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Al encuentro del amor incondicional, creativo y atrayente de Dios

Mi aventura con los jesuitas empezó en Syracuse (Nueva York), donde ingresé en el noviciado de las provincias de Maryland y Nueva York. El noviciado son los primeros dos años de la formación de un jesuita, para los cuales Ignacio prescribió ciertos «experimentos» destinados a probar la vocación del hombre y depurar sus nobles deseos de servir a Dios y de ayudar a los demás. Una de estas experiencias es la versión de treinta días de los Ejercicios Espirituales, que los novicios jesuitas (que aún no han pronunciado sus votos) hacen durante su primer año de noviciado. Otra es la experiencia de trabajar con enfermos, una de las obras de misericordia corporales.

Nos mandaron a seis a un centro de cuidados paliativos del Bronx para nuestro «experimento» de hospital. No nos enviaron como capellanes. Antes bien, nos destinaron a hacer el trabajo de un celador o un cuidador: dar de comer, bañar, vestir y atender de otros modos las necesidades físicas de los pacientes. Los pacientes del Calvary Hospital de la archidiócesis católica de Nueva York estaban en su mayor parte en las fases finales del cáncer, el sida y otras enfermedades terminales. Venían a Calvary no para que los curaran, sino para encontrar alivio y la paz en la muerte.

Calvary es un lugar especial, no solo por su distintiva misión de cuidar a la persona entera –mente, cuerpo y espíritu–, sino también por los pacientes y familiares que van allí. Muchos años más tarde, todavía puedo ver sus caras y recordar sus historias.

Leonard padecía de leucemia. Él y su mujer, Elaine, rondaban los setenta u ochenta; los dos eran almas apacibles. La mayor parte de los días, Elaine guardaba vigilia silenciosa junto a la cama de su marido, mirándolo pasar poco a poco a la inconsciencia. Un día me ofrecí a dar de comer a Leonard y lavarlo para dar un respiro a la cansada Elaine. Noté unas marcas moradas en el antebrazo de Leonard, desvaídas y a juego con el color de sus venas, plenamente visibles a través de la piel envejecida. Lavando las manos de Leonard, me di cuenta de que las marcas habían sido números, recuerdo imborrable de su estancia en un campo de concentración de Europa del Este. Elaine notó

Mientras proseguía con mis cuidados, imaginé la vida que Leonard había vivido en los cerca de cincuenta años transcurridos desde su primer encuentro con la muerte. El contraste entre el entorno limpio, tranquilo y favorable en el que ahora yacía y aquel al que se enfrentó en un campo de concentración –de donde muchos no salían– era discordante.

Había una dignidad sosegada en el trabajo de Calvary. Todos eran bienvenidos, fueran cuales fuesen su tradición religiosa o sus antecedentes socioeconómicos. Los médicos y enfermeros elegían trabajar allí a sabiendas de que la mayoría de sus pacientes morirían mientras los cuidaban. Pero mueren con dignidad, recibiendo cuidados en el cuerpo y el alma, en compañía de sus familias. Para los sin techo que llevaban allí, la plantilla del hospital se convertía en su familia.

Cuando llegué a Calvary me sentía incómodo en los hospitales y muy nervioso por tener que lavar y dar de comer a desconocidos (nosotros solo bañábamos y cambiábamos a los pacientes masculinos). Por suerte, a los novicios nos asignaron enfermeros o cuidadores que nos servían de mentores. Cuando conocí a Rhona, todas mis preocupaciones se disiparon gracias a su sonrisa cálida y cordial y los ánimos que me daba suavemente con dulce acento caribeño: «Todo irá bien, hermano. Simplemente, observa y haz lo que hago yo». Había formado a otros jóvenes jesuitas en el pasado y sabía qué tipo de recelos e incomodidad estaba experimentando yo.

Rhona me enseñó lo básico: cómo lograr que coman los pacientes cuando no quieren; cómo mudar una cama con el paciente todavía dentro (una hazaña de la que me enorgullezco hasta el día de hoy); cómo cambiar el pañal de un paciente de la manera más eficaz y respetuosa; cómo tratar con la diversidad de emociones que las familias traían al hospital; cómo limpiar la boca de un paciente, y cómo poner un enema. Apenas aguantaba esa última experiencia de aprendizaje. Todavía puedo oír la voz de Rhona: «Sigue mirándole a la cara, hermano. Mira el alivio que le das».

