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¿Qué nos dice Jesús de sí mismo?

2. Mi salida de Nazaret

La cuestión religiosa me tenía seriamente preocupado. Era evidente que la trayectoria marcada por los "dirigentes espirituales" del pueblo judío no era la que Dios quería. Afortunadamente llegaron a

Nazaret los ecos de un movimiento penitencial que había surgido en torno a la predicación, junto al Jordán, de Juan el Bautista. Por lo visto, él hablaba de un juicio inminente y exhortaba a recibir un bautismo para el perdón de los pecados. Un grupo de personas nos decidimos a comprobar personalmente los comentarios percibidos. Y, efectivamente, comprobamos que la información recibida no solamente era exacta sino que se había quedado corta.

a) Primer acercamiento a Juan el Bautista

La voz del Bautista sonaba como un trueno amenazador cuando hablaba de la ira divina que se cernía sobre todos por igual. La intervención divina aplicaría el mismo rasero para todos. La "élite espiritual" del pueblo no tenía ningún derecho especial reconocido por Dios. Serían tratados incluso con mayor dureza que "las gentes de la tierra", consideradas como malditas por su desconocimiento de la Ley, la gente sencilla del pueblo (Jn 7,49), precisamente por su "mejor" conocimiento de Dios y su mayor responsabilidad en la dirección equivocada de su pueblo (Mt 3,7-10). Era un inevitable e incontenible regocijo el oír la voz de aquel profeta singular que trataba a los más piadosas y devotos en apariencia con mayor rigor que a los que nos encontrábamos en el grupo de los pecadores.

La ira de Dios se aplacaría únicamente mediante la aplicación de su poder salvador. Y éste suponía la decisión de aceptar la gracia salvadora manifestada en el bautismo de penitencia que el Bautista administraba y el consiguiente cambio de vida y de conducta que exigía a cada persona teniendo en cuenta la profesión de cada uno. Además, esto era urgente. La predicación de Juan, en vuestras categorías de hoy, sería calificada de escatología inminente: Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego: (Mt 3, 10). Es Dios mismo quien tiene puesta el hacha en la raíz de los árboles.

Lo que más me impresionó al oír aquella predicación tan objetiva, interpelante y comprometedora fue la sinceridad de una persona que era consciente de su papel anunciador del drama escatológico, pero que se consideraba como una figura de transición hacia alguien o hacia algo que sería el que o lo que llevase a la perfección aquello que él anunciaba. ¿Quién sería aquella persona "más fuerte que él"? Debo afirmar, antes de seguir adelante, que los lectores del evangelio no tienen difi cultad alguna para establecer la identificación cuestionada. El "más fuerte" sería yo mismo. Pero entonces yo no lo sabía y, por supuesto, la ignorancia del Bautista sobre el particular era patente. Juan únicamente sabía que él no era la persona elegida por Dios para llevar a su término la acción que había iniciado por su medio. Y, entre sus cálculos, figuraban los que eran presentados como los candidatos más probables en otros niveles culturales más elevados. Podría ser Elías, el apocalíptico Hijo del hombre, Moisés, Melquisedec, alguna de las figuras sacerdotales de las que se hablaba en Qumrán y que, por lo mismo, eran conocidas por el Bautista.

Esa persona "más fuerte" debía administrar dos bautismos: uno "con Espíritu Santo" y el otro "con fuego". El primero sería salvífico y el segundo punitivo o castigador. La gente discutía la diferencia existente entre ellos y, por lo que veo, sigue haciéndolo hasta el momento presente. La verdad es que yo no oí lo relativo al bautismo "de fuego"; sólo entendí el anuncio de un bautismo con el Espíritu Santo. Y así es como lo formula mi primer portavoz, cuando lo hizo por escrito (Mc 1,8: él os bautizará con Espíritu Santo, sin hacer referencia alguna al fuego). Y me pareció lo más lógico: el bautismo de Juan, realizado con agua, sería inferior al bautismo con el Espíritu Santo. Y éste sería un buen argumento para calificar de "más fuerte" al que lo administrase.

