• No se han encontrado resultados

La conciencia como principio de mi actuación

¿Qué nos dice Jesús de sí mismo?

6. La conciencia como principio de mi actuación

La posible repetición de alguna de las consideraciones hechas en el punto anterior las vemos justificadas desde el provecho pedagógico que reporta. A partir de ahora devolvemos la palabra a Jesús. Yo manifesté la conciencia que tenía de mí mismo en las acciones y declaraciones justificativas de mi modo de ser y actuar. Mis obras extraordinarias, particularmente los exorcismos y curaciones que realizaba, no fueron negadas ni siquiera por mis enemigos, aunque las atribuyesen al poder del Maligno (Mc 3,20-30) o, en las polémicas posteriores, a algún poder mágico. Naturalmente que yo, y también mis discípulos, las atribuíamos al Espíritu de Dios (Mc 3,29-30; Mt 12,28). Bultmann y otros intérpretes de su línea las consideran como historias tardíamente inventadas. Estas acciones

extraordinarias eran esperadas y atribuidas a personas religiosas especialmente actuadas por el Espíritu. Además, como acentúa N. Perrin, las historias transmitidas por los evangelios sobre este particular pertenecen al primer estadio de la tradición.

Nada hay más cierto acerca de mi persona que la consideración por parte de mis contemporáneos como un exorcista y un curador de enfermedades. En comparación con los paralelismos paganos, como Apolonio de Tiana -del que acabamos de decir que sería el más próximo a mi-destacan las acciones extraordinarias realizadas por mí dentro del contexto de la vida judía y de mi doctrina escatológica. Mis acciones extraordinarias no pretendían simplemente ayudar a una persona

necesitada. Eran un medio concreto para proclamar y realizar el triunfo de Dios sobre los poderes del mal en la hora final. Los milagros eran signos y realizaciones parciales de lo que debía aparecer plenamente en el Reino.

El recurso a los métodos psicológicos para explicar estas acciones extraordinarias, desconociendo la naturaleza íntima de los milagros, no está justificado por la exégesis histórica- lo pusimos de

manifiesto en el punto anterior- sino por los principios filosóficos sobre lo que Dios puede o no puede realizar en el mundo. Pero un "a priori" raras veces dura mucho tiempo.

Si no podéis reconstruir mis mismísimas palabras, sí podéis llegar a percibir mi misma voz, mi forma de ser, de pensar y de actuar. De estos diversos aspectos podéis deducir la extraordinaria conciencia que tenía de mí mismo, de mi autoridad indiscutible que me situaba por encima de Moisés y de cualquier otro profeta y, por supuesto, muy por encima de los doctores-escribas de mi tiempo. La autoridad de mi enseñanza ciertamente no me venía de fuera, o no me venía "sólo" de fuera, al estilo de los maestros de la época a los que nos hemos referido (Mc 1,22-24. 27): la poseía mi misma persona, de modo que mi enseñanza entrañaba un acto de poder (= exousía); era superior a la de otros profetas. Los que me escuchaban podían considerarse bienaventurados y su aceptación o rechazo eran sinónimos de la acogida o del desprecio de Dios mismo (Lc 11,32; 10,23; 16,16)...

Mis palabras son determinantes de la solidez con la que el hombre construye su vida. La decisión positiva ante ellas equivale a la construcción sobre roca; la indiferencia o actitud negativa ante ellas significa edificar sobre arena: todo pasa, ellas permanecen (Mt 7,24-32; Mc 13,31). Ellas son el punto supremo referencial de la propia vida por encima de los demás valores absolutos como la familia (Mc 3,31-35). Mi palabra no sólo es la flecha que indica el verdadero camino que conduce al reino de Dios y a la puerta de entrada en él. Ella misma es "la puerta" y "el camino" (Mt 7,13; Mc 10,1722; Jn 14,6). La peculiaridad de mi lenguaje no sólo supera la autoridad de los rabinos, de los escribas, repetidores de las palabras de la Escritura, de la inspiración profética alentada por el Espíritu divino, sino que en ellas se trasluce el poder divino de la persona que las pronuncia. Un poder capaz de vencer al mal y al Maligno en virtud de la presencia de Dios en él a quien hace presente entre nosotros (J. Delorme). La eficacia de su palabra operante es un signo de la presencia escatológica del reino de Dios y de la extraordinaria categoría de la Palabra que anticipa la presencia del reino escatológico.

