Lo que no te han dicho del noviazgo
Rafael Manuel Tovar“AL SERVICIO DE LA VERDAD EN LA CARIDAD” Paulinos, Provincia México.
Primera edición, 2015
D.R. © 2015, EDICIONES PAULINAS S.A. DE C.V.
Versión electrónica: Centro Paulino Provincial de Comunicación e Informática
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Introducción
Lo primero que no te han dicho sobre el noviazgo es que se trata de un pastel muy dulce en la capa, pero con muchos ingredientes, alguno de los cuales te puede amargar más de lo que piensas. No quiero dibujar un panorama triste, sino advertirte para que lo saborees bien, pues todos sabemos que una pera jugosa pierde gusto si la comes tras una cucharada de miel.
Un desconocimiento muy extendido sobre el noviazgo es que, en la actualidad, se habla poco de algunos de sus ingredientes. ¿Por qué? Lo explicaré más delante, pero figúrate una pareja donde uno de los miembros esconde un secreto importante a la otra parte. ¿Sucede en casos aislados o es frecuente? Más allá del número en que se da, la posibilidad de un rincón oscuro en el pasado de alguien, indica la utilidad que trae el conocimiento de los componentes principales de todo noviazgo y los caminos que la pareja recorre. Ten por seguro que encontrarás sorpresas en esta revisión, algunas insospechadas.
El descubrimiento de los ingredientes, los muy paladeados y los desconocidos, requieren de un buen manejo. ¿Te imaginas el sabor de un pastel preparado en un recipiente donde antes frieron cebollas y no se limpió bien? Si conectas este hecho de cocina con alguien recién salido de un trauma emocional y que se relaciona con una nueva persona, percibirás el peso que tiene un factor importante en el enamoramiento.
Un guisado complicado pide colocar todos los ingredientes, pues ni modo que cocinemos una paella con el marisco, las verduras, el pollo, las verduritas, el caldo… y sin arroz. El noviazgo es un platillo bastante complejo. ¿Cómo acabará si le falta… la sexualidad, por ejemplo? ¿O si es floja la adaptación entre las dos partes?
Y hay más. Nadie pone primero los huevos en la sartén, luego el aceite, enciende el fuego y, terminada la fritura, echa un ajo crudo cortado en pedacitos. Dato obvio: hasta el platillo más simple pide la colocación de los ingredientes en un orden preciso, al menos para el buen gusto del paladar. El noviazgo procede igual, va de escalón en escalón y, aunque puede variarse el orden, sólo se llega al éxito subiendo todos los peldaños. ¿Has escuchado alguna vez cuáles son?
En este libro, expongo los componentes del noviazgo en un orden muy cercano al que se vive, desde el encuentro con alguien interesante hasta su culminación. La experiencia muestra, no obstante, que muchas personas se quedan a mitad del trayecto, incluso en los dos o tres primeros pasos, sufriendo después con la ruptura o con ratos amargos por la mala elección. ¿Se arregla todo conociendo los pasos de la ruta? No, evidentemente: saber sólo qué etapa sigue, poco resuelve si no se ponen apoyos útiles para recorrerla con éxito. Para un buen recorrido, propondré medios que ayudan en cada fase.
El noviazgo, como las personas, se presenta normalmente de golpe. Se capta el inicio de la relación con un hormigueo conquistador, atractivo. Luego siguen más descubrimientos y aventuras. Pero… el tiempo destapa muchos ángulos y detalles no
apreciados al comienzo, algunos asombrosos, unos causantes de gozo, otros hirientes. En conclusión, cuanto mejor se conoce el proceso del noviazgo y se dispone de herramientas para caminarlo, se evitan tropiezos y se goza mejor el viaje. Este libro explica los ingredientes de este pastel, que tanto atrae, para cocinarlo bien y gustarlo. Entre ellos, conviene tener en cuenta lo que no te han dicho del noviazgo.
Etapa uno
La atracción
Algo tiene el noviazgo que deslumbra y fascina. Sin embargo, no atrae lo mismo en cada persona. Cuando me pidieron escribir este libro, un escalofrío me heló los hombros, porque tuve la convicción de que a unos agradaría y otros se reirían de él. No supe cuál reacción predominará en los lectores.
Al sentarme a redactar, el recuerdo de una conversación con un joven, que estaba a mitad de la universidad, se cruzó en mi memoria. No dudó ante la consulta que le puse:
—¿Por qué me atrae? Por favor… ¡Es una escultura! —¿Te fijas sólo en su físico?
—Pues no sólo. También… —se detuvo a pensar—. Es simpática. —Has dudado. Te atrae principalmente su físico. ¿Verdad?
Lo admitió.
Cuando puse la misma cuestión a la novia, explicó: —Me atrae que es alto y que me trata muy bien.
—Pero —le aclaré—, no te trataba ni bien ni mal hasta que le conociste, ¿verdad? — quedó un poco sorprendida, por lo que concluí—. Luego te agradó principalmente su físico.
Primero lo pensó. Después lo admitió también.
Antes de aclarar qué da atractivo o no a una persona, es comprensible que la primera atracción surge de la apariencia exterior, porque el primer contacto con alguien es por la vista. No es así siempre, como en el caso de las personas ciegas, en las cuales pesa más el interés o la atención que reciben, y el aspecto exterior puede quedar en un segundo plano. Además, cada quien se fija en aspectos particulares que otros ni advierten: la muchacha tímida capta más la seguridad en el varón, el joven protector se fija más en la necesidad de quien ve débil o lastimada, la muchacha fuerte se inclina por un joven sumiso, y el tranquilo siente empuje hacia la que es enérgica. En definitiva, no hay ley rígida sobre la atracción y cada quien aprecia unos matices, muchas veces inconscientemente, marcados por su pasado o su personalidad. Aun así, en todos los casos, la atracción es el detonante que aproxima a las dos personas.
Todo noviazgo pasa etapas muy precisas, frecuentemente sin que los mismos protagonistas lo noten. Y no hay excepción: todas las parejas recorren estas etapas, aunque no todas las concluyen. Cuando las etapas se completan, hay éxito; si se estancan en un punto, la pareja no crece y finalmente muere. ¿Cómo explicar que una pareja rompa una relación tras varios años, cuando todos les veían muy enamorados? Porque, como se verá, el enamoramiento es una etapa y la relación se quiebra por estancamiento.
No obstante, la atracción es el primer paso de todo noviazgo.
El amor inicia con emociones de agrado: la primera conexión puede ser un intercambio de miradas, la coincidencia en la risa, una jugada cómplice… La persona se siente a gusto en el encuentro y, aunque no diga formalmente “Esto debe repetirse”, busca otro encuentro. O lo facilita. Mucha gente identifica estos sentimientos agradables con el amor. Sólo que, aunque parezca extraño, identificar el amor con las emociones iniciales y placenteras conduce al fracaso. Lo supe de un muchacho desbordado por las insinuaciones de una joven que conoció en una fiesta. Tras varias semanas de paseos y pasatiempos, muy agradables, se espantó ante el pasado escondido entre los pliegues de los buenos ratos pasados con ella: trabajaba en un gimnasio, era lesbiana y tenía relaciones con las adolescentes a quienes dirigía los aerobics. No obstante, los sentimientos agradables en su compañía continuaron. Pero se sentía extraño entre el perfil de la muchacha y el agrado que experimentaba. ¿Era amor lo que sentía?
Existe un segmento de la población a la que basta la atracción para arrancar el noviazgo. Esta gente no lo dice, pero aplica el siguiente dato:
—¿Me gusta? Pues vamos bien.
Incluso, parece que muchos creen tener gran amor porque siente la atracción muy fuerte, porque el imán les empuja hacia esa persona. Hasta piensan no poder resistir su fuerza seductora, como si resbalaran por el tobogán de un destino inevitable.
—Si me siento tan atraído —me dijo un mecánico de coches de carreras—, es porque tengo un gran amor hacia ella.
Le pregunté si la atracción aumentaba cuando esa persona desaparecía. —No. Se baja, se debilita.
—Si la atracción está presente ante la persona amable y desaparece cuando ya no está, es claro que tienes mucha atracción. Pero la atracción no es igual al amor.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque el deseo es un interés. Y el amor es más que sólo interés. Si sólo fuera fascinación, seríamos novios de la ropa, del futbol, de la música o del carro que tienes.
