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¿Qué nos dice Jesús de sí mismo?

3. Plenitud de Dios

Mis inquietudes religiosas se vieron satisfechas. No sé muy bien cómo ocurrió, pero, de pronto, me sentí lleno de Dios, del Dios escatológico pasado por el tamiz de su presencia amistosa y de su gracia salvadora. ¿Fue como resultado de las aguas subterráneas que brotan con fuerza incontenible al abrirse con acierto un pozo artesiano? ¿Habría aflorado al campo de mi conciencia la realidad divina hecha palabra en mí en el momento de la encarnación (Jn 1,14) o había tenido lugar como el resultado de una invasión procedente del exterior que la había hecho revivir a partir del momento de mi

encuentro y asimilación del mensaje de Juan en el desierto? ¿Se dieron cita simultánea la presencia de Dios en mí, la acción del profeta del desierto y mi apasionada búsqueda personal?

a) El Reino y el Evangelio

El caso es que me había encontrado con la buena noticia esperada, con el evangelio, con el reino de Dios. Son expresiones significativas de la misma realidad. El evangelio y el reino designan la misma realidad. Expresan la justicia divina que, entendida bíblicamente, significa su actividad salvífica. La actividad salvadora de Dios es su poder puesto al servicio de la salvación del hombre. Así lo definieron los dos primeros grandes teólogos del cristianismo, Pablo y Juan (Rom 1,16; Jn 132). Me interpretaron a la perfección.

La justicia divina así explicitada sitúa al Reino y al Evangelio en el plano de la vida. Por supuesto, de la vida divina. Por fin, en ellos, le ha sido concedido al hombre el permiso e incluso la invitación

apremiante para que extienda su mano y alcance el fruto del árbol de la vida (Gén 2,9). Por cierto que el mito del árbol de la vida fue personificado en mí mismo, que fui presentado como la vida y cuya misión fue brindar al hombre la vida sin ningún tipo de limitaciones (Jn 10, 10). (Pero de esto

hablaremos más tarde. Repitamos aquí que aquel mito que nunca existió y que, como todo mito, existe siempre, se ha convertido en una realidad gozosa. Al miedo y repulsa a la muerte ha sido contrapuesto por mi Padre el gozo de la vida inextinguible, la posibilidad de participar en su propia vida. Para eso aterricé en vuestra tierra (Hch 3,15: "aunque me distéis muerte, Dios me resucitó", para convertirme en el primogénito de entre los muertos, Rom 8,29; Col 1, 1-5ss).

Es la gran noticia que, desde que fue comunicada, estaba destinada a producir una gran alegría (Lc 2,1-1). El Evangelio anunciado (Is 61,1-3), como respuesta a las necesidades humanas, había adquirido un nombre y un rostro humanos. Desde mi concepción hasta mi resurrección yo mismo me había convertido en el evangelio proclamado.

Para mí se hizo claro que el reino de Dios, que yo había comenzado a anunciar, tenía un aspecto innegable de futuridad. Y así lo enseñé en varias ocasiones: en la petición del padrenuestro: venga a nosotros tu reino (Mt 6,10 y par.); en la tradición de la última Cena, cuando me negué a beber del vino hasta la llegada del Reino (Mc 14, 25 y par.); cuando anuncié la promesa de la venida de las gentes de oriente y de occidente para sentarse con los patriarcas en el reino (Mt 8,11-12); en las varias promesas de las bienaventuranzas (Mt 5,3-13); en el sumario-síntesis más importante lo exprese anunciando su "cercanía" y la necesidad que imponía de la conversión y de la fe de los destinatarios del mismo (Mc 1,14-15). Sin embargo, el acento en la futuridad del Reino no era, ni mucho menos, el único aspecto que yo ponía de relieve cuando lo anunciaba (J. D. Crossan; M. J. Borg).

El Reino que debía subsanar todos los quebrantos y eliminar las angustias purificando las aguas pútridas de la corrupción humana se había hecho presente en mí. El Reino, el reino de Dios o de los cielos, está cerca, cerca de vosotros, dentro de vosotros (Mc 1,15; Lc 10,9; 17,21). Vosotros tenéis el triste privilegio de hacer inoperante una realidad eficaz por sí misma, como la semilla sembrada en el campo (Mc 4,26-29). Teniendo como punto de partida la eficacia de la semilla, su productividad depende del cultivo humano, de la decisión necesaria del hombre, de la vigilancia constante para que no sea devorada por las plagas del campo.

