El enamoramiento
—¡Enamorarse es lo máximo!—, dijo Gaby—. El cosquilleo en el estómago te avisa que se acerca la cita con quien amas. ¡Nada más bello y lindo!
El enamoramiento corre por las venas, como un temblor, con sólo pensar en la persona amada.
—Es que compartes la felicidad con alguien más, te llena tus pulmones de aire fresco y el ritmo del corazón te aloca.
Sí. El hechizo entusiasma. Y, sólo con estar junto a esa persona, te disuelve cualquier pena.
La persona enamorada sólo piensa en la otra parte. Y pareciera que los sentimientos que te provoca su sola presencia aseguran que has hallado la pareja ideal. Sin embargo, muchas personas viven la experiencia del enamoramiento con delirio y, un día, la relación se quiebra. ¿Cómo es posible?
La gente común identifica el enamoramiento con el amor.
—¿Estás enamorado? La misma palabra lo dice: tienes amor— razonó una joven empleada en un supermercado.
Le planteé si veía diferencia entre enamoramiento y amor.
—Bueno, sólo en que el enamoramiento es mucho más fuerte y poderoso
—¿Más fuerte? ¿Por qué entonces no todos los enamorados renuncian a sus caprichos? —le cuestioné.
Enamoramiento y amor no son iguales, aunque se conectan, como el arroyo que cae por la montaña y las rocas entre las que corre. Quizás no habría arroyo sin cauce, pero las rocas persisten cuando el agua ya no fluye. Algo parecido enlaza al enamoramiento y al amor, que se ligan, sin coincidir del todo.
La diferencia principal entre ambos no está en la intensidad, sino en lo que miran. El enamoramiento se centra sólo en unos rasgos de la pareja, que satisfacen una expectativa imaginada sobre la media naranja ideal. El amor va más allá de este primer perfil y se fija en cumbres superiores. El enamoramiento surge del encuentro con gestos que satisfacen e ilusionan:
—Su presencia me cautiva —dijo la joven cajera. —¿En qué te cautiva?
—No sé… Me quiere.
—Y, ¿cómo sabes que te quiere?
—Porque su compañía me ablanda, me enternece.
—¡Me sonríe de forma especial! —dijo como argumento fuerte, sin resolver el punto central que le pedía.
La cercanía ante la figura atrayente despierta felicidad, porque esa persona llena vacíos, sea de afecto, de imán sexual o de estímulo al platicar los propios sueños y decepciones. El agrado con su compañía inunda de euforia y deleite. Pero, aunque el alma tiembla con vigor inmenso, este enamoramiento se disuelve poco a poco, inexplicablemente.
—¿Hace caso la persona enamorada a las críticas contra la persona que ama?
Se lo pregunté a un grupo de preuniversitarios y todos lo confirmaron, menos una joven, que dijo:
—Pues, a veces, te dicen algo e investigas.
—Sólo cuando eres celosa —dijo otra muchacha. Uno de los estudiantes me lanzó la cuestión a mí: —¿Qué opina usted?
—Si hay un enamoramiento muy intenso, se crea un estado psíquico fijo, hipnotizador. Y el primer efecto de este estado es la idealización de la pareja. Sobre datos reales de la persona, sean pocos o secundarios, la mente entra en una nube donde una figura destaca y polariza toda la atención, toda la preocupación. ¿No han visto a alguien enamorado con la vista perdida y desconectado de lo que pasa a su alrededor?
Lo aceptaron todos.
—¿Por qué pasa eso? —preguntó uno de los varones.
—Porque un enamoramiento desata emociones muy intensas, que absorben las energías y sacuden los sentimientos. Algunos entran en este estado poco a poco y se pueden prolongar más o menos tiempo —aproveché para abrirles una interrogante—. ¿Son muchos los que piensan que el enamoramiento se acabará?
—La mayoría no lo piensa —dijo otro estudiante. —Es normal, porque lo sientes muy fuerte —dijo otro. —¿Qué pasa cuando se acaba? —preguntó una joven. Fui directo al punto que me parecía más vital:
—Cuando termina el enamoramiento, queda el amor.
Algunos abrieron la boca, otros apretaron el entrecejo y una levantó la mano: —Pero, ¿cómo que se va el enamoramiento y queda el amor?
Yo quería que reflexionaran sobre la diferencia entre ambas cosas, que muchos igualan, pero que poseen rasgos muy particulares.
