K
EVINO’B
RIEN,
SJLa aventura
ignaciana
Experimentar los Ejercicios Espirituales
de san Ignacio en la vida diaria
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Título original: The Ignatian Adventure. Experiencing the Spiritual Exercises
of Saint Ignatius in Daily Life © 2011 Kevin O’Brien, SJ Publicado en lengua española en virtud de un acuerdo con Loyola Press
3441 N. Ashland Avenue Chicago, Illinois 60657, USA
www.loyolapress.com
Traducción: Milton Elliot Jensen © Ediciones Mensajero, 2017 Grupo de Comunicación Loyola
C. Padre Lojendio, 2 48008 Bilbao – España
Tfno.: +34 944 470 358 / Fax: +34 944 472 630
[email protected] / www.gcloyola.com
Diseño de cubierta: Vicente Aznar Mengual, SJ
Edición Digital ISBN: 978-84-271-3958-9
Una manera única de hacer los Ejercicios Espirituales, de san Ignacio de Loyola, en la vida diaria.
Recurso ideal para directores espirituales, pero su estilo sencillo y campechano también lo convierte en un libro perfecto para cualquier persona que busque una mayor comprensión de la espiritualidad ignaciana o una vida de oración más profunda.
KEVIN O’BRIEN, SJ, era abogado y se hizo jesuita hace más de veinte años. Ha
vivido en la India, México y Bolivia; ha trabajado como profesor de enseñanza media y superior, y también como capellán en un centro de detención de inmigrantes. Acompaña regularmente Ejercicios espirituales, tanto para jóvenes como para mayores. En la actualidad es vicepresidente de Misión y Ministerio en la Universidad de Georgetown.
Índice
Portada Créditos Comenzar
El viaje de Ignacio de Loyola El joven caballero El peregrino El alumno El fundador La aventura ignaciana
Los Ejercicios Espirituales
Los movimientos de los Ejercicios Discernimiento
Senderos distintos, un mismo viaje Modos de hacer los Ejercicios Cómo se puede utilizar este libro Prepararse para la aventura
Recógete
Reza pidiendo la gracia Haz la oración
Cierra tu oración Repasa la oración
Nota para los directores espirituales y los directores de retiros
Comienza la aventura: Al encuentro del amor incondicional, creativo y atrayente de Dios
Semana de oración 1: El amor incondicional de Dios por mí † El «Prosupuesto» de los Ejercicios Espirituales Semana de oración 2: La creación perpetua de Dios Semana de oración 3: La intimidad de la oración
† Las distracciones en la oración † Imágenes de Dios
Semana de oración 4: La invitación de Dios a mayor libertad † La repetición ignaciana
Semana de oración 5: El Principio y Fundamento † Principio y Fundamento (versión original)
† Principio y Fundamento (versión contemporánea)[10] Semana de oración 6: Dios me llama
† La oración ignaciana de la conciencia: el Examen 1. Reza pidiendo la ayuda de Dios
2. Da gracias por los dones de este día
3. Reza sobre los sentimientos significativos que afloran mientras revisas el día
4. Alégrate y pide perdón 5. Mira al mañana
La «Primera Semana»: Experimentar la ilimitada misericordia de Dios Semana de oración 7: La realidad del pecado
† El coloquio
Semana de oración 8: Mi propia historia de pecado y gracia Semana de oración 9: Las causas y las consecuencias del pecado
† La experiencia del aburrimiento o de la aridez en la oración Semana de oración 10: El amor misericordioso de Dios por mí
† Introducción al discernimiento de espíritus La «Segunda Semana»: Acompañar a Jesucristo en misión
Semana de oración 11: La Contemplación de la Encarnación † Ligeros recordatorios
Antes de tu oración Durante tu oración Después de tu oración
Semana de oración 12: El nacimiento de Jesús
† La contemplación ignaciana: la oración imaginativa Semana de oración 13: La infancia de Jesús
† Reglas para el discernimiento de espíritus: cómo obran el espíritu bueno y el espíritu malo
Semana de oración 14: La vida oculta de Jesús
† Reglas para el discernimiento de espíritus: guardar las gracias de consolación
Semana de oración 15: La llamada de Cristo, nuestro rey † La pobreza de espíritu
Semana de oración 16: Comienza el ministerio público de Jesús
† Reglas para el discernimiento de espíritus: hacer frente a la desolación espiritual
Semana de oración 17: Meditación de dos banderas
Semana de oración 18: La llamada y el precio del discipulado
† Reglas para el discernimiento de espíritus: razones por las que experimentamos la desolación
Semana de oración 19: Tres maneras de amar
Semana de oración 20: El ministerio público de Jesús
† Reglas para el discernimiento de espíritus: tres metáforas de cómo actúa el enemigo en nuestras vidas
El enemigo se porta como un niño mimado
propios fines
El enemigo actúa como un jefe militar que persiguiendo sin tregua un objetivo en la batalla
Semana de oración 21: El reino de Dios
Semana de oración 22: Jesús como ser humano y como ser divino † La Elección: Ejercicios Espirituales 169-189
La «Tercera Semana»: Estar con Jesús en su sufrimiento y saborear la gracia de la compasión
Semana de oración 23: El camino del Calvario
† Reglas para el discernimiento de espíritus: distinguir entre la consolación espiritual auténtica y la falsa
Semana de oración 24: El arresto de Jesús
† Reglas para el discernimiento de espíritus: descubrir la falsa consolación espiritual
Semana de oración 25: El sufrimiento y la muerte de Jesús Semana de oración 26: El misterio pascual
La «Cuarta Semana»: Experimentar el gozo y compartir la consolación del Señor resucitado
Semana de oración 27: La resurrección de Jesucristo Semana de oración 28: La vida resucitada
Semana de oración 29: Contemplación del amor de Dios Semana de oración 30: La vida en el Espíritu
Semana de oración 31: Recoger las gracias
Semana de oración 32: Mirando hacia delante con esperanza Una aventura que continúa
Vivir los Ejercicios Espirituales Con gratitud
Agradecimientos
Recursos espirituales para el viaje de la fe Oración en general y modo de orar Ejercicios Espirituales en general Los jesuitas y su historia
Guías y ejercicios de oración Lectura espiritual
Para mamá, papá, Cathy y Andy y para mi familia de la Compañía de Jesús.
Ad majorem Dei gloriam
Comenzar
Toda aventura tiene un comienzo. A menudo las grandes aventuras tienen los comienzos más inesperados. Para mí, la aventura que me llevaría a ser jesuita y a escribir esta guía de oración empezó un caluroso día junto a un juzgado del sur de Florida, en compañía de una mujer judía de ochenta años de Brooklyn.
Yo era un abogado principiante que trabajaba en un gran caso de testamentaría relacionado con una trágica historia familiar y muchos terrenos en el condado de Palm Beach. Había mucho en juego, y los hechos afectaban muy personalmente a mi cliente, Miriam. Ella era sumamente bondadosa y cortés. En esta etapa de su vida, el último sitio donde querría estar, implicada en una prolongada disputa sobre un testamento, era un juzgado. Pero sabía que eso era lo que tenía que hacer por el hombre al que había amado, cuyo testamento intentábamos defender.
Como socio menor, mi trabajo consistía principalmente en atender a las necesidades personales del cliente. Durante las vistas del juzgado en las que se refería algo de la dolorosa historia familiar, a veces Miriam salía de la sala y yo iba con ella. Me contaba cosas de su amado y de su juventud en Brooklyn. Compartía conmigo sus esperanzas para el futuro. Un día, mientras paseábamos alrededor del juzgado, con el sol pegando con fuerza, caí en la cuenta: prefería estar fuera hablando con Miriam que en el
juzgado. No hubo ninguna luz cegadora ni un rayo del cielo; solo una intuición que
penetró hasta el meollo del asunto.
