1.2 JUSTIFICACIÓN DE LA INVESTIGACIÓN
2.1.2 Estudios Actuales Sobre El Índice De Masa Corporal
El IMC es el indicador que más se usa para la medición del estado nutricional, ya que presenta una mejor asociación con el porcentaje de grasa corporal de una persona. La importancia de su estudio radica en que es uno de los principales indicadores para el diagnóstico de obesidad, trastornos cardiovasculares, resistencia a la insulina e hipertensión en la vida adulta (Organización de las Naciones Unidad para la Alimentación y Agricultura, 2011), que son actualmente los principales problemas de salud en México (Secretaría de Salud, 2013; 2016). Como se comentó en la introducción, el sobrepeso y la obesidad son los estados nutricionales más altos que se ven reflejados en el IMC, y según los datos más recientes, las personas con este estado le cuestan más de 120 mil millones de pesos al año al gasto público de salud en México, así mismo se debe tomar en cuenta que una persona obesa tiene 42% más de probabilidad de desarrollar hipertensión y 12% más de desarrollar diabetes (Sánchez, 2016).
En el último reporte del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO, 2014), se mencionó que al año se pierden más de 400 millones de horas laborales por diabetes asociada al sobrepeso y la obesidad, lo que equivale a 181 mil 851 empleos de tiempo completo, es decir el 32% de los empleos formales creados
en el año en el que se realizó la encuesta.
Es por esto que desde hace más de una década, el estudio del IMC, centrado principalmente en el sobrepeso y la obesidad se ha convertido en una variable determinante para enfermedades metabólicas, cardiovasculares y el desarrollo de cáncer (Boyer & Pahira, 2008). Demostrando diversidad dependiendo de la cultura, el género y las edades.
En lo que refiere a la cultura, se han encontrado diferencias significativas entre el IMC de los afro-caribeños, con los británicos y los alemanes, pues quienes presentan un mayor IMC son los afro-caribeños, seguidos por los alemanes y finalmente los británicos (Blissett & Bennett, 2013).
No hace falta hacer una comparación tan drástica cultural, incluso en el noreste de la república se encontró en una muestra de adolescentes que el promedio de IMC es significativamente más alto en los tamaulipecos, seguido por los neoleoneses y finalmente por los coahuilenses (Moral et al., 2011), lo que demuestra que las diferencias culturales en cuanto a los platillos típicos y el estilo de vida marcan una diferencia sobre el IMC de las personas.
En ese mismo estudio, el equipo de investigadores encontró que hay más mujeres con bajo peso, con normopeso y con obesidad, mientras que son más los hombres con sobrepeso (Moral et al, 2011), semejante a lo que la ENSANUT- 2012 encontró que refieren que la mayoría de las mujeres presentan bajo peso y obesidad, mientras que la mayoría de los hombres presentan normopeso y sobrepeso (Instituto Nacional de Salud Pública, 2012).
Se sabe que el IMC tiende a incrementarse conforme avanza la edad, sobre esto Wasfi, Dasgupta, Oprana & Ross (2016), realizaron un estudio longitudinal con canadienses, encontrando que el IMC tendió a aumentar 0.13 kg/m2 al año en su observación que tuvo un periodo de 12 años. Por lo que se puede decir que si un adulto joven está en los límites del normopeso, cuando llegue a ser adulto maduro seguramente habrá desarrollado sobrepeso. Lo que resulta más preocupante cuando son niños que presentan un IMC que indica normopeso con tendencia al sobrepeso, ya que estos probablemente llegarán a ser adultos con sobrepeso u
obesidad.
Por otro lado, parece haber una discusión sobre si la edad es un factor predisponente de mortalidad cuando se tiene obesidad, ya que mientras algunos sostienen que la obesidad es más dañina en personas de la tercera edad, que en adultos jóvenes (Masters, Powers & Link, 2013), otros mencionan que la edad no parece ser un factor protector para la mortalidad cuando una persona presenta un IMC alto que indique un estado nutricional de obesidad, es decir que sin importar la edad, aquellos que tienen un grado II o III de obesidad están en alto riesgo de morir como consecuencia de la misma enfermedad (Zheng & Dirlam, 2016). Por lo que independientemente de la edad, el exhorto es a evitar llegar a este nivel de estado nutricio, pues aumenta la posibilidad de morir.
En México se realizó un estudio para validar que el IMC autorreportado fuera igual al tomado, encontrándose que el IMC autorreportado no es un indicador valido del IMC real, ya que el 62.4% sobrestimó su talla y el 21.7% la subestimó, la sobrestimación estuvo relacionada con la edad, por lo que no se recomienda el uso de este indicador como referente del IMC en México (Osuna, Hernández, Campuzano & Salmerón, 2006).
La mayoría de las investigaciones están centradas en la relación del IMC con enfermedades crónico degenerativas, llegando a encontrar su impacto negativo en la salud en repetidas ocasiones. En los estudios más recientes, se ha estudiado el efecto positivo de modificar el IMC en personas con Diabetes Mellitus tipo 2, permitiendo reducir el riesgo de mortalidad (Cheung et al., 2016), así como el efecto negativo en la hipertensión, cáncer como el de páncreas (Gudnadóttir et al., 2016; Hendifar et al., 2016).
De hecho en el último año se han incrementado los estudios en donde relacionan el IMC con trastornos mentales, como la depresión y el trastorno de la personalidad dependiente (Gutiérrez, Villalobos, García, Muñoz &Marical, 2015; Martin, Guillen, Aubá, Martí & Brugos, 2016).
Por otro lado, Rodríguez, Novalbos, Villagran, Martínez & Lechuga (2012), estudiaron la percepción de los padres sobre el IMC de sus hijos encontrando
que el 34.7% los identifica con sobrepeso y 72.3% con obesidad a sus hijos varones, mientras que estos percibieron el 10.8% de sobrepeso y el 53.8% de obesidad en sus hijas. Sin embargo esta percepción no siempre resulta concordante con la medición real, por lo que es recomendación de los autores tomar las medidas de peso y talla.
Por otro lado el contexto inmediato, es decir, la familia, es uno de los principales factores de influencia en esta variable ya que los hijos tienden a tener las mismas puntuaciones de IMC que sus padres entre más se acercan a la adolescencia, ocurriendo el proceso contrario con su madre ya que estos se alejan del IMC de sus madres conforme van creciendo. Por otro lado, las hijas tienden a mantener el mismo IMC desde pequeñas hasta adolescentes, lo que puede ser explicado por las tipos de uniones y relaciones entre los miembros de la familia (Ajslev, Ängquist, Silventoinen, Baker & Sorensen, 2014).
En un estudio similar en Estados Unidos, se encontró que el IMC de los niños es más propenso a ser bajo cuando las madres tienen menos nivel educativo, mientras que el IMC alto en niños está relacionado con un IMC alto en madres (Jones, 2015).
En cambio en México se encontró que las prácticas de alimentación de los padres se relacionan con el peso de los hijos, en específico aquellas prácticas restrictivas se relacionan al paso de un par de años con un mayor IMC en los hijos (Tschann et al, 2015).