—Enamoramiento y amor tienen puntos en común, pero no son lo mismo. Por eso, quien se enamora con mucha intensidad y con poco amor, no comprende que esa atracción impetuosa desaparezca tras un tiempo. Quien se enamora con mucho amor, nota que baja la espuma de la emoción, pero queda otro tesoro. Porque el enamoramiento siempre se disuelve, ya que es una etapa intensa, casi ciega, propia de la entrada a un camino inexplorado. Luego se pierde la novedad y, en su lugar, queda la crudeza del propio corazón, que se reduce a alguna afinidad o al amor verdadero.
consultó:
—Entonces, si el enamoramiento se acaba, ¿qué es el amor?
—El amor es algo más que enamoramiento, porque éste es una emoción y el amor va más allá de lo que se siente. Hay que medir si de veras se ama intensamente o si el enamoramiento encubre un amor pequeño.
El enamorado idealiza a la otra persona, se ciega ante los defectos o las limitaciones que tiene. Y no sólo la idealiza: la ve como la adecuada, la ideal para sí, con la seguridad de haber encontrado el tesoro escondido. Este primer triunfo en la conquista crea tan gran satisfacción que domina el juicio sensato y la valoración de quien se ama, y del futuro que realmente vendrá. La mayoría se desnuda de cualquier mecanismo de defensa.
La idealización es ciega, especialmente ante los defectos y limitaciones, porque el gusto y los sentimientos extasiados no miden la entrega ni la lucha que exige la relación. Es tan abrumador el estado emocional en el enamoramiento, que surge la pregunta sobre si se ama realmente a la persona.
—¿Cómo sabes que estás enamorado? —me demandó un joven.
—Es curiosamente fácil saber si estás enamorado: se sienten emociones constantes, intensas; se piensa mucho en esa persona; se desea darle gusto; se ansía el momento de encontrarla; se la antepone a cualquier actividad o compromiso; y las mariposas vuelan en el estómago cuando su imagen se dibuja en la propia mente.
—Pero eso es el amor, ¿no?
—Es enamoramiento, con mucho o poco amor.
—Y, ¿cómo saber si la otra persona siente igual que tú, con la misma sinceridad?
—Es posible conocer el estado emocional de alguien si se comporta con las reacciones que he dicho, con fuerza. Lo malo es que estas reacciones son internas y no se pueden comprobar. Dicho de otro modo: el enamoramiento en la otra persona no se puede medir, mientras su amor sí.
—¿Cómo que el enamoramiento no se puede ver y el amor sí? —Porque son diferentes.
—No me queda claro —insistió el joven.
—Lo expondré con detalle más delante. Pero ahora recalco un punto: el enamoramiento es un fluido que se escapa entre las manos. Corre. Y cautiva. Es gratificante. Sin embargo, darle excesiva importancia sería valorar demasiado el envoltorio sobre el regalo que hay dentro.
La vida me ha cruzado con personas fáciles para el enamoramiento. Las vi empalagadas, extasiadas al hablar de su relación con la miel en los labios. Pasan unos meses y, tras un paréntesis de vacío, vuelta a escuchar episodios dulces con una nueva pareja. ¿Por qué tanto cambio? Porque el enamoramiento ardoroso no asegura el amor. Quienes creen que lo máximo es enamorarse, deben cuestionarse si también aman.
Explicar qué es el amor exige recorrer antes las etapas que experimentan las parejas, para que cada quien comprenda bien el punto del recorrido en que se halla. Cuando se sabe dónde se está, se puede ver el trayecto del noviazgo que queda por delante y cuáles
avances llevan a la felicidad en pareja. Por ahora, es vital asimilar que el enamoramiento se da, que es una experiencia sublime y que requiere un manejo adecuado para que no sea un monstruo devorador. ¿Exagero?
—Nuestro amor es perfecto —comentaron unos novios—. Porque una buena relación no tiene conflicto.
—Ustedes no tienen problemas —les demandé. —No. ¿Le extraña?
Rompieron meses después, con gran enojo. ¿Existe el amor perfecto entre humanos, seres limitados, ya que todos arrastramos carencias? Es obvio que no. ¿Qué grado de ceguera llevó a aquella pareja a afirmar que su relación era buena porque no tenían problemas? Lo entendemos: la gente emocionada dicen este tipo de frases cuando flotan en la nube más alta del enamoramiento. Lo penoso es que su ceguera les eleva tanto que terminan en una caída más dura. ¿Hay remedio a este mal de amores?