¿Qué atrae entonces? En ocasiones, la atracción viene del inconsciente: la imagen del papá protector orienta a la joven hacia muchachos parecidos física o psíquicamente a su papá; o la imagen que tiene en la mente del narcisista, enamorado de sí mismo, le inclina hacia jovencitas que bailan o visten al estilo de él, porque él es el centro y la muchacha es solo un satélite que da vueltas a su alrededor; o la joven prepotente acepta varones sumisos, que le conceden el mando en cualquier situación. ¿Sucede entonces que toda atracción viene de influjos escondidos en el fondo de nuestra psique? No. También nos atrae la belleza física, los gestos amables, el acercamiento cordial o la plática entretenida, es decir, atraen las facetas físicas, pero también la personalidad y, no faltaría más, el tesoro oculto tras la fachada.
—Es que recibí un fogonazo, brillante, como si un rayo saliera de ella y me atrapara. Siento su seducción aunque no esté presente. ¡Fue amor a primera vista!
El joven de secundaria estaba convencido de que era amor aquella atracción impetuosa, que casi le mareaba cuando recordaba la imagen de la jovencita. La vio en
una fiesta y estaba seguro de haber encontrado el amor potente y definitivo para toda su vida. Lo curioso es que la creencia en esta opinión del amor fulminante no está sólo en la mente de los adolescentes.
¿Existe el amor a primera vista? Me lo aseguró una muchacha, deslumbrada por la galantería de un joven que la invitó a bailar en una fiesta, el cual le expresó su admiración ante la forma que vestía, los temas de conversación en que coincidieron y la casualidad de que ambos compartían el gusto por la pintura.
—¿Solo casualidad? —me dijo, entusiasmado—. ¡No! ¡Fue el flechazo profundo de Cupido!
Me duele negar este mito, tan extendido: no existe el amor a primera vista. ¿Por qué lo niego? Porque, si existiera, todos los amores a primera vista tendrían final feliz. Y la realidad cruda muestra lo contrario. ¿Existen algunas parejas con gran éxito, florecidas tras un simple cruce de palabras y unas semanas de felices citas? Sí. Las hay. Pero agarrarse a estos pocos casos para afirmar un gran noviazgo, iniciado con la luz deslumbrante de un cometa luminoso, nos engaña.
Están también los del lado contrario, quienes rechazan el brote del amor espontáneo y sugieren la elección de la pareja en el mejor amigo o amiga, con quien se congenia desde tiempo. Se cae así en el error de confundir amigo con novio. O amiga con novia. De hecho, la mayor parte de las parejas se forman entre personas que se conocen fuera del círculo más cercano, por una atracción imprevista que enciende una chispa nueva. Reconozcamos que este destello también puede nacer hacia alguien ya conocido, a quien los ojos miran con otro color.
La existencia de una atracción especial, que desemboca en la formación de la pareja, se suma a otros ingredientes, porque el agrado lleva a nuevos encuentros y al descubrimiento de paisajes desconocidos. ¿Has conocido gente embobada por un flechazo, que les derrite las entrañas, y con el cerebro adormecido, que no admite la verruga horrorosa en la nariz de la otra persona, ni sus arranques explosivos, ni el tono gangoso de sus frases corrientes al hablar?
Muchos ponen un filtro constante sobre la persona por la que se sienten atraídos y difícilmente aceptan sus puntos negativos, como, por ejemplo, que está metido en negocios turbios, que frecuenta delincuentes o que se aprovecha de su pareja, la cual cambia cada mes. En este tipo de relaciones peligrosas, ¿cómo hacer ver a la persona embelesada, que sólo siente placer ante una imagen idealizada, que sólo la llena de deseo? ¿Cómo explicarle que ese deseo no es necesariamente amor? ¿Entiende que el gusto viene de los sentimientos, los cuales desaparecerán y golpearán cruelmente, cuando ya esté atada a un nudo difícil de soltar? En fin, el punto de partida en el noviazgo es siempre la atracción, que tiene mucho peso, y que, como cualquier aventura de la vida, señala un punto crítico a revisar con atención: qué meta se persigue. Dicho de otra forma: ¿Para qué formas pareja? ¿Sólo para satisfacer un placer que te atrae? Lo que pretendes, ¿es un buen noviazgo, feliz, o una tortura desconocida?
¿Existe el amor a primera vista? Muchos aseguran que sí. ¡Pero esto no existe, es un mito!
¿Por qué lo niego? Porque si existiera, todos los “amores a primera vista” tendrían un final feliz…
Atracción y sexo
He dado muchas conferencias en mi vida a jóvenes y adultos. Me han preguntado sobre casos inverosímiles. Y he conocido amistades y familiares que han vivido situaciones normales e insospechadas. Todas estas experiencias me han dado enseñanzas inesperadas y me han abierto cuestiones que jamás se me hubieran ocurrido. ¿Cuál es la causa de tantos azares y situaciones inverosímiles? Creo que es la complejidad humana: somos tan diversos y estamos formados por un mosaico tan surtido de facetas, que cada historia tiene un color propio. Aun así, se repiten algunas líneas y luces que permiten entender el noviazgo que cada uno protagonizamos y se abren soluciones prácticas a las inquietudes que encontramos. Sólo se requiere atención y agallas para avanzar.
El primer ingrediente del noviazgo, la atracción, se suma al ingrediente de la sexualidad, que puede focalizar el interés en un rasgo especial que nos atrajo primero, sumado a la atracción sexual, que es un ingrediente importante en la relación de pareja. Algunos magnifican la sexualidad, poniéndola como eje principal en la vida de pareja, y ven la relación sexual como la atmósfera esencial del noviazgo. Otros la rebajan al nivel de simple caricia, quitándole trascendencia. ¿Quién tiene razón? ¿Es el eje o es sólo un adorno agradable para los novios? No puede negarse la presencia de la sexualidad en toda relación de pareja, con su impacto de gran excitación. Es tan poderosa su fuerza que conviene precisar su importancia en el noviazgo.
Cada uno tenemos una opinión, formada por las ideas escuchadas, por las experiencias propias o por el influjo del ambiente. Una joven me dijo que siempre debe aceptarse la propuesta de la relación sexual, aunque sea en la primera cita.
—¿Por qué aceptarla siempre? —le pregunté. —Porque…
No supo decirme la razón. Y no supo porque no la hay, ya que es un mito más entre los que corren, con apariencia de verdad segura, aunque su base sea únicamente la repetición de quienes la trasmiten. Algunas parejas funcionaron muy bien con la relación sexual desde el inicio, otras poco, y no faltan las que fracasaron terriblemente, porque la actividad sexual rebota en el corazón con el tiempo, aunque no todos lo sepan. En forma más general podemos preguntar, ¿qué papel juega el sexo en el noviazgo? ¿Decisivo o marginal?
Lo obvio es que sexo y amor no se pueden separar en la pareja. Pero no hay que identificarlos. Existen amores sin connotación sexual directa, como el amor entre padres e hijos o la amistad sincera, donde la sexualidad duerme. Pero, en la pareja, el afecto desemboca naturalmente en estímulos y gestos sexuales, dato con puntualizaciones que haré enseguida.
—Tengo una pregunta —dijo el joven. —Dímela.
—Dila como te viene, para que sea directa y no pases un mal momento pensándole mucho.
Se animó y dijo:
—Es que no siento mucha atracción sexual hacia mi novia.
—¿Cómo lo sabes? —le interrogué para que aclarara más su posición y saber si era una dificultad real.
—Pues… Me atraen más otras —quedó pensativo y añadió un poco después—. Bueno, me atraen mucho más y ella casi nada.
La ausencia de atracción sexual avisa sobre algo que no funciona. El sexo no es lo único importante en la pareja, pero es un ingrediente esencial, como el agua para guisar un caldo. Tanto que, si falta, algo va mal. Conocí un caso donde la muchacha encontraba que su novio huía de cualquier acercamiento sexual. Ella no lo entendía. La causa de la fuga surgió meses después, cuando se dio el rompimiento: él era homosexual. La regla general dice, pues, que el amor de pareja tiene el ingrediente de la sexualidad. Y no se puede olvidar.
Sabemos que la sexualidad tiene dos componentes: uno físico y otro afectivo. La cultura actual no los diferencia muy bien y recalca normalmente el trato de piel a piel, aceptando que el afecto es importante, pero minusvalorando su importancia.
Los varones sienten atracción más inmediata por la sexualidad física y las mujeres por el afecto, aunque ambos necesitan la satisfacción de ambos aspectos. La cuestión, sin embargo, no varía. ¿Qué papel juega el sexo en el noviazgo?
