¿Qué nos dice Jesús de sí mismo?
4. Paradoja inevitable
La razón de haberme manifestado de forma ambivalente hablando de la futuridad, cercanía y presencia del Reino se halla en su misma naturaleza. No puede hacerse de otro modo. El Reino es un símbolo en tensión, una realidad polifacética, todo un relato mítico en miniatura que no puede ser expresado adecuadamente con una sola fórmula o definición. De ahí que yo hable de un reino futuro y, sin embargo, presente (remitimos a J. P. Meier, al que acabamos de citar). Os daréis cuenta de esta paradoja inevitable cuando hayamos hecho un recorrido breve por los distintos bloques en los que pueden ser agrupadas mis parábolas.
a) Llamada de urgencia
Las parábolas que agrupamos en este bloque son llamadas por otros autores "parábolas de crisis" Y tienen buenas razones para ello. La crisis en la que sitúan al oyente-lector se produce al obligarle a revisar la conducta de su vida, la valoración de aquella realidad en la que vive, la situación de cambio ante la que es situado. Las imágenes utilizadas justifican nuestro título, porque se convierten en llamadas de urgencia. Llevan a la conciencia del hombre la convicción de que el juicio, el
discernimiento, la suerte definitiva, se realiza en la vida y en el quehacer de cada día. Es Jesús mismo quien se encuentra detrás de cada una de estas parábolas. Ofrecemos a continuación el título de las mismas: El tiempo nuevo (Lc 12,54-56); el portero y demás servidumbre (Mc 13,34-36); el ladrón (Mt 24,43-44); el camino hacia el juez (Lc 12,58-59); los siervos vigilantes (Lc 12,35-38); la puerta estrecha (Lc 13,22-30); la higuera estéril (Lc 13,6-9); el administrador infiel (Lc 16,1-8): las diez jóvenes (Mt 25,1- 13); los viñadores homicidas (Mc 12,1-11); el médico y los enfermos (Mc 2,16-17); la oveja perdida (Lc 15, 3-7); la dracma perdida (Lc 15,8-10).
Todas las parábolas mencionadas nos hablan de que el hombre debe decidirse ante una realidad presente, pero la urgencia de la llamada presupone la importancia de la misma, teniendo en cuenta que la actualidad de la decisión tiene su justificación y consecuencias últimas en su futuridad
permanente.
b) Dos mundos contrapuestos
Jesús manifiesta la originalidad de su pensamiento afirmando que el mundo en el que irrumpe el Reino no pertenece a un tiempo lejano imprevisible vinculado al "fin de los tiempos". El reino de Dios se realiza en medio de los reinos humanos; la ciudad de Dios se halla situada en el centro de la ciudad terrena y enraizada en ella; el más fuerte logra sus victorias en el marco donde domina el fuerte. La novedad del Reino se hace presente en el mundo de cada día en aquellos que la han captado y viven al ritmo de sus exigencias. Es el incesante proceso de "desmundanización" dentro del mundo en el que vivimos. He pretendido desarrollar estos pensamientos en las parábolas siguientes: el tesoro y la perla (Mt 13,44-46); el amigo inoportuno. (Lc 11. 5-8): el juez inicuo y la viuda (Lc 18,1-8); el pan y el pez (Mt 7,9-11; Lc 11,9-13); construcción de una torre y defensa del Reino (Lc 14,28-32); la sal de la tierra (Mt 5,13); la luz del mundo (Mt 5,14-16).