Para vivir el enamoramiento, sin dolor cuando se desvanece, es necesario un buen manejo de los sentimientos. La educación actual aporta conocimientos, habilidades para el uso de la tecnología, idiomas, ciencia… pero no enseña el manejo emocional, el manejo de los sentimientos. Adquirir esta capacidad, tan interesante y cotidiana, ayuda mucho para vivir el enamoramiento, pues atenúa los efectos negativos. ¿Cómo se logra?
El manejo de los sentimientos es el dominio de las reacciones emotivas, superando los estados de ánimo de excesiva euforia o de hundimiento depresivo. No es la eliminación de los sentimientos. De hecho, no se pueden suprimir. Se trata de aprender a manejarlos. Normalmente, este aprendizaje ante sentimientos hirviendo en el interior y llenando los ojos de lágrimas, exige mucho esfuerzo. Pero esta exigencia da un fruto hermosísimo, ya que quien domina sus sentimientos sale airoso en situaciones destructoras, a veces irremediables, como una desaparición traicionera, un engaño o un robo. ¿Cuántas parejas fracasan porque un enamoramiento enturbió su razón y comprobaron demasiado tarde el error en la elección?
—Yo lo sufrí —dijo la joven en el salón de clases, a quien todos miraron, con curiosidad y algo de espanto.
—¿Cómo se pueden eliminar los sentimientos? —consultó una joven maestra. —No se pueden eliminar.
—¿Entonces…? —preguntó con los ojos desconcertados, abriendo los brazos.
—No se pueden eliminar, sino controlar. Se logra conociendo cuándo es oportuno seguirlos y cuándo se exige tomar rumbo contra ellos. O a pesar de ellos.
—Pero, si no se eliminan, siguen fastidiando.
—Los sentimientos surgen espontáneos, ciegos, según su reacción natural. Nos dirigen hacia bienes o hacia daños. Producen así dos efectos distintos: alteraciones, que arrancan reacciones dañinas, como sería arañar la cara a alguien o quemarle la casa; o nos impulsan hacia beneficios que conviene aceptar, como conquistar a alguien atractivo o sacrificar un fin de semana para acompañarle en un velorio.
—Y, en concreto, ¿cómo se manejan?
dejarlos de lado. Reconozco que es difícil. Pero no imposible: existen pistas para lograrlo, que están al alcance de cualquiera.
—¿Cuáles son esas pistas?
—El buen manejo de los sentimientos trabaja contra el sentimentalismo, que es la dependencia de los estados de ánimo, ya que la persona se deja llevar por sus sentimientos: si está de buenas, actúa adecuadamente ante la pareja y en todo; si está de malas, no atiende a razones. Por eso, quienes dependen excesivamente de sus sentimientos, sufren y hacen sufrir tristemente a los demás. Pero dije que no se trata de suprimirlos, porque no se pueden ahogar, sino que el punto de arranque para su manejo es la capacidad de control sobre ellos. ¿A poco se puede borrar el atractivo físico de la pareja, bien parecida, su voz cantarina, sus gestos cautivadores, que sugestiona aún tras la ruptura?
Un buen apoyo para el manejo de los sentimientos es distinguir entre los propios compromisos y lo que sugieren los sentimientos. Si un sentimiento conduce al descuido de una tarea o de un deber en el trato con la pareja, sea ético como no mentir o sea un acuerdo como la visita programada a un familiar enfermo, es un sentimiento nocivo, que debe arrinconarse. Si lleva a mantener un compromiso adquirido, como cumplir la palabra dada o poner dinero para un gasto, es un sentimiento saludable.
También se manejan los sentimientos reconociéndolos y siguiéndolos cuando son constructivos, porque van en la línea de nuestras responsabilidades, como el deseo de pedir disculpas tras una discusión o acompañar a la pareja a su entretenimiento favorito. En el lado opuesto, están los sentimientos destructivos, que nos ciegan y empujan a decisiones de las que nos arrepentiremos después, como el insulto cuando se nos molesta o la soberbia que no reconoce un error. Necesitamos aprender a cerrar el alma ante los reclamos de los sentimientos, para caminar hacia nuestro objetivo, a pensar en que una amargura interna nos destruye a la larga o que un antojo puede arruinar el noviazgo. En el fondo, el manejo de los sentimientos está muy ligado a la medición de los resultados que vienen con cada paso que damos: si seguir un sentimiento complica la situación, es mejor caminar en su contra; y, si remedia algún problema, seguirlo.