Para ubicar la sexualidad en su lugar correcto durante el noviazgo, se requiere conectarla directamente con el amor. Los seres humanos, aunque no suelen decírnoslo, puede tener una relación sexual sin amor y pueden tener amor sin satisfacción sexual completa. ¿Por qué? Porque sexualidad y amor están conectados, pero no son lo mismo. Desde esta constatación, las dudas sobre las relaciones sexuales durante el noviazgo, como preguntarse si son recomendables, si traen algunos inconvenientes o si aportan ventajas, pueden responderse fácilmente, limpiando la mente de ignorancias y acomodando bien el ingrediente de la sexualidad entre los demás componentes del noviazgo. Sólo así se puede saborear el dulce sin que traiga enfermedad.
Una de las ignorancias comunes es dar a la sexualidad la simple categoría de gusto. ¿Qué es una relación sexual desde este enfoque? Una satisfacción, igual a comer un helado o beber un refresco, con la única deferencia que se paladea con dos bocas al mismo tiempo. Y con algo más. Pero, ¿de veras una relación sexual es sólo un juego de placer?
Si precisamos el concepto de sexualidad, encontramos que es el correcto y hermoso uso del estímulo sexual. He usado dos adjetivos, porque uso “correcto” indica la importancia de la sexualidad sana, equilibrada, donde la persona controla el impulso sexual y no es el impulso sexual quien la controla. Y también es un uso “hermoso”, porque la sexualidad sana nace del intercambio amoroso con la pareja. ¿Dónde está lo correcto y lo hermoso de la sexualidad en el noviazgo?
emotiva, de modo que el valor de la sexualidad reside en la armonía de ambas. La mayor satisfacción y realización humana en el sexo radica en experimentarlo más allá de su limitación a una sola de las vertientes. ¿Existen quienes reducen la sexualidad al juego físico? ¿Y hay quien lo restringe al afecto platónico? Posiblemente son más los del primer grupo, aunque es imprescindible el equilibrio entre sus dos facetas. Para todos.
Quienes ven la sexualidad como mala, como tabú peligroso, necesitan valorarla, sin reprimirla. Y quienes la banalizan en el desahogo físico deben subir de retozos divertidos a un valor mayor, que compromete con quien se comparte. Esta armonía entre sexualidad como fuente de satisfacciones y como lazo que liga con la pareja, es la actitud básica para el buen manejo de la sexualidad en el noviazgo. Aunque hay más.
—Pues yo creo que el amor y el romanticismo se concretan en el sexo, ¿no? —A ver, a ver. ¿Qué me quieres decir exactamente?
—traté de aclarar al joven que lo afirmó.
—Pues que los ojos casi cerrados, las caricias suaves o el desnudo son el verdadero éxito en el amor, ¿no es así?
—¿Por qué lo piensas?
—Porque lo importante en el noviazgo son las emociones, los suspiros y los roces sexis.
—O sea, que las relaciones sexuales completas son siempre la prueba de que hay mucho amor. ¿Es lo que me quieres decir? —Pues… sí.
—¿Siempre? —¡Claro!
—¿También en una pareja que inicia?
—Sí. Porque son normales, comunes. ¿O no?
No le dije que algunos así las ven y que otros se plantean si son correctas durante el noviazgo. La respuesta tajante a esta cuestión es difícil, porque puede caerse en el extremo de la superficialidad, que coloca el sexo en el cajón de los juguetes, admitiendo cualquier contacto físico; y, en el extremo opuesto, se defiende el cinturón de castidad, condenando cualquier caricia. La posición intermedia, que las acepta buenas unas veces sí y otras no, me deja intranquilo, porque deja la incógnita en el aire. Tampoco se trata de aceptarlas o denigrarlas según las costumbres de cada quien, porque, para concretar el papel de las relaciones sexuales en el noviazgo, hay que mirar más allá de su fachada.
La primera observación tranquila sobre el sexo en el noviazgo es aferrarse al concepto de amor, porque es su base indiscutible. Así resulta errónea la concentración del amor en la sexualidad, pues, la desaparición de los gestos sexuales no elimina el amor: las personas amamos antes y después del acto sexual, no sólo al realizarlo. De hecho, no podemos mantener los cuerpos enlazados constantemente o los ojos en blanco todo el tiempo: sería bastante engorroso. Por eso, el sexo tiene su momento, mientras el amor llena todos los momentos.
Otra observación, poco tenida en cuenta, es que la sexualidad es una pasión. Para mayor complicación, el conocimiento sobre las pasiones es casi inexistente. ¿Quién tiene claro que una pasión es la energía que se enciende en la persona cuando recibe un
estímulo? ¿Reconocen muchos que las pasiones son difíciles de controlar, por el frenesí que desencadenan? ¿Se piensa en que hay pasiones de corte físico, como el hambre, la sed, el cansancio o la misma sexualidad, que se orientan a conservar la vida corporal, y que existen pasiones de corte psíquico, dirigidas a mantener el equilibrio psicológico, como el orgullo o la afectividad?
—Bueno, es común que cada quien siga su pasión —dijo él.
—Y es mejor sentirte apasionada —propuso ella. —Es que necesitas encender tu pasión —insistió él.
—¿Se imaginan salir con alguien frío, no apasionado? —interrogó otra joven.
Noté que aquellas propuestas sonaban a frases escuchadas en la publicidad. ¿Sabían los jóvenes que repetían eslóganes, afirmaciones ciegas ante las pasiones, energías que, si se desbocan, golpean a quien las deja correr? Jugar con ellas equivale a divertirse con bombas que tienen la espoleta activa. También en el noviazgo.
Estas aclaraciones, sin embargo, no son un rechazo a las pasiones, las cuales son fuerzas al servicio de la supervivencia. Por ejemplo, el vigor para defender el propio punto de vista en una discusión, surge de la necesidad de autoafirmarse, de modo que cada uno procuramos mantener nuestras opiniones ya que, de lo contrario, perderíamos nuestra identidad psíquica y nos someteríamos a cualquiera, ahogando los rasgos de la propia personalidad; del lado contrario, mucha volubilidad, que acepta una y otra idea, nos dejaría al final, sin saber siquiera quiénes somos. Lo mismo podemos decir de la inclinación al descanso, que asegura la recuperación de reservas, o que arruina a quien se excede en la flojera. La sexualidad, como cualquier pasión, es una ayuda para una vida mejor, pero puede manejarse mal.
Las pasiones no son malas ni buenas: son energías y, por ser fuerzas, dependen de la meta hacia dónde las dirijamos. Desde luego que, en su arranque, toda pasión es un estímulo encaminado al cuidado de algo personal. Sólo que la pasión se estimula con facilidad y se activa a veces inoportuna o innecesariamente, por lo que requiere cuidado cuando se desata. Así, la necesidad de beber satisface la sed, pero puede desembocar en tomar más alcohol o más refresco, acabando en una borrachera o en aumento de peso superfluo. De igual modo, el impulso hacia el éxito estimula la propia superación, aunque puede inclinar a la crítica y a la humillación de los demás. Las pasiones, pues, reclaman un manejo atento para que no nos exploten en las propias manos. También en la sexualidad. El incentivo sexual resulta así una pasión que destruye un noviazgo o lo refuerza. ¿Te lo habían dicho?
La sexualidad es una comunicación que se expresa con gestos corporales: un beso, una caricia, una sonrisa, un pecho descubierto. Como toda comunicación, transmite un mensaje verdadero o falso, como la seducción con gestos atrayentes… sin amor. Frente al engaño, que sólo busca la satisfacción del cuerpo, se encuentra el cortejo, que es atraer por amor. Pareciera que, desde esta diferencia, la relación sexual es siempre recomendable cuando hay amor entre los novios. Sería una conclusión demasiado sencilla, porque hay un componente que lo complica: el riesgo.
—¡Bah! El riesgo de una enfermedad o de un embarazo se da en cualquier momento —expuso el joven.
—¿Sólo existen riesgos físicos? —le pregunté. —¿Puede haber otros? — demandó con desgana.
—El sexo no es sólo un contacto físico —apunté y, como le vi desconcertado, añadí —. Está también el peligro de fortalecer un vínculo entre los dos… que no tiene futuro.
—Pero, ¿para qué retrasar las relaciones sexuales? ¿Hay que tener firme el compromiso entre los dos?
