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Pío IX El Syllabus: «sin talante alguno dialogal»

In document Horacio Bojorge - Teologías deicidas (página 101-106)

4. Actitud ante el magisterio

4.7 Ante el Magisterio del Papa

4.7.3 Pío IX El Syllabus: «sin talante alguno dialogal»

El optimismo histórico moderno de Juan Luis Segundo respecto del avance de la historia de la humanidad es paralelo a su pesimismo respecto de la actitud de la Iglesia ante «la historia». Mientras Segundo considera que la línea evolutiva de la historia del mundo es progresiva y ascendente, ve la de la Iglesia como descendente y regresiva. El pueblo de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento fue capaz de generar dogmas, las «masas» católicas actuales no son ya confiables, a no ser puntualmente, cuando se trata de verlas como antagonistas del magisterio infalible del Papa.

Segundo considera que «los avances del humanismo... tienen un

carácter visiblemente progresivo» y que por lo tanto «parecería que sólo peligrosos o nostálgicos pueden pensar en volver atrás». E

cierto magnetismo personal de Pío IX, así como su situación de perseguido, no dejan de darle a esa tentativa ciertos visos de posibilidad y aún de probabilidad»31.

Los reflectores apuntan ahora a otro Papa: Pío IX, caracterizado, mediante la mise en scène expositiva, con los rasgos de peligroso o

nostálgico.

He aquí cómo interpreta su figura y su acción Juan Luis Segundo: «El mismo Pío IX en 1864 había publicado el famoso Syllabus, donde el lector hallará, de modo inequívoco, la

condenación que la Iglesia hace, sin talante alguno dialogal, de

todas y cada una de las tentativas humanistas de la época. Tal vez,

entre casi un centenar de condenaciones, valga la pena recordar una, la más significativa, creo yo, de la posición humana que de algún modo las explica todas: el Papa condena a quienes pretendan que ‘el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y

transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna’ (DS 1780). Y puede pensarse ¡Cuántas duras batallas

librará la teología32 y qué difíciles e importantes victorias logrará en los cien años que separan el Syllabus del Vaticano II, que, según el Papa que lo presidió, Pablo VI, 'vuelve la Iglesia hacia la

dirección antropocéntrica de la cultura moderna’ (discurso de

clausura del Vaticano II en 1965)!»33.

4.7.3.1 Un prejuicio anticlerical

¿Cuál es el sentido del artículo del Syllabus que escandaliza a Segundo porque condena la proposición: «El Romano Pontífice

puede y debe reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna»?

Dejemos que esclarezca el escándalo de Juan Luis Segundo un documento histórico, escrito 83 años antes que el libro de Segundo, pero que parece responder a sus términos con profética anticipación. Veamos cómo refutaba Monseñor Mariano Soler, Arzobispo de Montevideo, en 1906, los dichos que Segundo ha hecho suyos, reconociéndoles vigencia después de un siglo: «Los

adversarios de la Iglesia encuentran en esta condenación el motivo más poderoso de escándalo y de su aversión contra ella. Y sin embargo, que Pío IX al condenar dicha proposición haya tenido la intención de reprobar la guerra hecha a la Iglesia y las violencias

ejercidas contra ella en Italia (1860) usando las palabras especiosas de progreso, liberalismo y civilización, y no lo que tienen estos conceptos de verdadero y de bueno, es de la mayor evidencia para los que saben que esta proposición fue sacada de la Alocución Iamdudum, en que precisamente estas palabras tienen el sentido indicado. No hace más que oponer la civilización cristiana a la atea y al anticristianismo. Pretender que en este pasaje se

manifieste más que en ninguna otra declaración pontificia, en el orden de los hechos, un pretendido antagonismo entre la Iglesia y el pensamiento moderno respecto a la dirección práctica de la vida civil y social, no es más que un prejuicio anticlerical, que ningún

juez imparcial podría negar sin ponerse en contradicción con el testimonio de toda la historia, y especialmente, de la contemporánea»34.