Desde su esencial claro-oscuro, las parábolas se convierten en el lenguaje adecuado para describir esta realidad nueva que, como el Reino, como Dios mismo, es una realidad oscura, velada, enigmática, movilizante. Comprendida su naturaleza y atisbadas sus posibilidades cautivan al hombre y lo impulsan hacia su búsqueda y posesión.
c) Obligatoriedad de la decisión
Podía haber cobijado este nuevo bloque de parábolas bajo el título siguiente: "La comunicación mediante la implicación". La razón está en que las parábolas son una invitación. Quien la recibe se ve directamente implicado en ella. Debe aceptarla o rechazarla. En uno u otro caso el oyente-lector debe tomar una decisión. Se convierte en dialogante con los interlocutores de las parábolas y, en última instancia, con el Parabolista. Yo las pensé como invitaciones abiertas. Y, como todas, sólo son eficaces en la respuesta, afirmativa o negativa, que debe dar el invitado. Así lo ponen de manifiesto los dos deudores (Lc 7,36-50); la desobediencia obediente o la obediencia desobediente (Mt 21,28-32); el siervo y los siervos (Lc 17,7-10); el trigo y la cizaña (Mt 13,24-30. 36-43); la red barredera (Mt 13,47- 50); el paño nuevo (Mc 2,21-22); el vino nuevo y los odres nuevos (Mc 2,22); la construcción de la casa (Mt 7,24-27); los niños sentados en la plaza (Mt 11,16-19); el fuerte, el más fuerte y el fortalecido (Mc 3,27; Lc 11,24-26).
d) Parábolas de crecimiento
Las he llamado así porque tienen como base y punto de partida su poder interno de germinación y de crecimiento. Quiero que el lector-oyente de las mismas se fije en "el poder transformante de las
parábolas". Éstas son, fundamentalmente, "palabra-acontecimiento". El hombre que las escucha o lee es situado ante su poder transformante, tiene que decidirse ante la posibilidad que le abre el Reino en relación con la nueva comprensión del mundo y del hombre o quedarse en su propia cosmovisión. Con esta finalidad pronuncié la semilla en sí misma (Mc 4,26-29); el sembrador y su sementera (Mc 4,3-9. 13-20); el grano de mostaza (Mc 4,30-32); el fermento (Mt 13,33).
Estas parábolas no se imaginan el reino de Dios como un proceso evolutivo interno al mundo, y
destinado a progresar irresistiblemente. Suponen siempre la mentalidad antigua según la cual "es Dios el que hace crecer" (1 Cor 3,7); la germinación y el crecimiento manifiestan la acción del Dios creador y es un signo de su bendición (Gén 8,22; Jer 5,24).
e) Narraciones ejemplares
En lugar de parábolas he llamado narraciones ejemplares a cuatro relatos bellísimos en los que no es necesario dar el salto de lo observable y cotidiano al terreno religioso. La enseñanza teológico-moral se halla dentro del relato mismo, sin necesidad de hacer transposiciones. En estas narraciones ejemplares, por muy ficticias que sean, he intentado ofrecer una imagen del Dios de la Biblia, de un Dios auténtico que actúa soberanamente para llevar a cabo su plan de salvación. Era necesario hacerlo así, porque los dirigentes espirituales del pueblo habían desfigurado la verdadera imagen de Dios, lo habían domesticado haciéndole a su imagen y semejanza. Yo me manifesté directamente en contra de dicha imagen y utilicé estas cuatro narraciones ejemplares porque en ellas aparece
directamente su mentalidad sin necesidad de tener que desvelar elementos imaginados o alegóricos que, casi siempre, son ambivalentes o polivalentes. Es preferible, en estos casos y en aras de la claridad, la narración directa, aunque sea ficticia, porque se interpreta por sí misma. Son las
siguientes: el buen samaritano (Lc 10,30-37); el rico insensato (Lc 12,16-21); el rico egoísta y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31); el fariseo y el publicano (Lc 18,9-14).
f) Nueva jerarquía de valores
Podría haber titulado estas cinco parábolas como "la realidad de lo inverosímil". No lo hice así porque podría ser considerado como un título excesivamente abstracto. En realidad "la nueva jerarquía de valores" traduce una realidad inverosímil en grado sumo. De hecho estas parábolas son calificadas por intérpretes cualificados de vuestro tiempo como extravagantes. Y las llaman así porque no se
desarrollan simplemente partiendo de lo observado u observable en la naturaleza o en las relaciones humanas. En ellas se introducen rasgos tan inverosímiles que niegan la evidencia obtenida por la simple observación. Contradicen las leyes conocidas en las relaciones interhumanas. Son las siguientes: salario igual para un trabajo desigual (Mt 20,1-16); el hijo pródigo (Lc 15, 11-32); el deudor
despiadado (Mt 18,23-35); el banquete mesiánico (Mt 22,1-14); los invitados y el Invitante (Lc 14,7- 10).
