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Escenarios y su relevancia para el análisis

In document Derecho y control 1 (página 69-74)

Una cartografía a explorar

6. Escenarios y su relevancia para el análisis

La división entre propiedades y escenarios puede ser útil por variadas razones. En especial si se tiene al primer escenario como ideal a alcanzar.

Existen múltiples textos, como se indicó, que se preocupan del mejoramiento del actuar policial en términos de cómo hacer la policía más permeable a otras instituciones de control y democracia, pero tam- bién (en mucho menor medida) cómo mejorar las condiciones del tra- bajo en cuestión para sus integrantes. Así, existen estudios sobre cómo mejorar el control y «accountability» de la policía por la sociedad civil u otros poderes del Estado, cómo hacerla más transparente o «abierta a la comunidad», etc. En segundo lugar, aunque bien lejos, existen análi- sis sobre las condiciones laborales de los implicados, un análisis que enfrenta resistencias en virtud de las actitudes de desprecio antes indi- cadas.13 Aunque importantes, esas consideraciones no afectan necesa-

12Véase nota de Noelia Maldonado, La Voz, 16/1/16 (http://www.lavoz.com.ar/ciu-

dadanos/1500-quieren-ser-policias-quedaran-200). Según entiendo, al igual que en Córdoba, las nuevas fuerzas policiales barriales o comunales creadas en Buenos Ai- res se nutren principalmente de los informalmente llamados «pibes/pibas». Es de- cir, gente joven de Provincia de Buenos Aires con escaso o nulo horizonte laboral. No obstante, estos datos indiciarios deben respaldarse ulteriormente.

13Para el primer eje de análisis en la línea «democratización y transparencia», véase

Loader, I. «Democracy, Justice and the Limits of Policing: Rethingking Police Ac- countability» Social and Legal Studies, Vol 3, 1994, 521-544. También pueden consultarse en esta línea los trabajos comparativos de Mary Fran T. Malone. En cuanto mejorar las condiciones laborales, al menos en el ámbito argentino, los aná-

riamente el segundo escenario (inequidad y policía concentrada). Esto es así porque lo que está en discusión en estos casos es, por ejemplo, cuánto se debe pagar a alguien que trabaja en esas condiciones. Clara- mente igual o más que un trabajo similar con menores riesgos. Pero esto, con suerte, eleva los estándares normativos (que implican «mayor remuneración») en base a la dureza y valor del trabajo. Esto no cambia el hecho de que en un contexto tal el ingreso se ve forzado por los niveles de desocupación que empujan a una franja de la población a asumir el trabajo duro que alguien tiene que hacer. Esto quiere decir que la suba de salarios y el mejoramiento de los derechos sindicales o laborales no modifican necesariamente el problema si es que se tiene al primer escenario como modelo a seguir. En un sentido importante no todos tienen en términos reales las mismas posibilidades razonables.

Por su parte, el tercer escenario (inequidad y policía desconcen- trada) podría parecer una especie de alternativa deseable. Sin embargo, los inconvenientes son múltiples. En efecto, el ejercicio de la coacción autorizada es algo que alguien tiene que hacer. En el segundo escenario, vía determinados hechos, un grupo de gente es el que está mayormente «inclinado» a realizarlo, en virtud de factores inequitativos. Un supues- to agente en esta posición podría legítimamente preguntar «¿por qué me toca a mí o a nosotros hacer este trabajo duro? ¿sólo porque no tengo dinero/capital para eximirme de él?». Una respuesta con visos de igualdad sería la siguiente: dado que se trata de un trabajo que alguien tiene que hacer, porque todos lo necesitamos, entonces deben hacerlo de una manera u otra todos. Dejando de lado los problemas lógicos de esta expresión, esto sería equivalente a propugnar pasar al tercer esce- nario (sociedad inequitativa y policía desconcentrada).

La opción de pasar al tercer escenario no es buena al menos des- de dos perspectivas. La primera es instrumental, de implementación y relativa a las consecuencias. Por ejemplo, una policía descentralizada

lisis son pocos. La policía y el servicio penitenciario no poseen derechos sindicales (a diferencia de Estados Unidos o Alemania, en donde salvo el derecho a huelga, poseen el resto de derechos de asociación gremial o sindical). Existe un caso a fallo en la Corte (originado en Córdoba) en donde se pretende avanzar en la línea de expansión de derechos sindicales. Autos «Rearte, Adriana Sandra y otro c/ Superior Gobierno de la provincia de Córdoba».

puede generar efectos violentos y criminógenos en los llamados a ser policías y/o una pérdida de confianza en los pares porque «todos sería- mos policías de todos». Además pueden existir otros efectos indesea- bles (supongamos, procedimientos nulos por impericia del policía ciu- dadano). Estas consideraciones, sin embargo, presuponen que se tiene una respuesta sobre si en algún otro sentido es correcto que la carga policial sea soportada por más gente además de la policía profesional concentrada.

Por su parte, hay un sentido al menos en que la igualdad numé- rica en la distribución de la carga (todos alguna vez tienen que ser po- licías) no soluciona el problema de la inequidad. Es más, podría agra- varlo si la policía ciudadana genera que haya menos demanda estatal de puestos de policía, sin que cambie la situación de empleo fuera de la fuerza policial. En tal escenario posible, la clase de personas que en el escenario anterior podían ingresar a la policía y obtener al menos un

trabajo, están peor. Compartir el trabajo duro disminuye las chances para la clase de referencia de tener algún trabajo (por duro que sea). Los que están peor en el escenario dos (los que están forzados a optar por la policía) no estarán mejor en éste. Vía determinados hechos del merca- do laboral, podrían estar peor.14

Se puede discutir si hablamos aquí de posibilidades o de necesi- dades. Es decir, si necesariamente en contextos de falta de empleo y Estado que absorbe policías, la atomización de la policía generará que los que estaban mal (pues sólo pueden aspirar a ser policías) estén peor que antes. Es posible, mas no necesario, que se dé un escenario en el cual todos hacen de policías y la clase social desventajada no tenga ningún trabajo. En este escenario, por hipótesis, la clase forzada a tra- bajar como policía en el escenario anterior ahora no tendrá ninguna opción, ni dura ni blanda, o mucho menos de ambas. Este plantea- miento es sensato y haría preferible el contexto 2 al 3. Por supuesto, parte de su plausibilidad depende de cómo se construya el escenario ulteriormente.

