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Georges Cuvier (1769-1832)

3. El siglo XVIII en Francia

3.7. Georges Cuvier (1769-1832)

Si bien es cierto que Cuvier nació veinticinco años después que Lamarck, y, por lo tanto, sus puntos de vista podrían desarrollarse aquí después de tratar la vida y obra de este, conviene recordar que es Lamarck el que responde a las ideas proclamadas por Cuvier y no a la inversa, moti- vo por el cual optamos por referirnos en primer lugar a este último autor. Georges Leópold Chrétien Frédéric Dagobert, barón de Cuvier, nació en Montbéliard (Francia), siendo súbdito alemán de nacimiento, además de protestante. Dotado de cualidades brillantes, pero pobre, tuvo la oportuni- dad de conseguir una beca para la Karlschule de Stuttgart (Alemania), donde se formó al lado de Karl Friedrich von Kielmeyer (1765-1844), destacado profesor de Biología y uno de los representantes de la denominada Natur-

philosophie, o escuela alemana de Zoología, que, como veremos más adelan-

te, concedía gran importancia al enfoque morfológico. Es entendible, entonces, que, desde muy joven, Cuvier resultara influido por tal criterio.

Cuvier regresa a París en 1795, a la edad de 26 años, y cinco años después, en 1800, era ya profesor del Museo de Historia Natural y del College de Francia. Portavoz oficial en el Parlamento bajo Napoleón y Luis XVIII, obtuvo grandes honores y una envidiable situación oficial, que se prolongó más tarde, hasta lograr un título de nobleza (el de barón), des- pués de la caída del emperador. Secretario Perpetuo de la Academia de Ciencias, Cuvier alcanzó gran prestigio en la época. Son sus principales obras Lecons d’anatomie comparée (1800-1805), Recherches sur les ossements

fossiles (1812) y Le règne animal (1817).

El aspecto central que guiaba la obra de Cuvier, que era un morfólogo, fue el principio de «correlación de las partes», que consiste en considerar que «todo ser organizado forma un conjunto, un sistema único y cerrado, cuyas partes se corresponden mutuamente y convergen en una misma acción defi- nitiva a través de una reacción recíproca. Ninguna de sus partes puede cam- biar sin que las otras también cambien; y, en consecuencia, cada una de ellas, tomada por separado, indica y representa a todas las otras».40Cuvier sabía,

por ejemplo, que los ungulados con cuernos poseen dentadura de herbívo- ros y los reptiles con dientes cónicos son carnívoros. Y si los intestinos de un animal, por ejemplo, presentan características tales que solo pueden digerir carne fresca, «es necesario que sus mandíbulas estén construidas para devo- rar una presa, sus garras para aferrarla y desgarrarla; sus dientes para cortar- la y despedazarla; el conjunto de sus órganos locomotores para perseguirla y alcanzarla […]».41Como se observa, Cuvier destacaba la armoniosa combi-

nación de todas las partes para producir un todo funcional.

Mediante el estudio sistemático de los vertebrados fósiles, advierte Cuvier que los animales que hoy pueblan la Tierra presentan caracteres distintos de los que la habitaban en épocas anteriores. Pero, en vez de explicar estas diferencias en la fauna por transformaciones sucesivas, ima- ginaba la existencia de grandes catástrofes o cataclismos cuya consecuen- cia directa era la desaparición de las especies vivientes en esos momentos puntuales. De esta manera, las especies desaparecidas o «especies perdi- das»42negaban la existencia de una continuidad. Luego, esas catástrofes

40 Citado por Tassy (1994), 17. 41 Citado por Tassy (1994), 17.

42 Se sugiere al lector que vea en la p. 79 el modo en que Lamarck explica la cuestión de las «especies perdidas».

eran seguidas por otros períodos de calma en los cuales habían aparecido las nuevas especies. En este sentido, Cuvier concibe la naturaleza como algo inmutable, a excepción de los momentos catastróficos, y los fósiles son, para él, testigos de esas hecatombes. De lo expresado se desprende, por lo tanto, que para Cuvier todos los fósiles pertenecen a restos de ani- males y vegetales cuyos análogos vivientes ya no existen en la naturaleza.

Cuvier, que era «un empírico convencido» según Gould, se basó fundamentalmente en la paleontología de vertebrados, pero Lamarck, espe- cialista en invertebrados, encontró numerosos ejemplos de especies de invertebrados fósiles que sí eran muy semejantes («análogas») a especies vivientes conocidas, con lo que se demostraba la inconsistencia del catas- trofismo. Con su postura acerca de las variaciones geológicas lentas, también Lyell, en Inglaterra, como veremos, se oponía al catastrofismo de Cuvier.

En relación con el catastrofismo, Stephen Jay Gould señala que es: una compleja doctrina de multitud de facetas, pero que se centra en la afir- mación de que el cambio geológico se concentra en escasos períodos de paro- xismo a escala prácticamente global: inundaciones, fuegos, elevación de las montañas, fractura y hundimiento de continentes; en pocas palabras, todos los componentes habituales del apocalipsis.43

¿Suponía Cuvier que estos cataclismos tenían carácter universal? ¿Creía que cada uno de ellos destruía por completo la vida existente en ese momento? En realidad no. Cuvier concebía un único acto de creación seguido por una serie de catástrofes que habrían producido extinciones parciales. A partir de algunas regiones no afectadas y otras todavía insufi- cientemente exploradas se producirían irradiaciones y emigraciones que repoblarían el planeta. Sin embargo, debido a que las emigraciones a par- tir de las regiones no afectadas nunca resultarían suficientes para explicar la aparición de tantas especies nuevas, uno de sus continuadores, Alcide d’Orbigny, proclamó la idea de la existencia de creaciones tras cada uno de los cataclismos44(de allí la expresión «cataclismos y creaciones sucesivas»).