Algunos críticos de nuestros días han intentado demostrar la incompatibilidad entre ambos aspectos, el de la futuridad y el de la presencia. Sería una contradicción insuperable. Cabe replicar que la mentalidad semítica subyacente a buena parte de los libros bíblicos no se habría dejado impresionar demasiado por el principio filosófico occidental de la no contradicción. Pero, más pertinentemente, el reino de Dios es un símbolo en tensión que encierra un acontecimiento dinámico, toda una

representación mítica de la llegada de Dios en poder para vencer a sus enemigos e instaurar

definitivamente su imperio en Israel. Un reino de Dios estático, entendido como un lugar determinado o una situación establecida, no podría ser a la vez presente y futuro. Pero el reino de Dios como representación mítica- de carácter dinámico permite una realización por etapas, con batallas estratégicas ya ganadas, pero cuya victoria final está aún por llegar (J. P. Meier, 11/1, p. 39). b) La cercanía del Reino se hace presencia

Para comenzar este apartado se me ocurre hacerlo recurriendo al terreno de la comparación. El reino de Dios es un acontecimiento presente y cercano, como una bellísima catedral construida hace siglos y en cuya contemplación nunca nos hemos detenido con la pausa requerida por su excepcional belleza. Pronuncié muchas parábolas que tienen la finalidad de explicar a los lectores u oyentes de las mismas la cercanía, la venida del reino de Dios y la forma de la misma. En ellas habla de la aportación del evangelio a un mundo necesitado de renovación, de ideales y de esperanzas nuevas. Y lo hacen

llamando vuestra atención sobre algo que puede pasar desapercibido, como es el mismo reino de Dios o como algo de lo que hemos oído hablar, pero de lo que podemos pasar. Mis parábolas tenían la finalidad de amonestar al lector sobre la peligrosidad de tales actitudes. Quería incul car que en la actitud. ante el reino, ante el mensaje de las parábolas, se juega el ser o no ser del hombre, su auténtica comprensión, la suerte última de su vida.

Hay cosas cercanas a nosotros y a las que nosotros no nos hemos acercado nunca. Esto hace que, aunque ellas estén cerca de nosotros, no podamos hablar de su cercanía porque nosotros estamos lejos de ellas. El Reino y el Evangelio significan un proceso incesante en el que lo anunciado y lo ocurrido -perteneciente teóricamente a un tiempo muy remoto- se convierte en objeto de constante realización y anuncio. El suceso que yo protagonicé en una época pasada y lejana tiene tal capacidad de expansión que rompe todos los moldes habidos y por haber del tiempo y del espacio y llega hasta el momento presente produciendo los mismos efectos que lleva ocultos en sus entrañas. La realidad ocurrida en mi tiempo se convierte en la realidad ocurrente en todos los tiempos.

El reino de Dios y su evangelio, que son mi reino y mi evangelio, iniciaron el tiempo último de la historia, el tiempo escatológico. Mi aparición en vuestra historia se convirtió en el Ésjaton por

excelencia. Por eso puedo manifestar el misterio de Dios, su ser, su querer y su quehacer. Mi presencia con sus palabras y hechos os manifiestan un reino cuyo Rey es el Dios bueno, tan bueno como un padre o como una madre o como ambas realidades a la vez: un Dios que se alegra de que el hombre se encuentre con él, de que vuelva a su casa siempre que se haya alejado de ella y desee hacerlo; únicamente le repugna la autosuficiencia petulante de quien cree bastarse a sí mismo y no necesitar de nadie, ni siquiera de Dios; un Dios que está siempre dispuesto a escuchar, que recoge siempre personalmente nuestras llamadas sin en comentarlas a ningún contestador automático (Lc 11,5-8). Así se manifestó por mi medio y no se ha retractado, porque en nuestro Dios no hay cambios. Es como si la bella catedral construida en el siglo XIII siguiese su proceso de construcción cuando nos detenemos ante ella para contemplar su grandeza y su belleza. Está haciéndose cuando yo la admiro y quedo extasiado ante su arte singular.