—Yo creo que sí —expliqué —. Porque parece que fundir oro y plata para separarlos después, es una aventura desatinada.Visualizar la relación sexual como un episodio divertido, es pobre, porque cualquier mente sensata sabe que la prioridad en el noviazgo no es la diversión. Desde luego que tampoco lo importante es el sufrimiento. Lo seguro es que el manejo equilibrado de la sexualidad es vital para la pareja, aunque esto no suele decirse. Para que percibiera el alcance de las relaciones sexuales, le abrí otra cuestión:
—¿Has oído hablar de la diferencia entre la sexualidad del varón y de la mujer? —no respondió, por lo que insistí —. Es muy grande.
—Bueno, ellas dan mucha importancia a los sentimientos…
—No sólo. Te resalto un par de datos. El estímulo sexual del varón aparece rápido en su cuerpo y termina rápido. Además, separa la faceta física de la afectiva sin obstáculo: por eso, el número de varones que participan en una relación sexual sin la mínima implicación amorosa es alto. En la mujer, por el contrario, el proceso sexual inicia con lentitud en su cuerpo y aterriza poco a poco, además de vincularlo más a su estado sentimental, así que no separa fácilmente el aspecto físico y el afectivo. Si luego hablamos de períodos hormonales, de sensibilidad corporal, de fecundidad… La diferencia pesa mucho.
—Y eso, ¿qué tiene que ver con el noviazgo?
—Pesa en la armonía de la pareja. Las diferencias entre la sexualidad masculina y femenina piden mucho respeto y adaptación entre los dos. Y el respeto y la adaptación deben ser muy fuertes antes de entrar en la relación sexual, porque comerse la fruta cuando está verde trae dolores de estómago, es decir, que primero se debe construir una relación muy respetuosa y profunda antes de consumar la relación sexual. De lo contrario, el sexo será divertido, pero no mejorará a la pareja.
—Me suena muy teórico.
—De acuerdo. Te lo pongo práctico. Como el varón es rápido en el estímulo sexual y ella es lenta, él debe prepararla con caricias y afectos, que activen sus detonantes satisfactorios, ya que el recorrido más corto del varón puede dejarla a mitad de camino, insatisfecha. Más todavía: la mujer tiene un control mayor sobre los estímulos sexuales que el hombre, quien los siente con más vehemencia. ¿Por qué crees que algunas muchachas no dudan en tener relaciones sexuales pronto, cuando inician trato con alguien? Este tipo de muchachas tienen miedo que él se aleje si lo frenan y busque a otra. Una me lo preguntó.
—Pues dije que puede suceder. Pero, ¿qué valor tiene una persona que antepone su gusto sexual sobre el respeto o sobre los deseos de la novia?
Las relaciones sexuales son utilizadas por algunos individuos como amenaza: —Si no aceptas…
La plática de la joven escondía rasgos escalofriantes:
—Me intimidó con una pistola. Después que se le pasó el enojo, me dijo que estaba descargada y que lo hizo en broma. Luego revisé el arma, que llevaba en la guantera del carro, y… estaba cargada.
—¿Y no fue broma, como dijo? —le pregunté.
—Creo que no, porque es muy violento. Por ejemplo, cuando ve películas agresivas, le gusta regresar las escenas de golpes en la videograbadora para gozarlas más.
—Y, ¿qué te preocupa?
—Me pregunto si debo dejarlo.
Comprendí su duda, porque sentía dos impulsos dentro de ella: amor y miedo, deseo de hacerle feliz y temor de ser atropellada por su agresividad. Pero la causa de la duda desapareció en cuanto rompió: vio con claridad el perverso uso de la amenaza a la que él recurría.
La agresión o la amenaza jamás deben admitirse. Muchas mujeres sufren maltrato físico o psíquico por permitir la intimidación o el chantaje al inicio de la relación. El temor a perder al novio o alguno de sus favores se convierte en una trampa, que llega al asesinato. La amenaza es signo firme para romper de inmediato, pues cualquier retraso complica la propia seguridad.
También hay mujeres agresivas: presionan al hombre, sobre todo al que es tímido o dependiente, le bloquean, le manipulan teatralizando un desprecio y le exigen ventajas con chantaje. Algunas, incluso, golpean, aunque el porcentaje sea menor que en los varones.
—¿Y si piden la relación para comprobar la compatibilidad sexual? —me preguntó una adolescente.
—Es una excusa, porque no todo se comprueba: ni modo que uno se suicide para ver cómo le va.
—Otro dijo que no convenía continuar una relación si no se encuentra total satisfacción corporal en la pareja —consultó una amiga.
—Es otro pretexto para tener una relación sexual. ¿A poco se forma pareja para experiencias sexuales exóticas o caprichosas? La sexualidad es una forma de comunicación: si se convierte en un mecanismo de autocomplacencia, huele mal.
—Entonces, ¿no se vale un poco de diversión con el sexo? —preguntó una tercera. Yo respondí con otra pregunta:
—¿Se vale mucho sufrimiento, durante muchos meses, por un rato divertido?
—Un psicólogo me dijo que existen los violadores porque se reprimen mucho —dijo uno de los jóvenes asistentes a la conferencia cuando sugerí que hicieran preguntas.
—Esa gente tiene algún tornillo suelto —repuso otro. —¿Qué opina usted? —me cuestionó una muchacha.
—Hay un poco de todo —respondí—. Pero desde luego son personas desequilibradas. —¿Por qué está tan seguro?—dijo uno de los asistentes.
—Porque la sexualidad, como todo lo humano, necesita dominio y también naturalidad, aunque lo difícil es dominarla. Pocos valoran el papel del control que se necesita sobre los impulsos sexuales. ¿Se habla hoy de la fuerte carga instintiva que tiene la sexualidad? Me parece que no. Más aún, se estimula mucho con imágenes y gestos seductores en películas o en publicidad. ¿Quién promueve o enseña que debemos tener dominio sobre los estímulos?
—Pero mucha represión se convierte en violencia —intervino otro muchacho.
—Estoy de acuerdo. Pero, ¿qué predomina hoy: represión o facilidad ante el contacto sexual? —nadie respondió—. Cuando falta manejo sobre este instinto, en grado enfermo, por falta de equilibrio, la energía sexual se descarga en forma violenta, sin amor ni cortejo, con pura agresión. No llamemos, por tanto, impulso de amor a lo que es impulso sexual. La persona que controla sus gustos sexuales será siempre más respetuosa y amorosa con su pareja, mientras la insistente y caprichosa impondrá el acto sexual a la fuerza —el silencio de la sala me invitó a remachar aquel punto—. Perdón si repito la necesidad del autodominio personal. Pero es que nos envuelve una cultura que promueve el sexo desequilibrado y violento, basado en el estímulo pasional. El único antídoto ante este bombardeo, a veces paranoico, es cultivar un control propio sobre las reacciones físicas o emotivas, para encauzarlas oportunamente. La liberación sexual olvida este aspecto y ha creado muchas parejas desencantadas de su contacto sexual, simplemente por excitar el extremismo en vez del equilibrio. Conocí un hombre que exigió a su esposa no vestir ropa interior cuando estuviera en la casa. Y veía películas pornográficas con ella para aguijonearse. Ignoró que las imágenes pornográficas inducen una sexualidad enferma, maniática y artificial. ¿Por qué llegó a aquel extremo? Por olvidar que la felicidad llega con la armonía sexual y no con la ansiedad; que el sexo es un segmento en la vida de la pareja, subordinado a otros; que el amor no empieza por la relación sexual, sino que es un punto de inflexión.
—Y, ¿cómo se logra el equilibrio en la sexualidad?
El equilibrio en la sexualidad tiene varias facetas: la adaptación entre el varón y la mujer según sus diferencias, la armonía de los impulsos físicos con los afectos y sentimientos, el control sensato de los estímulos, la honestidad para no buscar en el sexo sólo la satisfacción propia… No sé si les habían hablado del peso que tiene el manejo equilibrado de la sexualidad en el noviazgo —alguno negó con la cabeza y otros mantuvieron la vista atenta a lo que añadí—. La atracción física puede obsesionar. Es el caso del individuo en quien el estímulo de su cuerpo tiene tintes de esclavitud; da prioridad al sexo sobre otros aspectos de la relación en pareja; y el futuro de esa relación se tensa. Sólo con el convencimiento de que la relación sexual no es la esencia del amor, la pareja puede mirar metas más importantes.
—Y, ¿por qué no se deja más libertad a la relación sexual?