El pensamiento no era nuevo del todo. Había ido a la facultad de Derecho no con la intención de practicar la abogacía, sino para establecer los cimientos de una carrera política. Desde temprana edad, mi familia y mi fe me habían enseñado que, hiciera lo que hiciera en la vida, tenía que devolver a la comunidad lo que había recibido de ella. La verdad evangélica se convirtió en una parte de mí; de aquel a quien mucho se ha dado, mucho se espera. Había mucha ambición juvenil enredada en esta noble ambición. Es cierto que la función pública alimentaba mi ego y mi deseo de poder y prestigio. Pero Dios trabaja con nuestras motivaciones combinadas y refina las ambiciones que están demasiado centradas en uno mismo.
Por lo tanto, sabía que no me dedicaría a la abogacía durante mucho tiempo. Lo que no sabía entonces era que mi modo de servir y devolver lo recibido sería el sacerdocio como jesuita, no la función pública. Criado en una familia católica irlandesa, con doce años de educación católica a mis espaldas, algunas veces había pensado en ser sacerdote; cuando más en serio lo pensé fue en Georgetown, donde fui a la universidad. Pero entonces mi interés por los jesuitas tenía más que ver con mi estima por los jesuitas que allí había conocido que con una sensación personal de vocación. En resumen, anteriormente habían sido sembradas en mi vida muchas semillas; solo necesitaban un riego adecuado.
Aquel día con Miriam fuera del juzgado fue un momento en el que mi Dios paciente y suavemente persistente irrumpió en mi pensamiento embarullado y atrajo claramente mi atención. Lo que hizo esa intuición fue incitar una intensa revisión interior. Necesitaba prestar atención y averiguar lo que realmente quería hacer con mi vida, cosa normal entre los jóvenes de veintiséis años, como lo era yo entonces. Hablé más explícitamente con los amigos y mentores que me conocían bien; empecé a rezar con más regularidad, invitando a Dios a la conversación sobre lo que debería hacer con mi vida. Los pensamientos de hacerme sacerdote reaparecieron con naturalidad.
El abogado que tenía dentro quería resolverlo con rapidez e ir al grano. Por eso me acerqué a una directora espiritual experimentada y afirmé llanamente (y con algo de arrogancia): «Me gustaría que me ayudara a averiguar si debo ser sacerdote jesuita». Astutamente, ella me puso en mi lugar, diciéndome con su acento irlandés: «Bien, por ahora apartemos esa pregunta. Dime, ¿quién es Dios para ti?». Me faltaban palabras. Pasamos cerca de un año intentando encontrar una respuesta a aquella pregunta inicial y crucial.
Dios tiene su manera de llamar nuestra atención y de enviarnos las personas adecuadas en los momentos adecuados. El problema es que a menudo no nos damos cuenta de ello cuando sucede. Afortunadamente, yo estaba captando las pistas de Dios. Por la misma época de mi afortunada conversación con Miriam, hablé con la directora de nuestro instituto católico local, que había sido el mío: el Cardinal Newman High School, en West Palm Beach. Una tarde, después de una reunión del comité de consejeros, Colleen, que me había conocido de alumno unos años antes, me preguntó: «¿Alguna vez
en enseñar, habiendo sido tutor en la universidad y profesor ayudante en la facultad de Derecho. Pero mi respuesta inicial fue la esperada: «Gracias, eres muy amable, pero estoy empezando a trabajar de abogado y construyendo esa carrera política, y…».
Junto con la intuición que tuve fuera del juzgado, la pregunta de Colleen me seguía intrigando. En cuestión de unas pocas semanas, acepté su oferta. Cuando pensaba en la enseñanza, experimentaba una honda satisfacción, y en mi imaginación se removía toda clase de posibilidades. La práctica de la abogacía, aunque fuera una profesión buena y noble, no suscitaba los mismos deseos audaces y profundos. Los socios de mi bufete propusieron: «Coge un año de baja y te guardaremos un sitio». Algunos pensaban que volvería. Los que mejor me conocían se dieron cuenta de que yo estaba empezando otra aventura que me alejaría del ejercicio de la abogacía.
Durante tres años, enseñé Historia, Ciencias Políticas, Economía y Religión en el Cardinal Newman. Entrené al equipo de fútbol femenino. Establecí un programa de retiros. Me encantó. Encontré en el trabajo una pasión y un gozo que no había experimentado en ningún otro sitio. Me sentía vivo, y las personas de mi entorno lo veían. El ambiente del instituto era un terreno fértil para mi discernimiento de la vocación al sacerdocio. Mi trabajo y mis alumnos me ayudaron a advertir mi vocación sacerdotal, y la manera más natural de vivir ese sacerdocio era ser jesuita.
Los jesuitas que yo había conocido eran hombres de talento, enérgicos, inteligentes, graciosos y comprometidos. Vivían unas vidas llenas de alegría. Predicaban, enseñaban y discutían las ideas más elevadas e inspiradoras, pero también vivían con los pies firmemente plantados en el suelo. Practicaban una espiritualidad profundamente arraigada en el mundo, que descubría a Dios en todas las cosas, iba al encuentro de las personas en su propio ambiente y respondía a las necesidades más acuciantes de nuestro tiempo. Se consagraban a una fe que hace justicia, cuidando y defendiendo a las personas más vulnerables de nuestro mundo. No vacilaban en ir a las fronteras donde la Iglesia se encuentra con el mundo y el mundo se encuentra con la Iglesia, introduciendo el Evangelio en nuevas conversaciones y ambientes en diversas culturas y religiones.
Los jesuitas eran hombres de pasión. Me prometían una vida de aventura y no solamente de tipo geográfico (en efecto, he cambiado mucho de sitio), sino una que me llevaría al destino más importante de todos: al corazón de Dios, que llena el corazón de
todo el mundo. Mi guía en esta gran aventura han sido los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, y de ellos trata el presente libro. El genio y la belleza de los Ejercicios es que aprendemos a entretejer la narrativa de nuestra propia vida y el relato de la vida de Jesucristo de tal manera que ambos se vuelven más vivos e interconectados. Los Ejercicios Espirituales me han ayudado a ser más consciente de que Dios me ha guiado en el pasado, de que Dios obra en mi vida en el presente y me llama al futuro. Esto lo consiguen los Ejercicios ayudándome a liberarme de todo el desorden interior que impide alcanzar esa conciencia dichosa.
Hay otra historia que anima los Ejercicios pero que nunca obstaculiza el encuentro, más importante, entre la persona y Jesucristo. Es la historia de Ignacio de Loyola, quien nos servirá de hábil guía, orientándonos en la dirección apropiada y equipándonos con lo que nos es menester para el viaje. De joven, Ignacio soñaba con una vida de aventuras. Por el camino, confeccionó los Ejercicios como testamento de gracia, como crónica de su propio encuentro con el Dios vivo, que compartió cada vez con más gente. Su aventura tuvo un comienzo; y, como en toda gran aventura, su comienzo fue de lo más inesperado.
El viaje de Ignacio de Loyola
Íñigo López de Loyola y Oñaz nació en 1491. Era el decimotercer hijo de una familia de la baja nobleza. Al igual que otros niños que crecieron en aquella época, Íñigo se imaginaba a sí mismo como uno de los caballeros de los que trataban las novelas románticas de su tiempo: culto, pío, diestro en la guerra e irresistible para las damas.
Los tiempos agitaban el idealismo y la pasión que llevaba en su sangre vasca. Era una época de aventuras de toda clase: mercaderes que atravesaban continentes y mares en busca de nuevas riquezas; exploradores que se embarcaban en expediciones a mundos desconocidos; escritores, artistas y científicos que inspiraban un renacimiento en el saber que ensancharía el alcance de la mente y la cultura. En su juventud, Íñigo no podía imaginar la aventura de muy distinta clase que Dios le reservaba.
El joven caballero
Las relaciones de la familia de Íñigo le ayudaron a conseguir un puesto de paje al servicio del contador mayor del reino de Castilla. Por eso dejó su Loyola natal a la edad de dieciséis años para vivir en la corte. El Íñigo arribista encajó con facilidad en su nuevo papel: montar a caballo, batirse en duelo, jugar, bailar y cortejar a las jóvenes. Aunque bajo de estatura, se vio implicado en alguna que otra trifulca llamativa, a consecuencia de una de las cuales fue procesado.
