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Rezamos con otro ejercicio clave en la escuela ignaciana de oración: la llamada de Cristo, nuestro rey. El reino (o reinado) de Dios es un símbolo central de la tradición bíblica. Como cualquier símbolo, el reino de Dios tiene muchos niveles de significado. En lo más básico, expresa lo que Dios sueña para el mundo. ¡Imagina el aspecto que tendría el mundo si todos reconocieran a Dios como Creador y Señor y siguieran la ley de amor y vida de Dios! Jesús habló del reino de Dios y reveló de la forma más completa el sueño de Dios para el mundo en su vida, enseñanza, curaciones y servicio a los demás.

Fíjate en la gracia que pedimos esta semana: pedimos no estar sordos a la llamada de Cristo en nuestra vida y estar dispuestos a hacer lo que Cristo nos pida (EE 91). Rezando a través de este ejercicio, recordamos nuestro coloquio ante la cruz durante la Primera Semana, cuando preguntamos «¿Qué debo hacer por Cristo?». Cristo nos llama por su gran amor y preocupación por nosotros y por nuestro mundo; lo ideal es que respondamos también con amor y no con miedo o por obligación.

Puede que a veces nos resistamos a abrir los oídos a la llamada de Cristo por temor a lo que vamos a oír (por ejemplo, quizá no queramos cambiar algo en nuestro estilo de vida). O podemos resistirnos por tener la imagen de un Dios que nos impone la voluntad divina y nos hace pagar algún pecado del pasado. Por el contrario, la llamada de Dios pretende darnos una vida más plena, con un significado más hondo y alegría auténtica (aunque no sin los sacrificios que acompañan la vida de discipulado). Lejos de imponerse desde arriba, la voluntad de Dios –o el deseo de Dios– para con nosotros se encuentra en nuestros propios deseos más profundos y verdaderos.

Tal sinceridad acerca de nuestros miedos y nuestras resistencias es útil. Si no puedes pedir sinceramente la gracia de esta semana, Ignacio te sugeriría que pidieras el deseo de pedir la gracia. Sé sincero.

En este punto de los Ejercicios no tenemos que hacer ningún ofrecimiento ni comprometernos si no estamos listos. Por ahora, solo queremos estar lo bastante abiertos para oír la llamada e ilusionarnos por los cautivadores planes que tiene Cristo para el mundo y para nosotros. Queremos saborear el celo de los discípulos por la misión.

Permitimos que el Espíritu de Dios nos inspire deseos santos. Dejamos que Dios obre en nosotros.

Oración para la semana

Pido las siguientes gracias: escuchar más atentamente la llamada de Cristo en mi vida; tener mayores disposición y entusiasmo para hacer lo que quiera Cristo.

Día 1

Contemplación del reino de Jesucristo (EE 91-98). Esta contemplación tiene dos partes.

Empezamos por contemplar la llamada de un líder mundano, lo que después nos lleva a considerar la llamada de Cristo, nuestro rey. Al considerar la llamada de un líder mundano, Ignacio se vale de un lenguaje y unas imágenes feudales propios de su tiempo y de su historia personal como caballero en ciernes:

«El primer punto es poner delante de mí un rey humano, eligido de mano de Dios nuestro Señor, a quien hacen reverencia y obedecen todos los príncipes y todos hombres cristianos» (EE 92).

«El segundo, mirar cómo este rey habla a todos los suyos, deciendo: Mi voluntad es de conquistar toda la tierra de infieles; por tanto, quien quisiera venir comigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar comigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte comigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos» (EE 93).

«El tercero, considerar qué deben responder los buenos súbditos a rey tan liberal y tan humano; y, por consiguiente, si alguno no aceptase la petición de tal rey, cuánto sería digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por perverso caballero» (EE 94).

Si las imágenes medievales te distraen o no te son útiles, considera la inspiración de una persona de nuestro tiempo que personifique la virtud y la integridad, que luche contra la injusticia o que trabaje por los oprimidos y marginados. Esta persona puede ser un líder cívico, un santo o un profeta de los tiempos modernos, o un amigo personal. O

puedes utilizar una figura mítica de la literatura o del cine. Reflexiona sobre alguien que te inspire y que suscite en ti el celo de hacer del mundo un sitio más apacible y justo.

