3. Charles Darwin (1809-1882)
3.2. El viaje a bordo del Beagle (1831-1836)
Hacia 1830 Inglaterra decidió realizar viajes de prospección a Améri- ca, con el propósito de incrementar el escaso comercio existente y de des- cubrir nuevas y seguras rutas comerciales. De allí su interés en que un navío practicara un relevamiento de puertos en toda la zona litoral de América del Sur, recabara mayor información cartográfica de Patagonia y Tierra del Fuego, hiciera un estudio de las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico y obtuviera una serie de medidas cronométricas en dife- rentes sitios, para regresar finalmente por las Indias Orientales. Por otra parte, era preciso saber cuáles eran los recursos naturales de Sudamérica que pudiesen tener un uso industrial.
Esta misión fue llevada a cabo por el Beagle, un reconstruido velero de 3 mástiles, 235 toneladas, 66 hombres y 10 cañones, bien equipado para tareas científicas. El Almirantazgo quería en la dotación a un enten- dido en geología, consciente de los beneficios económicos que podría aportar los conocimientos en esta disciplina. Asimismo, era indispensable contar con los servicios de una persona que poseyera un gran sentido de la observación y tuviese la capacidad de describir detalladamente todo lo que viese.
Darwin había recibido su formación geológica de la escuela catas- trofista cuando, durante su segundo año en Edimburgo, asistía a las clases de Robert Jameson (1774-1854), el editor británico de las obras de Cuvier. Pero como las clases le aburrían enormemente, a partir de ese momento decidió no volver a estudiar geología.
Sin embargo, en abril de 1831, tras obtener la licenciatura en Teolo- gía en el puesto número 10 de su promoción y por sugerencia de Hens- low, se dedica nuevamente al estudio de la geología y, gracias a la media- ción del mismo Henslow, Charles termina participando de una expedición por el norte de Gales con el profesor Adam Sedgwick, responsable de la Cátedra Woodward de Geología, en Cambridge, y también catastrofista. Sedgwick era, por entonces, el más eminente geólogo de campo en Ingla- terra. Fue precisamente este relevamiento geológico el que le permitió definir el sistema cámbrico.
A su regreso, en agosto, Charles se encuentra con una carta enviada por Henslow. En ella, este le comunica que le habían pedido que reco- mendara, para ese viaje, a un naturalista bien capacitado (que fuera ante todo un «caballero», ya que debía compartir el camarote del capitán), que estuviese dispuesto a participar sin percibir ninguna retribución por ello (por el contrario, el costo de su manutención era de unas 30 libras al año). Con absoluta franqueza, Henslow le expresa a Darwin:
He afirmado que lo considero la persona más dotada que conozco que pueda encargarse de tal plaza. Cuando digo esto no es que suponga que es usted un naturalista cumplido, sino que está ampliamente cualificado para recoger, observar y anotar todo cuanto sea útil para la historia natural.110
Charles tenía mucho interés en aceptar el ofrecimiento, pero dicho interés contrastó con la negativa de su padre, quien le planteó diversas objeciones. Sin embargo, dejó abierta una posibilidad: «Si eres capaz de encontrar una persona en su sano juicio que te aconseje marcharte, daré mi consentimiento», le dijo. Afortunadamente, y a pesar de que Charles, como hijo obediente, rechazó la oferta, la mediación de su tío Josiah, her- mano de su madre y que se convertiría más tarde en su suegro, logró que el padre de Charles retirara sus objeciones, posibilitando así la participa- ción de su hijo en el viaje.
Luego de contar con la aprobación de su padre, Charles tuvo que superar, sin saberlo, un nuevo obstáculo. El capitán del barco, el aristó- crata Robert FitzRoy (1805-1865), de 26 años, acababa de leer la Fisiog-
nomía, del suizo-alemán Johann Caspar Lavater (1741-1801), obra dedi-
cada a establecer relaciones entre los rasgos físicos de un individuo y su carácter. Basándose en esta lectura, FitzRoy llegó a considerar que Char- les, por el tipo de nariz que tenía, difícilmente fuera poseedor de una decisión y energía suficientes para encarar un viaje tan largo.
