La elección
Algo le bailaba en la cabeza, aunque lo calló. Bastó una frase para mostrar que las sombras del titubeo atravesaban su corazón adolescente, aunque bastante maduro.
—¿Elegimos a la pareja o nos arrastra la vida? —dijo con nostalgia, acariciándose un arete.
–Se dan las dos cosas. ¿No te parece?
Pasó su mano delicada por sus cabellos muy claros. Quizás le parecía, pero mi sugerencia le resbaló, pues añadió otra interrogante.
—¿Evaluamos la elección a tiempo o demasiado tarde?
—Parece que estás pasando un rato difícil —le dije para animarla a que precisara los sentimientos que la lastimaban.
—Lo conocí hace un mes. Le he dado todo. Y ahora me viene que no sabe si le gusto. —Te duele su vacilación.
—¡Mucho!
Se elige pareja sin un patrón fijo. Nadie puede hacer un robot con un nombre, un lugar de origen y medidas corporales. La persona simplemente aparece, nos atrae y arranca la relación. Luego surgen baches en el camino y el desconcierto abre muchos signos de interrogación.
¿Elegimos conscientemente? ¿O cuando nos damos cuenta el cemento ya cuajó? A veces, la persona se involucra con un desconocido, totalmente diferente a cualquier modelo previsible; a veces, forma pareja con alguien con quien sale desde la preadolescencia; a veces, rompe con la persona con quien tuvo un noviazgo muy largo; a veces, una larga amistad se convierte en noviazgo. Hay muchas rutas, pero un dato es firme: unos eligen y otros siguen la corriente, que los lleva, sin pensar.
Pareceré obsesivo, pero hay que reconocer la ceguera que el enamoramiento produce en uno mismo. Su red de emociones y sueños atrapa la propia piel, inunda el corazón y la atracción hipnotiza. El mayor logro de cualquier persona para tener un noviazgo feliz es admitir lo que siente, saberse aprisionado por palpitaciones y entusiasmos poderosos. ¿Por qué martilleo este punto? Porque la avalancha de sentimientos suele chocar con la realidad: los deberes y las ocupaciones cotidianas pasan a segundo plano, la persona enamorada se ve empujada a preferir el placer sobre sus responsabilidades, es sorda a comentarios contrarios y rompe incluso con familia y amigos. Me lo fotografió un joven con una frase precisa:
—¿Me presionan mis papás para que no siga con ella? Pues me empeño en frecuentarla más.
Y una conocida remató la explicación cuando salía con un hombre mayor: —¿Me platican sus defectos? Estoy vacunada.
Y sólo veía sus cualidades, aunque eran pocas. Me quedé pensando que, aun así, debía elegir. Y toda elección trae alegría o dolor.
El enamoramiento se hace obsesión, nacida desde el propio interior. Se hace luz cegadora, que sólo deja ver un sendero, aunque haya muchos en el bosque que atraviesa. Comprensible. La carga psicológica que trae el noviazgo es muy fuerte: sientes a alguien prendado de ti, sorpresas, vibraciones sexuales, aventuras nuevas, fantasías. Los famosos despistes y distracciones de los enamorados reflejan la nube en que flotan. Normalmente, los protagonistas no lo captan. Se ven transportados en la corriente emocional y su cabeza y sus oídos se bloquean. Pocos reaccionan con la firmeza de la joven que, cuando le avisaron que llevara a su casa a su novio, tirado por la borrachera durante una fiesta, respondió:
—Yo soy su novia, no su nana.
Algunos enamorados se aferran a la obligación de continuar la relación, aun con los golpes o las desilusiones. Su razón es que aman a esa persona, por encima de sus defectos y más allá de las heridas. ¿Amor? La explicación en que basan una elección equivocada en el amor, los sentimientos, la imposibilidad de borrar la atracción de su imagen y la fuerza ciega que les ata. Muchos obsesionados sanarían si aceptaran la simple distinción entre amor y enamoramiento. Concluirían que una atracción violenta no es necesariamente amor, sino simple ego. Si diferenciaran también entre sentimiento y decisión libre, caminarían en contra de sus impulsos y se liberarían de la cadena que los amarra. Así se sacudirían el compromiso de cuidar al desamparado, que se aprovecha injustamente de su entrega y se quitarían la obligación de seguir una relación contaminada, envenenada, sin futuro.
Elegir es tarea de cada uno. En la pareja, corresponde a los dos. Y elegir supone tomar o dejar, no por capricho, aunque tampoco bajo presión. También requiere buen conocimiento de la persona y del trato con ella. Conocí a una pareja en la que ellos se entendían bien, sentían atracción fuerte, lucharon por superar sus antagonismos… y no funcionó. Parece una explicación inconsistente, pero no hubo otra: algún mecanismo oculto desprendía chispas y rompía la convivencia. La parte sentimental funcionaba: el resto no. ¿Qué causaba el desajuste? Misterio. La elección de la pareja parece sencilla al principio. El tiempo la confirma o la derriba.
—Veamos —dijo la universitaria—. ¿Se vale iniciar la relación sólo como etapa de prueba, antes de proponer el noviazgo?
—¿Y si no funciona la prueba? —consulté para profundizar en la pregunta. —Pues dejas la relación.
—Me parece una estrategia válida. La única condición es que esta etapa previa quede clara para ambos.
Los jóvenes, o los adultos más explícitos, suelen ser muy impetuosos y prefieren ser directos, sin pensar siquiera en un período de ensayo. En cualquier caso, la prudencia es siempre mejor que la prisa.
—Y, ¿existen pistas para no emprender un noviazgo? Porque así se evita hasta la prueba.
—Sí, existen indicadores para no entrar en una relación. Los más comunes y visibles son las adicciones y la incompatibilidad.
—Pero, ¿qué opinar ante quien dice “Yo lo voy a cambiar”? Di un suspiro.
—Arrancar una relación con alguien desaconsejable es una trampa, porque inicias con un error, ya que nadie cambia a nadie. Es el individuo el que cambia, porque es un ser libre, no un títere que otro maneja.
—Pero si se pasa de copas, si consume droga, si apuesta frecuentemente al juego, si visita tiendas de sexo… Se le puede ayudar a que lo deje.
—De acuerdo, se le puede ayudar. Pero no cambiar, que es el error común de quien entra en una relación con alguien problemático. Y subrayo que una adicción es una
enfermedad y sólo se supera con el apoyo de especialistas. Y no en todos los casos,
porque hay riesgo muy alto de reincidencia. —¿Y si asiste a las terapias de recuperación?
—Entonces sí: merece todo el apoyo. Pero si sólo promete o no persevera en el tratamiento, aceptarlo de pareja te amarra con su persona y con su enfermedad.
—Pero dicen que quien te cela, te ama.
—Es un mito. Alguien puede perseguirte e insistirte porque siente atracción hacia ti, incluso muy fuerte, sea física o afectiva. Hasta puede tener gestos de enamorado perdido. Pero, conviene recordar que la atracción y el enamoramiento no son iguales al amor.
—¿Y los que dudan de la importancia de la atracción física para elegir a la pareja, preocupados sólo del corazón y de los sentimientos? ¿Se equivocan?
—Sí. Porque la pareja no se une sólo para platicar y trabajar. No hay que darle muchas vueltas para entender que el desarrollo de las especies ha diferenciado a los varones de las hembras, tanto en el cuerpo como en los procesos psíquicos, y ha establecido mecanismos de atracción y de acercamiento. La especie humana forma pareja según la ley natural en los dos aspectos, el físico y el afectivo. Si no hay atracción física, ésta se despertará hacia una tercera persona, más tarde. Por tanto, si su físico no atrae, mejor esperar a que llegue la persona indicada. Y, si no hay cariño, ¿para qué elegir a alguien que te deja en permanente indiferencia?
—Si es mi pareja ideal… — objetó la universitaria. La interrumpí:
—Suena muy bien lo de pareja ideal en los estudios teóricos, pero no en la práctica. La pareja ideal no existe. Bueno, existe en la mente, pero todas las personas reales somos imperfectas. Todas. Por lo que soñar con la elección de alguien insuperable es un intento tan fantasioso como imposible.
