A mi padre le encantaba el pastel de lima. Era canadiense de nacimiento. Él y mi madre se criaron y formaron su familia en Montreal. Pero a la edad de cuarenta y pocos años le ofrecieron a papá un trabajo en el negocio del golf en el condado de Palm Beach (Florida), que en 1970 era otro mundo en comparación con el cosmopolita Montreal. Habiendo vivido toda su vida en el nevado norte, mi padre compró tres cosas al instalarse con mi madre, mi hermano, mi hermana y yo en la soleada Florida: una casa en primera línea de playa (una astuta decisión, con el boom inmobiliario en puertas), un Pontiac descapotable y unos árboles frutales para nuestro patio. Un vecino le ayudó a plantar un pomelero, un naranjo y un limero (los plataneros y el aguacate vendrían más tarde).
Treinta años más tarde, solo quedaba el limero; los otros árboles habían sucumbido a enfermedades o huracanes. Con setenta y tantos años, le diagnosticaron a mi padre el párkinson. La enfermedad progresaba lentamente; papá seguía alerta, le quedaba bastante movilidad y, básicamente, podía comer lo que quería. Pero, después de cumplir los ochenta, el declive se volvió más rápido. Necesitaba ayuda para bañarse, para hacer ejercicio y, al final, para comer. Le costaba hablar seguido.
A la sazón, yo estudiaba Teología en Boston, durante mis últimos años de preparación para la ordenación. En una de mis visitas a casa, llevaba a mi padre de paseo en el coche y de pronto me preguntó: «Entonces, ¿qué te están enseñando allá arriba?». Yo le hablé en términos generales de mis asignaturas de Escritura, Teología Moral y Sacramentos.
A esto siguió una larga pausa. «¿Qué te enseñan acerca de lo que pasa cuando te mueres?», preguntó. Pillado por sorpresa, balbucí una respuesta inconexa sobre la esperanza y la resurrección, una contestación veraz pero etérea y sin mucha conexión con la que entonces era la realidad de mi padre. Si hubiera planteado la pregunta cualquier otro, mi respuesta habría sido mucho más fluida y pastoral; de estar
presente para mi padre. No quería enfrentarme con el hecho de que iba a morir pronto, y por eso esquivé la pregunta. Desde entonces he revivido la conversación muchas veces en mi cabeza y se me han ocurrido multitud de respuestas mucho más atentas para con mi padre.
Un mes escaso después de ordenarme diácono, ceremonia a la que mi padre no pudo asistir, cogí un vuelo a casa para el día de Acción de Gracias. Mi hermano y mi hermana estaban fuera del estado, pasando un tiempo con sus respectivas familias políticas. Por tanto, estuvimos solo mamá, papá y yo. Con todos los cuidados que necesitaba mi padre, a mi madre no le quedaban energías para la cocina, y encargamos un festín delicioso. Arreglamos la mesa del comedor a la manera tradicional de la fiesta y colocamos a mi padre en su sitio típico en la cabecera.
Fue un mal día para él. No pudo comer nada de pavo, ni de relleno, ni de puré de patatas, porque le costaba mucho tragar. Pero no quitaba ojo del pastel de lima; así que lo sentamos derecho y yo le di una cucharada de pastel de lima. Su rostro se iluminó. Al no poder hablar, me miraba y asentía con la cabeza. Conseguí que tomara un par de cucharadas más, y ese pastel de lima sería su última comida sólida. Al día siguiente organizamos los cuidados paliativos en casa de mis padres.
No sabíamos cuánto tiempo le quedaba a mi padre. Yo volví a Boston para terminar rápidamente mis exámenes, y después me dirigí de nuevo a casa. Había aprendido mucha gran teología en mi formación de jesuita, pero mi padre, mientras moría, me instruyó calladamente en el arte de la presencia. Incapaz de hablar y a caballo entre la conciencia y la inconsciencia, solo pedía que yo estuviera con él. Mi madre, mi hermano, mi hermana y yo nos turnábamos al lado de su cama. Al principio resultaba extraño. Yo solo hablaba y esperaba que ocurriera algo. Entonces me di cuenta de que no siempre hacían falta las palabras. Le cogía de la mano, le daba un sorbito de agua o le refrescaba la cara con una toalla húmeda.
Hacia el final, desarrollé el hábito de rezar con mi padre por las noches. A lo largo de su vida, él había rezado de rodillas antes de acostarse, un modo de rezar que en su día yo rechazaba por anticuado, pero al que he vuelto en mi madurez. Así que yo rezaba el padrenuestro y el avemaría en voz alta, esperando que me oyera. A veces veía cómo se le movían un poco los labios, al resonar muy dentro de él las primeras oraciones que
había aprendido. Unos días antes de Navidad acudió el P. O’Shea, nuestro bondadoso y generoso párroco durante más de veinte años, y nos reunimos alrededor del lecho de mi padre para la extremaunción. Murió dos días antes de Navidad.