La historia de la Tierra, entonces, se constituiría cada vez en un plano de mayor organización y complejidad. Al principio —explica Cuvier—

43 Gould (1995a), 87. 44 Cfr. Rostand (1985), 107.

hubo corales, moluscos y crustáceos; luego vino la época de las primeras plantas; a continuación, la de los peces y reptiles; y, por último, la de las aves y los mamíferos. Según Cuvier, el hombre aparece después (y no antes como dice la Biblia) de la última revolución geológica (que identifica con el Diluvio Universal) hace unos cinco o seis mil años. Pero es esta una dife- rencia menor entre Cuvier y la Iglesia de entonces, ya que, en las cuestio- nes fundamentales, existía coincidencia.

Así, por ejemplo, Cuvier se revelaba claramente como un autor fijista. Su esquema no puede tildarse, de ningún modo, como evolucionista pues si bien cada nivel de seres vivos marca una progresión respecto del estadio anterior, no existe, entre ellos, ninguna concatenación filogenética, no exis- te relación ancestro-descendiente. En ningún momento Cuvier considera la posibilidad de que unas formas pudieran derivarse a partir de las anteriores.

Dice Silvia Tribiño:

Resulta realmente curioso que un hombre del talento y la preparación científica de Cuvier, fundador de la anatomía comparada y la paleontología, los dos puntales más serios de la doctrina evolucionista, haya tenido en sus manos las pruebas más evidentes de la evolución filogenética y a pesar de ello haya sostenido la doctrina fijista. Por eso nos inclinamos a creer, como afirman algunos comentaristas, que Cuvier era en el fondo partidario de las ideas evo- lucionistas, pero que siempre se opuso a ellas defendiendo la tesis contraria por razones políticas.45

Del mismo modo, señala C. Leon Harris:

La hostilidad de Cuvier hacia el evolucionismo era, en parte, resultado de su conservadurismo político. Aunque era demasiado buen paleontólogo como para creer literalmente en el Génesis, intentó que la ciencia y el cristia- nismo concordaran todo lo posible por el bien de la estabilidad social. Por con- siguiente, rechazó el uniformismo de Lamarck y su creencia en una tierra pri- migenia a favor de la teoría de que los cambios geológicos eran el resultado de acontecimientos catastróficos tales como el Diluvio Universal. Era así como Cuvier explicaba los cambios en las especies fósiles que Lamarck había atri- buido a la evolución.46

Contrastando con ambos, y en un intento por revalorizar la figura de Cuvier, Stephen Jay Gould sostiene:

45 Tribiño (1946), 172. 46 Harris (1985), 165.

El eclipse de Cuvier está inundado de ironía, pero no existe elemento de su denigración que sea más curiosamente injusto que la acusación de que su catastrofismo refleja un compromiso teológico con sus ideales científicos. En los grandes debates de comienzos del sigloXIXen torno a la geología, los catas-

trofistas aplicaban el método estereotipado de la ciencia objetiva, el literalismo empírico. Creían en lo que veían, no interpolaban nada y leían el registro geoló- gico directamente. Este registro, leído literalmente, refleja discontinuidad y tran- siciones abruptas: desaparecen faunas enteras […]. Los uniformistas, oponentes tradicionales del catastrofismo, no triunfaron porque leyeran el registro más objetivamente. Más bien, los uniformistas, como Lyell y Darwin, abogaban por un método más sutil y menos empírico: utilizar la razón y la inferencia para obte- ner la información que falta y que una evidencia imperfecta no puede aportar.47

Las ideas de Cuvier también fueron sustentadas por otros autores. Entre ellos podemos mencionar:

En Francia: Alcide d’Orbigny (1802-1857). Hacia 1850 elevó el número de creaciones y cataclismos sucesivos a veintisiete. Élie de Beau- mont (1798-1874) geólogo y principal discípulo de Cuvier en Francia. En un principio, pensó que los cataclismos eran siete, más tarde señaló doce, quince, sesenta y, finalmente, cien.

En Inglaterra: William Buckland (1784-1856). Clérigo inglés, profesor de Mineralogía y Geología en la Universidad de Oxford y primer geólogo oficial de esta Universidad. Lyell fue su alumno. Adam Sedgwick (1785- 1873), titular de la Cátedra Woodward de Geología de la Universidad de Cambridge y profesor de Darwin, también defendía el catastrofismo.

En Estados Unidos: Louis Agassiz (1807-1873). Zoólogo y geólogo suizo nacionalizado norteamericano, profesor de la Universidad de Har- vard, también era seguidor de Cuvier y catastrofista. Efectivamente, Agas- siz había llegado a la conclusión, en concordancia con el catastrofismo de Cuvier, que mucho tiempo atrás, la Tierra había quedado sepultada bajo el hielo, en una «Edad del Hielo».