Empresas transnacionales versus soberanía estatal: modificaciones jurídico-políticas
II.3. Empresas transnacionales y soberanía: crisis y jerarquización de los Estados
El análisis específico de las relaciones entre la soberanía de los Estados contem- poráneos y las empresas transnacionales requiere precisar la crisis de los propios Estados en la nueva era de la globalización.
Existe cierto acuerdo doctrinal al diagnosticar la ruptura entre nuevos actores transnacionales, con dinámicas autónomas, respecto al poder de los Estados. A partir de aquí, son dos las posiciones encontradas, pero coincidentes en la cons- tatación de la irreversibilidad de la crisis de la soberanía de los Estados (Perales, 2007, págs. 43-46).
Por un lado, Ramonet considera que el Estado no tiene medios para enfrentarse al mercado y que los derechos sociales de la ciudadanía quedan abandonados a la razón competitiva. Es lo que denomina regímenes globalitarios como herederos del pensamiento único. Entiende que el choque entre democracia y capitalismo toma nuevas expresiones (Ramonet, 2007).
Giddens ve en la globalización una oportunidad civilizatoria y la ve unida a la democracia. La crisis del Estado-nación viene a reemplazarse por instituciones globales internacionales, capaces de dirigir procesos globales que ven en la Unión Europea un nuevo paradigma y un modelo a seguir (Bresser, 1999, págs. 81-96). Frente a la idea de crisis irreversible de los Estados, Arrighi opina que en otros periodos de internacionalización económica algunos Estados han perdido compe- tencias y otros las han ampliado con más fuerza. En la situación actual el neoli- beralismo esconde estas diferencias ya que la pérdida de soberanía ni es definitiva ni se establece de igual modo en todos los Estados (Bresser, 1999). Por último, Ulrich Beck considera que la alianza histórica entre sociedad y mercado se está rompiendo y que la desorganización capitalista no va acompañada de centros políticos sustitutivos de los Estados. La recomposición democrática resulta imprescindible (Bresser, 1999, págs. 32-34).
Las posiciones tanto de Gurutz Jáuregui como de Bresser, aunque en parte con- tradictorias –ya que el primero apuesta por la democracia cosmopolita como vía de reconstrucción democrática (Jáuregui, 2000, pág. 18), mientras el otro consi- dera que hay que redefinir y reconstruir el Estado, es decir, el espacio público estatal (Bresser, 1999, pág. 35)–, parten de la premisa de que aferrarse a viejas ideas es dejarse arrastrar por la dinámica mercantil frente a la democrática, que afecta a los derechos de las mayorías. En cualquier caso, convengo con Bensaid (2001) “en que las formas estatales nacionales no desaparecen aunque se encuen-
tren subordinadas al reconocimiento otorgado y garantizado por las instituciones de la gobernanza global”. La globalización combina la extensión espacial del capi- tal a escala mundial con organizaciones territoriales de desigual desarrollo, entre las que se encuentra el Estado-nación. Las relaciones entre empresas transnacio- nales y Estados se encuentran condicionadas por las ideas expuestas.
Ibarra (2006, págs. 100-103) ha analizado en forma de tesis, metodología espe- cialmente útil para los objetivos instrumentales de este capítulo, los rasgos más importantes de la crisis de los Estados generada por la globalización. Ésta no puede caracterizarse como sustitutiva de los Estados. No existen mecanismos supranacionales donde todos los países tengan iguales oportunidades de decisión. Al contrario, el peso nacional de los Estados imperiales es un factor decisivo en el juego político internacional y económico y desempeñan un papel clave a favor de las empresas multinacionales, cuyo centro está localizado en los mismos (De la Fuente y Hernández Zubizarreta, 2006, pág. 203).
Otra cuestión a tener en cuenta es que el Estado no es la única fuente de poder y de regulación, ya que existen agentes en la esfera internacional que compi- ten con él, pero –en ningún caso– suponen su marginación y supeditación. Quizás convendría, no obstante, acotar de una manera más precisa los tipos de Estados.
Esta es la segunda cuestión a tener en cuenta, la jerarquización entre Estados, que la globalización está agudizando. Podemos clasificarlos en cuatro categorías:
• Aquellos que ejercen un papel imperial, especialmente EEUU, reforzando
su poder y estableciendo relaciones de dominación sobre otros actores polí- ticos, sociales y económicos. Desde el punto de vista político sus relaciones con las empresas transnacionales y grandes corporaciones económicas son de máxima integración.
• Otros Estados centrales, algunos de ellos europeos, que ceden soberanía y
pierden poder, se convierten en facilitadores de los intereses de las grandes multinacionales. La pérdida de competencias y de su regulación se desarro- lla voluntariamente, cediendo las competencias económicas y financieras y desregulando las sociales y laborales.
• Los Estados periféricos o subordinados, pierden competencias y capacidad
soberana por las imposiciones normativas de los Estados dominantes, empresas transnacionales e instituciones económicas y financieras multilate- rales, regionales y bilaterales. Las repercusiones sobre las mayorías sociales de esos países son de dimensiones muy importantes (Ibarra, 2006, pág.101).
