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El modelo socialdemócrata y el liberal de Estado social del bienestar

IGNACIO SOTELO

1. El modelo socialdemócrata y el liberal de Estado social del bienestar

Implícita en esta apreciación yace la distinción entre Estado social y modelo social- demócrata del Estado de bienestar, pese a que en España lo normal sea referirse indistin- tamente al uno y al otro como significando lo mismo. No es una simple cuestión termi- nológica -los franceses hablan de un Estado providencia- que importe poco, sino que estamos ante una distinción que conviene retener, aunque no fuera más que por los malentendidos que produce el confundirlos. El que el PP acabaría con el Estado social es una falacia que se arropa, justamente, en confundir el Estado social con el modelo social- demócrata. Mixtificación que da por descontado que los socialistas serían los únicos que lo defenderían, ya que los populares, liberales y conservadores, por principio tendrían que estar en contra. Argucia que tuvo su efecto electoral en 1993 y 1996, pero que siga pro- pagándose después de 8 años de Gobierno del PP revela las raíces interesadas de tan per- sistente tergiversación. El Estado social no es creación directa del movimiento obrero, ni son los socialistas los únicos convencidos de su necesidad, ni mucho menos los únicos dispuestos a gestionarlo, ni siquiera garantizan que no lo rebajarán a los límites que pida la economía. Si la socialdemocracia no ofrece más que el Estado social en su forma actual, un patrimonio europeo de todos los grandes partidos, bien se podrá decir que se ha evaporado como una fuerza social transformadora. De lo que no cabe la menor duda es de que la historia no se detiene, y surgirán, están surgiendo, nuevas formas de resis- tencia al orden establecido. Pero, ocuparse de las alternativas posibles a la izquierda tra- dicional, comunista o socialdemócrata, es tema peliagudo en el que no vale la pena entrar de refilón; dejémoslo para otra ocasión.

En la actual discusión sobre el futuro del Estado social considero indispensable dife- renciar el Estado social, que en su estadio embrionario propuso el conservadurismo y luego planteó el liberalismo, del modelo del Estado de bienestar de la socialdemocracia. Uno de los más conocidos especialistas en el tema, Gösta Esping-Andersen, distingue estos tres tipos de Estado social, uno conservador, otro liberal, y un tercero socialdemó- crata (The Three World of Welfare Capitalism, Cambridge 1990). Aunque tenga sentido diferenciar el Estado social de los conservadores del que más tarde propone el liberalis- mo, pienso que para hilvanar algunas reflexiones sobre el futuro del Estado social, basta con separar el modelo socialdemócrata, ya fenecido, del liberal, que es el que hoy se cuestiona.

El Estado social nació, no sólo al margen del movimiento obrero, sino incluso como un instrumento para domeñarlo. La política social desde sus orígenes en Bismarck ha estado ligada a los intereses dominantes de las grandes empresas, aunque haya sido sin duda presionada por el movimiento obrero. La conjunción de la gran empresa con el

Estado para que la lucha de clases no amenace la paz social ha estado, y sigue estando, en la base del Estado social. Baste recordar que la Alemania Imperial puso en marcha el seguro de enfermedad, de invalidez y de vejez, como políticas complementarias a las “leyes antisocialistas” que prohibieron el SPD. Walther Rathenau, que fue presidente de AEG, uno de los grandes consorcios alemanes, y era ministro de asuntos exteriores cuan- do lo asesinaron en 1922, ya definió al Estado social como “nuestro destino”. Hasta nues- tros días cabe comprobar el papel que las grandes empresas han desempeñado en el arran- que de un Estado social incipiente en los países que empiezan a industrializarse. Incluso en la China dominada por el partido comunista, convertida al capitalismo, las multina- cionales han puesto en marcha los primeros componentes de un Estado social (mejores salarios, servicios sociales de la empresa, vacaciones pagadas). En España, los antece- dentes del Estado social hay que buscarlos, en teoría, en los institutos sociales de la Iglesia, pero, en la práctica, los primeros impulsos vinieron de la dictadura de Franco. La Segunda República apenas tuvo tiempo para desarrollar sus proyectos en el ámbito social, y toda su labor, la más espléndida sin duda la educativa, quedó por completo arrasada, terminada la guerra civil.