A la edad de veintiséis años, Íñigo emprendió la vida de soldado en la ciudad norteña de Pamplona. Siempre fiel, no vaciló en defender a la Corona cuando en 1521 los franceses atacaron Pamplona. Desde el principio fue una batalla perdida en la que la pequeña tropa de Íñigo fue fácilmente superada en número. Por cuestión de honor, Íñigo se opuso a rendir la fortaleza de la ciudad. Una bala de cañón atravesó las murallas de la ciudadela y dio de lleno en las piernas de Íñigo. Impresionados por su coraje, los soldados franceses trataron las heridas de Íñigo y lo llevaron de regreso a Loyola, donde los médicos tuvieron que reducir de nuevo las fracturas de su pierna. Casi murió de una infección relacionada con la herida.
Lo mismo que su lealtad y honor, la vanidad de Íñigo era grande. Después de la operación para repetir la reducción de sus fracturas, y cuando sus piernas empezaban a curarse, notó que la pierna derecha era más corta que la izquierda y que había un feo bulto en el hueso. Temía que estas deformidades pusieran fin a su vida caballeresca. Le preocupaba no poder llevar las vistosas y ajustadas polainas de cortesano. Entonces hizo que sus médicos volvieran a romper y recolocar el hueso, quitaran el bulto con una sierra y estiraran la pierna corta con un aparato semejante a un potro. El dolor fue atroz, pero, a su mundano parecer, valía la pena.
El inquieto Íñigo convaleció durante seis meses. Para pasar el tiempo, pidió a su cuidadora unas novelas caballerescas para leer, pero ella solo pudo encontrar una versión popular de la vida de Cristo y una colección de historias de santos. Mientras leía estos libros y meditaba sobre ellos, notó que en su interior estaba sucediendo un cambio. Las ensoñaciones de servir al rey como valiente caballero y ganarse el amor de una dama noble, tentadoras en un principio, le dejaban al final una sensación de sequedad y descontento por dentro. En cambio, cuando se imaginaba dedicando su vida a Dios y a
los demás, como los santos sobre quienes leía, Íñigo experimentaba una honda sensación de gozo. En su autobiografía, escrita en tercera persona y dictada a otro jesuita hacia el final de su vida, Ignacio escribe:
«… cuando pensaba en aquello del mundo, se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando... en hacer todos los demás rigores que veía haber hecho los santos, no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aun después de dejado, quedaba contento y alegre» (Autobiografía, n. 8)[1].
Dios estaba suscitando algo nuevo en nuestro joven caballero. Ignacio se convenció de que Dios le estaba hablando por medio de sus atracciones y reacciones interiores.
El peregrino
Sabiamente, Íñigo quiso averiguar en qué consistían estos deseos y sueños desconocidos. Por lo tanto, una vez recuperado de sus heridas, se embarcó en una nueva aventura, pretendiendo ir a Jerusalén en peregrinación. Dejó atrás su casa señorial y viajó extensamente, mendigando, predicando y cuidando a los enfermos y pobres. Una de las primeras paradas fue el santuario benedictino de Nuestra Señora en la cima de Montserrat. Allí, después de una vigilia nocturna, el romántico joven dejó su espada ante el altar de Nuestra Señora y vistió el basto sayal de peregrino. Báculo en ristre, Íñigo regaló a un mendigo su ropaje de cortesano y su sombrero con plumas.
Desde Montserrat, se dirigió al pequeño pueblo de Manresa. Íñigo permaneció allí alrededor de diez meses, dedicando horas todos los días a la oración solitaria y trabajando en un hospicio. En su vida posterior reflexionó que, durante este tiempo, Dios le trató como un maestro que enseña a un alumno, instruyéndole suavemente en los caminos de la oración y la santidad. En Manresa, Íñigo discernía cuidadosamente los movimientos internos de su alma: las atracciones, los sentimientos, los pensamientos y los deseos que le conducían a una mayor intimidad con Jesucristo y los que le distraían de su crecimiento espiritual. Intentando superar la piedad de los santos sobre quienes leía, se entregaba a severas penitencias corporales. A veces, se atascaba en dudas. Por medio de la oración y la sabia dirección espiritual, Íñigo discernió que sus actos aparentemente piadosos eran en realidad alardes de vanidad. A medida que buscaba una vida espiritual más equilibrada, se encontró con un Dios que no era un tirano que aguardaba sus deslices, sino un Dios que le ayudaba y quería que tuviera una vida realizada.
En Manresa, Íñigo fue agraciado con la primera de las varias visiones místicas que marcarían su vida. Sentado junto al río Cardoner, experimentó una iluminación que le permitía ver el mundo con nuevos ojos y encontrar a Dios en todas las cosas. En su autobiografía, el santo peregrino comentó que había aprendido más acerca de Dios y del mundo en ese solo momento que en todo el resto de su vida.
Íñigo empezaba a apuntar sus intuiciones espirituales. Hablaba con la gente sobre la vida espiritual cuandoquiera y dondequiera que pudiera y registraba los frutos de esas
conversaciones. Estos apuntes se convirtieron en la base de un manual de oración que más tarde se titularía Ejercicios Espirituales.
Mendigando todo el camino, el peregrino llegó a Jerusalén en 1523. Íñigo pretendía pasar el resto de su vida en la región donde Jesús había vivido y actuado. Sin embargo, dada la peligrosa situación política imperante a la sazón en Tierra Santa, los guardianes franciscanos de los Santos Lugares le mandaron marcharse al cabo de pocas semanas. Malogradas sus románticas esperanzas de pasar la vida en Tierra Santa, Íñigo se enfrentó a un momento de decisiones: ¿cómo había de servir a Dios? Escribe, de nuevo en tercera persona:
«Después que el dicho peregrino entendió que era voluntad de Dios que no estuviese en Jerusalén, siempre vino consigo pensando qué haría, y al fin se inclinaba más a estudiar algún tiempo para ayudar a las ánimas, y se determinaba ir a Barcelona» (Autobiografía, n. 50).
En este relato sucinto y prosaico subyacen unas profundas percepciones espirituales. Íñigo estaba aprendiendo que tenía que ser flexible en su respuesta a la voluntad de Dios en su vida. Y que sus decisiones debían tender a «ayudar a las almas», o ayudar a la gente, lo cual podría hacerse de muchas formas, todo dependiendo de las circunstancias a las que se enfrentara.
El alumno
Una vez de vuelta en España, Íñigo decidió empezar los estudios para el sacerdocio, pero le faltaban conocimientos de latín, el idioma de la Iglesia. Entonces, a la edad de treinta y tres años, pasó dos años en Barcelona estudiando al lado de niños. Posteriormente, Íñigo asistió a clases en las universidades de Alcalá y Salamanca, pero su educación fue autodidacta y desordenada. En estas ciudades universitarias seguía predicando, enseñando y dando sus Ejercicios Espirituales. Fue arrestado varias veces por la Inquisición, que cuestionaba sus credenciales y examinaba de cerca sus Ejercicios en busca de herejías. Las autoridades restringieron las posibilidades de enseñar de Íñigo, pero no condenaron sus Ejercicios Espirituales.
Carente de formación académica y deseando ser mejor maestro y predicador, Íñigo se desplazó a la renombrada Universidad de París para estudiar Filosofía y Teología. Allí se le conocía por «Ignatius», forma latinizada de su nombre. En París conoció a otros alumnos, como Francisco Javier y Pedro Fabro, a los que cautivaron la experiencia de Dios de Ignacio, su visión del mundo y su espíritu aventurero.
El 15 de agosto de 1534, en una pequeña capilla de Montmartre, el «monte de los mártires», en París, Ignacio y seis hombres más profesaron votos religiosos de pobreza y castidad para unirse entre sí más estrechamente. También juraron viajar hasta Tierra Santa después de terminar sus estudios para el sacerdocio. Si en el plazo de un año el pasaje resultaba irrealizable, en su lugar prometían ofrecer sus servicios al papa.
El fundador
Los compañeros, ya once en número, se reunieron en Venecia, donde predicaban, trabajaban en hospitales y daban los Ejercicios. Mientras esperaban pasaje a Jerusalén, Ignacio y los otros que todavía no eran sacerdotes fueron ordenados en 1537. No pudiendo ir a Tierra Santa porque Venecia estaba en guerra con el Imperio otomano, estos «amigos en el Señor», como se llamaban a sí mismos, se dirigieron a Roma, según habían prometido.