Según nuestro modo común de hablar la palabra de Jesús ha sido bautizada por nosotros como una palabra sacramental: El, y su palabra, o él a través de su palabra anuncia una realidad y, al mismo tiempo, la hace presente o, dicho de otro modo, presencializa aquello que anuncia. Aunque no lo diga con estas palabras, él es plenamente consciente de ello. Lo puse particularmente de relieve en las parábolas cuyo denominador común es la llamada de urgencia. Pero de ellas ya hablamos más arriba. 7. Los "Yo soy"

La presentación del autorretrato de Jesús nos ha obligado a cambiar frecuentemente de persona para que él pudiese hablar directamente. En este últi ,~o~~,~~artado estttrabajo ya nos ha sidoVpo 'uno de sus portavoces más cualificados, como es el evangelista Juan. El se ha propuesto poner en su boca, mediante la fórmula "Yo soy", toda la reflexión teológica que en sus comunidades se había sido hecho sobre él. En el cuarto evangelio, la fórmula nunca es una expresión utilizada para la identificación de las personas por las que preguntamos. Siempre es una fórmula epifánica o de revelación.

La forma más frecuente añade al "Yo soy" una precisión, como las que enumeramos a continuación: "Yo soy el pan de la vida"; "Yo soy la luz del mundo"; "Yo soy la puerta de las ovejas"; "Yo soy el buen pastor"; "Yo soy la resurrección y la vida"; "Yo soy el camino, la verdad y la vida", "Yo soy la vid verdadera". ¿Puede urgirse que son siete las precisiones añadidas al Yo soy? Probablemente sí. Se nos estaría diciendo, mediante el simbolismo del número siete, que significa plenitud y perfección, que Jesús es todo lo que el hombre necesita o, viceversa, que lo buscado por el hombre se encuentra en Jesús. Téngase en cuenta que todas las precisiones añadidas al Yo soy, tanto las que suenan a lenguaje directo como las que son claramente simbólicas, se hallan en relación con la vida, que es Jesús mismo y que él comunica a los creyentes. Todas las precisiones tienen su centro de gravedad en la afirmación cristológica siguiente: quien cree en él tiene la vida eterna (Jn 3,16).

En estos "Yo soy" se halla concentrada toda la revelación aportada por Jesús. ¿Qué es lo que Jesús revela? ¿Qué nos comunica como intérprete de Dios? Sencilla y llanamente una sola cosa: que él es el Revelador. Revelador y revelación constituyen una única realidad que Dios quiso vincular a la persona de Jesús de Nazaret. Mediante los "Yo soy" se nos está diciendo que la revelación de Dios es un don absoluto, una gracia inimaginable, que lleva implícita la concesión de la salud o de la salvación eterna. Esto, a su vez, significa la relativización absoluta de lo que el hombre se cree: el hombre piensa que tiene pan suficiente, pero se muere de hambre; se imagina haber descifrado todos los enigmas pero, en definitiva, vive en la oscuridad, cargado de interrogantes; le falta la luz; se felicita por la posesión de la vid como símbolo de la felicidad, pero él mismo está convencido de que la verdadera dicha se le escapa.

Debemos reconocer, sin embargo, que tanto el descubrimiento de la realidad gozosa que se esconde detrás de la presentación de Jesús en sus "Yo soy", como el convencimiento de que el mundo vive de apariencia y cargado de oscuridad y de tinieblas, sólo es posible desde la aceptación de Jesús como el revelador del Padre o desde la autopresentación de Jesús como el "Yo soy el Revelador".

Para resaltar todo lo posible el alcance de los "Yo soy" el evangelista ha echado mano de todos sus recursos literarios En primer lugar menciona siempre el pronombre personal de primera persona "Yo". El verbo griego no necesita que se le antepongo o se le posponga el pronombre personal. Bastaba, por tanto, con decir: "soy el pan vivo, soy la luz, soy la puerta..." El evangelista hace una excepción a la regla general y siempre antepone el "Yo" a lo que va a decir de él. ¿Por qué y para qué? Para que el lector se fije en la persona que habla; para poner de relieve su importancia; para subraya r su personalidad y dimensión únicas.

También es un recurso literario importante la estructuración que da a estos proverbios o sentencias. Hablando de forma genérica tienen dos parles: en la primera se presenta la revelación, por ejemplo "Yo soy el pan vivo"; en la segunda se habla de la promesa, por ejemplo, "quien venga a mí no tendrá más hambre". Revelación y promesa. Tanto en la una como en la otra se acentúan dos aspectos. A la revelación, por ejemplo "Yo soy" se añade una precisión "el pan vivo, la luz..." con las consiguientes connotaciones. La promesa consta de una invitación, "quien venga a mí o si alguien viene a mi" y de una garantía, "no tendrá más hambre, no caminará en tinieblas, tendrá la vida..."

Mediante estos recursos literarios se está diciendo que en los "Yo soy" se dan cita dos cosas

igualmente fundamentales. Por un lado se trata de sentencias o proverbios que son verdadero anuncio evangélico, auténtica predicación cristiana. Más aún, podríamos afirmar que son como la quinta esencia del evangelio. Otro aspecto esencial de los "Yo soy", en cuanto que son la autorrevelación de Dios manifestado en Cristo, es su poder de interpelar al hombre; ellos le colocan ante la decisión; el hombre se siente obligado a optar por el "Yo soy" o por aquello que sólo es en apariencia.