Etiopía, país muy alejado de los núcleos de poder, ha sufrido la imposición
de facto, incluso contra la legislación de comercio internacional, al utilizar
la multinacional del café norteamericana Starbucks de manera arbitraria la denominación de origen de café de alta calidad, que pertenecía a los agricul- tores etíopes. Al iniciar el gobierno de Etiopía el registro de las patentes de sus especialidades de café, la multinacional ha aceptado un acuerdo en el marco de la Responsabilidad Social Corporativa. Llama la atención que dicho acuerdo no se haya producido hasta el 2007 y por la presión social (Oxfam, 2007a).
• Por último, los Estados fracturados,47 prácticamente desconectados de las
relaciones económicas y políticas internacionales y desarticulados institucio- nalmente en su soberanía interna, que se encuentra –si disponen de rique- zas naturales– sometida a la dictadura de las empresas transnacionales y a regulaciones cuasiautónomas de los contratos de explotación de las mis-
mas48. La República Democrática del Congo (RDA) es un caso paradig-
mático. El cobalto, el cobre, el oro y los diamantes son recursos natura- les objeto de deseo de numerosas empresas transnacionales (Consolidated
Eurocan Ventures del Lundin Group, Barrik Gold Corporation, Anglo Ame- rican Corporation, entre otras muchas), que poseen medios políticos, econó-
micos y militares que les permiten imponer sus reglas a las instituciones y gobiernos frágiles. Toman posesión del Estado, comprándolo y –en su caso– destruyéndolo, fracturando sus estructuras institucionales y creando nuevas entidades estatales, cuyo funcionamiento es similar al de una empresa filial. La guerra desatada en noviembre de 2008 responde al mismo esquema des- crito. Angola y Zimbawe han enviado sus tanques a la RDA pero a cambio de tener acceso a las minas de cobre y diamantes. El general rebelde Laurent Nhunda y el gobierno de Ruanda, por su parte, se oponen a que el gobier- no de la RDA y el de China lleguen a acuerdos contrarios a las multinacio- nales. Las privatizaciones de estas enormes reservas minerales y petrolíferas pasan por imponer reglas y marcar líneas constituyentes de un estado some-
47La doctrina utiliza el término Estados fallidos, pero -a mi parecer - Estados fracturados se ajusta
mejor al devenir globalizador. Fisas considera que los conflictos internos encuentran un campo para su despliegue violento en los países calificados como débiles, fallidos, hundidos, fracasados, colapsados, caóticos (Perales, 2007, pág. 43). Un análisis reciente sobre como la expansión de industrias extractivas está erosionando la construcción de Estados democráticos, véase Campos y Carrillo (2008).
48Un análisis sobre el Estado de Derecho y la Democracia en África Subsahariana, véase Gaba
tido a una larga y cruenta guerra (Baracyetse, 2002, págs. 163-178). Los recursos naturales son destinados casi exclusivamente a los mercados indus- trializados, situación muy similar a las guerras de Liberia y Sierra Leona en relación a los diamantes y maderas de ebanistería. Las víctimas de estas gue- rras son las mayorías sociales de estos países que se ven abocadas a sobrevi- vir en competencia con otros hombres y mujeres en territorios expoliados, lo que puede generar la aparición de otros conflictos en base a etnias y reli- giones. Tal y como afirma Chesnais (2007, pág. 12), “la mundialización del capital conduce a lo que los geógrafos denominan economía en archipiélago (Veltz, 1996), que hace de los países una simple yuxtaposición de territorios colocados en la dependencia de relaciones conducidas por la inversión de empresas transnacionales, acompañadas de esas inmensas concentraciones de personas expulsadas de sus tierras o privadas de trabajo por las empresas, como son las grandes ciudades del cuarto mundo. Un caso similar son las zonas francas. Áreas económicas especiales y maquilas son reinos de taifas, más cercanos en su regulación de los derechos sociales, a los Estados fractu- rados que a los periféricos (Martínez, 2006, págs. 117-137).
Las empresas transnacionales mantienen vinculaciones diferentes con cada uno de estos grupos de Estados. En función de esta clasificación, se reducen a dos categorías:
La primera responde a la relación Empresas transnacionales-Estados imperiales que establecen básicamente relaciones económicas y políticas, con carácter de reciprocidad (lo que no implica que se produzcan contradicciones y disputas eco- nómicas. Las disfunciones en los sectores de la energía en el ámbito de la Unión Europea son un ejemplo claro), y unidireccionales hacia los países periféricos. Los Estados protegen y tutelan a las multinacionales nacionales y éstas participan, condicionan, constituyen y colaboran con sus élites gobernantes (Sousa Santos, 1998, pág. 37). Chomsky (2005, págs. 1-8) participa de estas opiniones ya que considera imposible diferenciar los Estados dominantes, del sistema corporativo multinacional y de los conglomerados que se basan en ellos, y sobre los que tiene una relación tanto de dependencia como de dominación.
La segunda implica una relación de imposición-dominación sobre los países periféricos.