En realidad, FitzRoy no estaba muy desacertado en su apreciación, ya que Darwin mismo dudaba que pudiera resistir semejante viaje debido a su estado de salud. Describiendo ese momento, recuerda Charles:
[...] estaba preocupado por las palpitaciones y dolores de corazón y, como la mayoría de los jóvenes ignorantes, estaba convencido de que tenía una enfer- medad cardíaca. No consulté a ningún médico, porque estaba seguro de que me diría que no me hallaba en condiciones para hacer el viaje, y yo estaba dis- puesto a ir a todo trance.111
Johannes Hemleben, biógrafo de Charles Darwin, señala que en este relato recordatorio el famoso naturalista «describió exactamente como el rasgo fundamental de su propio carácter el antagonismo entre el temero- so hipocondríaco y el hombre de voluntad, decidido y enérgico».112
Para colmo de males, el viaje debió ser aplazado en varias oportunida- des. Habiéndose previsto la partida para el 4 de noviembre de 1831, Char- les llegó a Plymouth el 24 de octubre, pero el mal tiempo y la falta de vien- tos favorables impidieron la salida del Beagle, de tal modo que Darwin tuvo que esperar dos meses, que se le hicieron muy penosos debido a su insegu- ridad de saber si resistiría el viaje y porque le entristecía pensar que se ale- jaría por tanto tiempo de su familia y amigos. Tiempo después, diría:
Estos dos meses en Plymouth fueron los más tristes de mi vida, a pesar de que me ocupaba intensamente en diferentes asuntos.113
Por fin, el 27 de diciembre de 1831 el Beagle zarpa de Devonport (Plymouth) y alcanza mar abierto, dando comienzo a uno de los viajes científicos más notables de la historia. Charles Darwin no era el naturalis- ta oficial del Beagle (sino el cirujano Robert McKormick, que ocuparía ese puesto hasta su renuncia, en abril de 1832) ni tampoco un diplomado en ciencias naturales. Sin embargo, contaba con algo mucho más valioso: era
111 Darwin (1977), 71. 112 Hemleben (1971), 36. 113 Darwin (1977), 70-71.
«un hombre con una curiosidad sin límites», como lo definió su tío Josiah. Ello le permitió observar, describir e interpretar la naturaleza como muy pocos lo habían logrado antes. Refiriéndose a este episodio destacado de su vida, el mismo Charles no dudaba en afirmar:
El viaje del Beagle ha sido con mucho el acontecimiento más importan- te de mi vida, y ha determinado toda mi carrera.114
Del 16 de enero al 8 de febrero de 1832, el Beagle llega a San Yago e islas del Cabo Verde. El 16 de febrero a la isla de San Pablo y el 19 de febrero a la isla Fernando Noronha. Luego, el 28 de febrero, Darwin pisa por primera vez América del Sur, en Bahía, Brasil. De allí hacia el sur pasa por Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Bahía Blanca, Tierra de Fuego e islas Malvinas. El 21 de enero de 1834 atraviesa el estrecho de Magallanes y llega a la isla de Chiloé. Recorre toda la costa chilena y peruana. Islas Galápagos (16 de septiembre de 1835), Tahití, Nueva Zelanda (21 de diciembre de 1835), Sidney (Australia) el 12 de enero de 1836, isla Mauricio (al este de Madagascar) el 29 de abril, Ciudad del Cabo (1 de junio), isla Ascensión (en el océano Atlántico, al este del con- tinente africano) el 14 de julio, Bahía (Brasil) el 1 de agosto, Pernambuco (Brasil) el 12 de agosto y, finalmente, Falmouth (Inglaterra) el 2 de octu- bre de 1836.
Muy pocos libros acompañaron a Darwin en su viaje. El motivo era muy simple: la falta de espacio en el camarote que debía compartir con el capitán Robert FitzRoy. Entre los principales, podemos mencionar: Perso-
nal narrative, de Humboldt, que le había sido obsequiado recientemente
por Henslow, El paraíso perdido, de John Milton, y el primer volumen de
Principios de geología, de Charles Lyell, que leyó muy atentamente por
sugerencia de Henslow (quien, partidario del catastrofismo, le recomen- daba al mismo tiempo no aceptar las conclusiones del autor). El segundo tomo lo recibiría con ocasión de atracar el Beagle en el puerto de Monte- video (Uruguay) en 1832, y el tercero lo leería a su regreso a Londres.
A través de la lectura de la obra de Lyell, Darwin no desconocía la existencia en Inglaterra de dos grandes corrientes de pensamiento: la catas- trofista, defensora de los cambios bruscos, y la uniformista, partidaria de
los cambios graduales. Charles se inclinó absolutamente a favor del gra- dualismo y en esto mucho tuvo que ver Lyell. Más adelante volveremos sobre el tema.