El "Yo soy" es utilizado otras veces de forma absoluta, sin precisión alguna: "Os lo digo antes de que suceda para que, cuando suceda, creáis que Yo soy" (Jn 13,19; otros textos interesantes tenemos en Jn 8,24. 32. 58). En cualquiera de los casos, tanto si la fórmula es utilizada con una precisión o de forma absoluta, se trata de poner de relieve la dignidad excepcional de Jesús. La aceptación del Yo soy nos traslada al terreno de la fe y de la vida.

Nuestra fórmula es utilizada también con un participio: "Yo soy el que te hablo" (a la Samaritana, Jn 4,26). "Yo soy el testigo que, con el Padre, da un testimonio verdadero" (en una discusión con los judíos, Jn 8,18).

Esta sorprendente densidad de significado vinculado a la fórmula en cuestión tiene múltiples

antecedentes. Sus últimas raíces las tenemos en el A. T.: es la misma fórmula utilizada por Dios para presentarse o definirse: "Yo soy el que soy". "Yo soy". "Yo soy Yahvé, tu Dios". "Yo soy Yahvé, el único, y. no hay otro" (Ex 3,14; 20,1-2; Is 45,5. 6...).

La mayoría de las precisiones añadidas a los "Yo soy" son bien conocidas del A. T., del judaísmo contemporáneo de Jesús y de los monjes de Qumran. Pensemos en el pan, la luz, la resurrección y la vida, el camino, la verdad y la vida. Una terminología que apuntaba hacia el bien supremo, hacia la salud-salvación que sería traída por el Hijo del hombre o por el Mesías cuando hiciese su aparición en nuestro mundo. Teniendo esto en cuenta los "Yo soy" son la presentación de Jesús como el cumplidor de las antiguas esperanzas. Se está diciendo de este modo a los lectores del evangelio que Jesús, como cumplidor de las esperanzas salvíficas escatológicas (la salvación esperada para los últimos tiempos) invita ya ahora, aquí y a mí a la participación en aquello que él es para el hombre: el pan, la luz, la vida.

También es posible que haya influido en el uso de la fórmula "Yo soy" el entorno cultural en el que otros "reveladores" se presentaban con análogas pretensiones de ser camino, verdad, vida, luz. Muy probablemente éste sería el caso célebre de Simón Mago (Hch 8,9-11). No obstante la fórmula utilizada por Juan carece de tono polémico y su carácter es totalmente positivo, centrado en la exclusividad de la persona y del significado de Jesús...

Tal vez sea necesario, para mayor exactitud, hacer una distinción. Cuando el "Yo soy" es utilizado como el resumen o la síntesis de las dos grandes alegorías, la del pastor y la de la vid: Yo soy el "buen

Mediante los adjetivos "bueno y verdadero", que hemos entrecomillado, se acentuaría polémicamente la exclusividad de Jesús en ese terreno. Se estaría diciendo que sólo él es el pastor, que sólo él es la vid, frente a otros que tenían la pretensión de serlo (procedentes del mundo de la gnosis). Si bien es cierto que las dos metáforas son bien conocidas del A. T., no lo es menos que la fórmula como tal "Yo soy el pastor o la vid" no se halla en él, y sí en las distintas corrientes gnósticas. En los demás casos tenemos siempre una fórmula de identificación, en el sentido siguiente: Jesús, en cuanto Logos o Palabra encarnada, es lo que se dice en los "Yo soy". Nunca es una mera fórmula de identificación en el plano humano, como ya apuntamos al principio.

La fórmula "Yo soy" nos sitúa en el terreno de la gran revelación. Al trasladar a Jesús una fórmula que designaba la "exclusividad" de Yahvé, se pone de relieve su dignidad única, la que corresponde al revelador último y definitivo de Dios. Su autorrevelación es pretensión y promesa. Nos dice quién es Cristo y lo que Cristo significa. Así se juntan en ella la dimensión cristológica y la soteriológica. Las precisiones añadidas presentan a Jesús como el don de Dios para los hombres. Esto significa que la razón última en la utilización del "Yo soy" es de tipo existencial. Jesús es lo que el hombre necesita, la respuesta a sus interrogantes y deseos: luz, verdad, vida, seguridad...

BIBL. — Comentario al Nuevo Testamento. La Casa de la Biblia, 1995, donde se podrán encontrar los diversos aspectos desarrollados aquí. FELIPE F. RAMos, El Reino en Parábolas,, Salamanca, 1996; FELIPE F. RAMOS, Los milagros ¿liberan o encadenan?, Torre de l Mar, Málaga, 1999; JOHN P. MEIER, Un judío marginal "Nueva visión del jesús histórico", I. 1998. - 11/1, 1999, edit. Verbo Divino; J. D. CROSSAN, jesús: "Vida de un campesino judío", Crítica, Barcelona, 1994.

Felipe F Ramos

Avaricia