Le platiqué que, en la búsqueda de la media naranja, algunos preguntan sobre la importancia de que la pareja sea virgen. Es otra cuestión insípida. Pudo perderla por accidente, por violencia, por debilidad y hasta en el sueño. Reflexionemos: una mancha
no ensucia toda la vida. Subrayar la virginidad del pasado es cegarse con la paja en el ojo, sin mirar adentro de uno mismo.
—Algunos eligen con una visión romántica. —¿Qué entiendes por romántica?
—Pues que no ven defectos en la pareja. Bajé los hombros en gesto de cansancio.
—Todos somos limitados. Todos tenemos defectos, aunque estén escondidos consciente o involuntariamente. Más aún: si no se ven defectos en la pareja, mejor dudar de su sinceridad. O de la propia lucidez.
—Pero, ¿es posible conocer realmente a una persona durante el noviazgo?
—El conocimiento de una persona depende de dos líneas: la limpieza de filtros en la propia mente, para ver con claridad, y la transparencia que la persona ofrece: ya sabemos que el enamoramiento nubla nuestra mirada. Y que la conquista esconde sin querer los propios defectos.
—Es que es difícil… —afirmó la joven.
—Sí. Sin duda. Las personas espontáneas y abiertas son fáciles de conocer. Las opacas o complejas se cubren más.
—Entonces, ¿cómo hacerle?
—En las crisis se ve cómo cada uno actúa verdaderamente: cede o se repliega, colabora o permanece al margen, está dispuesto a la bravura o huye. No podemos pedir a toda persona que sea un héroe ni un mártir, pero sí necesitamos medir si me da prioridad o si me relega a la caja de las herramientas.
Se me olvidó decirle en ese momento que también se descubre la personalidad de alguien cuando no se siente observado. Desaconsejo el espionaje, porque un gesto visto desde la distancia puede interpretarse de muchas maneras. Tampoco sirven las pruebas, porque rebotan fácilmente en otros problemas. Pero ayuda escuchar los comentarios de sus amistades, cómo le fue en relaciones anteriores, saber algunos pasajes importantes de su pasado… Y el tiempo. Se requiere tiempo para que el peso del enamoramiento baje la espuma y las características personales sean más evidentes.
Una última táctica para conocer a otra persona, sobre todo en aspectos concretos que se consideren importantes para la elección definitiva, es marcar límites. ¿Dice que me dedicará más tiempo cuando termine un proyecto urgente? Poner la fecha en que iniciará el cambio. ¿Bebe demasiado pero afirma que lo dejará en cuanto quiera? Que lo haga ya. ¿Me relega por las reuniones frecuentes de su grupo? Que cambie la rutina y deje su reunión una vez cada semana.
El noviazgo es una elección. Es preferir a alguien entre otras posibilidades.
Debe elegirse en serio, pues este pacto pide exclusividad, porque salir con varios novios o novias a la vez es juego o distracción.
Es un pacto que puede romperse, sobre todo cuando la elección no se ve correspondida.
Hay muchas personas que eligen antes de comprobar la entrega de la otra parte, sobre todo las aceleradas o ingenuas.
Mucho ayuda, antes de una elección definitiva, hacerse las siguientes preguntas para elegir bien. ¿Qué quiero y qué doy? ¿Qué quiere y qué da mi pareja? ¿Está equilibrada la balanza? Y hablar sobre estas cuestiones impulsa el avance en los dos.
Probar es bueno en los ensayos clínicos y en la producción industrial, pero no ayuda mucho en el trato humano, porque todas las personas merecemos respeto, y tratar a alguien sólo como experimento la degrada. Además, toda experiencia deja una huella, con efectos imprevisibles. Pedir un tiempo de prueba es justo; utilizar a la otra persona como experimento, no.
En fin: pasan las etapas de la atracción, del enamoramiento y de la elección. A veces, se da la ruptura y muchos piensan en que surge otra atracción, otro enamoramiento y otra elección. Pero no es así. El noviazgo no es un juego de sentimientos que reinicia cuando se pasan los arrebatos de la novedad. Antes de una nueva tentativa, hay que medir hasta qué punto se dio o se regateó la entrega.
¿Existen pistas para no iniciar un noviazgo?
Sí, hay indicadores para no entrar en una relación sin futuro. Los más comunes y visibles son las adicciones y la incompatibilidad.
Una adicción es una enfermedad que sólo se supera con el
apoyo de especialistas.