Por el camino, cerca de Roma, en una capilla de la pequeña aldea de La Storta, Ignacio fue agraciado con otra visión mística en la que vio al Dios Padre con el Hijo, Jesús, que llevaba su cruz. Ignacio oyó al Padre decir «Te seré propicio en Roma». En la visión, Ignacio tuvo la clara sensación de ser llamado a servir junto a Jesús.
Cuando se asentaron en Roma, los compañeros deliberaron durante muchas semanas sobre su futuro, a la vez que enseñaban, predicaban y realizaban obras de caridad. Finalmente, decidieron formar una orden religiosa con voto de obediencia a un superior. Eligieron a Ignacio por unanimidad.
Inspirado por la visión de La Storta, Ignacio insistió en que se llamaran Compañía (o Sociedad) de Jesús. Se atrevieron a tomar el nombre de Jesús (cosa que ninguna otra orden religiosa había hecho) por la sencilla razón de que la inspiración y el fin de su misión común eran conocer, amar y servir a Jesucristo. Querían ser los compañeros de Jesús llevando su cruz.
Los jesuitas, como pronto se llamaría a los compañeros, juraron ir donde fueran más grandes las necesidades de la Iglesia y donde pudieran ayudar al mayor número de almas. A diferencia de las órdenes religiosas monásticas, su casa sería el camino. Los jesuitas saldrían al encuentro de las personas donde estas estuvieran, en vez de insistir en que las personas acudieran a un monasterio o una iglesia. Brindaron a la Iglesia una espiritualidad a la vez mística y práctica; serían «contemplativos en la acción», como se describía la primera generación de jesuitas.
Cuando su orden religiosa fue constituida formalmente en 1540, el papa empezó a valerse de los jesuitas para misiones importantes por todo el mundo. Javier embarcó hacia la India. Fabro y los demás teólogos fueron destinados a participar en el Concilio de Trento. Los jesuitas abrían escuelas a lo largo de Europa y allende los mares para
satisfacer el gran deseo de la Iglesia de tener un clero instruido y fiel. Ignacio y sus jesuitas eligieron por lema Ad maiorem Dei gloriam, frase latina que significa «Para mayor gloria de Dios». Este sería el estandarte de todas sus misiones.
Irónicamente, mientras sus jóvenes jesuitas emprendían diversas aventuras apostólicas por todo el mundo, el Ignacio de cincuenta años se quedó quieto. Hasta su muerte en 1556, dirigió la Compañía desde su despacho de Roma, enviando a otros a laborar por doquier mientras él escribía miles de cartas de instrucción y ánimo. Como superior general, Ignacio sentía gran amor por sus compañeros jesuitas, pero no dudaba en retarles. Durante estos años de Roma, también escribió las Constituciones de su nueva orden, pulió los Ejercicios Espirituales y siguió ofreciendo retiros a personas de toda condición.
Ignacio murió el 31 de julio de 1556, después de sufrir los efectos de una persistente enfermedad de estómago. A su muerte, la Compañía contaba con casi mil hombres y con casas y colegios desde Brasil hasta Europa y Japón. Ignacio fue canonizado, junto con Francisco Javier, en 1622.
†
A lo largo de los años, el deseo de poder, prestigio y privilegios del joven caballero había sido transformado –por la gracia de Dios– en deseo de una vida de oración, servicio y sencillez. Gradualmente, Ignacio cobró mayor conciencia del profundo amor de Dios no solo al mundo en general, sino a él personalmente. Experimentaba este amor como una llamada profundamente íntima de Cristo a seguirle; una llamada que llenó a Ignacio de un apasionado celo por servir a Dios y ayudar a las almas.
Para Ignacio y para la Compañía de Jesús, el instrumento principal para discernir la llamada de Dios en nuestras vidas son los Ejercicios Espirituales. Mediante los Ejercicios crecemos en la fe, la esperanza y el amor. En ellos nos preparamos para el servicio de Dios y los demás y nos sostenemos en él. Más que un libro, los Ejercicios son una experiencia, una gran aventura en dirección al corazón de Dios y, por lo tanto, a las
La aventura ignaciana
Como hemos visto, de joven Ignacio de Loyola dejó su casa familiar de España para embarcarse en una aventura que transformaría incontables vidas, empezando por la suya. Viajando por Europa y el Mediterráneo aprendería que las más grandes aventuras de la vida no siempre son geográficas. La aventura que Dios tenía en mente para Ignacio consistía en salvar la distancia entre la cabeza y el corazón e inspirar en Ignacio deseos audaces y santos para mayor gloria de Dios y al servicio de los demás.
Ignacio dio a la iglesia los Ejercicios Espirituales como testimonio de la labor suave y persistente de Dios en su vida. A lo largo de ella, Ignacio se convenció de que los Ejercicios podrían ayudar a otras personas a acercarse a Dios y discernir la llamada de Dios en sus vidas, como le habían ayudado a él.
Los Ejercicios nunca han sido solo para jesuitas. Ignacio confeccionó los Ejercicios siendo laico, y pretendía que beneficiaran a la Iglesia entera. Los refinaba a medida que daba Ejercicios a diversas personas. Inspirada por el Concilio Vaticano II, la Compañía de Jesús ha continuado ofreciendo los Ejercicios en formas variadas y creativas a un número de personas siempre creciente.
Poniendo los Ejercicios Espirituales a disposición de la gente y guiándola a lo largo de ellos, los jesuitas comparten su patrimonio con el mundo, incluidos sus alumnos y colegas en el ministerio. Ello es especialmente importante a medida que los laicos asumen papeles más activos en universidades, escuelas, parroquias y otras obras de los jesuitas. Este libro presenta una posible manera de dar Ejercicios individuales y grupales. Antes de explorar las distintas formas de utilizar el libro, veamos con más detenimiento la largamente comprobada genialidad de los Ejercicios.
Los Ejercicios Espirituales
Puede que las personas interesadas en los Ejercicios Espirituales conozcan otras obras espirituales clásicas, como las de san Juan de la Cruz, santa Teresa de Ávila, Thomas Merton o Dorothy Day. Se pueden leer tales libros en privado y con espíritu de oración. Su estilo puede ser místico, poético o descriptivo. Los libros tienen forma de narración o de exhortación. El libro de los Ejercicios Espirituales no se asemeja en nada a esas obras. Los Ejercicios de Ignacio resultan ser una lectura muy seca; es más como leer un libro de cocina o un manual de instrucciones. El ejercitante ni siquiera necesita leer el libro de los Ejercicios, porque Ignacio ideó el libro como manual para los directores espirituales o los guías que conducen a otros a lo largo de los Ejercicios (EE 2). En cierto sentido, no hay nada nuevo en los Ejercicios: Ignacio se valía de formas de oración y de tradiciones espirituales profundamente arraigadas en la Iglesia. Lo que sí es distintivo es la ingeniosa manera en que Ignacio las entreteje entre sí y el hincapié que hace en lo experimental y lo práctico en la vida de oración.
Así pues, el fin de los Ejercicios es muy práctico: crecer en la unión con Dios, quien nos deja libres para tomar buenas decisiones sobre nuestras vidas y para «ayudar a las almas». Ignacio nos invita a un encuentro íntimo con Dios, revelado en Jesucristo, con el fin de que aprendamos a pensar y actuar de forma más parecida a la de Cristo. Los Ejercicios nos ayudan a adquirir mayor libertad interior frente al pecado y los afectos desordenados, para que podamos responder con más generosidad a la llamada de Dios en nuestra vida (EE 2, 21). Los Ejercicios nos exigen mucho, implicando a nuestro intelecto, nuestras emociones, nuestra memoria y nuestra voluntad. Hacer los Ejercicios puede ser a la vez vigorizante y agotador; no es de extrañar que Ignacio comparara el hacer los Ejercicios Espirituales con hacer ejercicio físico, como «pasear, caminar y correr» (EE 1).