En la Tercera Semana de los Ejercicios viajamos con Jesús por su pasión. En esta parte de los Ejercicios, llevamos con nosotros nuestras propias «pasiones», nuestras experiencias personales de sufrimiento y muerte. La gracia que pedimos es, sencillamente, estar con el Señor mientras él entra en su sufrimiento y muerte. Durante la Segunda Semana estábamos, en apariencia, mucho más activos. Estábamos con el Señor en medio de su muy activo ministerio de sanación, predicación, enseñanza, encuentro y consuelo a toda clase de gente. Nos uníamos a él en misión con celo y fervor crecientes mientras Dios despertaba en nuestro interior nobles deseos de servicio.
En esta fase de los Ejercicios, acompañamos a Jesús al misterio del sufrimiento humano. Puede que, a consecuencia de ello, nuestra oración se torne más silenciosa y sosegada aún. No tenemos por qué hacer ninguna promesa importante ni buscar respuestas a las perennes preguntas sobre el sentido del sufrimiento. Solo tenemos que estar presentes para Jesús y seguir instruyendo nuestros corazones en el significado de la compasión. En esta escuela del corazón, la cruz se convierte en una extensión del ministerio de la presencia amorosa de Jesús, un amor que está con nosotros hasta el final.
Unos meses antes de que muriera mi padre, me apunté con un grupo de jesuitas y laicos a una peregrinación a El Salvador y la conmemoración del veinticinco aniversario de la muerte del arzobispo Óscar Romero. Animado por el Evangelio de Jesucristo y su compromiso con los pobres, Romero abogaba sin descanso por la paz y los derechos humanos en un país desgarrado por el conflicto civil y atascado en una enorme desigualdad entre ricos y pobres. Mientras decía misa, Romero fue asesinado por un militante del partido que estaba en el poder. En la visita del aniversario, estuvimos algún tiempo en la Universidad Centroamericana de San Salvador, patrocinada por los jesuitas. A lo largo de una década de guerra civil que se cobraría más de setenta mil vidas, los jesuitas de la universidad llamaron, como Romero, a la reforma social y a conferencias de paz. Ellos y sus colegas eran apasionadas voces de los sin voz y fieles defensores de las víctimas. En la madrugada del 16 de noviembre de 1989, una milicia respaldada por el Gobierno asaltó la residencia que los jesuitas tenían en la universidad y ejecutaron a
Al igual que mi padre me enseñó lo que es la presencia a nivel personal, las palabras y el ejemplo de Romero y los jesuitas de la Universidad Centroamericana me iluminaron el significado de la presencia a nivel social. Si nos tomamos el Evangelio en serio –como hacemos durante los Ejercicios–, debemos ponernos del lado de los pobres y marginados; no porque Dios los ame más que a los ricos y bien situados, sino simplemente porque sus necesidades son mayores. El Evangelio exige tal postura porque Jesús, amigo tanto de los ricos como de los pobres, siempre respondía con compasión a los más necesitados. Así que, en nuestro caminar a lo largo de esta semana, consideramos no solo a aquellos cuyo sufrimiento conocemos muy personalmente, sino también a esas personas de nuestra comunidad y nuestro mundo que viven en sus márgenes: los pisoteados y los olvidados, los excluidos y los abandonados. Elegimos apoyarlos y hacer lo que podamos para ayudarlos a bajar de sus cruces.
Ese «apoyar» o «estar con» expresa nuestra solidaridad con las personas que sufren. Este es un momento profético en los Ejercicios, ya que, en un mundo tan dividido, proclamamos que nos pertenecemos los unos a los otros. Vivamos donde vivamos o tengamos el aspecto que tengamos, tengamos o no vínculos de sangre, nacionalidad, religión o etnia, somos responsables los unos de los otros; yo soy responsable de mi padre y de las personas crucificadas del mundo, porque todos somos hijos de Dios, que es nuestro origen y fin común.
Para reflexionar más
«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde hay odio ponga yo amor;
que donde hay ofensa ponga yo perdón; que donde hay discordia ponga yo unión; que donde hay error ponga yo verdad; que donde hay duda ponga yo fe;
que donde hay desesperación ponga yo esperanza; que donde hay tinieblas ponga yo luz;
que donde hay tristeza ponga yo alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado como consolar,
ser amado como amar.
Porque es dándose como se recibe; es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo;
es perdonando como se es perdonado; es muriendo como se resucita
a la vida eterna. Amén» [33].
Esta oración suele atribuirse a san Francisco de Asís (1181-1226), pero, según el diario oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, está fechada en 1912. En 1916, mientras se desarrollaba una guerra mundial, el papa Benedicto XV ordenó al periódico dar más difusión a la oración. Después de la guerra, la oración empezó a aparecer al dorso de estampas de san Francisco. Como Ignacio de Loyola, Francisco aspiraba a servir como caballero y a disfrutar de una vida cómoda. Mientras que la conversión de Ignacio comenzó después de resultar herido por una bala de cañón en plena batalla, la vida de Francisco cambió cuando se encontró con un leproso. Dejó la casa familiar y sirvió a los pobres y marginados, en quienes veía a Cristo crucificado. La devoción y el sencillo estilo de vida de Francisco atrajeron a otros hombres y mujeres. Francisco fue canonizado solo dos años después de su muerte, señal de su manifiesta santidad. El movimiento franciscano de religiosos y laicos, hombres y mujeres, sigue prosperando hoy en día.
SEMANA DEORACIÓN 23: