torno del orfanato. Un día Margarita resolvió sacar de paseo a las sirvientas de la casa y las llevó a nadar al Pucha, yendo también la niña de brazos con la nodriza y las otras dos niñas, a quienes consideraba demasiado pequeñas para que pudiera afectarlas semejante compañía. Pues bien, en el paseo el ama de pechos se encontró con su hijo y el papá de éste, pero las niñas no me contaron qué más sucedió. Al día siguiente Margarita oyó llorar a la chiquita y llamó a la nodriza para que la atendiera. La niña seguía llorando inconsolable y la señora furiosa corrió a ver qué sucedía. La encontró sola, agarrada de la baranda de la cama, tratando de bajarse, sin poder. ¡Y no había ni rastros de la nodriza ni de su maleta!
En alguna ocasión fui a donde la mujer que me lavaba la ropa. Vivía en una pieza en el primer piso de una casa alta, y a pesar del frío que hace en Bogotá tenía que dejar la puerta abierta para que entrara luz pues aquella no tenía vidrios. A la entrada había una mampara para evitar las miradas curiosas de los transeúntes, la cual es lo suficientemente alta para que un indio de cinco pies de estatura no pueda mirar por encima, y la colocan en tal forma que sea posible entrar por los lados. El cuartico parecía la celda de una cárcel, con la diferencia de que no tenía rejas ni ningún orificio o respiradero fuera de la puerta de la calle. Más adentro había otra pieza, aún más pequeña, sin puerta ni ventanas. Todo el mobiliario era una mesa del tamaño y la altura de una otomana, un banquito con el asiento cóncavo como una batea, dos o tres platos de barro, el poyo adosado a las paredes, cueros curtidos y esteras para acostarse y la mampara en la puerta. ¿Y dónde lava la ropa? Pues en el río. ¿Y dónde la aplancha? La lleva a otra mujer para que lo haga.
¿Y dónde está la puerta para entrar al patio? Naturalmente que no hay puerta ni tiene derecho a tenerla. ¡Bonita casa sería esta si una guaricha, por el solo hecho de haber arrendado este miserable cuartucho, tuviera derecho a pasearse por el patio! Entonces, ¿qué puede hacer, a dónde puede ir? Porque ni en sueños existe ninguna clase de comodidad moderna, ni siquiera alcantarillado. Fuera de sus dos cuarticos apenas tiene libertad para ir a las calles, a los lotes vacíos y a la orilla del río.
No culpemos entonces a la pobre mujer acuclillada al borde del río; hace todo lo que puede para guardar el decoro; y el fastidio que se siente viendo toda la porquería en las calles de una ciudad que tiene 314 años, que está atravesada por dos ríos y situada además en las faldas de una montaña, lo cual facilitaría enormemente la construcción de alcantarillas, ese fastidio, digo, debería motivar a las gentes a presionar al gobierno de la provincia para que tome las medidas necesarias que exigen la salud y la decencia.
El número de familias que vive en las mismas condiciones de las de mi lavandera excede en mucho al de las que vive relativamente bien. Generalmente se considera que el piso bajo es menos saludable que el segundo, y así en cada casa apenas hay una familia que puede gozar del patio. El cuarto de adelante de estas cuevas, excavadas prácticamente en los cimientos de las mejores casas, entre otras en la del Vice-Presidente, se utiliza a veces para zapaterías, sastrerías, talabarterías, etc., y los propietarios, para gran molestia de los transeúntes, mantienen en los andenes parte de los implementos de trabajo.
De pronto también se encuentra en la calle un gallo de pelea amarrado de una pata a una estaquilla con una cuerda que tiene en la mitad un pedazo de cacho del tamaño de un aro para servilletas, y que sirve de torniquete a fin de que el pajarraco no se enrede en la cuerda. Los dueños sacan al animal a la calle porque no les gusta tenerlo de adorno en el patio.
En la plaza de San Francisco hay mercado todos los días, pero es pequeño y la gente no va allí sino a comprar lo que se le acabó o algo que necesita inesperadamente. El mercado semanal en Bogotá es en la Plaza de Bolívar. Desde el jueves los vendedores empiezan a instalarse en ella y el viernes está toda cubierta de mercancías. Los vendedores invaden hasta las gradas pero dejan libre la plataforma del altozano.