Charles tenía a bordo un rango especial. El hecho de compartir el camarote con el capitán y de comer con él lo ubicaba por encima de los oficiales. Según Stephen Jay Gould, la decisión de Robert FitzRoy de lle- var un compañero de viaje para una travesía tan larga
[...] debió verse determinada por dos características de los viajes por mar de los años 1830. En primer lugar, las travesías duraban muchos años, con largos intervalos entre escalas y un contacto muy limitado por carta con los amigos y la familia. En segundo lugar [...], la tradición naval británica dictaba que un capitán no podía tener virtualmente ningún contacto social con ningún miembro inferior de la cadena de mando. Hacía sus comidas solo, y única- mente se reunía con sus oficiales para discutir asuntos del barco y para con- versar del modo más formal y «correcto».115
Robert FitzRoy tenía excelentes antecedentes. Había ingresado en el Royal Naval College, en Portsmouth, a los 12 años, obteniendo califica- ciones sobresalientes. A los 14 años se embarcó, a los 15 ascendió a guar- diamarina y a los 19 a teniente, siendo el primero entre los de su promo- ción. De él diría Darwin en su Autobiografía: «El carácter de FitzRoy era muy singular, con rasgos de gran nobleza: era fiel a sus obligaciones, gene- roso hasta el exceso, valiente, decidido, incorregiblemente enérgico y amigo apasionado de cuantos estaban bajo su mando». «Era un hombre elegante, sorprendentemente caballeroso, de maneras extraordinariamente corteses.» Y también que «tenía muy mal genio».116
Asimismo, comenta que, estando en Bahía (Brasil), había sostenido una dura discusión sobre el tema de la esclavitud, con FitzRoy defendién- dola y él rechazándola.
FitzRoy estaba convencido de que la Biblia tenía respuesta a todos los interrogantes, de que el mundo era inmutable y de que la idea de evolu- ción representaba, por lo tanto, una herejía. Por otra parte, los fósiles cons- tituían para él la prueba del Diluvio Universal, ya que no todos los ani- males habían conseguido salvarse a bordo del Arca de Noé.
115 Gould (1983b), 28. 116 Darwin (1977), 67.
Dos experiencias puntuales, vividas por Darwin durante el viaje, habrían de influir más tarde en su pensamiento:
a) Su constatación de que muchos de los numerosos fósiles de mamífe- ros hallados en la Patagonia eran semejantes a los organismos exis- tentes en la actualidad. Tal parecido llevaba a pensar en una probable relación de parentesco entre dichas formas.
b) Su paso por las islas Galápagos, grupo de islas de origen volcánico situadas en el océano Pacífico, a unos 1000 kilómetros al oeste de la costa ecuatoriana.
El 7 de septiembre de 1835 el Beagle partió con dirección al archi- piélago de las islas Galápagos, ya en el viaje de regreso. Permaneció allí cinco semanas, de las que Darwin estuvo solo tres en tierra. Durante ese tiempo, se dio cuenta que la flora y la fauna de las islas tenía cierta seme- janza con la de América del Sur.
Lo que particularmente despertó su interés fue observar que el aisla- miento de las tortugas las había hecho diferentes y que todas, probable- mente, habían tenido un origen común. También recogió ejemplares de un tipo de aves conocido con el nombre de pinzones, los cuales diferían entre sí por la forma y el tamaño de sus picos (de acuerdo con el tipo de alimentación) y ello estaba relacionado con su distribución en el conjun- to de las islas. Estas observaciones biogeográficas habrían de tener suma importancia en sus reflexiones posteriores.
Stephen Jay Gould advierte que si bien Darwin encontró los pinzo- nes, «no los reconoció como variaciones de un tronco común. De hecho, ni siquiera tomó nota de las islas donde descubrió a muchos de ellos —algunas de sus etiquetas rezan simplemente “Islas Galápagos”». Y luego: «Reconstruyó la historia evolutiva una vez de vuelta en Londres, y no antes, cuando un ornitólogo del Museo Británico identificó correctamen- te todas las aves como pinzones».117
Hoy está descartada la idea de que Darwin se convirtiera en evolu- cionista a bordo del Beagle. Al respecto, Gould señala: «[…] Darwin regre- só a Londres sin haberse planteado teoría evolutiva alguna. Sospechaba la verdad de la evolución, pero no tenía mecanismo por el que explicarla».118
117 Gould (1986), 62. 118 Gould (1986), 63.
El regreso a Inglaterra se produce el 2 de octubre de 1836, tras casi cinco años de navegación. Inmediatamente, Darwin viaja a Cambridge para ver a su amigo Henslow y en la primavera de 1837 traslada su domi- cilio a Londres, donde permanecerá dos años particularmente activos: pre- para su diario de viaje, reparte entre los especialistas los materiales zooló- gicos y botánicos recogidos y analiza las piezas geológicas obtenidas.