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La crisis inaugurada en 1820, con la caída del Directorio, habilitó discursos que fortalecieron la condena hacia quienes se consideraban responsables de la situación de acefalía y de confusión políti- ca que afectaba a Buenos Aires. El enfrentamiento entre facciones opuestas fue una característica del período, así como la proliferación de publicaciones periódicas y la creación de sociedades literarias que generaban amplios márgenes para la expresión de la opinión pública.

La guerra iniciada con Santa Fe a partir de 1820 generó discursos laudatorios a la acción de Buenos Aires y detractores hacia los líderes regionales. Inmediatamente después de la batalla de Cepeda1 el

Congreso envió una nota al Director Supremo en el que abogaba por la pronta paz con las provincias del Litoral, lo cual redundaría en la “salvación de la patria” y el restablecimiento de la cordialidad y confianza recíprocas (Gaceta de Buenos Aires, 1910, t. VI, p. 27).2 En el mismo sentido el Cabildo

apelaba a la hermandad para sepultar la “horrible discordia”. La derrota del ejército de Buenos Aires por parte de los líderes del litoral produjo una gran humillación a esta última y la prensa periódica reproducía los escritos que se emitían desde los bandos en pugna.

La invasión por parte de Santa Fe al territorio bonaerense dio lugar a una publicación extraordi- naria de la Gaceta, en julio de 1820, en la que se califica de “aventureros” a los santafecinos, situa- ción a la que pondría fin Buenos Aires para recobrar su “respetabilidad” y reivindicar sus “derechos ultrajados”, para lo cual solicitaba la ayuda militar que pudieran brindar las fuerzas de la campaña (Gaceta de Buenos Aires, 1910, t. VI, p. 229). La crisis política subsiguiente, agravada con la caída del Directorio, habilitó un discurso denostativo hacia los llamados “anarquistas” que ejercían “depreda- ciones” en el territorio bonaerense.

Unos meses más tarde, en octubre de 1820, y dentro del mismo contexto de las guerras instaladas

1. Los enfrentamientos entre Buenos Aires y el Litoral recrudecieron en 1820 luego de que el fallido intento constitucional de 1819 impulsara a los caudillos a invadir territorio bonaerense y derrotar al ejército directorial en la batalla de Cepeda producida el 1 de febrero de 1820. 2. La Gaceta de Buenos Aires se editó entre junio de 1810 y 1821 y constituyó el periódico oficial de los gobiernos revolucionarios. Sus redac- tores en los primeros años fueron: Mariano Moreno, Bernardo de Monteagudo, Gregorio Funes, Pedro Agrelo, Vicente Pazos Silva y Manuel García, todos ellos activos protagonistas de las distintas facciones que se disputaban el poder. Durante el gobierno del Primer Triunvirato, en marzo de 1812, y por iniciativa de Rivadavia tomó el nombre de Gaceta Ministerial con lo cual se generaron pugnas de opinión respecto de la libertad de imprenta entre los editores morenistas como Bernardo de Monteagudo. La Gaceta retomó su nombre original en 1815 y cerró definitivamente en septiembre de 1821.

en el Litoral, la Gaceta publicó sendos oficios de los gobiernos de San Juan y Mendoza en los que Carlos de Alvear y José Miguel Carrera son definidos como “los monstruos de los funestos males”, “opresores de la libertad”. A ellos se sumaba la complicidad de López, gobernador de Santa Fe. Al mismo tiempo, el pueblo de Buenos Aires se presentaba como víctima de los “proyectos de la criminal ambición de los proscriptos americanos” (Gaceta de Buenos Aires, 1910, t. VI, pp. 268-269). De este modo Cuyo se ponía a la par de Buenos Aires en su condición de víctima que sufría los perjuicios de la “arbitrariedad” y de las “aspiraciones insidiosas”.

Los efectos generados por la crisis política se reiteran en la producción periodística oficial una vez culminado el “infausto” año veinte y las observaciones de la Gaceta se replican a los efectos de advertir que la posteridad nominaría a ese momento como “gobierno de los monstruos”. Frente a la confusión y destrucción que generó el “furor anárquico” se levantaba la voz de la “razón”, de la “justi- cia” y de la “patria”, valores abstractos e inapelables, que defendían los “buenos ciudadanos” (Gaceta

de Buenos Aires, 1910, t. VI, p. 353).

