CAPÍTULO 1. El problema del reconocimiento
1.2 Reconocimiento, una palabra en clave de actual
1.2.4 La felicidad es inalcanzable
Después del estreno de De monstruos y prodigios, Kuri obtuvo un lugar relevante en la comunidad teatral mexicana. “El prestigio venía de de sus apariciones públicas,
especialmente cuando había una mesa redonda, un simposium, una reunión de
dramaturgos, una muestra de dramaturgia, una presentación de un libro...” (Olmos 2009). A donde se paraba, los periodistas buscaban a Kuri para que les diera alguna entrevista. A Jorge Kuri eso no le alcanzaba. No era suficiente para lo que él estaba pensando, cualesquier cosa que fuera que estuviera pasando por su cabeza.
Como pistas, están los textos que dejó como herencia. Unos pocos publicados. Otros, como las notas de su diario, ni siquiera se conocen públicamente. En uno de estos manuscritos, por ejemplo, escribió que “las fórmulas actuales con las que (se) diseña el teatro realista resultan demasiado tradicionales. ¿No sería mejor complicar un poco más el ajedrez del tinglado? Si la vida es complicada, el teatro debe serlo todavía más” (Kuri s/f a). Definitivamente, no estaba conforme con las formas socialmente aceptadas del teatro de la Ciudad de México que le tocaron vivir.
Creo que el reconocimiento que Jorge buscaba era, finalmente, el de la comunidad teatral. Como todos en esta generación. Cuando empezamos, lo que queríamos era tener un lugar y sentirnos parte de una generación. Estar al mismo nivel de la generación precedente, que era la de Luis Mario (Moncada), Jaime Chabaud, Ximena Escalante, (Flavio) González Mello. Era una sola generación naciente con personas como Edgar Chías, que ya tienen obras en cartelera con éxito. Sentíamos (sobre todo ellos, yo estaba empezando) que ya era hora de formar una nueva generación, que hubiera reconocimiento. Por eso, Jorge estuvo tan interesado en la fundación de Telón de Aquiles, porque le parecía que era la forma de acceder, no sólo a los presupuestos (que es algo a lo que queríamos acceder todos), sino, sobre todo, a la idea de que "la gente de teatro reconoce tu teatro" y creo que es el reconocimiento más importante que buscaba Jorge al principio (Olmos 2009). De alguna manera, la búsqueda de reconocimiento en este grupo de escritores jóvenes los pone en comunión. No alcanzar el reconocimiento anhelado les genera una especie
de desazón que, a su vez, también es compartida por aquellos a quienes la ilusión se les ha terminado; la desazón, en el caso de Kuri, se convierte en lucha descarnada por transformarla, quizá, en felicidad. Es aquí evidente lo que dice Émile Durkheim, en el sentido de que “se forman corrientes de depresión y de desencanto que no emanan de ningún individuo en particular, pero que expresan el estado de desagregación en que se encuentra la sociedad” (Durkehim, 315).
En su ensayo El malestar en la cultura, Sigmund Freud aborda el tema de la búsqueda de la felicidad como algo inalcanzable. Cada individuo, desde su propia constitución síquica irá encontrando maneras de resolver su propia frustración.
El ser humano predominantemente erótico antepondrá los vínculos afectivos que lo ligan a otras personas; el narcisista, inclinado a bastarse a sí mismo, buscará las satisfacciones esenciales en sus procesos psíquicos internos; el hombre de acción nunca abandonará un mundo exterior en el que pueda medir sus fuerzas (Freud, 75)
Es prudente recordar que la intención de estas aproximaciones no es establecer una tipología de la personalidad de Jorge Kuri para saber por qué se suicidó. Por lo mismo, sólo apuntamos que, de acuerdo con la descripción freudiana, percibimos que a este dramaturgo le resultaba muy importante la presencia del otro. Pero, ¿quien era ese otro? ¿Uno que cabía en la visión de mundo que Kuri se planteaba? ¿Uno que tenía que estar ahí y reconocerle su lugar? ¿Uno dispuesto a reconocerlo como embajador de ese
mundo nuevo que quería traer a este mundo? ¿Uno al que, desde que escribió La
amargura del merengue, se presentó como un Embajador? ¿Kuri fue alguien que pretendía desmarcarse del resto del mundo? ¿Quería ser alguien con determinado poder, aunque fuera en la fantasía de la ficción teatral?