c) El Reino y el Evangelio en audiovisuales

Los evangelios, el N. T. en su totalidad, constituyen el mayor esfuerzo que nunca se repitió con tanta intensidad e interés a lo largo de la historia para haceros comprensible, amable, atractiva e incluso seductora la fuerza interna del misterio que el evangelio o el reino llevan escondido en su misma entraña. Yo pusf todas mis posibilidades pedagógicas al servicio de esta causa, que los autores del N. T. continuaron después de mí. Y ahí tenéis las narraciones evangélicas históricas, historificadas e incluso legendarizadas, los relatos encantadores de milagros, mis discursos y discusiones, las sentencias o proverbios pronunciados separadamente unos de otros y que los evangelistas se han preocupado por sistematizar en pequeñas secciones o unidades literarias, mis "palabras enmarcadas" en historias o historietas reales o ficticias que recogen en frases quintaesenciadas los elementos constitutivos del Reino, sus exigencias en el seguimiento del Fundador. Y, naturalmente, las parábolas. Mi inteligencia pedagógica descubrió en ellas el medio más adecuado para hacer llegar mis

enseñanzas y mi mensaje evangélico a los oyentes, que me escuchaban embelesados al oír aquellas bellísimas historias tomadas de nuestra vida diaria y a las que la imaginación del Parabolista añadía aún mayor encanto. Creo que siguen teniendo la misma vigencia y atractivo que cuando yo las pronuncié. Y es lógico y natural. Porque, en el fondo, vosotros seguís viviendo, tal vez hoy más que nunca, en la cultura de la imagen. Y las parábolas son unos audiovisuales difícilmente superables. Porque estos visuales evangélicos captan las imágenes del hombre en sus apariencias engañosas y en sus realidades más profundas, que penetran más allá de ellas revelando su propio ser, su naturaleza y quehacer, sus aspiraciones y fracasos, su frivolidad y falta de responsabilidad, su seriedad y la

coherencia con sus principios inconmovibles. Un audiovisual perfecto sobre el misterio del hombre y sobre el misterio de Dios en su relación inevitable y en su confrontación constante.

El audiovisual que son las parábolas que salieron de mi boca no nos ofrecen tomas separadas de cada uno de los misterios mencionados. Las tomas se hacen de conjunto. Las vistas de uno de los misterios independizado del otro pierden objetividad y atractivo. La separación los desfigura, los difumina, los aleja, los coloca en compartimentos estancos, los vasos comunicantes se atascan. La belleza y

explicación de cada uno de los misterios está precisamente en su enmarcamiento en el otro. Recordad la frase agustiniana, Dios se halla más cercano, más íntimo a mí que yo mismo. A partir de un

momento inolvidable de mi vida yo tuve la experiencia más íntima y profunda posible de mi inseparable unión con Dios. Y el hombre, en general, en sus deseos y esperanzas, en sus anhelos y aspiraciones, en sus logros y fracasos, se halla mucho más cerca de Dios de lo que él mismo se imagina.

d) La salvación vinculada al Reino

El reino escatológico que oí predicar a Juan el Bautista, y que en aquel momento inicial me entusiasmó, se hizo inseparable de mi predicación. Pero tuve que "desescatologizarlo". Aquella escatología presentaba a un Dios excesivamente violento, con el hacha en la mano y la mecha

incendiaria. Pronto descubrí que la realidad escatológica debía cambiar las cosas profundamente, pero no violentamente: la injusticia debía ser superada, la recompensa estaba gara ntizada por Dios a sus fieles (las bienaventuranzas), al banquete mesiánico acudirían incluso las gentes de fuera de Israel, el Reino se universalizaba y se cargaba de esperanzas gozosas en las que podían participar todos aquellos que aceptasen dicho Reino (Mt 8,11-12 y par.). Todos podrán rezar el padrenuestro. Todos podrán acudir al banquete instituido por Jesús y a consecuencia del cual él mismo pasó a disfrutar del banquete celestial.

El símbolo del banquete contiene distintas imágenes consoladoras, como la satisfacción del hambre, la herencia de la tierra y la visión de Dios, así como metáforas cuya finalidad es sugerir y evocar lo que no puede ser expresado debidamente con palabras: la plenitud de la salvación llevada a cabo por Dios más allá del mundo presente, Esta realidad futura era evidente para mí y yo la expresé con múltiples imágenes y actitudes.