Día 2

Contemplación del reino de Jesucristo (continuación). Consideramos ahora la llamada

de Jesucristo. Observa el uso reiterado de dos expresiones: el más (o mayor) y conmigo. Cristo apela a lo mejor de nosotros, llamándonos al magis, a un servicio y generosidad mayores. Aunque evitamos, con razón, el perfeccionismo y la adicción al trabajo, procuramos alcanzar la excelencia en nuestro esfuerzo en favor del reino. No hay lugar para la mediocridad en la respuesta del discípulo: hay demasiado en juego, y Dios es demasiado bueno como para merecer una respuesta mezquina por nuestra parte. Además, se nos está invitando a trabajar con Cristo como compañeros, no como subalternos serviles que obedecen órdenes ciegamente. Esto es una asociación con Cristo y, por extensión, una empresa colaborativa con otros discípulos de Cristo:

«Si tal vocación consideramos del rey temporal a sus súbditos, cuánto es cosa más digna de consideración ver a Cristo nuestro Señor, rey eterno, y delante dél todo el universo mundo, al cual y a cada uno en particular llama y dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir comigo ha de trabajar comigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria» (EE 95; los subrayados son míos).

Ahora, Ignacio sugiere dos respuestas. Ambas son respuestas amorosas de un discípulo generoso. La primera respuesta es el ofrecimiento de un discípulo que se entrega de todo corazón al trabajo del reino de Dios:

«Considerar que todos los que tuvieran juicio y razón ofrecerán todas sus personas al trabajo» (EE 96).

Este ofrecimiento es una cuestión de razón y de buen juicio: tiene sentido que, si vamos a seguir a un jefe noble y mundano, tanto más querremos seguir a Cristo. El segundo ofrecimiento sugiere una respuesta aun más generosa y sentida. El discípulo no

solo se consagra a trabajar por el reino, sino también a estar con Cristo y a imitar de forma más completa su manera de vivir:

«Los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su rey eterno y señor universal, no solamente ofrecerán sus personas al trabajo, mas aun haciendo contra su propia sensualidad y contra su amor carnal y mundano, harán oblaciones de mayor estima y mayor momento, deciendo:

Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación, con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa, y todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, solo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado» (EE 97 y 98; los subrayados son míos).

Pregunta: ¿Qué deseos, sueños, preocupaciones, miedos o esperanzas suscita en

mí la llamada de Cristo? ¿Cómo me siento impulsado a responder ahora? Día 3

Repetición. Ignacio sugiere algunas respuestas a la llamada de Cristo, pero ¿cómo responderías tú con tus propias palabras, con toda sinceridad y en el contexto de tu vida actual?

Día 4

Lee Mateo 4,18-25 (llamada de los discípulos). Considera la llamada de Jesús y la respuesta de los discípulos.

Día 5

Lee Mateo 3,13-17. Acompaña a Jesús al río Jordán. Estate con él durante su bautismo. Mira cómo el Espíritu Santo le da una conciencia más profunda de su propia vocación. En un coloquio, comparte tus esperanzas, sueños y deseos de seguir el Espíritu en tu vida.

Lee Isaías 42,1-9 («Mirad a mi siervo, a quien sostengo»). En la misión de un discípulo, ¿qué hay que te inspire? ¿Cómo estás llamado a ser siervo?

Día 7

Saborea las gracias de la semana.

Para reflexionar más

Hay muchos líderes mundiales cuyas palabras y acciones nos motivan a servir y que pueden recordarnos la llamada aún más grande de Cristo. Una de mis inspiraciones favoritas es Theodore Roosevelt, que dijo esto en una conferencia en La Sorbona en 1910:

«No es el crítico quien cuenta; no cuenta el hombre que señala cómo tropieza el hombre fuerte, o dónde pudiera haberlo hecho mejor el autor de hazañas. El mérito es del hombre que está de veras en la liza, el hombre cuyo rostro está desfigurado por el polvo y el sudor y la sangre; que lucha con valentía; que yerra y que falla una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y fallo; pero que de verdad lucha por hacer cosas; que conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones; que se gasta en una causa digna; que, en el mejor de los casos, conoce al final el triunfo del elevado éxito, y que en el peor, si fracasa, por lo menos fracasa atreviéndose con grandeza, de tal forma que su sitio nunca estará entre las almas frías y tímidas que no conocen ni la victoria ni la derrota» [22].