—Porque seguir la corriente del sexo fácil, de verlo sólo como una diversión grandiosa, del “se usa y se tira”, lo deja al nivel de consumo corriente. Ahora, aplíquenlo
al noviazgo: no es un vaso de cartón, una bolsa de plástico o un dulce sabroso. Es un valor que trae paz y fomenta el apoyo de la pareja. Pero, ¿qué pasa cuando es sólo un enredo divertido? ¿Saben los novios cómo manejar la sexualidad o es la sexualidad quien los maneja? Un noviazgo marcha bien cuando el ingrediente de la sexualidad se combina con otros ingredientes, más decisivos para la pareja, y que requieren un cuidado mayor.
¿Qué papel juega el sexo en el noviazgo?
Algunos engrandecen la sexualidad, poniéndola como eje principal en la vida de pareja. Otros la rebajan al nivel de simples caricias, restándole importancia.
¿Quién tiene razón?
La sexualidad tiene dos componentes: uno físico y otro afectivo. Los varones sienten atracción más inmediata por la sexualidad física y las mujeres por el afecto, aunque ambos necesitan
la satisfacción de ambos aspectos.
La agresión o la amenaza jamás deben admitirse.
Muchas mujeres sufren maltrato físico
o psíquico por permitir la intimidación o el chantaje al inicio de la relación
El temor a perder al novio o alguno de sus favores se convierte en una trampa
Atracción, curiosidad y aventura
En el viaje de fin de curso, al final de la adolescencia, nos cruzamos con un grupo de muchachas a las que nos acercamos. Uno de mis amigos reaccionó rápido:
—No quiero un enamoramiento para romperlo en tres días. Otro se rió:
—Yo no me pierdo este bombón.
Dos enfoques con dibujo diferente de la relación en pareja. El primero señala sensatez, el segundo deleite. Y hay más enfoques: atracción, respeto, empatía, curiosidad, aventura… Nunca faltarán personas que empiezan un noviazgo por simple capricho, ni otras donde nazca del encuentro con alguien fascinante, con quien compartir metas y luchas. ¿Existen quienes buscan una relación pasajera, pasarlo bien, sin más aspiraciones? Existen: saboreado el dulce, lo abandonan para probar otro.
—Es que es muy atrayente, es una experiencia mágica, seductora… —comentó una amiga.
—Pues sí —apunté—.
—Se da sobre todo en la adolescencia, porque el noviazgo es como una selva que esconde muchas aventuras —dijo ella.
—Yo creo que se da en todas las edades, sobre todo en quienes se mueven por la curiosidad.
—¿Crees?
—Es obvio: se da en los que entran en una relación nueva cada poco tiempo, para explorar el paisaje desconocido. Lo llaman flechazo y se enamoran totalmente, pero sin amor.
—¿Cómo que se enamoran sin amor?
—¡Claro! Su único deseo es entrar en la nube de placer que trae esa vereda misteriosa.
—Serán pocos…
—No sé el número. Pero así se siembra la ruptura desde el inicio. Y, si la pareja se liga mucho afectivamente, llorará largo tiempo al descubrirse manipulada.
Mi amiga se quedó pensativa y preguntó:
—¿Es posible descubrir a quienes sólo forman pareja por curiosidad? —En parte, es posible.
La opinión generalizada dice que el varón es más propenso a los noviazgos cortos y antojadizos, pero también hay mujeres inclinadas al juego romántico de temporada. Se da en almas frías, calculadoras, capaces de olvidar en unas horas a quien se les entregó del todo. A la larga, sin embargo, la huella de la soledad y el hambre de auténtico amor pesan en su alma, incapaz de una relación estable. Conocí un compañero que me reveló la tristeza de su espíritu solitario. Tenía fama de conquistador. Pero su alma penaba en el desierto, sin nadie comprometido que le diera compañía en su casa silenciosa. Se posó
sobre muchas flores. Los años le amargaron con la soledad, pues nadie entró en su corazón.
Esta especie de depredadores sentimentales se camufla muy bien. Movidos sólo por la curiosidad, su intención les lleva a la búsqueda de ganancia propia, de ventaja para ellos, a veces obvia, a veces callada. Quieren que se les dé gusto, que la pareja se vista o que actúe según su deseo, imponen las diversiones, marcan reglas que les benefician… Y, ya que el amor es el valor opuesto al egoísmo, cuando les piden un esfuerzo costoso, se repliegan, porque sólo aman su provecho. Observar que se retiran estratégicamente en los momentos de exigencia es el indicio que les desenmascara, porque las ocasiones no hacen a la persona, pero manifiestan cómo es.
Cuando doy conferencias, cedo mucho la palabra a quienes asisten. No pongo un tiempo de preguntas al final, pues concedo que se me hagan en cualquier momento. Y de los participantes, no sólo espero preguntas, sino también comentarios, sugerencias o rechazos. ¿Por qué? Porque nuestras historias humanas son complejas, diferentes y merecen respeto, además de comprensión, para no meter a todos en una camisa de igual talla.
Este reconocimiento a la diversidad de opiniones no quita la existencia de ideas absurdas, ridículas, y de propuestas que roban la mínima dignidad a las personas. No pongo ejemplos de estas fantasías caprichosas en este momento, pero subrayo que no comparto comentarios infantiles, tampoco fanáticos, porque una cosa es respetar, que es admitir una visión diferente sobre algo, y otra cosa es aceptar una mentira o una manipulación de la realidad. Alguien pensará que el mentiroso, el fanático o el manipulador soy yo. Y, como puede suceder en alguna idea que escriba en estas páginas, no protesto, y me remito a quienes lean este libro: cada lector tendrá un voto como juez sobre cada párrafo. Ojalá me den muchos a favor cuando terminen la lectura.
En una conferencia un adolescente, que empezó a salir con una amiga llegada de provincia, preguntó.
—¿Existe gente atraída sólo por una relación superficial y caprichosa? —Sí. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque dice que le gusta ir conmigo a patinar.
—¿No será que es muy novedoso para ella el patinaje, que no había en la pequeña ciudad donde vivía?
—¿Y qué tiene que ver eso con hacerse novios?
—Porque la aventura les atrae. Hay personas que se mueven hacia la novedad, hacia la sorpresa. Es la joven que prueba la relación con un hombre veinte años mayor, o el varón que prueba con alguien de otra raza o con alguien de otro país. La mecha que enciende la atracción en esta gente es siempre el gusto novedoso, el enamoramiento de aventura.
—Pero parece una relación extraña.
—Así es, y arrolla con una atracción poderosa. Se entiende analizando el detonante que les mueve.
—Exactamente. Y es comprensible: la diversión, el misterio, la curiosidad atraen. A todos. Cualquiera acepta una escapada, un rato juguetón o la entrada al pasadizo secreto. Sólo que así se convierte la vida en un juego de la oca infinito, con avances y con retrasos repetidos. ¿Qué provoca tanto cambio? Pues mucha desilusión, mucho desencanto por el amor nunca alcanzado. Conocí una joven, muy bella, que viajó con un cantante de moda en su avión particular; luego coqueteó con alguien de su edad recién convertido en director de la empresa heredada de su papá; después salió con un compañero de la escuela durante un fin de semana. Parecía disfrutar de la vida a dos carrillos. Su carrera desenfrenada, sin maleta ni raíces, corrió las máximas aventuras. Sin encontrar el amor real, me platicó la envidia que sentía por sus amigas, personas comunes que disfrutaban de una pareja feliz.
—Pero hay quien sigue la atracción con la idea de que, si no funciona, pues se rompe con la pareja y se busca otra.
—Sí. Y dicen que hay muchas en el mundo: si te va mal con una, no se acaban las posibilidades.
—Pero, ¿existen tipos así de fríos, que abandonan un noviazgo sin sentirlo?
—Existen. Entre ellos y entre ellas. Sin embargo, aunque lo callan, la ruptura les trae un sufrimiento escondido. Porque es fácil la frase “rompes y buscas otra persona”, pero nadie les quita la resequedad del corazón.
—Muchos creen que es buena la atracción a ciegas.
—Yo te pregunto, ¿es confiable una relación que brinca al abismo con los ojos cerrados? Suena divertido… pero puede dejarte encerrado en el ataúd. Y sin poder salir.
Mis investigaciones de estudio y las observaciones directas sobre la gente, me han mostrado que muchas personas siguen lo que dicen los demás. Son menos quienes reflexionan, analizando lo aconsejable y lo descabellado de cuanto se oye y corre de boca en boca. Ante el torrente de cosas que hoy vuelan, uno de mis objetivos principales para los lectores es que obtengan más razonamiento y diagnóstico sobre los ingredientes que componen el noviazgo, sobre los mecanismos que lo mejoran y sobre los virus que lo atacan. Resulta vital para no llorar ni amargar una relación.