Los Ejercicios son una escuela de oración. Las dos formas principales de orar que enseñan los Ejercicios son la meditación y la contemplación. En la meditación utilizamos nuestro intelecto para lidiar con los principios básicos que guían nuestra vida. Leyendo las Escrituras, rezamos sobre palabras, imágenes e ideas. Implicamos a nuestra memoria para apreciar la actividad de Dios en nuestra vida. Tales percepciones de quién es Dios y qué somos nosotros ante Dios permiten que nuestros corazones se conmuevan.
La contemplación tiene más que ver con el sentimiento que con el pensamiento. A menudo la contemplación remueve las emociones e inspira deseos profundos, dados por Dios. En la contemplación nos valemos de nuestra imaginación para situarnos en un escenario de los evangelios o en una escena propuesta por Ignacio. La Escritura tiene un lugar central en los Ejercicios porque ella es la revelación de quién es Dios, particularmente en Jesucristo, y de lo que hace Dios en nuestro mundo. En los
Ejercicios, rezamos con la Escritura; no la estudiamos. Aunque el estudio de la
Escritura es fundamental en la fe de cualquier creyente, dejamos para otro rato la exégesis bíblica extensa y la investigación teológica.
Los movimientos de los Ejercicios
Los Ejercicios tienen un ritmo natural. Ignacio divide los Ejercicios en cuatro «semanas» (EE 4). Estas no son semanas del calendario, sino fases o movimientos que siente en su interior la persona que está rezando por medio de los Ejercicios:
• Días de preparación: Así como los corredores de maratón no empiezan una carrera con un esprint, nosotros empezamos los Ejercicios lenta y suavemente. Labramos algo el suelo antes de sembrar. En los primeros días de los Ejercicios completos, consideramos el don de la perpetua creación de Dios en el mundo y en nosotros. Rezamos pidiendo el espíritu de asombro y gratitud por los dones de Dios que hay en nuestras vidas. Esperamos sentir profundamente el amor incondicional que Dios nos tiene.
• Primera Semana: Habiendo reconocido la ilimitada generosidad de Dios para con nosotros, nos enfrentamos naturalmente a nuestra respuesta limitada. Dejamos que Dios nos revele nuestra pecaminosidad y nuestra necesidad de conversión. Reconocemos que hemos abusado del don de la libertad, recibido de Dios. Con la ayuda de Dios, reconocemos y entendemos los patrones de pecado que hay en nuestras vidas. Esto lo hacemos en el contexto del saber en lo hondo de nosotros cuánto nos ama Dios y cuánto quiere librarnos de todo que nos impide amarlo a Él, a los demás y a nosotros mismos; es decir, de todo lo que nos hace infelices. Rezamos pidiendo la gracia de aceptar que somos pecadores amados. Mantenemos siempre fija la mirada en la misericordia de Dios.
• Segunda Semana: Habiendo experimentado el fiel amor de Dios, nos vemos impulsados a responder con mayor generosidad. Queremos amar y servir más a Dios y a los demás. Conforme rezamos siguiendo la vida de Jesucristo presentada en los evangelios, pedimos conocerlo más íntimamente para poder amarlo más entrañablemente y seguirlo más de cerca. Llegamos a apreciar los valores de Jesús y su visión del mundo. Este conocimiento íntimo que lleva a la acción concreta es una gracia característica de los Ejercicios.
• Tercera Semana: Nuestra creciente identificación personal con Jesús nos inspira el deseo de estar con él en su sufrimiento y muerte. Dedicamos un tiempo a la
contemplación de la pasión del Señor, la cual es la expresión consumada de la fidelidad y el amor de Dios para con nosotros.
• Cuarta Semana: Así como acompañamos a Jesús en la Pasión, caminamos con el Señor resucitado en el gozo de la vida de resurrección. Seguimos aprendiendo de él mientras él consuela a otros. Habiendo saboreado el amor que Dios nos tiene a nosotros y a nuestro mundo, rezamos con corazón generoso para encontrar a Dios en todas las cosas, para amar y servir a Dios y a los demás de maneras concretas y con gran entusiasmo.
Una advertencia: esta ordenada presentación del plan del retiro puede resultar engañosa e inducirnos a creer que lo controlamos nosotros. Al contrario: seguimos las indicaciones del Espíritu, como hacía Ignacio, y puede que el Espíritu nos conduzca por vericuetos y recovecos a lo largo del camino. No debemos seguir mecánicamente el libro de los Ejercicios, porque Dios trabaja con cada uno de nosotros de una manera especial. Un mentor o guía espiritual de confianza nos puede ayudar a encontrar nuestro camino a través de estos movimientos del alma.
Discernimiento
El discernimiento de espíritus es la base de los Ejercicios en toda su extensión. Quien discierne es como los aventureros que comprueban el viento o consultan la brújula para asegurarse de que van en la dirección correcta. En el discernimiento de espíritus, observamos los movimientos interiores de nuestros corazones, que incluyen los pensamientos, los sentimientos, los deseos, las atracciones y las resistencias. Determinamos de dónde proceden y adónde nos están llevando; y entonces nos proponemos actuar de una manera que nos lleve a mayor fe, esperanza y amor. La práctica habitual del discernimiento nos ayuda a tomar buenas decisiones.
En el curso de los Ejercicios, hay gente que toma decisiones importantes para su vida. La decisión puede tener que ver con una relación significativa, una carrera o una vocación religiosa, o un cambio en el estilo o los hábitos de vida. Los Ejercicios aportan muchas ayudas para la toma de tales decisiones. La clave es estar abiertos al Espíritu, quien nos presentará estas decisiones y nos guiará en nuestra elección. Para otras personas, no se trata de tomar una gran decisión sobre lo que se hará, sino sobre cómo hay que ser. En otras palabras, los Ejercicios nos enseñan a vivir, pensar, rezar, amar y relacionarnos en el contexto de los compromisos que ya hemos asumido.
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Como en cualquier aventura genuina, no podemos saber al principio dónde acabaremos. Pero podemos estar seguros de que Dios, siempre fiel, estará con nosotros y nos conducirá a donde tenemos que ir. Aunque no sepamos dónde terminará nuestro viaje, sí sabemos dónde comienza: aquí y ahora. Dios eligió hacerse uno de nosotros en Jesucristo y vivir en la hermosura y la fractura de nuestro mundo. Es en este sitio y en
este tiempo, en los detalles de nuestras vidas individuales, donde nos encontramos con
Dios.
Solo por explorar la invitación a hacer los Ejercicios de alguna forma, has dado el primer paso del viaje y has revelado un espíritu generoso. Ignacio alaba tal
magnanimidad al principio de los Ejercicios:
«Al que recibe los ejercicios mucho aprovecha entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, para que su divina majestad, así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su santísima voluntad» (EE 5)[2].
Tales coraje, apertura y generosidad son atributos de los aventureros que siguen las huellas de Ignacio. Él nos ha abierto un camino fascinante, que va de su vida a la vida de Cristo a través de la nuestra. Para comprender mejor dónde comienza nuestro camino particular, ahora exploramos los distintos modos en que podemos experimentar los Ejercicios y servirnos de esta guía en concreto.
Senderos distintos, un mismo viaje
El libro de los Ejercicios Espirituales se abre con veinte notas preliminares, o anotaciones. Recorre estas notas un tema: la adaptabilidad. Su propia conversión enseñó a Ignacio que Dios trabaja con cada persona de una forma única, y por eso insistía en que se adaptaran los Ejercicios a las necesidades particulares de quien los hace. La meta es acercarse a Dios, no pasar mecánicamente por todos los Ejercicios en orden con otras personas o a la par que ellas. En otras palabras, el fin de los Ejercicios es una Persona, no una actuación.