Las preguntas que surgen ahora condujeron esta investigación hacia algunas respuestas que, sin pretensión de establecer una verdad absoluta, buscan acercarse a una explicación que logre coherencia con el entramado de los datos obtenidos. Ahora pensamos que la piedra angular de nuestra labor es pensar el suicidio del dramaturgo como una oportunidad para mirar el mundo que él y los suyos miraron. Asimismo, pensamos que, en Kuri, hay una búsqueda de algún otro que deba mirar el mundo como él y que, al mismo tiempo, le permita ser único en ese mundo, que le otorgue una posición de conquistador. No un dramaturgo más, sino el único en su clase, es decir, un artista total, una idea que el romanticismo llevó a su máxima expresión en el siglo XIX con Richard Wagner y su concepción de la obra total, del artista total, director,
compositor, poeta y libretista (Molina 2007, 121).
Jorge había amenazado antes; a mucha gente le dijo que iba a hacer alguna cosa rara. Nunca dijo suicidio, pero sí dijo que quería salir en los periódicos que no fuera en la sección de cultura. Y siempre estaba jugando con esa idea (…) Él se dio cuenta de que nadie le hacía caso y quiso callarnos la boca con ese suicidio (Olmos 2009).
Percibimos, en la narración de los que lo conocieron, una especie de dolor que
acompañaba la existencia de Jorge Kuri. ¿De dónde vino?, nos preguntamos. En El
malestar en la cultura, Freud describe tres fuentes diferentes del sufrimiento humano. “La supremacía de la Naturaleza, la caducidad de nuestro propio cuerpo y la insuficiencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, el Estado y la sociedad” (Freud, 76).
Nada de los textos que recuperamos de Jorge Kuri apuntan a que su dificultad fuera la naturaleza o la “caducidad” de su cuerpo. Sólo algunos datos hacen pensar que lo suyo estuviera relacionado con un asunto de edad. No obstante, sí y como se dijo al principio de este capítulo, con su muerte, puso el dedo en uno de los puntos donde Freud encuentra el origen del sufrimiento: la familia, a la que no se puede desligar de su contexto social y a la figura estatal de la que, sobre todo después de la puesta en escena De monstruos y prodigios, tanto criticó.
A este tercer motivo, Freud le llama de “origen social”, el cual genera una actitud personal muy diferente a la que los seres humanos asumimos cuando tenemos frente a nosotros mismos cualquiera de las otras dos fuentes de sufrimiento. Aquí, en la social, no únicamente se encuentra la relación del individuo con el grupo social, sino la del mismo grupo con el individuo. Kuri, al hablar de familia, no sólo pone sus líneas al servicio de la conciencia de sus consanguíneos. En ellas van, implícitos, los rostros de, tal vez, todos y cada uno de aquellos personajes con los que convivió en vida y a quienes deseaba provocar con fuerza.
No podemos saber qué de lo que decían esos otros llegó a oídos de Jorge Kuri. No es posible saber con fidelidad qué fue lo que realmente pasó porque, al fin y al cabo, la memoria se va intentando a sí misma y, de alguna manera, va traicionando sus propios recuerdos. Se va narrando su propia narración. Se arma y desarma a sí misma paso a paso, día a día. Y al pasar del tiempo, su caudal se funde con la ficción. No nos queda, entonces, que confiarnos a esa memoria viva para rescatar lo valioso de la historia de Jorge Kuri, un ser humano al que su posible ceguera tal vez no le permitió reconocer el
reconocimiento de que era objeto. Probablemente, faltaron signos que ayudaran a encontrar significación en lo que, este artista, cuando menos, reclamaba para sentirse tomado en cuenta en un medio que, al parecer, no lo escuchó. No obstante, la necesidad de reconocimiento de Kuri fue tan grande que lo orilló a jugarse la última carta con la que, creyó, podía apostar: la vida misma. Claudio Valdés Kuri piensa que a lo mejor no le dio tiempo para darse cuenta de que no necesitaba ser reconocido o que no necesitaba la aprobación de ningún otro. “Jorge estaba en busca de la aceptación, la pedía a cada paso” (Valdés 2009).
Las becas y los premios no fueron suficientes, eso resulta claro. Y, tal vez, no era de parte de las instituciones de cultura de quienes Kuri exigía ese reconocimiento. Lo cierto es que Kuri no se sentía respaldado por ellas. Freud tampoco entiende por qué tenemos, en la mayoría de los casos, una relación ríspida con estas instituciones. No comprende cómo es que “este sector de la prevención contra el sufrimiento” no representa protección y bienestar para todos (Freud, 76).
¿Por qué las becas no funcionaron? ¿Por qué las posibles muestras de gozo por su trabajo escénico no detuvieron a Jorge Kuri para que no apretara el nudo de la cuerda que le cortó la respiración aquella primavera del año 2005? ¿Qué no supieron leer los que estuvieron cerca, para evitarlo (si es que, realmente, era evitable)? ¿Qué no quieren ver quienes se conforman con la versión oficial de una muerte producto de una incapacidad para vivir una vida con normalidad? Las dudas son muchas y las imágenes también. La memoria las regresa con fiereza con muy poco esfuerzo para quienes estuvieron cerca. El sabor amargo aún no se ha desvanecido en el paladar. No, para quienes muestran un poco de sensibilidad al respecto.
La última vez que vino aquí, estábamos comiendo y nos empezó a hablar de sus experiencias del FONCA. Las cosas más intrascendentes. De sus pleitos que uno a veces, tan menso, lo cuentas con molestia: "es que este güey" o no sé, y uno se queda en el juicio, en el enojo. Jorge lo convirtió en unas ideas; o sea, hablaba de sus problemas con sus tutores en el FONCA y era de caerse al piso de la risa. Jorge era el mago, el mago es ése, ¿no? El de las cartas del tarot, el que es capaz de transformar. Tenía el don de la transformación. Ir a la casa de Jorge, a la Embajada de la Luna, era realmente ir a la Embajada de la Luna. Desde que llegabas había un anuncio que decía "Embajada de la Luna, dame un pasaporte". Claro, los vecinos lo odiaban, porque era un tipo exótico, porque no cumplía las reglas, porque no barría la calle, porque hacía fiesta hasta las tantas y metía un montón de viciosos a su casa. Era un tipo que iba en contra de las reglas. Pero era capaz de crear mundos personales. Era un atrevido (Valdés 2009a).
posiciones que defendía solo, sin contraatacantes.
Siempre iba buscando que alguien le pusiera límites; o sea, siempre buscó al contrincante. Por eso, peleó tanto con todo el mundo. Con las personas que no peleó fue porque las dejó de ver y ya. No había contrincante, porque no había qué defender (Valdés 2009a).
Hubo un momento en la vida de Kuri en que fue difícil el trato. Los viajes en transportes públicos con él se transformaron en momentos muy difíciles, porque el
dramaturgo se confrontaba con quien tuviera enfrente. Durante la temporada de De
monstruos y prodigios, le cerraron la puerta para que no entrara a los ensayos. Y eso no fue lo único. Una investigadora del Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli (CITRU), que fue compañera de él y quien pidió que su nombre no apareciera en esta investigación, reveló que fue invitada por el escritor al estreno y que, a ella, así como a todos los invitados de Jorge Kuri, les negaron el acceso aquella noche de presentación. Aquí comienza, pues, un espacio para reflexionar sobre algunas prácticas y formas de hacer teatro en la capital mexicana, un ejercicio motivado por la existencia de Jorge Kuri, el señor Embajador de la Luna. Aquél que no tenía empacho en llevar su personaje portátil a donde hubiera ocasión. Aquí iniciamos la aventura que implica hurgar tras la puerta falsa que dejó abierta uno de los personajes que, con su muerte, dejó una fuerte cicatriz en la comunidad teatral mexicana. Una comunidad que, como pudimos constatar, se quedó estupefacta ante la realidad que, en un momento, colgó el talento frente a sus ojos.
Primero reaccionó con indiferencia, también porque fue en Semana Santa y la gente estaba de vacaciones. Por otro lado, con estupor. Hay gente que se confundió porque hay otro Jorge Kuri, Jorge Kuri Neuman. La gente pensó que era Jorge Kuri Neuman, entonces hubo una confusión rara. Y (a quien más conmocionó esta muerte fue) más a la gente de literatura, sobre todo por la influencia de la Fundación para las Letras Mexicanas. La gente de teatro que lo conocía, creo se lo esperaba y fue más bien una reacción de "bueno, ya se veía venir". Fue lo que yo escuché en muchos círculos. “Bueno, se lo buscó; ya estaba muy loco”. Y decían que se metía de todo. "Bueno, no me sorprende; era Jorge Kuri, ¿qué podías esperar de él?” (Olmos 2009).