g) Responsabilidad personal
El Dios al que yo tenía que dar a conocer nos quiere como personas, no como objetos. En nuestra dimensión plenamente humana surge el problema ineludible de la "responsabilidad personal". Este pequeño bloque de parábolas tiene la finalidad de acentuarla. El administrador fiel (Lc 12,41-46); la concesión de los talentos (Mt 25,14-30), o de las minas (Lc 19,12-27) ponen de relieve el quehacer humano como exigencia ineludible de los dones recibidos de Dios. Y esto es muy importante. Sirve para destacar que el valor de nuestras vidas, de nuestra valía personal, y el de nuestros bienes, se hallan en nuestro poder como una inversión ajena.
Considero como una verdadera parábola la que habitualmente es presentada como la descripción "histórica" del juicio final llevado a cabo por el Hijo del hombre (Mt 25, 31-46). Es una parábola con una infraestructura y unos elementos utilizados en su construcción que proceden de la apocalíptica. La interpretación literal de la misma la ha hecho una gravísima injusticia haciéndola decir lo que ella no pretendía en modo alguno afirmar. Es una parábola cuyo título más adecuado sería "la auditoría más fiable". La satisfacción por la buena gestión o la decepción ante la negligencia irresponsable de la misma la mostrará el Inversor de su capital al hacer el balance final de las cuentas en una auditoría transparente. Será "la decisión del Hijo del hombre". (Mt 25,31-46).
h) Una nueva familia
El resultado de la acción de Dios y de la reacción del hombre, cuando ella es positiva, consti tuye "una nueva familia". Yo hablo del nuevo nacimiento porque experimenté intensamente el mío. El principio fecundante del mismo es el Espíritu, el poder de Dios. La nueva familia tiene su origen en el mundo de arriba, en Dios mismo. La pertenencia a ella se logra mediante un nuevo nacimiento, mediante el nacimiento de arriba. Es la gran novedad de la que yo he hablado como tema mayor en las parábolas. Creo que en este campo deben considerarse conjuntamente la familia de Jesús, mi propia familia, (Mc 3,31-35) y la familia de Dios. La sentencia de Jesús sobre quién es su madre y quiénes son sus
hermanos tienen su punto de apoyo en el pensamiento de la familia de Dios.
Este pensamiento era corriente en el judaísmo, aunque más que hablar de la familia como tal se hablaba del pueblo de Dios, de aquellos que le pertenecen, de los cuales él era el Padre y el Señor. A este pensamiento añadí yo, dijo Jesús, una interpretación nueva que nos habla del misterio
desconcertante de su persono. En el paso que se da de la familia de Dios a la familia de Jesús van implicadas las pretensiones de situarse así mismo nivel de Dios. La pertenencia a la familia de Dios se halla ahora condicionada por la pertenencia a la familia de Jesús: "ése es mi hermano, mi hermana, mi
madre". En otras palabras, Jesús afirma de sí mismo lo que Israel creía de su Dios.
i) Encarnación de las parábolas
Yo pronuncié unas parábolas que son un relato menor dentro del relato mayor, el microcosmo
cristiano dentro del macrocosmo evangélico. Como Parabolista de excepción he sido identificado, y no sin fundamento, con el Salvador que vive, enseña y actúa en nombre de Dios, cuya imagen comunica a los lectores del evangelio. Y, desde la coherencia total de mi vida, de mis enseñanzas y acciones, soy el revelador del Padre. Mi suerte última fue la muerte, como castigo por la presentación que había hecho de Dios y que se hallaba en abierto contraste con la oficialmente establecida. Hasta en ese último momento, e incluso en el posterior de la Vida plena, me considero como la mejor Parábola que Dios puede dirigir al hombre de todos los tiempos...