2. Vicios de argumentación lógica, teológica y escriturística
2.9 Desprolijidades y arbitrariedades exegéticas
2.9.1 Falta de familiaridad con la ciencia bíblica
Primer ejemplo: Comentando su obra sobre san Pablo, señala un crítico: "Está claro que es legítimo examinar a Pablo con la
finalidad de aplicar su pensamiento a usos teológicos contemporáneos. Pero el tratamiento que hace Segundo de Pablo es
insatisfactorio tanto desde el punto de vista exegético como sistemático. El estudio se resiente debido a la decisión del autor de
evaluar a Pablo sobre la única base de la carta a los Romanos y prescindiendo, además, de Rm 9-11 y 13,1-7, a pesar de la relación que tienen estos pasajes con la universalidad de la salvación y la relevancia política del pensamiento de Pablo. Comentarios
Nuevo Testamento traicionan una falta general de familiaridad con la ciencia bíblica reciente. Como resultado de un recurso limitado a
obras exegéticas, la presentación que hace Segundo de la teología paulina queda mayormente privada del test que significaría una confrontación con la ciencia reciente –un defecto que se exacerba por su tendencia a caricaturizar otras visiones alternativas y
desecharlas como infantiles" [...] "A pesar de la afirmación
contraria [de Segundo], la traducción de Romanos no siempre intenta ser fiel al original griego"26.
Segundo ejemplo: Igual insuficiencia de indispensable información exegética caracteriza su obra El caso Mateo27, donde el mismo Segundo se excusa de no ser exegeta de profesión:
"Dicho esto, y con el debido 'temor y temblor' de un teólogo que se aventura imprudente y temerosamente en el terreno de la exégesis, pongo manos a la obra"28. A pesar de esta declaración inicial, en el resto de la obra no se nota que le tiemble el pulso, cuando se trata de afirmar certezas y sacar conclusiones. El apoyo exegético y de ciencia bíblica de esta obra es en verdad exiguo. Segundo se conforma con dos artículos de Käsemann, uno de Paul Beauchamp, y se contenta con aducir como autoridad el comentario de Pierre Bonnard, favorable a su opinión. Segundo parece no haber querido cargarse con el peso de una investigación que le habría impedido levantar vuelo y planear a su gusto hacia donde quería llevar sus argumentos y transportar a sus lectores. Pero el camino hacia la verdad exegética y teológica no conoce atajos y, en este espacio, aventurarse a vuelos de Ícaro es riesgoso.
El Caso Mateo presenta como cierto o indudable lo que es
altamente conjeturable y en muchos casos improbable. Es por eso una obra atrevida, en el sentido de que se arroja a elucubrar hipótesis que podrán deslumbrar al lector desprevenido, pero tienen pies de barro. Toda su elucubración está gobernada por el interés de demostrar la existencia de un pluralismo dogmático en la Iglesia primitiva. Esa demostración le serviría, de cara a la Iglesia actual, para convalidar el relativismo doctrinal y las resistencias al Magisterio, el cual encarnaría el espíritu de Mateo, prestigiando el disenso con un pretendido sello paulino.
Tercer ejemplo: Juan Luis Segundo afirma que Pablo refiere las imágenes del "cultivo de Dios" y del "edificio de Dios" en 1 Cor 3,9 al Reino de Dios, y que son 'sinónimos' del Reino de Dios29. Es una
grosera confusión que induce a error al lector. Pablo aplica esas imágenes a la comunidad eclesial de Corinto y no al Reino, que es para él una realidad netamente distinta.
Cuarto ejemplo: Juan Luis Segundo afirma que "ninguno de los
sinópticos –a diferencia del evangelio joánico– pasa de llamar a Jesús 'hijo –¿o siervo?– de Dios' (cf. Mc 1,1), en un sentido bíblico que pone a Jesús por encima de los profetas, pero no aún en la esfera de la divinidad". Esta interpretación de Segundo descansa
sobre una exégesis minimalista de escenas trinitarias como la del Bautismo y la Transfiguración. Pero dejando éstas de lado, puesto que no les reconoce valor probativo en ese sentido, expongamos algunos hechos que muestran lo infundado de esa afirmación. En Mateo no sólo es adorado el niño Jesús por los Magos que se postran ante Él ofreciéndole incienso como a Dios30, sino que también los discípulos adoran al resucitado, primero las mujeres y luego los discípulos, a pesar de las vacilaciones de algunos31. Mateo ha reconocido y propone tan fervorosamente la divinidad de Jesús, que retroproyecta la confesión de su divinidad hacia atrás en su vida pública, durante la cual también lo adoran: el leproso (8,2); el magistrado de 9,18; los discípulos en la barca ante la tempestad calmada (14,33); la cananea (15,25); la madre de los Zebedeos (20,20)32. Pero además, Jesús envía a bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y se propone como el 'Emmanuel': Dios-con-nosotros, que estará con los discípulos hasta el fin de los siglos (28,20). Todos rasgos divinos, por no alegar su función de Juez universal.