Modos de hacer los Ejercicios
Algunas personas tienen la oportunidad de hacer los Ejercicios a lo largo de treinta o más días consecutivos, generalmente apartadas de la vida habitual y en una casa de retiros. Este retiro está descrito en la vigésima anotación. (Los jesuitas hacen este «retiro largo» al menos dos veces en la vida). Ignacio se daba cuenta de que muchas personas no disponen de tiempo ni recursos para hacer un retiro de treinta días. Así, en la
decimonovena anotación describe cómo se pueden dar a una persona la totalidad de los
Ejercicios, pero a lo largo de un periodo más extenso, mientras sigue con sus asuntos cotidianos. Otras, por edad, experiencia, circunstancias vitales o restricciones de tiempo, no pueden recorrer los Ejercicios en toda su amplitud. En lugar de eso, rezan por medio de partes específicas de los Ejercicios, como durante un retiro de fin de semana o de una semana o un día de oración. Esto es un retiro de la decimoctava anotación.
Las notas preliminares revelan la intención de Ignacio de ofrecer los Ejercicios a mucha gente, pero de modos distintos. Debemos abstenernos de confrontar un modo de hacer los Ejercicios con otro como si uno de ellos fuera superior. Por el contrario, la adaptabilidad de los Ejercicios plantea esta pregunta: ¿qué modo es el más indicado para la persona que desea hacer los Ejercicios?
Cómo se puede utilizar este libro
Incluso dentro de cada forma de hacer los Ejercicios hay amplio margen para la adaptación. Este libro ofrece esa flexibilidad y puede ser utilizado por quienes estén adaptando creativamente los Ejercicios a las necesidades de las personas de hoy. Comoquiera que se utilice, este libro, igual que el mismo texto de los Ejercicios
Espirituales, es para experimentar con él, no para leer. Es una guía práctica que invita a
los orantes a ir al encuentro del Dios vivo, que está activo en sus vidas y en el mundo.
En primer lugar, se puede utilizar el libro completo para facilitar un retiro de ocho meses en la vida diaria. En las páginas que siguen hay treinta y dos semanas de oración, con sugerencias para cada día. En un retiro según la decimonovena anotación como este, la práctica más tradicional es que el ejercitante rece cotidianamente por su cuenta y luego se reúna con un director espiritual más o menos una vez a la semana. El director espiritual, que sirve de guía del viaje, es fundamental en los Ejercicios en este formato. El director escucha las experiencias de los ejercitantes y les ayuda a discernir el movimiento de Dios en su oración y en los acontecimientos diarios. El director puede adaptar a las circunstancias particulares del ejercitante el plan de retiro presentado en este libro.
Por importante que sea el papel del director, Ignacio nos recuerda en las notas introductorias de los Ejercicios que el director espiritual jefe es Dios, quien se comunica con cada persona. El director debe hacer todo lo posible para no estorbar:
«Más conveniente y mucho mejor es, buscando la divina voluntad, que el mismo Criador y Señor se comunique a la su ánima devota, abrazándola en su amor y alabanza, y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante. De manera que el que los da no se decante ni se incline a la una parte ni a la otra; mas estando en medio, como un peso, deje inmediate obrar al Criador con la criatura, y a la criatura con su Criador y Señor» (EE 15).
En los últimos años, las universidades, institutos y parroquias jesuitas han experimentado con este modelo tradicional porque había gran demanda de Ejercicios, pero no los directores suficientes para reunirse con cada ejercitante individualmente. Una adaptación que ha resultado tener éxito es ofrecer los Ejercicios a grupos de orantes. En lugar de reunirse uno a uno con un director, los ejercitantes se reúnen en un grupo
pequeño atendido por un director. Aunque una persona haga los Ejercicios individualmente con un director, puede que le agrade reunirse con otras personas que estén haciendo los Ejercicios. Algunas instituciones jesuitas ofrecen reuniones mensuales para que los que hacen un retiro en la vida cotidiana compartan las gracias del retiro y escuchen presentaciones de los Ejercicios. Tales reuniones ayudan a construir la comunidad y robustecer la identidad ignaciana de una universidad, escuela o parroquia.
En segundo lugar, el libro puede utilizarse para ayudar a estructurar experiencias de oración más breves. La persona o grupo puede rezar los Ejercicios en bloques separados. El libro se divide en cinco segmentos basados en las «semanas» ignacianas, lo que puede ser útil para organizar tales experiencias de oración. Un enfoque creativo podría ser adaptar las materias de oración al tiempo litúrgico: por ejemplo, rezar con la materia de la Tercera Semana durante la Cuaresma, o con la de la Cuarta Semana durante la Pascua.
En tercer lugar, para quienes ya han hecho los Ejercicios anteriormente, el libro puede ser un útil medio para profundizar en algunas de esas gracias. El orante experimentado puede saltar a distintas secciones del libro para repasar los Ejercicios, dependiendo de adónde le esté conduciendo Dios.
Finalmente, para quien busque una estructura para su vida personal de oración, el libro puede ser un compañero eficaz, puesto que ofrece sugerencias para la oración sobre diversos temas. Tales orantes no deberían intentar hacer los Ejercicios de principio a fin por su cuenta, sin la ayuda de un guía experimentado. Pero, a buen seguro, pueden emplear el libro para dar los primeros pasos; para ir conociendo los ritmos y las técnicas de la oración ignaciana. Las reglas para el discernimiento de espíritus diseminadas por el libro también pueden serles útiles a las personas que deseen fundamentar en su fe sus decisiones y valores.
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Aunque los Ejercicios son un valioso regalo para el pueblo de Dios, no son para todo el mundo. Ignacio sería el primero en recalcar que los Ejercicios solo son un medio para
que suscitan una vida de servicio a los demás. Pero si uno está llamado a experimentar los Ejercicios Espirituales de algún modo, le espera una aventura impredecible, desafiante y que quizá le cambie la vida.
Prepararse para la aventura
Antes de embarcarse en los Ejercicios Espirituales, debes discernir cuidadosamente si estás listo para la aventura y de qué manera viajarás. Los Ejercicios en el formato de la decimonovena anotación (los Ejercicios completos) requieren una significativa dedicación en tiempo y energía. Presuponen que los ejercitantes ya tienen el hábito de rezar y que se sienten cómodos hablando con un director espiritual o con un grupo acerca de su vida interior y su fe. Nadie debe sentirse menos por el simple hecho de decidir no empezar o
continuar los Ejercicios en este formato.
Puede que algunos elijan experimentar la oración ignaciana en un formato más corto en lugar de este o dedicarse a rezar con mayor regularidad, pero sin excesivo formalismo, empleando algunas de las técnicas de este libro.
A los que empiezan a rezar con los Ejercicios en alguna de sus formas, Ignacio les da unos consejos útiles para prepararse para la aventura. Nos conviene seguirlos. Sus sugerencias te ayudarán a desarrollar un ritmo y una cadencia de oración, que puedes adaptar y personalizar a medida que progreses en la forma de retiro que hayas elegido.
Primero, comprométete a dedicar de treinta a cuarenta y cinco minutos por día a la oración privada y personal. Necesitas un periodo de tiempo prolongado para asimilar profundamente la materia de la oración y para saborear las gracias ofrecidas. Si no tienes la costumbre de rezar tanto tiempo de una sentada, aumenta tu tiempo de oración poco a poco durante las semanas anteriores al retiro, hasta llegar a esa duración. Para ayudarte a establecer el hábito de rezar, procura rezar a la misma hora todos los días.
Busca un lugar de oración habitual: una habitación tranquila de tu casa con una silla cómoda; tu iglesia o capilla preferida, o incluso un sitio apartado al aire libre. A menudo es provechoso mantener el mismo lugar de oración a lo largo del retiro: tal regularidad te ayuda a entrar fácilmente en oración. Para recordarte que ese lugar es sagrado, señálalo con una vela, un icono, un cuadro, una fotografía, un rosario o un crucifijo. Si te ayuda y no te distrae, enciende incienso o pon una música suave y meditativa.
Este libro propone materias sobre las que rezar: pasajes bíblicos, meditaciones y contemplaciones de Ignacio u otros ejercicios. Echa un vistazo a estas materias antes de
empezar formalmente tu periodo de oración: la tarde o la mañana precedentes (EE 73-74). Esta preparación te permite revisar cualquier pregunta o confusión sobre la propia materia de oración y así quitar de tu periodo de oración un desorden mental innecesario. Puedes entrar directamente en materia cuando llegues a tu lugar de oración.
En el tiempo inmediatamente anterior a tu periodo de oración, evita la sobrecarga sensorial o de información. Apaga el televisor, la radio y el iPod; no revises tu correo ni navegues por Internet; apaga tu móvil. Esta disciplina facilitará la transición a la quietud de la oración.
Puesto que estás rezando los Ejercicios en medio de tu vida cotidiana, es importante avisar del retiro a las personas con quienes vivas. Es probable que necesites el apoyo de tu familia y amigos íntimos durante el retiro. Ellos te pueden ayudar de manera muy práctica dejándote tiempo y espacio para rezar todos los días.
Además de estructurar tu jornada y tu entorno, te vendrá bien, al menos al principio, ordenar tu tiempo de oración (o «periodo de oración»):
Recógete
Ignacio escribe:«Un paso o dos antes del lugar donde tengo de contemplar o meditar, me pondré en pie, por espacio de un Pater noster, alzado el entendimiento arriba, considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etc.; y hacer una reverencia o humiliación» (EE 75).
• Imagina cómo te mira Dios: con gran gozo y gratitud por ofrecerle tu tiempo. Imagina la larga y amorosa mirada de Dios sobre ti.
• Una vez que estés en tu lugar de oración, cálmate. Aunque a veces te sea difícil asentar la mente, puedes relajar el cuerpo mediante una respiración profunda y lenta. Con cada respiración, puedes pronunciar un breve mantra, como «Que Dios esté conmigo», «Mi Señor y mi Dios», «Ven, Espíritu Santo» o algo similar.
• En la oración, el cuerpo y el espíritu trabajan juntos. Busca una postura que favorezca la oración: siéntate, arrodíllate, ponte en pie o reclínate en una posición relajada (EE 76). El encontrar una postura cómoda evitará que la cambies mientras rezas, lo cual puede ser una distracción. Además, ¡cuida de no estar tan relajado que te duermas!
• Pide a Dios que esté contigo en este tiempo de oración. En palabras que fluyan con naturalidad, haz un ofrecimiento sencillo de tu tiempo, tu atención y tus energías. Por ejemplo, Ignacio sugiere una oración preparatoria de ese tipo:
«Pedir gracia a Dios nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad» (EE 46).
• Al hacer el ofrecimiento, recuérdate al principio que no estás pensando en Dios, sino yendo al encuentro de Dios de una manera muy real.
Reza pidiendo la gracia
Recuerda cómo, en el relato de la conversión de Ignacio, Dios transformó suave pero constantemente su celo y pasión por servir al rey y ganar el amor de una dama en el de servir a la Iglesia para mayor gloria de Dios. La espiritualidad ignaciana sondea nuestros deseos más profundos. En ellos podemos discernir los nobles deseos que Dios tiene para nosotros.
Así, al comienzo de cada periodo de oración, Ignacio aconseja que pidamos a Dios una gracia, o don, en particular: «Demandar a Dios nuestro Señor lo que quiero y deseo» (EE 48). El mero hecho de nombrar lo que deseamos profundamente nos abre al regalo que Dios nos quiere dar. Además, el rezar pidiendo una gracia nos ayuda a advertir, más tarde, cuándo recibimos ese regalo. De esta manera, somos conscientes de que la gracia no es de nuestra propia cosecha, sino resultado de la generosidad de Dios para con nosotros. Por último, el rezar desde nuestros deseos nos asienta en el presente, haciendo que nuestra oración siga siendo «real».
A lo largo del retiro, Ignacio sugiere gracias concretas que pedir. No dudes nunca en pedir una gracia diferente o emplear otras palabras si el Espíritu te mueve en esa dirección. Imagina que Dios te pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?».
Cuesta pedir algunas gracias. Por ejemplo, sinceramente, puede que te resistas a pedir deshacerte de una preocupación o de una manera de pensar u obrar que te resulta cómoda. O puede que vaciles en pedir estar con Cristo llevando la cruz. Tal resistencia es comprensible. Si te ves resistiendo a una gracia sugerida, entonces pide no la gracia en sí, sino el deseo de querer la gracia. Por ejemplo, «Señor, me está costando de verdad pedir caminar contigo viviendo una vida más sencilla; por ahora, dame el deseo de querer hacerlo».
Aunque la gracia se revela en los dones particulares que Dios te da, la gracia es sobre todo la presencia de Dios en tu vida. ¡El Dador es el don!
Haz la oración
Habiéndote tomado tiempo para recogerte y centrar tu mente y corazón, aprovecha las materias de este libro o las sugeridas por tu director espiritual. Este libro proporciona ejercicios para cada día de la semana, pero no pienses que tienes que pasar por todos los días de forma mecánica. ¡La meta es Dios, no el libro! No te preocupe el perderte algo si te saltas algo. Dios te dará lo que necesitas.
Ignacio deja un margen para modificar los Ejercicios con el fin de que se adapten a ti donde tú te encuentres, emocional y espiritualmente, durante el retiro. Esta flexibilidad es especialmente importante durante un retiro en la vida cotidiana, cuando tu oración puede estar centrada en una persona, un problema o una experiencia, o cuando pasas varios periodos de oración deteniéndote en una sola meditación o contemplación.
Cierra tu oración
Al igual que empiezas tu tiempo de oración con ciertos rituales o rezos, debes cerrar formalmente tu oración. Puedes concluir con una oración por la que tengas preferencia, como el padrenuestro o el avemaría, o con otra oración que elijas. Puedes rezar espontáneamente a Dios Padre, a Jesús o a María de manera muy coloquial. Usa tu cuerpo para marcar el cierre de la oración, haciendo una reverencia, la señal de la cruz o un gesto de apertura de las manos o los brazos (EE 75).
Repasa la oración
Ignacio aconseja que después del cierre formal de nuestra oración reflexionemos sobre nuestra experiencia de oración (EE 77). Durante un retiro es de lo más provechoso mantener un diario. Este ejercicio puede suponer un reto, porque estamos intentando plasmar en palabras nuestro encuentro con Dios, que es Santo Misterio. Aunque sea un reto, el intento de articular unas experiencias tan sublimes nos puede ayudar a discernir cómo nos está saliendo Dios al paso o cómo nos conduce en nuestra oración. En el aspecto práctico, mantener un diario nos ayuda a preparar las reuniones con un director espiritual o grupo de retiro. El diario es solo para ti. Cuando concluye el retiro, el diario se convierte en un valioso tesoro espiritual que puedes releer meses o incluso años después.
La finalidad del diario no es revivir tu tiempo de oración minuto a minuto. En vez de eso, una vez terminado tu periodo de oración, considera lo siguiente:
• ¿Cuáles han sido los movimientos interiores significativos (es decir, sentimientos, reacciones, intuiciones, deseos, emociones, pensamientos o percepciones)?
• ¿Cuál era el estado de ánimo predominante en mi oración: paz, agitación, ilusión, aburrimiento, confusión, calma?
• ¿Era mi oración más de la cabeza o del corazón, o de ambos?
• ¿Qué palabra, imagen o recuerdo ha significado más para mí durante la oración?
• ¿Considero que hay algún asunto pendiente al que Dios me está llamando a volver durante otro periodo de oración?
• ¿Ocurre algo en mi vida que está pasando a formar parte de mi oración? ¿Me siento impulsado a hacer algo concreto en mi vida?
• ¿Estoy haciendo las necesarias preparaciones para mi oración? ¿Hay algo de lo que hago o de lo que no hago que obstaculiza mi escucha de Dios?
El repaso de la oración no son unos deberes; no te consideres obligado a contestar cada una de estas preguntas cada vez que escribas en tu diario. Antes bien, considera el diario como otra forma de orar, de ahondar más para tamizar las gracias. Escribe con un
estilo que te resulte cómodo. En tu diario no dudes en escribir directamente a Dios Padre o a Jesús, como si escribieras una carta o un correo electrónico.
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Estas pautas reflejan la sabiduría de san Ignacio y de los directores de retiro que siguen las formas ignacianas de orar. Por útiles que puedan ser, las pautas no son una fórmula mágica que automáticamente conjure ciertas gracias. No podemos controlar el movimiento de Dios en nuestras vidas, pero sí podemos dar pasos concretos para volvernos más abiertos y receptivos a la manera que tiene Dios de hablarnos.