La plaza está empedrada con guijarros, excepto los dos caminos diagonales que la cruzan que son de piedras planas, pero en algunos sitios están mal colocadas y se forman huecos donde se acumula el agua lluvia y el paseante nocturno termina con los zapatos empapados. El hueco más grande en la esquina noroeste merecería aparecer en el plano de la ciudad, y hay otros que todavía evito instintivamente, cuando recuerdo la cadena interminable de desastres que me causaron. Por eso le aconsejaría al viajero que piensa pasar una temporada en Bogotá que traiga una linterna y un buen par de botas de caucho.
Pero estábamos hablando del mercado. Como ustedes recuerdan, el de Facatativá es los miércoles y muchas de las cosas que venden o que no venden las traen a Bogotá el jueves, y ese día la carretera en macadam se convierte en un río por donde fluyen miel, panela, azúcar moreno, frutas y mil cosas más. Parte de estas vienen en carretas de bueyes, otras a lomo de mula o sobre las espaldas de los campesinos. Entre estos viene un desgraciado descendiente de los aguerridos Panches, que el martes escaló la montaña, pasó todo el miércoles en el mercado de Facatativá y volvió a cargar lo que no pudo vender para recorrer veintiocho millas más, esperando vender el resto y regresar a su casa mañana.
En Cuatro Esquinas nuestro hombre se encuentra con otros campesinos que vienen directamente de La Mesa por Barro Blanco, trayendo productos derivados de la caña de azúcar, pero ¿por qué será que ninguno trae ron, esa bebida que para ellos es la perdición? Simplemente porque en esta provincia el señor Wills tiene el monopolio de la destilación de bebidas alcohólicas y él trae toda la producción directamente desde Cuní al pequeño almacén que posee cerca al hospital. Del sur y del norte también llegan otros grupos de campesinos bordeando la Sabana y las mulas que vemos entrando por el camino que pasa cerca del convento de San Diego vienen del norte, cargadas de moyos de sal que el almacén oficial de Zipaquirá vende a razón de dos dólares por ciento doce libras.
La mayor parte de la carne proviene de las reses que matan en los barrios más pobres del sur, a las afueras de la ciudad. Una res, por ejemplo, vivió tres años en los lejanos llanos de Casanare, al oriente de la capital, en un infierno de zancudos y de moscas, donde la sequía alterna con lluvias torrenciales, pero sobrevivió a todo, al peligro de que la sacrificaran y al interminable viaje a través de las montañas. Apenas empezaba a aclimatarse a la tierra fría y estaba engordando en medio de la abundancia y la paz que no había conocido nunca, cuando la sacrificaron en la plenitud de su vida, y mañana sábado su carne será el principal ingrediente en el puchero que Margarita nos ofrezca al almuerzo. La cabeza le tocará a alguna guaricha o a un campesino, la piel ya está extendida en el suelo, sujeta a estaquillas para estirarla, la sangre se está cocinando en veinte ollas distintas, y en seis días más toda partícula digerible, excepto la vesícula, habrá desaparecido en los estómagos bogotanos. Por mi parte odio lo que aquí llaman menudo, que son las partes del animal que no tienen músculo. Podría escribir la filípica más vehemente contra el mondongo, la morcilla y la ubre, pero no lo hago porque a todos se nos revolvería el estómago.
De todos los caminos que llegan al mercado, los más transitados son los de las montañas del oriente. A todas horas y en numerosas ocasiones he encontrado multitud de campesinos bajando, a veces solos o en grupos, la mayoría mujeres con uno que otro hombre que las acompaña, arreando o cabestreando un buey de una cuerda que le pasa por la nariguera, o cargados ellos mismos con los productos de sus pequeñas parcelas.
Hoy viernes por la mañana salgamos y miremos qué cosas traen los campesinos. Son muchas las horas que pasé con ellos, averiguando pacientemente cuáles eran sus productos y llegué hasta terminar el catálogo completo de los artículos que vendían. Pensé escribirlo en versos, que suenan tan natural en español y en italiano, pero afortunadamente para el lector perdí la lista que había hecho. Sin embargo, como muestra de lo que soy capaz y de lo que al lector se escapó, presentaré lino o dos versos utilizando mi metro predilecto, el sáfico-adónico, bien conocido por Horacio y del