Es posible también un contexto en que la fuerza trabajo ciuda- dana empeñada ahora temporalmente en un servicio social libere horas

de trabajo disponibles en el ámbito privado (comercial, industrial de servicios) y que tal disponibilidad de horas genere demanda de fuerza trabajo para quienes antes eran más propensos a tener que trabajar sólo de policías. Esto a su vez puede ser objetado.15

El tercer escenario podría defenderse —en caso que salga airoso de las objeciones indicadas— prometiendo algunas consecuencias de- seables desde un punto de vista. Por ejemplo: encuentro entre personas de diferente extracto social, mayor compromiso con las cuestiones co- munes, fomento de cambios de perspectivas. Es posible que los partici- pantes en tal servicio cambien su opinión sobre el valor del trabajo o sobre sus pares habitantes en entornos completamente diferentes. Sin embargo, estas consecuencias no pueden darse por descontadas o auto- máticas. Además a primera vista la policía desconcentrada resulta re-

15Una consideración ulterior en la línea «en el escenario de policía desconcentrada los

que estaban mal estarán peor» puede apelar a la idea de eficencia y costos de opor- tunidad. Si se demostrase que se pierde más dinero, riqueza y bienestar poniendo a trabajar como policía a cualquier ciudadano que excluyéndolos, entonces la policía concentrada es preferible a la policía desconcentrada incluso en contextos inequita- tivos. La idea es que hay una fuerza trabajo que genera más riqueza y productividad si trabaja fuera de la policía. Los que tienen el privilegio de no hacerlo generarían más riqueza total incluso para el propio enrolado o designado como policía, que haciendo otra cosa. La idea se encuentra en North, op., cit. p. 74. De funcionar, este sería un argumento adicional en la línea «los que están peor están todo lo bien que podrían estarlo». Véase Barry, op.cit. pg. 251. Dentro de este argumento las líneas conceptuales y objetivas son dificultosas. Un ingeniero, por hipótesis, genera- ría más riqueza si continúa trabajando en Volkswagen, que si debe cumplir -diga- mos- un año de servicio social. Sin embargo, del hecho (a probar) que se genera más riqueza no se sigue que eso sea necesariamente en beneficio de todos. Esto depende de ulteriores reglas sobre la distribución de la riqueza. Además, todo depende de qué se entienda por riqueza valiosa. Porque si ella es sólo medida en términos mo- netarios, deja afuera otras ideas de riqueza y bienestar social. Este problema es pa- tente en la discusión sobre los rankings de las «mejores universidades». Si el criterio es cuánto contribuye la universidad a la formación de profesionales que luego gene- ran riquezas (industriales, comerciales) es posible que una universidad pública y gratuita quede bastante atrás. Pero si la riqueza y producto acumulado es la exten- sión horizontal del conocimiento crítico, además del productivo y técnico, muchas universidades latinoamericanas quedarían mejor en el ranking. Esto muestra que es disputable la idea de «eficiencia» y «riqueza» que se pierde o gana con ciertos dise- ños institucionales.

chazable en virtud de las experiencias históricas con casos análogos en nuestras latitudes.

El servicio militar obligatorio, por ejemplo, ha sido visto como valioso por una cultura con fuertes tonos machistas, homofóbicos y sacrificiales. Así, para algunas familias en otro tiempo el servicio mili- tar «le servirá al nene para que se haga hombre, para que vea que las cosas no son tan fáciles» o al criollo desprevenido para educarse, nive- larse, pero también para aprender un régimen de trabajo. Se estilaba poner énfasis en los valores de la familia, del honor, del sacrificio, de la capacidad de soportar ordenes, de bancarse un «baile» y de «no aflojar como un marica o cagón». Se trata claramente de una cultura de la

crueldad.16

Lo mínimo que se puede decir es que quizás la policía ciudadana no implique necesariamente una fuerza sometida a tales rigores o con- secuencias como de «todos policías de todos», pero es probable que lo haga y de hecho ha sucedido. Por lo pronto debería mostrarse cómo se pueden evitar esos elementos que producen y reproducen autoritaris- mos, empezando por la posibilidad de expresarse, de condiciones dig- nas de trabajo y de inclusión igualitaria de los géneros.17

Varias, sino todas las consideraciones anteriores, son del orden de las consecuencias esperables y deseables. Sin embargo, todas o casi todas las peculiaridades indicadas y los buenos o malos efectos parecen depender de la pregunta sobre cómo se distribuye genéricamente la carga, si concentrada o desconcentrada. Luego puede pensarse cómo se implementa y evaluar si su implementación puede o no frustrar las razones de partida.

Considero que parte del interrogante sobre la distribución de la coacción puede explorarse apelando a lo que llamaré «análisis de pare- cidos».

16 Sobre la crueldad y su relación con ciertas formas de «civilización» puede verse Elías,

N. «Civilización e informalización» en Los Alemanes. Buenos Aires, Nueva Trilce, 2009.

17Sobre este último punto es útil consultar la siguiente entrevista http://

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