Algunos creerán que es un intento inútil, porque todos los noviazgos son un poco alocados y conviene dejar a cada uno que lo viva como prefiera. ¡Con esto, no estoy de acuerdo! Me parece un crimen meter a la gente en una jaula de sufrimiento sin avisarle de la tortura que le viene. ¿Cuántos evitarían momentos dolorosos, conociendo simples trampas o recursos eficaces para un noviazgo feliz? Creo que muchos. ¿O estoy equivocado?
Pareciera que no hay edad para el amor. Y que cualquier momento es bueno para el noviazgo. Sin embargo, es útil distinguir la edad y el momento. En cuanto a la edad, un abusivo saca más provecho si aventaja en años a la pareja, porque engaña más fácilmente a quien no tiene experiencia. Algo parecido sucede con el momento difícil, doloroso, que deja indefenso a quien necesita apapacho. No hace falta inteligencia superdotada para entender que una adolescente ingenua fracasará con un novio mayor y aprovechado, igual que un muchacho fracasado o disgustado que se entrega en los brazos
de una desconocida. ¿Por qué la ingenuidad o el dolor llevan al paso temerario? Porque los sentimientos aprietan. Y la ansiedad abre al depredador que toca la puerta.
—Entonces, ¿se vale iniciar el noviazgo con alguien de mayor o menor edad? —Es válido, aunque se complica en dos etapas cruciales de la vida.
—¿Cuáles?
—La primera es la adolescencia, porque ellas y ellos cambian en forma diferente. Las adolescentes se desarrollan antes que los varones, por lo que tienden a buscar pareja entre varones más grandes, mientras los jovencitos de igual edad no tratan de conquistar a muchachas mayores.
—Luego, ¿influye mucho la edad en esta etapa para una relación?
—Mucho. La referencia principal para un noviazgo durante la adolescencia es manejarlo con madurez… Y, a esta edad, pocos de ellos y de ellas la tienen, porque la definición de adolescente es “persona que adolece de madurez y se encamina hacia ella”.
—¿Está entonces prohibido el noviazgo en la adolescencia?
—No está prohibido. Pero trae muchos riesgos y muchas tormentas en la mayoría de los casos. Reconocer esta carencia ayuda.
—Y, ¿cuál es la segunda etapa donde pesa la edad para el noviazgo?
—Tras la adolescencia, pasados ya los dieciséis o diecisiete años. A esta edad, la proyección de la personalidad se marca por el peso de la maternidad y la paternidad, con diferente grado en la mujer y en el varón, pues la paternidad se ejecuta en unos momentos, mientras la maternidad dura nueve meses, más si le sumamos la lactancia. Las tendencias actuales insisten en que no se deben diferenciar los géneros, pero estas posiciones no lograrán jamás que los discursos y las leyes dejen un varón embarazado ni que una mujer insemine a alguien. La igualdad de derechos entre hombre y mujer no quita que la maternidad deje influjos inconscientes en la atracción natural de la mujer hacia un varón, que asegure la mejor protección a la vida que ella lleva dentro, por lo que la joven tiende naturalmente a elegir a un hombre de más edad y corpulencia que ella. Los varones, por el contrario, prefieren mujeres con menor edad y fortaleza, por su inclinación espontánea a la protección de quien le necesita. Es un hecho, del que habrás escuchado poco, que las mujeres prefieren escuchar la frase “Te amo”, mientras a los hombres agrada más oír “Te necesito”.
Me preguntó otro joven:
—Algunos noviazgos, que inician por curiosidad y por aventura, ¿funcionan?
Respondí que ésas son motivaciones pobres para iniciar una relación. Pero no despreciables.
—Más de uno, por curiosear en la personalidad de alguien, entró en un gran amor. No está prohibida la aventura de una salida al cine con alguien y descubrir que es una excelente persona.
Curiosidad y aventura pueden ser el engranaje que desate la atracción. Pero el núcleo de una relación no está en su inicio, sino en las etapas posteriores.
—Un buen comienzo es entonces importante.
exigirán destreza para saltarlas.
¿Quién piensa en una traición de ella, en un engaño de él con otra persona, en un embarazo no deseado o la necesidad de una cantidad de dinero demasiado alta? Un buen inicio merece aplausos. Sin embargo sólo es el inicio.
—Pero muchas veces se inicia con una aventura, luego no está tan mal. Moví la cabeza a ambos lados, lentamente.
—Un buen apoyo para comenzar una aventura, sin caer en una trampa, es aceptar que existe el peligro. O riesgo, al menos. Y todo riesgo debe afrontarse siempre con las espaldas resguardadas. De lo contrario, se repetirá el caso de la muchacha o del joven que son invitados a una relación casi secreta, muy atractiva, en ambientes nuevos y sorprendentes, con reuniones espectaculares, que acaban en un secuestro y con la venta de sus órganos en el mercado clandestino de trasplantes.
—¿Se puede probar la aventura?
—Se Puede. Pero teniendo informados a los papás o a un familiar, para no caer en estos peligros innegables, que esperan, escondidos en la red o en las fiestas. Ninguno puede considerarse inmune, por lo que la vacuna siempre debe administrarse.
Comenté al joven que el segundo apoyo para evitar la ceguera ante la curiosidad y la aventura es el control de las propias reacciones.
—Un estímulo nos mueve igual al hallazgo de la persona amada que… a recibir un abuso.
Cada esfuerzo por dominar el ansia ante el último chisme, las ganas por entrar al lugar restringido, la relación sexual soñada o el acercamiento al personaje insólito que sólo se ve de lejos, pone un escudo ante el golpe fatal. Las víctimas de abusos, desde quien fue violado, él o ella, hasta quien se salvó a pesar de las heridas recibidas, son el mejor aviso para no meter el pie en terrenos contaminados. ¿Te habían dicho que la aventura fascinante no garantiza el noviazgo feliz?
—¿Es suficiente con saber que hay peligros y controlar los arranques?
—Hay un tercer apoyo para escapar de las trampas que trae la aventura, es conocer las propias reacciones, sobre todo las más fuertes.
—¿Por ejemplo?
—¿Eres fácil a la sumisión? Cuídate de ambientes turbios, donde el dinero o la ilegalidad te hundirán. ¿Tienes personalidad influenciable, alocada? Mejor muévete entre personas conocidas. ¿Te ganan los impulsos? Márcate límites antes de abandonarte a la relación con alguien que te absorbe y domina. Conocí un joven que rompió con su familia, se fue a vivir a otra ciudad, trabajó duro con los familiares de ella, adquirió deudas para establecerse con la muchacha que le subyugó. Valiente en la aventura. Cuando descubrió que aquella familia se dedicaba al tráfico de personas, estaba inmerso hasta el cuello en el negocio. Cuidarse de ambientes oscuros, salir con gente conocida o marcarse límites parecen medios infantiles, pero son lo opuesto: herramientas maduras que refuerzan la seguridad para no entrar en una aventura delirante. Porque la valentía puede convertirte igual en héroe que arrojarte a la ruleta rusa.
Un buen comienzo en el noviazgo no garantiza nada.
El tiempo levanta barreras que exigirán destreza para saltarlas. Cuando se empieza un noviazgo, ¿quién piensa en una traición, en un engaño de él o ella con otra
Atracción y diversión juntos
Encontré una dificultad al preparar el índice de este libro y al escribir los capítulos: la amplitud de temas que abarca el noviazgo. Entré en el dilema de limitarme a los puntos más comunes, los que platican los jóvenes o la gente, en cafés y tertulias, o tratar otros, extraños y apartados de las mentes comunes.
La balanza se inclinó decidida: entrar en temas más difíciles, aunque interesantes y, sobre todo, iluminadores para esas gelatinas que se mecen en los cráneos de los enamorados… Como pienso sucedió en el siguiente caso.
—¡Es que tenemos una química envidiable!
—Oye —dije a la muchacha—. Y, ¿cómo lo sabes? —Pues porque nos entendemos con sólo una mirada.
Me pareció arriesgado hablar sin palabras, porque puede haber muchos malentendidos. —Pero, ¿siempre platican sólo con los ojos?
—¡No! Claro que hablamos. Pero ¡es tan…! —no dijo la palabra—. ¿Qué más se puede querer?
—O sea, que la química en tu noviazgo es sólo miradas.