Testimonio histórico de que la mentalidad católica no era opuesta a la libertad y al progreso sino a los abusos que se quería cobijar bajo esos nombres es el siguiente texto: «Lejos de ser hostil

o indiferente al progreso de las ciencias, la religión no puede menos de aplaudirle entusiasta; ella encuentra en su concurso una fuerza irresistible para su propia defensa y su más glorioso triunfo: ella es por excelencia la filosofía y la civilización espiritualista»35. Pero ¿es posible vencer la tozudez impertérrita con que la leyenda negra anticatólica repite sus slogans hasta imponerla a la mente de teólogos y sacerdotes?

Sólo si se admite que Segundo padecía de una grave ignorancia histórica es posible eximirlo de la parcialidad en el juicio que atribuye Monseñor Soler al prejuicio anticlerical.

¿Tendremos que recordar, otra vez más, los métodos del anticlericalismo en su persecución anticatólica, que pasa por alto Juan Luis Segundo? Lo haremos más adelante, pero conviene adelantar a este lugar algo de esa memoria. Vaya, pues, un ejemplo: «Por eso –dice Monseñor Mariano Soler citando al liberal Leroy Beaulieu– cuando después de ciertas conferencias, en que se

excitaba a los anticlericales a tomar medidas enérgicas, aun de fuerza, contra los católicos y sus instituciones, y se organizaron asonadas y algaradas contra peregrinaciones de señoras indefensas, insultándolas y silbándolas de la manera más cobarde e indecente; y se apedreaba los templos y conventos, y se lanzaban

por algún órgano de prensa y por liberales sensatos, que les recordaban el respeto mutuo, nuestro autoritario anticlericalismo trató de reprobar lo que llama liberalismo manso e inconsecuente, porque proclama el respeto a la libertad de los demás y condena esas excitaciones cobardes a las pasiones de la muchedumbre, que al recorrer las calles, abochornaban a las mismas piedras con que apedreaban la libertad religiosa. Todo eso es bochornoso para la civilización y la libertad... Toda la actividad del jacobinismo consiste en manifestaciones de intolerancia: sus mitines y conferencias son contra el clericalismo, y su palabra sacramental;

mueran los católicos, muera la Iglesia; sus proyectos y leyes

incautarse de los bienes eclesiásticos, poner trabas al ejercicio del culto, prohibir las comunidades religiosas, imponer leyes contrarias a las creencias católicas, como si los católicos no fuesen tan ciudadanos como los demás, dignos de ser respetados en sus creencias; y todo esto en nombre de la libertad»36.

Juan Luis Segundo reconoce que: «La segunda mitad del siglo

XIX, tal vez los años que precedieron al concilio Vaticano I (1870), señala el momento de mayor conflictividad, desde el Renacimiento, entre humanismo y dogma católico»37. Pero este dicho es inexacto en múltiples sentidos. Primero porque también la primera mitad del siglo XX registra las violencias anticatólicas que Juan Luis Segundo pasa por alto. Y en segundo lugar, porque no se trata solamente de un conflicto de ideas, sino de la persecución de un pueblo, al que se combate en sus convicciones, tanto como en sus instituciones, su culto y sus manifestaciones públicas, sus costumbres...

4.7.3.2 Un antimodelo: el dogma de la Inmaculada Concepción Bajo el título «Pueblo sujeto vs. pueblo objeto» dice Juan Luis Segundo en El dogma que libera: «La continua comparación entre

lo que ha dado la búsqueda de elementos y métodos dogmáticos en el Antiguo Testamento38 y, por otro lado, un ejemplo extremo que he usado sin cesar como telón de fondo –la declaración dogmática de Pío IX sobre la Inmaculada Concepción de María– puede irritar y bloquear el pensamiento, en lugar de activarlo»39.

¿Cómo surge ese dogma bíblico, que se prestigia como democrático, frente al ejemplo bloqueante e irritante del dogma

aristocrático surgido de una decisión vertical y revestida de una pretensión infalible?: «El dogma bíblico tiene... algo así como dos

tipos de autores en ambos extremos de la obra literaria. Unos, los propiamente llamados ‘autores’, los creadores, bajo la inspiración divina, de los documentos donde la revelación o palabra de Dios queda depositada. Y otros receptores, que, desde la fe en quien conduce ese proceso, fijan (de una manera algo más pasiva, es cierto, pero no menos decisiva40) dónde se halla presente ese proceso que, de crisis en crisis, enriquece, humaniza y libera a esa comunidad humana»41.

