Conflictos de Jesús DJN
NOTA METODOLÓGICA
5. Exposición doctrinal
El contraste entre este «justo» y el «pecador», y sus respectivas consecuencias, lo explica Jesús en la exposición diríamos teórica o dogmática que del tema hace con su método favorito de la parábola. Una de las más típicas y de las consideradas más puramente originales es la del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). El cuadro que ofrece es perfecto: Destinatarios y tema: «algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». Escenario y escena o situación: el templo y el acto de oración, o sea los específicos de la relación del hombre con Dios. Personajes: los tipos oficiales del «justo» y el
«pecador»: un fariseo cumplidor y perfecto, según su propia definición, y según el concepto que ellos tenían de sí mismos y el que la gente tenía de ellos (ver Mt 9,14); una imagen, por tanto, del «justo» no irónica ni despectiva, sino auténtica y conforme en todo con la doctrina farisea y el sentir oficial; y un publicano que aparece como un réprobo: no sólo no se pone delante en el templo, sino que para el fariseo su sola presencia lo profana; es decir, la imagen perfecta del «pecador». Acción: la oración del «justo» parece a primera vista un autoelogio, un acto de vanidad. Pero en el fondo y en la intención de la parábola, es como debe ser la oración farisea: el recuento de méritos, primero de no tener pecados «como los demás», y segundo de cumplir la Ley con rigor e incluso con exceso, ya que la Ley no exigía tanto. En otras palabras, el fariseo pone sobre el altar los valores con los que, según su régimen de cumplimiento, se lucra la salvación. En cambio, la oración del «pecador» no presenta ningún mérito, porque ningún «pecador» los tiene, y no menciona para nada ese régimen entonces oficial, se limita a
pedir perdón por ser pecador y a acogerse a la misericordia de Dios. El es la figura del hombre ante Dios en el nuevo régimen de la gracia. Y contrapuesto al «justo», viene a decir además que, a efectos de justificación, el recuento de méritos y, lo contrario, el recuento o fiscalización detallada de los pecados es algo que no se contempla ni tiene cabida en el Reino de Dios, y más bien parece una filtración de fariseísmo. Desenlace: la oración del «pecador» le hace justo ante Dios, la oración del «justo»» no le sirve de nada, porque delante de Dios todo el mundo es pecador. ¡Terrible sentencia! La última explicación, más secundaria, pone de relieve el aspecto moral, que es, por otra parte, la enseñanza que suele sacarse de esta parábola. Es válida, pero el análisis muestra que el primer objetivo apunta a otro blanco. Las actitudes morales de soberbia/humildad pueden darse también en el régimen del mérito, y no saldríamos de él. La doctrina profunda de esta parábola es que el régimen del mérito o cumplimiento, con todo su contenido, no vale en el Reino de Dios, que es reino de gracia. Dicho de otro modo, los valores que aporta el fariseo, prototipo de la obra meramente humana, no se reconocen en el Reino de Dios porque no llevan su sello.
Otra parábola de sabor también muy primigenio, la de los trabajadores en la viña (Mt 20,1-16), explica la razón de por qué esto es así, a la vez que expone en qué consiste la perversión del fariseísmo. Esta parábola contrapone dos niveles, medidas o baremos de justicia, el humano y el divino. Su núcleo es esa confrontación «lo tuyo» con «lo mío». Los cumplidores íntegros del día entero, es decir, según todo el contexto y aunque no se nombren, los fariseos, cuando ven que a los últimos que tienen menos mérito (para ellos, los sin-ley no tienen ninguno) el dueño no les paga menos, sino lo mismo que a ellos, se indignan: ¡A esto no hay derecho! Esa es la reacción típicamente humana, la que tendría y tiene todo el mundo, porque, en efecto, humanamente esta justicia no se entiende. Sin embargo, la justicia humana queda cumplida con él, se le da lo convenido, así que el dueño no es injusto, y puede incluso indignarse por esa queja. «Toma lo tuyo y vete» es, en efecto, un reproche con su buena dosis de desagrado. Eso es «lo tuyo», y ahí terminan tus «derechos» y tu dominio. Pero el fariseo, al irritarse porque a esos despreciables los iguale a él, lo que hace es traspasar ese dominio humano e invadir el de Dios. Esa es su perversión, que la frase siguiente sobre «lo mío» desvela y subraya. Consiste en que el fariseísmo pretende, aun sin quererlo, obligar a Dios exigiendo una paga que, «si es justo», no tiene más remedio que dar, es decir, pretende atarle, coartar o anular su libertad y su soberanía («no poder hacer con lo mío lo que quiero») señalarle y por tanto disputarle la medida y la administración de su gracia. Horrenda aberración, que puede darse, ya queda dicho, sin advertirlo, ya que es una mera consecuencia lógica de haber establecido un dogma intrínsecamente viciado como el del mérito. Su naturaleza venenosa y mortífera, que mata cuanto toca, se manifiesta en el hecho de que la misma bondad de Dios se le convierte dentro en maldad de visión -«tu ojo malo»- y de juicio.
Por lo demás, la parábola muestra la diferencia y distancia inconmensurable entre el régimen de la gracia y el régimen de la ley o del cumplimiento. El mérito del esfuerzo y de la obra humana, aun de un día entero, lo que es decir en metáfora de una vida entera, será siempre «lo tuyo», una medida
humana, algo que podrá pretender igualarse a Dios, como en el paraíso, o hacer una torre que llegue al cielo, como en Babel, pero que no lo conseguirá jamás. En cambio, «lo mío», lo que Dios da, no en virtud del mérito, sino en virtud de su gracia, siempre será infinitamente más, como corresponde a una medida divina. Y eso sí llega al cielo
La misma enseñanza de estas dos parábolas, éstá también corroborada además por Abrahám, en la de Epulón, metafóricamente rico de méritos, y Lázaro, desposeído de ellos como el publicano; en la del Hijo pródigo, indigente como pecador, contrapuesto a las protestas, porque le trate mejor que a él, del hijo mayor, o sea el «justo», como cumplidor de toda la vida; las de la oveja y la dracma perdidas: ¿cómo puede explicarse la mayor alegría por un solo pecador convertido que por 99 justos que «no
necesitan» arrepentirse [de nada], si no es porque éstos, o sea los fariseos y escribas, como Lucas pone por portada de todo este contexto (Lc 15,1-3), son de los «justos» que critican el trato de Jesús con los publicanos y pecadores, y, como intercala después (16,15), los que «se las dan de justos delante de los hombres»? (Lc 15,1-32; 16,14-31). (Para el análisis y crítica de todas estas parábolas, ver F.
FERNÁNDEZ RAmos, El Reino en parábolas, Universidad Pontificia de Salamanca, 1996, 140-147. 252- 258. 261-271).