Marcos comienza proclamando que Jesús el Cristo es el Hijo de Dios, tal como lo reconocerá el Centurión a los pies de la Cruz. En este evangelio Jesús se identifica a sí mismo con el Reino de Dios (1,14-15); identifica al Hijo del Hombre con el Hijo de Dios (8,38) y con el Servidor sufriente (10,45); se atribuye el título de Señor (5,19; cf. 2,28); y no sólo acepta que se lo confiera la mujer sirofenicia (7,28), sino que ése es el motivo por el que accede a su ruego. Prescindamos del hecho de que Jesús tiene el poder de curar leprosos, que era considerado equivalente al poder divino de resucitar muertos (1,40-44; cf. 2 Reyes 5,7), porque también lo tenían Elías y Eliseo, que fueron sólo profetas. Pero Jesús habla y enseña como quien tiene propia autoridad y no como los escribas (1,22.27); por eso mismo se arroga el poder, reconocidamente
exclusivo de Dios, de perdonar pecados (2,7.10); el de modificar las leyes de lo puro y lo impuro (7,1-23); el de desafiarlas no sujetándose a ellas33. Se declara también 'Señor del Sábado' (2,28) e interpreta su observancia. Por fin, con cuatro grandes signos, muestra el poder sobrehumano, divino, de su palabra, no sólo capaz de enseñar sino de enseñorear los elementos (4,35-41); arrojar los demonios al fondo del mar (5,1-13; obra de Dios predicha por Miqueas 7,19); y mostrarse, por fin, Señor de la Vida (5,25-34) y de la muerte (5,21-24.35-43) como se ve en los milagros de la hemorroísa y la niña muerta, relacionados por el número doce (5,25.42): símbolo de la vida y de la plenitud del pueblo34.
Quinto ejemplo: Juan Luis Segundo afirma que "Jesús conoce una sola obligación para el ser humano: el amor y servicio mutuo". Y alega como prueba de este aserto el texto paulino: "Con nadie
tengáis otra deuda que la del mutuo amor" (Rm 13,8)35. Juan L. Segundo afirma que ésa es la única obligación de los creyentes. Eso es más de lo que afirma o prueba el texto, el cual se refiere a la convivencia entre creyentes y ofrece una norma de vida a la vez que un principio de discernimiento. Pero sobre todo es más de lo que Pablo afirma en otros textos en que habla de otras obligaciones de los creyentes.
Es verdad que la convivencia eclesial tiene por norma suprema la Caridad (1 Cor 13). Pero por Caridad (agapé) entiende Pablo –y esto lo pasa en silencio Juan Luis Segundo habitualmente– principalmente el amor a Dios y a los demás por Dios. La misma Caridad se expresa, pues, también, obligadamente en el culto36, que es expresión de la caridad con Dios. El amor a Dios es la forma de esa virtud37. El amor mutuo entre el creyente y Dios, es también obligación, como se ve en otros textos que Segundo omite
considerar. Por ejemplo: "ofreced vuestros cuerpos como una
víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será vuestro culto espiritual" (Rm 12,1). También es obligado prestar la obediencia
de la fe (Rm 16,26-27). Pero sobre todo el Himno cristológico de Filipenses 2, que hace culminar toda la obra de Cristo en un "para
gloria de Dios Padre" (2,11) muestra que todo obrar cristiano,
como el de Cristo, es determinado por su fin, y éste no puede ser otro que el de dar Gloria al Padre. A esta luz, la doctrina paulina sobre la única obligación no sería la que afirma Juan Luis Segundo. Según Pablo, Jesús conoce una sola obligación para el ser humano:
dar gloria al Padre. Las obras en favor de los demás están
sometidas al criterio de discernimiento de esa Caridad. Nada son sin esta Caridad, como alega explícitamente Pablo en 1 Cor 13,1-3.
Ésta es la verdad completa que se desprende de una correcta lectura de dichos textos de san Pablo. Y esto es lo que ha expresado la tradición católica al afirmar que la Caridad, es decir el amor a Dios y a los demás por Dios, es la forma de todas las virtudes, de tal modo que, sin ella, no puede haber ninguna verdadera virtud38. Aquí se ve cómo la hermenéutica de Juan Luis Segundo se orienta en la dirección selectiva de los pensadores naturalistas que, al excluir a Dios mismo como objeto del amor del hombre, e incluso negando que tengan sentido la adoración y demás actos de culto religioso, han reducido la Caridad a Filantropía. Pero de esto se volverá a tratar en 3.4.