A pesar de lo que el modo de expresarse de Juan Luis Segundo pueda sugerir, estos libros no son fruto del trabajo en equipo de diversos autores. Aún cuando detrás de algunos de esos libros se reconoce la existencia de escuelas, se trata de individuos enfrentados a menudo en relación antagónica con el pueblo: Moisés, Isaías, y otros profetas. La Sagrada Escritura los presenta como aristócratas de la fidelidad a Dios frente a un pueblo inclinado a la infidelidad y a olvidar o traicionar la Alianza. La inspiración es un carisma «aristocrático» concedido a un hagiógrafo y que hubiese podido compararse al de la «infalibilidad» concedida al pontífice. El pueblo de Israel, más que receptor dócil de la revelación, fue un pueblo “de dura cerviz”, rebelde e inclinado por

mayoría democrática a la desobediencia y a la idolatría. Es

idealizar algo románticamente, desconociendo la verdad de los hechos, presentar a ese pueblo como un pueblo sediento de Dios y que a fuerza de buscarlo terminaba por encontrarlo.

4.7.3.3 Desacuerdo de fondo con el Magisterio pontificio

Juan Luis Segundo opone a esta manera «humanizadora y liberadora», a la vez que históricamente muy natural, de generarse el dogma, el siguiente retrato del Magisterio eclesial: «Sorprende,

entonces, como algo ajeno a la acostumbrada actitud divina de

asociar al hombre a todos los planes de Yahvé, el que el dogma,

con la infalibilidad que la guía divina le confiere, deje de asociar, como si fuera un factor perturbador, a la comunidad de fe en el proceso de auto-revelación, y el reconocimiento de su palabra quede, así, librado a una sola instancia autoritaria, que puede actuar sin consultar siquiera a esa comunidad, o consultándola de

un modo ‘formal’, es decir, consultándola directamente sobre el dogma, pero no sobre sus problemas, esperanzas y crisis asociadas a ese dogma en cuestión. A este último caso parecería ajustarse, entre otras, la definición de la Inmaculada Concepción de María (y la consulta que, se aduce, se hizo a la Iglesia a propósito de ella)»42. «No se tome lo dicho... como un juicio en pro o en contra de la Inmaculada Concepción. Tómese, eso sí, como un ejemplo de

una concepción reductora y empobrecedora de cómo se llega a

establecer un dogma, aunque ése pueda ser43 verdadero en sí mismo»44. «No está errado el lector que saque como consecuencia... que el autor45 no está de acuerdo con la forma en que el magisterio eclesiástico ha procedido, por lo menos en tiempos recientes... a fijar la verdad dogmática en la Iglesia católica»46.

4.7.3.4 ¿Revelación o descubrimiento de la verdad?

Estas evaluaciones de uno y otro modo de generarse el dogma presuponen un olvido, del hecho de la Revelación y su trasmisión47, puesto que considera la verdad dogmática como el resultado de una búsqueda por caminos humanos que se va dando con la historia. Juan Luis Segundo impugna la idea del «depósito».

Según Juan Luis Segundo, en el Antiguo Testamento ha tenido lugar un cierto «proceso de ‘búsqueda pedagógica’ de la

verdad»48; «la comparación que se ha hecho en este capítulo muestra sólo que el método para buscar la verdad varió mucho al pasar de un Testamento al otro, al menos con el correr del tiempo y bajo diferentes condicionamientos históricos influyentes en la institucionalización de la Iglesia»49. «Se tratará de mostrar, a medida que se desarrolla la historia, que, de hecho, esa búsqueda

de la verdad... nunca cesó [...] Esa manera empobrecida de llegar

al dogma, a la que me he referido [el magisterio eclesial]... no es, por suerte, la única que ha poseído realidad histórica ni, por otra parte, actúa en estado puro»50.

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