—Bueno, también tenemos las mismas diversiones, los mismos gustos… Somos dos almas gemelas.
—¿En todo? —pregunté con admiración. —Pues… Creo que sí.
No se lo dije, pero me pareció que exageraba. Porque, cuando arranca una relación, pareciera que hay una química especial. Sin embargo, ¿es cierto que existe esta química?
Corre la idea de que una buena combinación en la forma de ser de los dos garantiza la felicidad en la pareja. Se ve como una mezcla prodigiosa, sin posible definición, que funciona, y muestra que las dos personas nacieron para unirse.
—¡Es un hallazgo maravilloso! —opinan las parejas.
Sólo que… esta combinación no puede definirse y, por tanto, nadie sabe qué es, así que no puede certificarse si se da o no en una relación que inicia. Me da pena, por tanto, contrariar a quienes alaban esta química, ya que es invisible, quizás inexistente e inservible, aunque algunos insisten en palparla dentro de su noviazgo, sobre todo en los momentos de diversión. ¿Por qué me expreso con tanta seguridad? Lo razono.
Al inicio de una relación, una parte o las dos conceden gustos a la pareja con facilidad, especialmente para agradar. Conocí un amigo que odiaba las flores, pero las compró para la joven hacia la que sintió atracción. Incluso las colocaba en su propia casa cuando ella le iba a visitar. Y supe de una joven a quien chocaba la música ranchera, pero gustaba al charro del que se enamoró. No sólo la aguantó. ¡La escuchaba cuando estaba sola para sentir cerca al novio! Esto mismo puede suceder en las diversiones: ella va por primera vez en su vida al teatro porque él participa en un grupo escénico o la novia asiste a una fiesta de góticos, grupo que frecuenta el muchacho, aunque jamás se vio rodeada de
tanta gente vestida de negro y con caras pintadas con símbolos desconocidos. ¿Por qué se acepta un gusto extraño o la incursión en un espacio raro y nuevo? ¿Por amor, como piensa la mayoría? Y, cuando las diversiones de la pareja no gustan, ¿deben continuarse y repetirse, porque así lo dicta el amor?
En lo referido a las diversiones, corre un mito que aconseja llevarte bien con las amistades de tu pareja. Parece una sugerencia buena, porque son parte de su vida. Pero, ¿es siempre posible? ¿Qué hacer cuando incomodan? El dilema entre expresar un desagrado con sinceridad o someterse para evitar un conflicto, abre dudas. Hay quien finge que las amistades caen bien, aunque sienta lo contrario. Hay quien pone excusas y escapa de las ocasiones. Y hay quien habla claro. En el fondo, esta situación plantea si el amor exige tragar cualquier coctel o si el amor puede poner un hasta aquí. ¿Qué es lo mejor? Lo mejor es siempre la claridad, sin herir ni reclamar, hablar sinceramente: di lo que te molesta y pide a tu pareja que te comprenda, evitándote ratos desagradables.
Una relación contrapone cuánto tiempo dedicas a la pareja y cuánto a las demás amistades. ¿Hay que alejarse de éstas, para emplear los tiempos disponibles sólo al noviazgo? ¿Qué hacer si mis reuniones acostumbradas molestan a mi pareja? Estas incógnitas se solucionan desde un valor importante, del que se habla poco, que es la madurez. La persona superficial o caprichosa actúa infantilmente, pone cara de berrinche si no se le conceden sus gustos y exige repetidamente que le dejen jugar. Su personalidad se marca por el narcisismo.
—Es que yo quiero…
Es normal que la persona caprichosa desequilibre una relación. Su perfil se delinea por el cambio frecuente, por el antojo. Además, espera que los otros, también su pareja, se acoplen a su forma de ser y a sus gustos, sin poner igual esfuerzo de su parte. Se lava las manos ante las consecuencias de sus comportamientos, sobre todo si disgustan a la pareja, pues su timón se dirige únicamente hacia sus propios intereses. En consecuencia, mantiene los compromisos que le interesan y se desentiende de ellos cuando no le gustan. Es variable como veleta al viento.
Una de las expresiones comunes del egoísmo es el narcisismo, un trastorno que busca la admiración del otro para sí y la satisfacción propia, incondicional, por lo que la pareja está obligada a acoplarse a sus deseos o queda fuera de la jugada. El narcisista tiene una opinión muy alta de sí. ¿Cómo va rebajarse y descuidar sus planes o deseos? Es la otra parte quien debe ceder.
La inmadurez crea conflictos inexistentes. Recuerdo un joven que preguntó en una conferencia:
—¿Se puede amar a dos parejas al mismo tiempo con igual intensidad?
Pareciera que la duda era comprensible si sentía atracción igual hacia dos muchachas y quería una respuesta para elegir. Pero él no preguntó por la atracción, sino por el amor. En la inmadurez, se evalúa el amor sólo desde uno mismo, sin medir las repercusiones en la pareja. ¿O alguna de las dos muchachas aceptaría la mitad de su corazón y de su tiempo, compartiéndolos con la otra? Es verdad que algunas culturas, como la mahometana, alientan esta repartición, pero no parece una estructura válida para todo el
mundo.
La madurez se concreta en la vivencia de los propios derechos y de los propios deberes, con equilibrio. El novio y la novia tienen derechos, así como obligaciones. ¿Deben prevalecer los primeros o los segundos? Se oye que el mayor amor es dar todo sin esperar nada a cambio. Y se oye también que el amor es sentir mucho agrado ante la persona preferida. Dar todo lleva a sacrificarse constantemente por la pareja, aunque no se reciba el mismo trato. Y sentir mucho agrado conduce a verse sin amor cuando ya no se reciben los gustos esperados. ¿Quién tiene razón?
El trato con la pareja es armonía, no tirantez. Se logra con la entrega y con la exigencia de ambos, pues las diversiones no pueden concentrarse sólo en los gustos de una parte, ya que el amor se da y se recibe, y el esfuerzo se divide entre ambos. ¿Lo acepta mi pareja? ¿Por qué?
La diversión no exige esfuerzo. Un noviazgo con muchos ratos alegres crea la impresión de un futuro agradable en pareja. ¿Un poco ilusorio? Bastante. Porque, con el tiempo, aparecerán las diferencias, las discusiones, los choques. El enfoque de la vida como unas vacaciones largas es equivocado. Tampoco la vida tiene rostro de lágrimas continuas. Es una suma de ambas: momentos bellos y momentos tristes. El noviazgo también.
Las personas maduras tienen la perspectiva de disfrutar las alegrías y encarar los golpes, levantándose de la lona tras cualquier amargura. Labrar la propia madurez aporta así dos frutos: entregar una personalidad valiosa a la pareja y medir el grado de madurez en la otra persona. Porque se necesitan estos dos apoyos, entrega y amor, para la felicidad en pareja.
¿Qué pensar si tu pareja te propone una diversión contraria a tus convicciones o algo incómodo, como probar una hierba que es droga o asistir a una playa nudista? La aparición de una situación desconocida o incómoda puede ser normal para otras personas y no para ti. Ante estos casos, conviene evaluar tu madurez o la de tu pareja para descubrir si accedes o rechazas la propuesta. Te ayudará observar los rasgos más relevantes de una persona madura, que son los siguientes.
Apertura y adaptación a los cambios que exige la vida: en vez de encierro en una idea o costumbre, la persona madura se acomoda a las circunstancias. Por tanto, te conviene desconfiar de quien te exige diversiones, forma de vestir o tradiciones estrictas. Tampoco impongas sólo tus normas.
Aceptación de la propia forma de ser: el reconocimiento de los propios defectos y cualidades favorece la unión y el apoyo mutuos. Observa si tú o tu pareja admiten los fallos ocasionales.
Responsabilidad ante las acciones: admitir compromisos y tareas, sin excusas, aumenta la confianza entre ambos, mientras los pretextos o las evasivas les alejan.
Formalidad en los acuerdos que se asumen: la madurez se ve en la puntualidad, en el aviso ante un retraso o cambio de planes, y en el esfuerzo por cumplir los compromisos asumidos. Todos podemos fallar alguna vez. Pero muchos fallos muestran interés por lo
propio y descuido hacia la pareja.
Firmeza en las propias metas y convicciones: la inmadurez desemboca en fragilidad. ¿Eres débil o lo es tu pareja? Si hay debilidad, prepárense a derrotas incómodas.