Esta vinculación de la salvación más allá de este mundo al Reino es inseparable de lo que yo predicaba y así consta en los evangelios allí donde podéis tener la garantía de ser yo quien está en el uso de la palabra, sin las interferencias que mis intérpretes han podido añadir a ellas. Y en este momento será conveniente e incluso necesario conceder la palabra a uno de los intérpretes modernos de la palabra de Dios y, lógicamente, de la mía:

"Radicalmente unidas en la predicación de Jesús, las afirmaciones relacionadas con el futuro y las que tratan del presente no deben ser separadas. La irrupción ya actual del reino de Dios es expresada siempre como un presente que abre el futuro en cuanto que es salvación y juicio y, por tanto, no lo anticipa. Se habla siempre del futuro como de lo que procede del presente, lo que le aclara, y que así revela el hoy como el momento de la decisión. Si las palabras escatológicas de Jesús no describen el porvenir como un estadio de felicidad paradisíaca y no se entretienen en pintar un terrible cuadro del juicio final, hay en ello, podríamos decir, algo más que una diferencia superficial, que no sería más que una cuestión de colores o de matices más o menos vivos en la paleta del pintor del apocalipsis. En el anuncio que Jesús hace del Reino, hablar del presente es hablar al mismo tiempo del futuro, y viceversa.

El futuro de Dios es salvación para quien sepa tomar el ahora como el presente de Dios y como la hora de la salvación. El es juicio para quien no acepte el hoy de Dios y se aferre a su propio presente, lo

mismo que a su pasado y a sus sueños personales con respecto al futuro". (G. BORNKAMM, Jesús de Nazaret, Sígueme, 1975, p. 98-99).

Esta futuridad del reino escatológico es inseparable de la predicación de Jesús. Nos lo ha dicho él con toda claridad. Una cuestión que queda pendiente es si en el paso del mundo presente al futuro o de la escatología existencial o en vais de realización a la consumación de la misma es lícito situar la figura de Jesús en cuando Hijo del hombre. El lo afirmó con la suficiente claridad, pero algunos intérpretes modernos no atribuyen la utilización de esta figura y del nombre correspondiente del Hijo del hombre a Jesús. Me siento más cerca de lo que el mismo Jesús dijo, tal como nos lo ofrecen los evangelios. No veo suficiente consistencia en los argumentos que se aducen en contra.

Naturalmente que yo pienso que la figura del Hijo del hombre debe ser "desapocaliptizada", despojada de la imaginería en que ha sido envuelta desde el principio a la hora de realizar el juicio, viniendo sobre las nubes del cielo, acompañado de sus ángeles, sentado en un tribunal visible desde todos los rincones posibles donde pudiera esconderse alguno de los examinandos y colocando a los elegidos a la derecha y a los proscritos a la izquierda. Pensamos que el mismo Jesús estaría de acuerdo en "desapocaliptizar" esta imagen suya y existencializarla en la línea que, en la mayoría de los textos del cuarto evangelio, ha sido hecho.

Nuestra insistencia en la futuridad del Reino debe ser contrapesada, tal como Jesús lo hizo, poniendo de relieve la actualidad del mismo: ya desde ahora sus discípulos deben dirigirse a Dios llamándolo Padre, pedirle que venga su reino, perdonar a aquellos que estén endeudados con ellos para, a su vez, poder tener el derecho a recibir el perdón. La oferta que hace Jesús de su comensalidad sin establecer clases de invitantes e invitados, subrayando el protagonismo de un único Invitante, que no hace distinción entre aquellos que aceptan sentarse a su mesa, es una acentuación difícilmente superable de la actualidad de su reino. La participación en la misma mesa es el gran símbolo y la promesa inquebrantable, la mejor anticipación de la comunión definitiva con Dios en el banquete eterno. La sala de los invitados, ya en el momento presente, se llena con los pobres, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia... de todos aquellos que esperan de Dios sin ningún atisbo de revanchaaquello que de él esperan y que los hombres no han podido o no han sabido dárselo. (J. R Meier, II/1,p. 424- 425).