En el mismo sentido Martín Rodríguez, gobernador de Buenos Aires desde septiembre de 1820, emitió una proclama destinada a los hijos y habitantes de la ciudad portuaria en la que reiteraba la humillación a la que había sido sometida Buenos Aires por parte del “imperio de los monstruos” y la inminente amenaza del jefe entrerriano Francisco Ramírez cuya “alevosía” descargaba contra ella (Gaceta de Buenos Aires, 1910, t. VI, p. 413-414).

Lo que subyace a estas formas discursivas es la relación de fuerzas que se establecía en medio de los conflictos facciosos. La “anarquía”, como sinónimo de caos y desorden era la que fomentaba un sis- tema destructor de la Patria, cuya defensa se arrogaba cada facción. La prensa periódica contribuía a fomentar el discurso maniqueo que, en el caso de la Gaceta, se ocupó de denostar las manifestaciones de federalismo, asociado a la “maldad” y la “ignorancia”. Los líderes regionales eran desautorizados por un discurso que los presenta como la personificación del mal.

Ramírez, López, Artigas, Carrera y Güemes, se incluyen en el colectivo de “tiranos”, cuyo “plan diabólico” atentaba contra los ciudadanos de bien. La Gaceta transcribió, en julio de 1821, un oficio por parte del nuevo gobierno de Salta que celebraba la muerte de Güemes y la carta de un “sujeto respetable de Córdoba” a otro de Buenos Aires en que identificaba como facinerosos a Güemes y a Ramírez (Gaceta de Buenos Aires, 1910, t. VI, p. 554).

En el mismo sentido “El Correo de las Provincias”3 reprodujo un escrito, entre diciembre de 1822

y enero de 1823, cuyo autor, identificado como un “vecino de Salta”, exponía los hechos sucedidos desde el ascenso al gobierno de Güemes en 1815 hasta su muerte. “Ferocidad”, “malicia”, “tiranía”, “saqueo”, “asesinato”, “desolación”, “codicia” y “venganza” forman parte de la descripción del pano- rama de la región como consecuencia de las prácticas políticas impulsadas por Güemes. Su muerte, a manos de los realistas a fines de 1821, habilitó la posibilidad de emitir una serie de improperios referidos a su persona y a su gestión como gobernador. Ellos constituyen una expresión de los enfren- tamientos y cruces de poder que se producían en Salta y que el periódico porteño reproducía a fin de enfatizar una representación negativa de los efectos de la crisis y de la fragmentación política que se había iniciado con la caída del Directorio en 1820 (“El Correo de las Provincias”, 1960, t. X, p. 9095).

Por su parte, en medio de las disputas al interior del Congreso Constituyente en 1825, “El Nacional” publicó fragmentariamente, durante varios números, el relato de un episodio que refiere a la situación presentada en Córdoba cuando, entre febrero y marzo de ese año, Juan Bautista Bustos desconoció la elección del nuevo gobernador y se hizo reelegir, no por parte de la Sala de Representantes, sino por un conjunto de electores nombrados para constituirla. El hecho se percibía como la manifestación de un movimiento anárquico, que “ultraja a la nación” e “insulta” al Congreso. El suceso se califica como un “atentado ilegal” y “monstruoso” gestado a partir de “maniobras subterráneas” que prepararon una obra propia de las “tinieblas” (“El Nacional”, 1960, pp. 9485-9486).

Las discusiones que incluye la prensa manifiestan un combate por la hegemonía de la palabra. La profusión de publicaciones y asociaciones literarias durante la década de 1820 estimulaban la

3. “El Correo de las Provincias” se dedicaba especialmente a difundir noticias de las regiones del interior. El 19 de noviembre de 1822 comen- zó a publicarse este periódico quincenal editado por Fortunato Lemoyne, un periodista proveniente de Chuquisaca que ya había redactado otra publicación “El año veinte”, afín a la política rivadaviana. “El Correo de las Provincias” se editó durante cinco meses y culminó con el número 17, el 10 de abril de 1823.

confrontación que descalificaba a la facción opositora a través de recursos metafóricos asociados a la monstruosidad que, por oposición, habilitaba la consagración laudatoria del ‘nosotros’.

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