—¿Tiene edad el amor? —discutían los empleados de una ferretería. —Yo creo que no hay edad para el amor —propuso una muchacha—.
—Depende de lo que entiendas por amor. Yo creo que los muy jovencitos sólo juegan al amor —opinó uno.
—Y la gente grande tampoco: no me digan que un viejo verde de ochenta años se casa con una chava de veintidós por amor, porque el primero busca quien le cuide de sus achaques y la otra quiere la herencia.
No hay edad para el amor. Tampoco para el enamoramiento. Somos los humanos seres afectuosos, donde los sentimientos afloran sin pautas fijas. No es pues extraño que una joven se enamore sinceramente de un hombre mayor, quizás porque no tuvo papá de niña y siente afecto por alguien mayor, no necesariamente por su dinero.
—Pero, ¿cómo detectar si la diferencia de edad se basa en el amor y no en un capricho muy interesado? —planteó uno de los empleados.
Un apoyo útil para detectar el amor es basarse en que el afecto no tiene edad, mientras que la madurez en la personalidad sí. Y se puede observar la madurez en la verdad: cuando aparecen mentiras, mala señal. Porque la hipocresía indica inmadurez: notar las palabras falsas o los gestos engañosos permite descubrir quién ama y quién busca un provecho oculto.
Es sabio observar que la rectitud se ve en las acciones y en los hechos, que dicen más de una persona que su sola fachada o sus palabras. Se lo aseguré a una sobrina que dudaba si continuar con alguien que la golpeaba.
—Es que me invita a muchas fiestas y me regala vestidos y joyas —argumentó.
—¿Te parece bien venderle golpes y humillación con adornos sobre tus heridas? —le pregunté.
—¡Estoy muy enamorada de él…!
—Entonces —concluí—, pídele que te golpee con más fuerza para sentir más el enamoramiento.
Una persona inmadura es incapaz de anteponer lo correcto sobre su capricho. Por eso, impone su gusto, sea con golpes o con manipulaciones. Nunca aceptes la violencia o la falsedad. ¿Cuesta cortar un enamoramiento con un maltratador o un mentiroso? Sí, porque el sentimiento trata de callar los gritos que piden respeto a su forma de ser. No obstante, apliquemos los propios derechos y rompamos la relación, aunque el impulso emocional pida el regreso a los momentos de ternura exterior: es mejor un rato de sonrojo que el colorado todos los días.
La dura realidad muestra que todo enamoramiento se debilita y desaparece. El embeleso da paso al ritmo cotidiano, incluso a la rutina. Se descubre entonces el agrado del amor, un afecto más profundo y reconfortante, que aprecia la felicidad que la otra parte me aporta, aunque sólo sea por la tranquilidad y la confianza que se halla en la plática.
Este avance hacia el amor deja las explosiones sentimentales, que son sustituidas por caricias más tiernas y serenas, las cuales refuerzan la relación, la entrega tranquila, la seguridad de la compañía. Recuerdo a una amiga que rompió con su novio tras siete años de relación. Formó pareja con otro hombre, menos espectacular y de presencia poco llamativa. Cuando le pregunté si cambió para mejorar, me respondió:
—Lucía más con el otro novio, pero era conflictivo. Éste me da paz. —Y, ¿recuerdas al otro? —consulté.
—Sí. Pero no me arrepiento de haberle dejado.
Aquella amiga no pudo eliminar los sentimientos de afecto hacia el antiguo novio: —Porque las emociones vienen sin llamarlas y no se marchan cuando uno quiere — comentó—. Pero se puede decidir por encima de ellas. Cuando aquel hombre viene a mi memoria, encojo los hombros y gozo con la serenidad que disfruto con mi esposo.
El enamoramiento es el ingrediente sentimental del noviazgo. Muchos se deslumbran con esa fuerza que arrastra, sin reparar en las perturbaciones que despierta. En otros, promueve la unión de la pareja, porque es una energía que puede encauzarse. Quienes la aprovechan, obtienen los frutos que expongo a continuación.
Enamoramiento y amor tiene puntos en común, pero no son lo mismo. Por eso,
quien se enamora con mucha intensidad y con poco amor, no comprende que esa atracción impetuosa desaparezca tras un tiempo. En cambio, quien se enamora con mucho amor, ve que, cuando baja la espuma de la emoción, queda otro tesoro: el amor verdadero.