Rhona me enseñó mucho acerca de la logística del cuidado del paciente. Lo que es más importante: me demostró lo muy entrelazados que están el cuidado físico y el cuidado espiritual. Ella, tanto como mis maestros jesuitas, me instruía en el ministerio de las personas. Estuvieran conscientes o no los pacientes, Rhona siempre les hablaba («Nunca sabes lo que pueden oír» era su estribillo). Nunca los menospreciaba. Les pedía

permiso para cambiarlos o bañarlos. Les acariciaba el cabello para decirles qué buen aspecto tenían. Era capaz de rebajar tensiones con una risa instantánea. Rhona nunca fingía que los pacientes no estaban muriéndose. En su gentil presencia, honraba el sitio que ocupaban cada paciente y su familia en el continuo de la vida y la muerte. Ayudaba a los pacientes a morir con dignidad y, a su manera, les facilitaba la transición de este mundo a la vida con Dios en el cielo.

Rhona vio morir a muchos pacientes a lo largo de sus años de servicio. El señor Jackson fue uno de nuestros pacientes favoritos. Estábamos los dos en la habitación cuando murió. No hablaba, pero gruñía, tarareaba, sonreía y hacía muecas para comunicarnos con exactitud qué tal lo estábamos haciendo. Su hija venía a visitarlo después de trabajar, por lo cual estábamos solos con él la mayoría de los días. El señor Jackson nunca se quejaba mucho cuando había que bañarlo o cambiarle. Había una especie de bondad innata en aquel hombre. Mientras lo cuidaba cada día, yo me preguntaba por la historia del Sr. Jackson: de dónde era, en qué trabajaba, con quién se había casado. Si morimos como vivimos, el señor Jackson llevó una vida llena de gracia.

Sabíamos que los pacientes se estaban muriendo cuando les costaba mucho respirar y sus cuerpos rechazaban la alimentación. El cuerpo del señor Jackson empezaba a apagarse. Su hija estaba allí cuando él se acercaba a la muerte, pero fue Rhona quien lo cogió de la mano y acariciaba su frente. La puedo oír ahora: «Todo está bien, señor Jackson. Puede dejarse ir. Su hija está aquí, está rodeado de amor. Ahora, adelante. Adelante a encontrarse con el Señor. Él le espera. Su mujer le espera. Todo va a salir bien». Se abrieron sus ojos, un poco vidriosos. Pero miraba hacia Rhona, y sé que vio su sonrisa, uno de los últimos regalos que este mundo le hizo.

En los Ejercicios subyace una verdad fundamental: que Dios, el Creador de todo, nos ama sin condiciones, y que nosotros, en nuestra belleza y aun en nuestras limitaciones, disfrutamos de un valor y una dignidad especiales a los ojos de Dios. Nuestro Creador nos recuerda este abrazo divino colmándonos de muchos dones: la naturaleza, nuestras

capacidades, las personas que nos rodean, los regalos de la tierra. La respuesta más natural a este amor clemente y a la fidelidad de Dios es amar a Dios a nuestra vez, reverenciar los dones de Dios y amar a los demás tan incondicionalmente como hemos sido amados nosotros.

Durante los primeros días de los Ejercicios, Ignacio nos invita a rezar a través de estas verdades básicas tal como las revelan la Escritura, la naturaleza y nuestra propia memoria inspirada. Estas verdades son tan profundas que se tarda toda una vida en apreciarlas plenamente; tratándose de un amor tan profundo como el de Dios, no es de extrañar que nunca lo entendamos de verdad. Pero sí vivimos estas verdades. Las vemos en acción, como las veía yo en el hospital Calvary: cada paciente era un hijo de Dios, cada persona era tratada con dignidad, cada una con una historia sagrada. Rhona y sus colegas de allí, que trabajan un año sí y otro también, mientras los novicios jesuitas vienen y van, son recuerdos tangibles del amor fiel e incondicional de Dios, vivido en las comidas diarias, los baños suaves, las sábanas limpias y las palabras de ánimo al final de la vida.

Una oración de Thomas Merton[3]

Mi Señor Dios, no tengo ni idea de adónde voy. No veo el camino delante de mí.

No puedo saber de seguro dónde acabará. Ni me conozco realmente a mí mismo,

y el hecho de creer que estoy cumpliendo tu voluntad no significa que lo esté haciendo de veras.

Pero creo que el deseo de complacerte te complace de hecho. Y espero tener ese deseo en todo lo que hago.

Espero nunca hacer nada fuera de ese deseo.

Y sé que, si hago esto, tú me conducirás por el buen camino, aunque yo no lo sepa en absoluto.

Por eso confiaré en ti siempre

aunque parezca que estoy perdido y en la sombra de la muerte. No temeré, porque tú siempre estás conmigo,

Thomas Merton (1915-1968) es uno de los escritores espirituales más prolíficos del siglo pasado. Converso al catolicismo, ingresó en el monasterio trapense de Getsemaní, a las afueras de Louisville (Kentucky, EE. UU.), en 1941. Es autor de más de sesenta libros y cientos de artículos y poemas. El libro más aclamado de Merton es su autobiografía espiritual, La montaña de los siete círculos.

SEMANA DEORACIÓN 1: