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Esta semana empezamos lo que Ignacio llama la Primera Semana de sus Ejercicios. Con

semana, Ignacio no quiere decir siete días de calendario, sino un movimiento o fase

determinada del retiro. En el sentido más amplio, la Primera Semana se centra en nuestra experiencia del pecado –individual, colectiva y mundialmente–. El pecado puede definirse de muchas maneras: como una quiebra de la relación con Dios y con los demás; como el no amar a Dios, a los demás y a uno mismo; como apartarse de Dios.

El pecado es una realidad ineludible de la condición humana: abusamos de la libertad que Dios nos da y tomamos decisiones que hieren a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Dios no nos castiga por nuestros pecados; antes bien, sufrimos las consecuencias naturales que derivan de nuestras decisiones pecaminosas y de las decisiones pecaminosas de otros. Vemos los efectos del pecado en el desorden de nuestras vidas individuales y en las estructuras sociales que deshumanizan, marginan, oprimen y dañan a las personas.

En las meditaciones que siguen, Ignacio propone que contemplemos la historia del pecado de una manera épica y panorámica. Consideramos la batalla cósmica entre el bien y el mal y observamos cómo se desarrolla en todo corazón humano. Puesto que a veces podemos engañarnos a nosotros mismos o estar ciegos a nuestra propia debilidad humana, pedimos a Dios que nos revele nuestros pecados. Nuestro fin no es encallarnos en la culpa, el autodesprecio o la desesperación. Antes bien, pedimos un saludable sentido de la vergüenza y la confusión al enfrentarnos a la realidad del pecado. Sabiendo lo bueno que es Dios con nosotros, ¿cómo y por qué elegimos aún pecar, elegimos aún responder tan mezquinamente a la generosidad de Dios?

Aun reconociendo estas duras realidades, recordamos las gracias de las últimas semanas de oración. En particular, recordamos que Dios nos quiere incondicionalmente y que desea liberarnos de cualquier cosa que nos impida crecer y convertirnos en las personas que él nos llama a ser. No llegamos muy lejos solo por contar nuestros pecados e intentar vencerlos a pura fuerza de voluntad. Antes bien, tenemos que mantener los

ojos fijos en la misericordia siempre presente de Dios, que es la fuente última de nuestra liberación perdurable del pecado.

Buscamos la sanación. Así como muchas veces la sanación del cuerpo empieza por algo de dolor físico, también la sanación del alma empieza por una agraciada conciencia de nuestros afectos desordenados y nuestra obsesión por nosotros mismos.

Oración para la semana

Pido la gracia siguiente: un saludable sentido de la vergüenza y la confusión ante Dios mientras considero los efectos que tiene el pecado en mi vida, mi comunidad y mi mundo.

Día 1

Lee Lucas 15,11-32 (la parábola del hijo pródigo y su hermano). Considera: ¿Cómo me

ayuda la parábola de Jesús a entender mi propio alejamiento de Dios y de los demás? ¿Cómo me ayuda a apreciar la acogida que Dios me dispensa a mí, un pecador? En

esta parábola, Jesús nos dice quién es el Padre. Fíjate en que también el padre de la parábola es pródigo –es decir, derrochador– con su amor. Dios siempre intenta superar la separación. Repara en la fiesta de la parábola. Mira qué alegría le da a Dios nuestra vuelta a casa.

Día 2

Para ahondar en nuestra comprensión de la naturaleza del pecado y sus efectos, Ignacio propone una Meditación sobre el pecado de los ángeles. En la tradición cristiana, Satanás y sus huestes fueron los primeros en rechazar el amor de Dios. Ese no alabar y honrar a Dios Creador tuvo implicaciones cósmicas. Aunque haya pocas referencias bíblicas a la caída de los ángeles (mira, por ejemplo, Lucas 10,18: «Estaba viendo a Satanás caer como un rayo del cielo»), la reflexión teológica y la imaginería cristiana (por ejemplo, en el arte y la literatura) han configurado nuestro conocimiento de la realidad del mal.

En resumidas cuentas, como criaturas de Dios disfrutaban del don de la libertad y se les dio elección. Algunos de esos espíritus puros eligieron ponerse a sí mismos por encima de Dios, rechazando su amor y el ofrecimiento que él les hizo de participar de la vida divina. Estos ángeles no pudieron soportar que Dios decidiera hacerse como nosotros (no como ellos), tomando forma de ser humano en Jesucristo. Para nuestra oración, Ignacio sugiere lo siguiente:

«Digo traer en memoria el pecado de los ángeles; cómo siendo ellos criados en gracia, no se queriendo ayudar con su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Criador y Señor, veniendo en superbia fueron convertidos de gracia en malicia y lanzados del cielo al infierno» (EE 50).

Dedica algo de tiempo a considerar la radical elección de los ángeles. Emplea tu imaginación. Siente la tristeza de Dios por esta rebelión. Considera el autoaislamiento de los ángeles. Trae a tu mente tus propias rebeliones, las veces que te has elegido a ti mismo antes que a Dios.

Día 3

Continuando esta reflexión sobre la historia del pecado, Ignacio nos mueve a una

Meditación sobre el pecado de Adán y Eva (EE 51). Hace mucho que los estudios

bíblicos sostienen que el relato de Adán y Eva del libro de Génesis no es historia, sino una reflexión teológica del pueblo de Israel sobre la realidad del bien y del mal. Este relato cuenta una verdad perenne conocida por toda la humanidad: los seres humanos, como los ángeles, gozamos del don de la libertad y, sin embargo, a veces elegimos abusar de esta libertad, pretendiendo ponernos a nosotros mismos en el centro de la creación y desplazar a Dios. Esta es la esencia del pecado original.