Quisiera aclarar, en la medida de lo posible, por qué yo me dirigí al Jordán para recibir "el bautismo de penitencia para el perdón de los pecados". Yo no tenía conciencia de pecado. Pero el complejo de la culpa moral no es el único motivo para buscar a Dios. En mi caso había otros varios: quería oír de aquel profeta extraordinario su valoración del desvío, de la apostasía y de la idolatría en que había caído el pueblo de Dios, al que yo pertenecía y del que no podía considerarme desligado. ¿No era un motivo más que suficiente insertarme todo lo posible en la realidad de mi pueblo pecador, aunque

personalmente no fuese consciente de ninguna transgresión moral? Y, a fe, que lo que deseaba escuchar lo oí con gran claridad. Dios estaba disgustado, había montado en cólera y "su ira" significaba que había, sido conculcada su santidad por la conducta inadecuada de su pueblo. Evidentemente, esta ira suele ser descrita mediante las metáforas del fuego o del calor y del viento abrasadores...

Estas acusaciones proféticas deben ser entendidas como procedentes de un buen israelita que intenta avisar a la comunidad de la alianza de lo que él ve como un peligro inminente para ella. El oyente se aplica a sí mismo aquello que le puede afectar de lo que ha oído al profeta.

Finalmente, yo entendí el bautismo de Juan como una invitación al compromiso de una vida nueva y como un acto simbólico que proclamaba, anticipaba y aseguraba la purificación del pecado que, por medio del "más fuerte", el Espíritu Santo llevaría a cabo el último día cuando fuese derramado como agua sobre el pecador arrepentido. Mi presencia en el Jordán y el bautismo recibido fueron una iniciación profunda en la dialéctica de la alianza. Por eso dice alguno de los intérpretes modernos que yo convertí al Bautista en una especie de parábola, de enigma, de adivinanza (J. A. MEIER, Un judío marginal, 11/1, p. 187).

b) La teofanía bautismal

¿Qué fue lo que realmente ocurrió cuando recibiste el bautismo de Juan? Mi versión de aquel

acontecimiento excepciohal difiere profundamente de la que habéis dado vosotros, comenzando por mis primeros portavoces (Mc 1, 10-11: "vi el cielo abierto, al Espíritu descendiendo sobre mí en forma de paloma y oí la voz del Padre que me presentaba como su Hijo predilecto").

En tu colaboración en el libro sobre Dios Padre (Teología en diálogo, p. 90-91) tú mismo lo describes así: "Lo que da a Jesús su sentido y dimensión únicos es la presencia y acción de Dios en él. El cielo ha roto su silencio, el Espíritu ha vuelto a moverse sobre las aguas, la voz de Dios se ha dejado oír de nuevo. Ha tenido lugar la revelación que la voz del cielo le ha dirigido presentándolo como el Hijo del Padre. Se ha producido la invasión del Espíritu que penetró sus interioridades más profundas. Ha tenido lugar el descubrimiento, la toma de conciencia o el afloramiento al campo de la misma de su peculiarísima relación con el Padre. Los únicos protagonistas de la escena son el Padre y el Hijo. Lo único interesante es lo que ocurre entre ellos. Lo verdaderamente decisivo es el misterio invisible, hecho visible a Jesús desde su nueva relación descubierta, y que sigue siendo invisible para los demás hombres.

La escena del bautismo de Jesús es la coronación de la acción escatológica de Dios iniciada con el Bautista y llevada a su culminación con Jesús. De ahí que la primitiva comunidad cristiana llamase a Juan "el precursor". Lo que distingue a Jesús de la predicación del Bautista es que el consumador divino es también el hombre Jesús.

Lo dije y lo sostengo, porque creo que teológicamente es correcto. Más aún, creo que es una versión que ha roto los moldes de un literalismo inservible. Estoy de acuerdo contigo, pero como soy yo quien

está intentando hacer su autorretrato debo precisarlo cuanto pueda. Es cierto que el descubrimiento de todo lo contenido en esa descripción teofánica afloró en un momento dado al campo de mi conciencia. Es cierto que el bautismo de Juan constituyó un buen punto de partida. Pero no es cierto que todo el acontecimiento estuviese tan perfectamente enmarcado en aquel lugar y en aquel momento.

El medio para la revelación de todo el significado de mi persona fue la teofanía, no el mero bautismo administrado por Juan (A. Vógtle). Por tanto, no se trata de descifrar una experiencia interna que yo tuviera en aquel momento; se nos cuenta una visión interpretativa de la categoría e importancia de mi persona y de mi misión frente a la de Juan. Aquel momento me impulsó a iniciar una misión religiosa que cambió mi conducta y el sentido de mi vida. Mi familia no lo comprendió y se opuso cuanto pudo a mi proyecto (Mc 3,21. 3135; Jn 7,3-5). Me cercioré de que Juan era un verdadero profeta y yo

compartía con él su anuncio de una escatología inminente entreverada de apocalíptica así como el pensamiento de un bautismo penitencial.

Sin embargo, no podía compartir con Juan el radicalismo de su predicación escatológica. La creencia en el Dios con el hacha en la mano y la mecha para encender el fuego devastador debía ser sustituida por la de estar o no en el reino de Dios (J. D. CROSSAN, Jesús, vida de un campesino judío, p. 284). No obstante, yo no podía prescindir por completo ni de la escatología de Juan ni introducir personaje alguno mediador ante el juicio de Dios (J. P. METER, Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico", 11/1, 1997, p. 150).

c) Comparación explícita con Juan

El segundo bloque sobre el Bautista (Mt 11,2-19 y par.) comprende tres unidades literarias en las que se desarrollan los temas siguientes: La respuesta de Jesús a los enviados de Juan (Mt 11,2-6); el elogio que Jesús hace del Bautista (Mt 11,7-11) y la parábola de los niños sentados en la plaza (Mt 11, 16-19). A mí me corresponde ahora la interpretación personal de estos tres episodios, cuya secuencia no ocurrió durante mi actividad; es fruto de la sistematización llevada a cabo por mis portavoces. La primera unidad (Mt 11, 2-6) responde a lo prometido de forma imprecisa por el Bautista sobre el que había de venir. -Yo no había perdido de vista a Juan, pero él tampoco me había perdido de vista a mí. ¿Sería yo, el discípulo de antaño, la persona de su imprecisa referencia para el futuro? Tenía buenas razones para pensarlo. Aunque continuaba su práctica bautismal y su anuncio escatológico, había aparecido en mi actividad algo radicalmente nuevo: la buena noticia del reino de Dios avalada por los exorcismos, curaciones y acogida a los pecadores y publicanos, así como el hecho de compartir con ellos la comensalidad.

En mi respuesta me referí a los puntos en los que mi predicación difería profundamente de la suya. Con ello pretendía que Juan aceptase e introdujese en su programa la noticia gozosa y liberadora que veía en mí. Desplacé el acento de aquello que constituía el centro de gravedad de su predicación hacia lo que Dios estaba realizando por mi medio: la amenaza y el castigo se veían sustituidos por la

misericordia y la gracia. Finalmente añadí, para que mi información fuese más directa hacia su persona, una bienaventuranza "Dichoso aquel que no encuentre en mí motivo para escandalizarse" (Mt 11,6). Iba dirigida directamente a Juan y a sus seguidores. Yo les decía con dicha bienaventuranza que debían aceptar lo nuevo si querían participar en la dicha escatológica de la que yo hablaba con tonos muy diferentes a los utilizados por Juan.

En la segunda unidad (Mt 11,7-11) yo puse a Juan por las nubes: Era más que un profeta. ¿Qué podría ser, entonces? Con mis palabras pretendía hacer referencia al personaje que Yahvé enviaría como su mensajero (Mal 3,1) y que yo me apliqué a mí mismo. El elogio extraordinario que había brindado al Bautista se ve limitado" y como restringido por unas palabras verdaderamente desconcertantes: sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos, es mayor que Juan (Mt 11,11). Estaba afirmando con estas palabras que la grandeza "del más pequeño" estaba adquirida no por su calidad y categoría personales, sino por su pertenencia al Reino. Yo no me comparé con Juan, sino que comparé a Juan con el nuevo estado de cosas que se había iniciado con mi predicación, con mis exorcismos y curaciones. Yo predicaba el reino de Dios, no me predicaba a mí mismo. Lo mismo que había hecho Juan, aunque desde distinta perspectiva.

La tercera unidad (Mt 11,16-19) está centrada en la parábola de los niños sentados en la plaza.

Evidentemente, los músicos que, con sus cantos invitaban a la tristeza o a la alegría, éramos Juan y yo. - Esta "generación", con toda su carga de perversidad moral que tiene dicha palabra, hacía referencia a nuestro auditorio. Juan había sido rechazado por su ascetismo riguroso; yo lo fui por haberme sentado en la mesa con los pecadores y publicanos. Desde su postura intransigente su puritanismo les llevó a rechazar mi invitación y mensaje.