El Estado social incluye desde un principio la sanidad y las pensiones, a los que hoy se añaden otros dos grandes capítulos, el de la educación, que en algunas Estados euro- peos precede a los dos anteriores en más de un siglo, y el seguro de desempleo, el último en llegar, y el único de origen netamente socialdemócrata que se remonta a la Constitución de Weimar. Educación, sanidad, pensiones y subsidio de desempleo forman las cuatro columnas del Estado social, a las que va a parar casi la mitad de los presu- puestos de los Estados europeos y que, efectivamente, salvo unos pocos neoliberales con- tumaces, nadie en Europa pone en cuestión. Harina de otro costal es que el tema princi- pal de discusión sea hoy cómo conciliar estas exigencias sociales, que se reputan inde- clinables, (algunas, como la educación, todos sin excepción, a la derecha y a la izquier- da, consideran fundamental para afirmarse en el mundo de hoy) con un desempleo endé- mico, una economía que crece lentamente y el riesgo de que repunte la inflación.

Si es obvio que existe hoy un consenso mayoritario en torno al Estado social, impor- ta recalcar que otra cosa muy distinta fue el modelo socialdemócrata de Estado de bie- nestar. Cierto que continuó prestando protección en caso de crisis personal (enfermedad, accidente, vejez), propia del primer modelo conservador del Estado social, pero lo com- pleta con el afán de transformar la sociedad hacia un orden socioeconómico más justo y eficaz. Dos componentes básicos constituyen al modelo socialdemócrata de Estado de bienestar. En primer lugar, parte del supuesto de que la economía de mercado, abando- nada a sí misma, trae consigo una acumulación de la riqueza en cada vez menos manos, lo que, además de ser incompatible con la justicia, a la larga impide la paz social. La

intervención del Estado en la economía resulta imprescindible, tanto para mantener la libre competencia en los mercados -sin controles externos los mercados tienden al monopolio- como para garantizar una distribución equitativa de la renta. Incluso en la versión socialdemócrata más desleída del Programa de Bad Godesberg (1959) el princi- pio fundamental es “tanto mercado como sea posible, pero tanta planificación como sea necesaria”. O dicho de otra manera, el mercado funciona únicamente gracias a la inter- vención del Estado. El modelo socialdemócrata reconoce las ventajas de la propiedad privada y de la iniciativa individual en la organización de la economía, pero no cree que el mercado por sí solo pueda resolver los intricados problemas de una distribución equi- tativa de la riqueza, ni siquiera los que se presentan a la hora de crear riqueza. La crea- ción y la distribución de la riqueza son dos procesos estrechamente ligados entre sí, pero, aunque ambos necesiten del mercado, no basta. Nada más falso que la tan traída y llevada metáfora de que primero habría que cocinar el pastel, labor de una economía libre, y luego, preocuparse de repartirlo, la sola tarea que precisaría de la intervención del Estado. Hay que poner énfasis, por el contrario, en que los mecanismos de produc- ción y de distribución son interdependientes y ambos necesitarían de la intervención del Estado. La socialdemocracia rechaza el colectivismo estatalista, pero también el feti- chismo del mercado.

En segundo lugar, la capacidad de llevar a cabo una reforma continua del capitalis- mo hasta lograr superarlo -no lo olvidemos, fue la ambición constitutiva del socialismo, que no abandonó el que se autodenominó democrático- depende de la potencia del “movimiento obrero”. Por tal se entiende la sinergia de un gran partido político de masas con un sindicalismo fuerte. El modelo socialdemócrata precisa de un partido de masas, enraizado en la sociedad, con sus instituciones culturales, deportivas, benéficas propias, vinculado a un movimiento sindical con amplia representación en los lugares de trabajo. Así como la socialdemocracia se aferra al gran partido de masas, como instrumento de transformación democrática de la sociedad, Lenin reacciona inventando “el partido de nuevo tipo”, una organización jerárquica y disciplinada, a la manera de un ejército, diri- gida por revolucionarios profesionales de tiempo completo, capaz de tomar el poder vio- lentamente (teoría bélica de la revolución) para, una vez controlado el aparato del Estado, dar paso al acto revolucionario por antonomasia, la colectivización de los medios de pro- ducción. El socialismo democrático no pretende tomar el Palacio de Invierno, sino llevar a cabo un largo proceso de reformas, obtenidas con un consenso democrático mayorita- rio, que vayan transformando el orden socioeconómico establecido en otro más justo y eficiente. Sin una presencia fuerte del partido y el sindicato, además de muchas otras organizaciones económicas y sociales, adheridas al movimiento obrero, la relación de fuerzas no permitiría actuar, ni siquiera como corrector del capitalismo.

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