Este análisis de la madurez es una buena guía para saber cuándo te toman el pelo. Aquí deseo resaltar que todos los humanos somos débiles y fallamos, es decir, que todos somos imperfectos. Esta afirmación tan obvia tiene dos aplicaciones básicas en el noviazgo: la primera es que siempre habrá alguna inmadurez o defecto en la persona con quien formes pareja, por lo que te corresponde asumir si aceptas sobrellevar o no ese peso; la segunda aplicación es que cada uno tenemos también carencias, las cuales deberá soportarnos la otra parte. No obstante, un mayor grado de madurez en ambos asegura mayor felicidad.
Si deseas crecer en la madurez, busca el equilibrio entre tus deberes y tus derechos, es decir, observa si trabajas en familia, en tu profesión, en tus estudios o en tu noviazgo con igual esfuerzo que exiges a los otros el cuidado o la atención que deseas. También cuando acuerdas las diversiones a las que asistirán en pareja.
—¿Para qué es el noviazgo? —me lo preguntó un joven que empezaba la universidad. —¿Qué dicen tus amigos? —le propuse para sondear qué problema traía.
—Unos dicen que para la diversión, otros para elegir con quién te casarás, otros para tener quién te ayude…
—Desde luego que el noviazgo no es sólo para la diversión. ¿Te parece? —asintió—. Conocer bien la finalidad del noviazgo ayuda en los momentos de conflicto, pues saber el destino de un viaje te sugerirá el uso del freno, de la aceleración o de la marcha atrás, según convenga. Por ejemplo, dado que el noviazgo no es sólo para divertirse, resultan imprescindibles los espacios propios de cada uno, sea la práctica de tu deporte favorito, la salida con las antiguas amistades, la presencia en fiestas con tu familia, la asistencia a tu pasatiempo preferido… sin la pareja.
—¿Por qué?
—Porque el noviazgo no es una ruptura con el pasado. —Y, ¿hay pistas claras para un buen manejo del noviazgo?
—Mira. Muchas personas se fijan sólo en los gustos, como el agrado ante los regalos, gestos cómplices con la pareja o las tardes románticas, sin advertir que no somos simples animales. Los humanos somos diferentes: vamos más allá de los gustos y decidimos lo oportuno, que puede ser difícil, como tener paciencia cuando la pareja tiene un fracaso y muestra las uñas; superamos lo simplemente atractivo, admitiendo a veces lo costoso o lo incómodo, como aceptar la visita a la familia de la pareja, en vez de la invitación a una fiesta con amistades antiguas.
—Y, ¿qué hacer cuando hay que soportar algo molesto, que te pide la pareja muchas veces?
—Un criterio útil para asentir o negar una propuesta de la pareja es distinguir en qué me ayuda y en qué me perjudica. La causa más común de rupturas en los noviazgos es el cansancio de una de las partes ante un desagrado repetido: demasiados retrasos,
demasiadas reclamaciones, demasiados caprichos. La ruptura duele. Más cuando la relación duró bastante. ¿Por qué no se evalúa antes la carga y por qué se soporta largamente la incomodidad? Por no aplicar el principio que aconseja sopesar lo que se recibe y lo que se da, para continuar o romper de una vez.
—Pero sientes la atracción…
—Pero también la duda —atajé enseguida—. Miras al futuro ¿Y qué ves? ¿Luz u oscuridad?
—Pues siento ahogo.
—Y el ahogo te dice que en esa persona hay colores agradables que cautivan, y otros opacos, que te causan temor. ¿No es verdad?
Asintió. Los choques también se dan en los principios. Él me lo confirmó:
—Como que una parte de mí dice: “Aprovecha la parte agradable” y la otra replica: “¡Ya párale de broncas!”
Este curioso enfrentamiento de criterios se resuelve con otro, que los conecta: “Nadie es juez en propia causa”. Una buena salida de la duda es preguntar a alguien equilibrado y de confianza. Equilibrado, porque la persona alocada te invitará a caminar por el pantano y la miedosa te pedirá la huida inmediata. El equilibrado te ayudará a medir ventajas e inconvenientes, y te dejará que decidas libremente lo más apropiado. Porque la solución, a fin de cuentas, queda en tus manos. No obstante, la salida de un conflicto arranca con barrer primero las confusiones mentales, ya que todo error acaba en llanto penoso.
¿Ves claro en tu mente cuál es la meta de tu noviazgo? Y, ¿cuál es la meta de tu pareja? Si los objetivos son claros, constituyen un norte que te muestra cuáles barreras te sugieren cambiar de rumbo y cuándo avanzar hacia esa meta.
Durante el noviazgo, la persona vive en conquista. Todavía no se consuma el lazo definitivo y la aceptación total de la otra parte condensa las energías. Uno de los efectos obvios de la conquista es resaltar las propias cualidades y disimular los defectos, no necesariamente como engaño, aunque algunos individuos sí finjan conscientemente. Salvo los mentirosos, la actitud de cuidado es muchas veces automática. Cuando la atracción es mutua, también se resta importancia a las sombras de la otra persona, por el embrujo de la admiración. En consecuencia, es inaceptable el mito de aislarse de los demás para estar sólo con la pareja: no todas las relaciones son para siempre y deben custodiarse las amistades anteriores.
En definitiva, ¿para qué es el noviazgo? El noviazgo tiene dos finalidades: aprender a vivir juntos y evaluar el compromiso firme. La persona superficial sólo piensa en la aventura, en la atracción, en el sexo o en la diversión: su objetivo en el noviazgo se limita a disfrutar de los momentos bellos y a sobrellevar los desagradables. El resultado final difícilmente será una unión feliz. ¿Se concluye entonces que el noviazgo debe ser amargo? Tampoco. Se trata de un viaje donde se experimenta lo bueno y lo malo, para proyectar si la relación será gozosa o un futuro duro con algunos momentos divertidos.
Casi todas las parejas disfrutan con la atracción intensa en la etapa inicial y sueñan con muchos momentos mágicos del mañana, iguales a los vividos. Pero la fascinación durante
ese tiempo puede engañar: lo importante para saborear un noviazgo está en las etapas que siguen.
Rasgos relevantes de una persona madura son: Aceptación de la propia forma de ser,
con cualidades y defectos.
Responsabilidad ante las propias acciones: admitir compromisos y tareas sin excusas.
Formalidad en los acuerdos que se asumen: puntualidad, comunicar ante un retraso o cambio de planes, esfuerzo por cumplir los compromisos.
Apertura y adaptación a los cambios que exige la vida.
Etapa dos
El enamoramiento
—¡Enamorarse es lo máximo!—, dijo Gaby—. El cosquilleo en el estómago te avisa que se acerca la cita con quien amas. ¡Nada más bello y lindo!
El enamoramiento corre por las venas, como un temblor, con sólo pensar en la persona amada.
—Es que compartes la felicidad con alguien más, te llena tus pulmones de aire fresco y el ritmo del corazón te aloca.
Sí. El hechizo entusiasma. Y, sólo con estar junto a esa persona, te disuelve cualquier pena.
La persona enamorada sólo piensa en la otra parte. Y pareciera que los sentimientos que te provoca su sola presencia aseguran que has hallado la pareja ideal. Sin embargo, muchas personas viven la experiencia del enamoramiento con delirio y, un día, la relación se quiebra. ¿Cómo es posible?
La gente común identifica el enamoramiento con el amor.
—¿Estás enamorado? La misma palabra lo dice: tienes amor— razonó una joven empleada en un supermercado.
Le planteé si veía diferencia entre enamoramiento y amor.
—Bueno, sólo en que el enamoramiento es mucho más fuerte y poderoso
—¿Más fuerte? ¿Por qué entonces no todos los enamorados renuncian a sus caprichos? —le cuestioné.
Enamoramiento y amor no son iguales, aunque se conectan, como el arroyo que cae por la montaña y las rocas entre las que corre. Quizás no habría arroyo sin cauce, pero las rocas persisten cuando el agua ya no fluye. Algo parecido enlaza al enamoramiento y al amor, que se ligan, sin coincidir del todo.
La diferencia principal entre ambos no está en la intensidad, sino en lo que miran. El enamoramiento se centra sólo en unos rasgos de la pareja, que satisfacen una expectativa imaginada sobre la media naranja ideal. El amor va más allá de este primer perfil y se fija en cumbres superiores. El enamoramiento surge del encuentro con gestos que satisfacen e ilusionan:
—Su presencia me cautiva —dijo la joven cajera. —¿En qué te cautiva?
—No sé… Me quiere.
—Y, ¿cómo sabes que te quiere?
—Porque su compañía me ablanda, me enternece.