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La crisis del modelo actual del Estado social

IGNACIO SOTELO

5. La crisis del modelo actual del Estado social

Si se toman en consideración los factores que hasta ahora he expuesto, el Estado social, tal como lo hemos heredado, no parece salvable: desempleo endémico; debilidad creciente de los sindicatos, mayor todavía en los países que han llegado los últimos a la democracia, (algunos del Meditarráneo y los del Este); conversión al capitalismo de la socialdemocracia de nuevo cuño, el menos malo de los modelos económicos, como la democracia lo sería de los políticos, (la historia habría llegado a su punto final con la con- junción de capitalismo y democracia); libre circulación de capitales por todo el planeta e inmigración masiva proviniente del tercer mundo (globalización); last but not least, que la Unión Europea haya sacralizado el modelo neoliberal de capitalismo. Son inútiles las voces clamando en el desierto, así como las políticas que se agoten en defenderlo. Y como el Estado social nos parece indispensable a la inmensa mayoría de los europeos, no tenemos más remedio que volver a inventarlo. En este punto se constata un acuerdo que va en aumento.

Ahora bien, si los que pretenden dejar las cosas como están se encuentran en una situación cada vez más frágil, también son muchas y de gran calado las diferencias entre las respuestas que se ofrecen para renovarlo, como lo son los intereses que se combaten en el fondo. La privatización de la sanidad y de las pensiones, en suma, de una buena parte de los servicios sociales, es la salida a la que aspira el capital en su búsqueda obse-

siva por nuevas fuentes de ganancia. La privatización creciente de la seguridad, un ser- vicio que hubo un tiempo se creyó consustancial con el Estado, proporciona pingües beneficios. A nadie ha de extrañar que sean cada vez más fuertes las presiones para pri- vatizar una buena parte de la sanidad, e incluso de la pensiones, dejando en manos del Estado los segmentos que produzcan pérdidas. Lo grave es que la izquierda tradicional, acorde con el modelo económico que ha contribuido a consolidar, a esta tendencia priva- tizadora, no sepa oponer más que continuar con la estatalización burocrática de los ser- vicios sociales. Se echa en falta fantasía social para imaginar cómo podrían funcionar las cosas de otra manera, siendo fieles a la consigna “otro mundo es posible”. Desde nuestra experiencia histórica, no podemos ofrecer una alternativa global al orden social y econó- mico establecido, en este camino hemos vivido fracasos que se han pagado a un altísimo precio, sino simplemente imaginar otra sanidad, otro régimen de pensiones, otro sistema educativo y otras formas de sostener a los que se hayan quedado sin trabajo o no puedan acceder, por la causa que sea, al mercado laboral.

Los orígenes conservadores del Estado social quedan de manifiesto en el burocratis- mo estatalista que todavía se percibe. Surgió de la fusión del Estado con las grandes empresas en una símbiosis de mutua dependencia. Al margen de un documento de polí- tica social, escribe el canciller Bismarck “¡el Estado, sí puede!”. La burocratización esta- talista de una política social, diseñada y ejecutada desde arriba, es el rasgo básico de la política social que se ha hecho hasta ahora. Pero, al ser cada día más costosa y menos efi- ciente, hemos llegado al final de trayecto, como no cabía esperar otra cosa de una buro- cratización creciente. Es menester no olvidar que cada tipo de política social correspon- de al modelo económico que prevalezca. Y la política social, que surgió de la fusión de la gran empresa con el Estado nacional, no puede sobrevivir en un mundo que se carac- teriza por el hecho de haber traspasado el capital las fronteras nacionales, moviéndose libremente por todo el planeta. La simbiosis de los grandes consorcios con el Estado per- tenece al pasado; hoy las multinacionales se mueven al margen de los Estados, incluso en condiciones de dictarles las reglas más onerosas. Parece obvio que el tipo de política social que corresponde a un mundo capitalista globalizado es su privatización, de modo que los beneficios caigan sobre el capital y los riesgos sobre el Estado. Nadie ignora tam- poco los altos costes de esta solución privatizadora para los sectores sociales más despo- seídos. Ahora bien, una alternativa a la privatización no es mantener la actual estataliza- ción burocrática de los servicios, cada vez más caros y de más baja calidad. Me atrevo a pensar que reforma del Estado social sólo podrá provenir de una democratización que lo arranque de las garras de la burocracia estatal. Para determinar el sujeto democrático de la nueva política social hay que recuperar la noción de lo público, diferenciándolo, tanto de lo privado, como de lo estatal. Ni la privatización, ni la actual estatalización de la polí- tica social marcan la ruta del futuro. La meta a alcanzar, reconozco que bastante utópica,

pero si no fuera así no valdría la pena, es convertir a la política social en un servicio públi- co que se organiza al margen de la burocracia del Estado y con el control democrático de la sociedad.

La política social del partido gobernante en España se resume en aumentar el gasto, como si los déficits en educación, investigación y sanidad, por citar los más graves, se resolvieran únicamente con más dinero. Probablemente se necesitará más y habrá que decidir de dónde se saca, sin cuestionar los equilibrios macroecnómicos que son impres- cindibles para seguir creciendo y que hemos asumido con nuestra pertenencia a la UE. La nueva política social del futuro, sea como fuere la forma en que se logre desburocrati- zarla, a la vez que democratizarla, tiene que basarse en el principio de no dar un euro hasta haber presentado una remodelación del sector, que permita una política más efi- ciente y justa, después de haber hecho patente que se gasta bien el dinero del que se dis- pone. Aumentar simplemente el gasto social en el presupuesto del Estado es una política que se agota pronto, sin dar muchos frutos. En Alemania, y no creo que sea un problema específicamente alemán, puede comprobarse que el aumento del gasto social no está en relación con el mayor número de servicios sociales o con la mejor calidad de estos ser- vicios. En España, los medicamentos se llevan la mayor parte en el gasto sanitario, lo que únicamente prueba la fuerza de la industria farmacéutica, pero no necesariamente la cali- dad de la sanidad.

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