Nota para los directores espirituales
y los directores de retiros
En las siguientes páginas esbozo treinta y dos semanas de un retiro según la decimonovena anotación, con materias para la oración de cada uno de los siete días de la semana. Teniendo en cuenta la insistencia de Ignacio en la adaptabilidad, adapta el retiro para satisfacer las necesidades de tus ejercitantes o para acomodarte al horario de tu universidad, escuela o parroquia. El libro puede tomarse por partes, adaptando el retiro a periodos más cortos basados en un tema o en un tiempo litúrgico. La materia de oración es extensa, lo cual te permite prolongar o condensar los días o las semanas como te parezca más apropiado.
Con este libro en la mano, puede que algunos ejercitantes se apresuren a «ventilar» el libro. O, si se detienen más en una materia de oración que en otra, pueden pensar que están haciendo algo mal o que se retrasan con respecto a los demás. Señálales lo que en verdad son esas reacciones: presiones y distracciones superfluas.
A algunos ejercitantes, especialmente a los propensos al perfeccionismo, puede preocuparles el perderse algo si no siguen el plan diario. Asegúrales que, teniendo a Dios por director espiritual primordial, ¡es poco probable que nos perdamos nada importante! Puedes ofrecerles también la siguiente imagen si te parece útil: rezar por medio de los Ejercicios se parece más a avanzar en espiral que en progresión lineal: volvemos una y otra vez a las gracias clave, las consideramos de manera distinta y profundizamos en ellas mientras avanzamos. Miramos a Jesús desde perspectivas diferentes, conociéndole más íntimamente cada vez.
Después de la sexta semana de materia de oración, sugiero discernir con los ejercitantes si se continúa o no con los Ejercicios. Es crucial tal discernimiento antes de pasar a las consideraciones del pecado y la misericordia de Dios en la Primera Semana de Ignacio. Algunos pueden considerar que la materia preparatoria ha sido suficiente para poner en marcha su vida de oración. A otros les puede costar encontrar tiempo y energía para rezar formalmente por medio de los Ejercicios. Recuerda que los Ejercicios no son un fin en sí mismos: solo son un medio para cultivar una relación más íntima con Dios y
para activar la fe. No es un fracaso dar por terminado un retiro después de un discernimiento concienzudo. Es sencillamente que el ejercitante ha aprendido a «cambiar de marcha» y a rezar de un modo distinto.
Ofrezco mi propia versión del Examen al final de las semanas preparatorias, pero quizá tú decidas introducir esta oración en otro momento. Haciendo honor a la prioridad que Ignacio dio al Examen como forma de orar, ya al principio del retiro deberíamos animar a los ejercitantes a integrar el Examen en su práctica diaria de la oración.
Como guías espirituales, caminamos con los ejercitantes a lo largo de los Ejercicios. Pidamos que nuestra fidelidad y atención a ellos sea un reflejo del sumo cuidado de Dios. Aunque mantengamos nuestro enfoque centrado en la experiencia de Dios de los ejercitantes, somos conscientes de que la aventura no es solo para ellos. En los Ejercicios, también los directores nos encontramos con el Dios vivo. Así pues, empezamos la aventura con gran gratitud, humildad y expectación.
COMIENZA LA AVENTURA:
Al encuentro del amor incondicional,
creativo y atrayente de Dios
Mi aventura con los jesuitas empezó en Syracuse (Nueva York), donde ingresé en el noviciado de las provincias de Maryland y Nueva York. El noviciado son los primeros dos años de la formación de un jesuita, para los cuales Ignacio prescribió ciertos «experimentos» destinados a probar la vocación del hombre y depurar sus nobles deseos de servir a Dios y de ayudar a los demás. Una de estas experiencias es la versión de treinta días de los Ejercicios Espirituales, que los novicios jesuitas (que aún no han pronunciado sus votos) hacen durante su primer año de noviciado. Otra es la experiencia de trabajar con enfermos, una de las obras de misericordia corporales.
Nos mandaron a seis a un centro de cuidados paliativos del Bronx para nuestro «experimento» de hospital. No nos enviaron como capellanes. Antes bien, nos destinaron a hacer el trabajo de un celador o un cuidador: dar de comer, bañar, vestir y atender de otros modos las necesidades físicas de los pacientes. Los pacientes del Calvary Hospital de la archidiócesis católica de Nueva York estaban en su mayor parte en las fases finales del cáncer, el sida y otras enfermedades terminales. Venían a Calvary no para que los curaran, sino para encontrar alivio y la paz en la muerte.
Calvary es un lugar especial, no solo por su distintiva misión de cuidar a la persona entera –mente, cuerpo y espíritu–, sino también por los pacientes y familiares que van allí. Muchos años más tarde, todavía puedo ver sus caras y recordar sus historias.
Leonard padecía de leucemia. Él y su mujer, Elaine, rondaban los setenta u ochenta; los dos eran almas apacibles. La mayor parte de los días, Elaine guardaba vigilia silenciosa junto a la cama de su marido, mirándolo pasar poco a poco a la inconsciencia. Un día me ofrecí a dar de comer a Leonard y lavarlo para dar un respiro a la cansada Elaine. Noté unas marcas moradas en el antebrazo de Leonard, desvaídas y a juego con el color de sus venas, plenamente visibles a través de la piel envejecida. Lavando las manos de Leonard, me di cuenta de que las marcas habían sido números, recuerdo imborrable de su estancia en un campo de concentración de Europa del Este. Elaine notó
Mientras proseguía con mis cuidados, imaginé la vida que Leonard había vivido en los cerca de cincuenta años transcurridos desde su primer encuentro con la muerte. El contraste entre el entorno limpio, tranquilo y favorable en el que ahora yacía y aquel al que se enfrentó en un campo de concentración –de donde muchos no salían– era discordante.
Había una dignidad sosegada en el trabajo de Calvary. Todos eran bienvenidos, fueran cuales fuesen su tradición religiosa o sus antecedentes socioeconómicos. Los médicos y enfermeros elegían trabajar allí a sabiendas de que la mayoría de sus pacientes morirían mientras los cuidaban. Pero mueren con dignidad, recibiendo cuidados en el cuerpo y el alma, en compañía de sus familias. Para los sin techo que llevaban allí, la plantilla del hospital se convertía en su familia.
Cuando llegué a Calvary me sentía incómodo en los hospitales y muy nervioso por tener que lavar y dar de comer a desconocidos (nosotros solo bañábamos y cambiábamos a los pacientes masculinos). Por suerte, a los novicios nos asignaron enfermeros o cuidadores que nos servían de mentores. Cuando conocí a Rhona, todas mis preocupaciones se disiparon gracias a su sonrisa cálida y cordial y los ánimos que me daba suavemente con dulce acento caribeño: «Todo irá bien, hermano. Simplemente, observa y haz lo que hago yo». Había formado a otros jóvenes jesuitas en el pasado y sabía qué tipo de recelos e incomodidad estaba experimentando yo.
Rhona me enseñó lo básico: cómo lograr que coman los pacientes cuando no quieren; cómo mudar una cama con el paciente todavía dentro (una hazaña de la que me enorgullezco hasta el día de hoy); cómo cambiar el pañal de un paciente de la manera más eficaz y respetuosa; cómo tratar con la diversidad de emociones que las familias traían al hospital; cómo limpiar la boca de un paciente, y cómo poner un enema. Apenas aguantaba esa última experiencia de aprendizaje. Todavía puedo oír la voz de Rhona: «Sigue mirándole a la cara, hermano. Mira el alivio que le das».
Rhona me enseñó mucho acerca de la logística del cuidado del paciente. Lo que es más importante: me demostró lo muy entrelazados que están el cuidado físico y el cuidado espiritual. Ella, tanto como mis maestros jesuitas, me instruía en el ministerio de las personas. Estuvieran conscientes o no los pacientes, Rhona siempre les hablaba («Nunca sabes lo que pueden oír» era su estribillo). Nunca los menospreciaba. Les pedía