Con espíritu de oración, lee el relato de Adán y Eva, de Caín y Abel (Génesis 2,4– 4,16). ¿Qué aprendes sobre la naturaleza del pecado y los efectos del pecado? Observa lo sutil que puede ser el mal y lo seductora que es la tentación de esquivar la responsabilidad. Considera algunas de tus propias elecciones pecaminosas. En tu diario, apunta toda respuesta emocional a tus consideraciones del pecado.

El reverendo Michael Himes, del Boston College, tiene una interpretación interesante de este relato inmemorial. El primer capítulo del Génesis nos dice que los

seres humanos fueron creados a imagen y semejanza de Dios y que Dios proclamó que nuestra creación era muy buena. La tentación de Adán y Eva es la de no creer esa buena nueva y negarse a aceptar nuestra bondad innata y la bondad de los demás. Ellos piensan, por el contrario, que tienen que hacer alguna otra cosa para llegar a ser como Dios o para adquirir valor a sus ojos. Considera todos los efectos nefastos que derivan de no aceptar la bondad y dignidad inherentes a toda persona.

Día 4

La batalla cósmica entre el bien y el mal se libra en el corazón de cada persona. Ignacio ofrece una consideración final sobre el pecado: el pecado de una persona que se posiciona definitivamente contra Dios (EE 52).

Lee con espíritu de oración Lucas 16,19-31, la parábola de Lázaro y el rico. ¿En qué te ayuda la parábola de Jesús a comprender lo que es el pecado y cómo nos afecta? ¿Cómo sería para una persona el estar completamente excluida del amor de Dios? Acaso quieras elaborar una parábola propia, reemplazando al rico y a Lázaro con equivalentes modernos basados en la triste historia del pecado, la violencia, el genocidio y la injusticia del siglo actual.

Pregunta: ¿En qué ocasiones he dejado de fijarme en las necesidades de los demás

o responder a ellas? ¿Cuándo me he sentido aislado de Dios o de otros por mi propio pecado?

Día 5

Lee Romanos 5,1-11 («Dios nos demostró su amor en que, siendo aún pecadores, el Mesías murió por nosotros»). Ahora, emplea tu imaginación para situarte ante Jesús en la cruz, que es un recordatorio de la fidelidad y la misericordia de Dios. Quizá quieras meditar sobre una representación artística de la conocida escena del Calvario. Sigue las instrucciones de Ignacio (EE 53):

«Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz hacer un coloquio: cómo de Criador es venido a hacerse hombre y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así, viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere».

Para más explicación de lo que entiende Ignacio por coloquio, mira el capítulo siguiente.

Día 6

Repetición de la parábola del hijo pródigo y su hermano. Concluye con el coloquio del día 5.

Día 7

Repasa la semana en su conjunto y saborea las gracias. Concluye con el coloquio del día 5.

† El coloquio

Ignacio sugiere que incluyamos un «coloquio» en cada una de estas meditaciones sobre el pecado, así como en los ejercicios siguientes (EE 53-54). Un coloquio es una conversación íntima entre Dios Padre y tú, entre Jesús y tú o entre María o uno de los santos y tú. Su lugar suele estar al final del periodo de oración, pero puede hacerse en cualquier momento. Deja que esta conversación se desarrolle con naturalidad en tu oración.

En el coloquio hablamos y escuchamos según nos impulse el Espíritu: expresándonos, por ejemplo,

«como un amigo habla a un amigo,

o como una persona habla a quien ha ofendido, o como un niño habla a sus padres o a un mentor, o como un amante habla a su amado».

Sea cual sea el contexto, sé «real», habla de corazón. Como en cualquier conversación con sentido, asegúrate de dejar momentos de silencio para la escucha.

En las meditaciones sobre el pecado, Ignacio sugiere que nos situemos ante la cruz y que consideremos tres preguntas que resuenan a lo largo de los Ejercicios:

«¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo?

¿Qué debo hacer por Cristo?».

Vuelve sobre estas preguntas a lo largo del retiro. En cierto sentido, no es posible contestarlas por completo durante el retiro mismo; a menudo tenemos que acercarnos a las respuestas mientras continuamos con nuestras actividades normales. Reflexionando sobre las preguntas notamos lo prácticos que son los Ejercicios. Así como nuestro pecado se refleja en decisiones y acciones concretas, así también la gracia cobra vida en las elecciones y en lo que hacemos por amor a Cristo y a los demás. Encontramos a Cristo no solo en nuestra oración y en los sacramentos, sino también en nuestras relaciones con el Cuerpo de Cristo, vivo ahora como Iglesia, el pueblo de Dios.

Para reflexionar más

«La oración es pura relación. La cuestión básica es la intimidad, no las respuestas a los problemas ni las resoluciones de “ser mejor”. Muchos de los problemas y desafíos de la vida no tienen respuesta; solo podemos vivir con ellos y soportarlos. Sin embargo, los problemas y los desafíos se pueden afrontar y soportar con más paz y aguante si las personas saben que no están solas. Una esposa no volverá de entre los muertos, pero el dolor es más llevadero una vez que el cónyuge ha desahogado su dolor, su enfado y su congoja con Dios y experimentado la presencia íntima de Dios».

SEMANA DEORACIÓN 8: