ANDRÉS RODRÍGUEZ-POSE
2. La inmigración como alternativa al problema del envejecimiento
2.1. La renovación de la emigración desde los años
2.1.2. La emigración sin cualificación y el problema de los clandestinos
La gran movilidad de la mano de obra cualificada durante los años 90 e inicio del siglo XXI puede tener la misma importancia cualitativa, pero es muy pequeña compara- da con los flujos de personas de cualificación baja. La inmigración del extremo inferior de la escala ha aumentado radicalmente desde el inicio de los años 90 y ha estado domi- nada por personas de fuera de la UE. Según se ha mencionado anteriormente, la tradi- cional división del sur de Europa como fuente y del norte como destino de emigrantes de cualificación baja ha desaparecido. La totalidad de la UE es ahora el objeto de importan- tes flujos de inmigrantes que escapan de la pobreza a las fronteras del este y sur de la UE. En contraste con la movilidad de las personas cualificadas, personal sin cualificación y los obreros de los países de Europa Occidental han permanecido relativamente inmó- viles en este periodo de tiempo. La movilidad de estos grupos, que supusieron el flujo anterior de la inmigración europea, se ha visto afectada por varios factores. En primer
lugar, el cambio sectorial en la economía europea. El empleo de fabricación se ha redu- cido gradualmente en muchos países europeos desde los años 70 y quedan menos pues- tos por cubrir en estas áreas. La mayor parte de los puestos en la UE son empleos espe- cializados en el sector de servicios o en trabajos de servicio de bajo valor añadido. No se requiere una alta cualificación para los primeros; los salarios en los segundos son tan bajos que los trabajadores europeos no pueden o no quieren competir por esos empleos con inmigrantes de fuera de la UE. La persistencia del desempleo en algunos sectores de la economía europea y en algunas áreas de la UE es un factor adicional para desmotivar la movilidad de los trabajadores de la Europa occidental con cualificaciones relativa- mente bajas. Muchas de estas áreas en las que se están creando la mayor parte de los empleos tienen todavía niveles elevados de desempleo. La aparición de una economía dual en las grandes aglomeraciones urbanas europeas ha significado que, mientras ciu- dades como Londres, París, Francfurt, Berlín o Madrid están creando un número eleva- do de empleos de la parte superior de la escala, el desempleo en la parte inferior sigue siento elevado (Rodríguez-Pose, 1998). Por ello, las posibilidades de los trabajadores sin cualificación de encontrar empleos adecuados o mejores son muy bajas. Finalmente, las barreras culturales que tiene como resultado la movilidad son mucho mayores para las personas con menor formación. Aunque en países como Holanda o en Escandinavia, las barreras lingüísticas a la movilidad europea (especialmente en el caso del conocimiento del inglés) han desaparecido prácticamente, en los restantes países europeos el coste per- sonal de trasladarse a otro país sigue siendo alto.
A pesar de que la inmigración desde fuera de la UE ya era un hecho común en las primeras fases de la inmigración económica, con un número elevado de trabajadores tur- cos asentados en Alemania, argelinos y norteafricanos en Francia, e inmigrantes de las Indias Occidentales y el sur de Asia en el Reino Unido, así como la inmigración proce- dente de Surinam e Indonesia en Holanda, fue en los años 90 cuando el fenómeno de la inmigración de baja cualificación desde países fuera del UE adquirió una dimensión ver- daderamente global. No sólo está recibiendo Europa occidental más inmigración de fuera de la UE que en los años 80, sino que las regiones de origen de los inmigrantes se están diversificando (SOPEMI, 1999).
El primer flujo masivo de inmigrantes de los años 90 coincidió con la caída del Muro de Berlín y tomó la dirección este/oeste. Una primera ola de polacos, checos y húngaros hacia Alemania y Austria o de bálticos hacia Escandinavia tras la caída del Muro, estuvo seguida por otras de personas de la antigua Yugoslavia, albaneses, rumanos, búlgaros, ucranianos y rusos hacia Europa Occidental. En la segunda mitad de los años 90, los pola- cos seguían siendo los más numerosos en la inmigración en Alemania, pero el número de antiguos yugoslavos, rumanos y albaneses que se establecieron en la UE creció de forma
espectacular (SOPEMI, 1999). La consecuencia de este flujo migratorio en masa desde el este son comunidades de polacos relativamente grandes, no sólo en Alemania o Francia, sino países que no eran tradicionalmente destino de la inmigración en masa, como Grecia, Italia, Irlanda, España o Portugal. En Grecia y ciudades populosas europe- as viven grupos de albaneses y rumanos, cada vez más visibles en muchos países de Europa Occidental.
La segunda mitad de los años 90 asistió al declive de la inmigración del Este. Aunque el flujo Este/Oeste continúa, sus números se han reducido, al menos oficialmente, espe- cialmente en Alemania (SOPEMI, 1999). Las mejoras económicas y políticas en ciertos países importantes de origen, y fundamentalmente en Polonia, han contribuido a reducir el flujo. La emigración Este/Oeste está siendo sustituida por los flujos Sur/Norte. El Mediterráneo se ha convertido en el ‘Río Grande europeo’: una división entre la pobreza del sur y el este y la promesa de un nuevo ‘Eldorado’ en el norte. Toda la UE está actuan- do como un imán para los inmigrantes de todo el tercer mundo. Números importantes de africanos subsaharianos, latinoamericanos, personas de oriente medio, centro y sureste de Asia y chinos llaman a las puertas de Europa. En muchos modos, y para muchas perso- nas, la UE se ha convertidor en un destino tan atractivo como Estados Unidos. Y, en oca- siones, un destino más cercano y de más fácil acceso. La nueva ola de emigración sur/norte no difiere sustancialmente de la experimentada por Estados Unidos durante décadas. Sin embargo, el Mediterráneo es más largo y una frontera más difícil de prote- ger que el Río Grande o los desiertos de Arizona. El hecho es que una frontera marítima, más que terrestre, implica mayores riesgos para los inmigrantes, que se enfrentan a via- jes peligrosos y, desafortunadamente, fatales en algunos casos.
Parte de esta emigración hacia el norte es legal. El número de inmigrantes de países de fuera de la UE ha crecido exponencialmente durante los años 90. Sin embargo, la emi- gración legal es probablemente sólo la punta del iceberg. Una parte importante de los inmigrantes llega para trabajar de forma ilegal en la UE. Muchos llegan a través de sus fronteras terrestres del este, tras haber realizado largos viajes desde diferentes partes de Europa del Este o, cada vez más, desde Asia. Otros realizan peligrosos viajes desde la costa turca a las islas griegas o la costa continental griega, o desde el norte de África al sur de España, o hasta las islas italianas de Sicilia y Lampedusa. Dada la naturaleza ile- gal de esta inmigración, resulta difícil evaluar su volumen. Sin embargo, el Centro Internacional para el Desarrollo de Políticas Migratorias estima que en los últimos años del siglo pasado, entraron ilegalmente en Europa entre 400.000 y 500.000 personas.
La mayor parte de los inmigrantes pasa a la ilegalidad simplemente permanecien- do en el país tras expirar su visado (Salt, 1989). Sin embargo, como ocurre en el caso
de la inmigración ilegal en Estados Unidos, los meticulosos controles en las fronteras de la UE están poniendo a un número creciente de inmigrantes en manos de mafias y organizaciones criminales. Muchos de los inmigrantes ilegales que llegan a las fronte- ras de la UE tienen que pagar sumas elevadas de dinero a las mafias para poder cruzar la frontera. Debido a que muchos de ellos no tienen dinero, adquieren deudas con esas mafias y trabajan de forma ilegal a su llegada, para poder pagar esas deudas. En esos empleos no tienen derechos y con frecuencia se les paga sólo una parte del salario míni- mo. Muchas mujeres se ven obligadas a prostituirse. Los viajes a través de las fronte- ras o del Mediterráneo se realizan en condiciones inhumanas. Muchos clandestinos son ocultados en camiones o se hacinan en barcas. Las consecuencias son frecuencia trági- cas. La muerte de 54 hombres y mujeres chinos por falta de oxígeno en un camión holandés mientras intentaban entrar en el Reino Unido en 2000 no se trata desgracia- damente de un caso aislado. La constante llegada de cuerpos de inmigrantes ilegales arrastrados por el mar a las playas españolas es otro testimonio de la dimensión del pro- blema.
Una vez en la UE, los inmigrantes legales y sin formación suelen encontrar empleos en los servicios de bajo valor añadido, como limpiadores o camareros, o en actividades marginales. Los varones también encuentran empleo en la construcción o en la agricul- tura intensiva (SOPEMI, 1999). Muchos ilegales también trabajan en estos sectores pero, al carecer de derechos, son pieza fácil para los explotadores (Grupo Budapest, 1999). A pesar del aumento de los controles sobre las empresas que utilizan mano de obra ilegal desde el inicio de los años 90 en la mayor parte de los países de la UE, la llegada cons- tante de inmigrantes desesperados por encontrar cualquier tipo de empleo ha garantizada la persistencia de la explotación. Finalmente, muchos inmigrantes ilegales se ven obliga- dos a formar parte de las actividades informales. Estas varían, desde vender en la calle hasta actividades delictivas.