CAPÍTULO 4. Apuntes sobre la identidad de Jorge Kuri
4.3 Identidad e interacción social
Este texto dramático de Jorge Kuri, así como su propia existencia física, nos llevan a pensar en cómo se conforma la identidad de los seres humanos. No es una reflexión nueva, aunque el estudio de las identidades ha cobrado fuerza en el campo de las ciencias sociales, debido a que la identidad “constituye un elemento vital de la vida social, hasta el punto de que sin ella sería inconcebible la interacción social –que supone la percepción de la identidad de los actores y del sentido de su acción. Lo cual quiere decir que sin identidad, simplemente no habría sociedad” (Giménez, 54). Así lo explica Gilberto Giménez quien, para fundamentar esta idea, se ha apoyado en los apuntes de diversos autores; entre ellos, retoma la idea de un texto de 1996 de Henry Jenkins. Una reflexión plasmada en Estudios sobre la cultura y las identidades sociales.
Lo que, suponemos, intenta hacer Giménez es dejar en claro que la cultura y la identidad están intrínsecamente relacionadas y que no se puede entender una sin la otra, ya que “las identidades sólo pueden formarse a partir de las diferentes culturas y subculturas a las que se pertenece o en las que se participa” (54). Y esto, por supuesto, no es ajeno a las artes escénicas en tanto artes de socialización, sobre todo desde la consideración que el artista escénico es un agente social inscrito en una dinámica cultural específica.
Una primera aproximación de Giménez a la identidad es aquella que tiene que ver con la imagen o idea que cada agente tiene de sí mismo, quién es él y quiénes son aquellos con los que se relaciona, además de con “la representación que tenemos de nosotros mismos en relación con los demás” (60). Por lo tanto, la obra de arte escénico es la huella de la identidad de su creador en relación con aquél otro que asumirá el papel de observador. En este juego de relaciones, el artista pre-ve su trabajo y crea a partir de dicha pre-visión. No podríamos entender la provocación de los futuristas a su público, por ejemplo, sin esta pre-visión que, luego, se convierte en acción. Jorge Kuri también operaba de acuerdo a su pre-visión y, asimismo, requería que su arte alcanzara, forzosamente, a algún otro que estuviera dispuesto a reconocerlo como artista diferente
del resto de los artísticas e, incluso, como líder de los futu-rústicos, una comunidad, como hemos mencionado, de artistas marginados. Dice Giménez que
(…) la identidad puede definirse como un proceso subjetivo (y frecuentemente
autorreflexivo)38 por el que los sujetos definen su diferencia de otros sujetos y de
su entorno social) mediante la autoasignación de un repertorio de atributos culturales frecuentemente valorizados y relativamente estables en el tiempo (61). Este autor retoma una idea de Jurgen Habermas para agregar, a su definición de identidad, un elemento más, el del reconocimiento. El agente artístico, en tanto ente social, se reconoce a sí mismo de determinada forma y como miembro activo de un grupo social; sin embargo, espera que su propio reconocimiento sea, a su vez, reconocido por otro (u otros) agente social en esa dinámica de socialización. El agente social actúa, en gran medida, para obtener el reconocimiento que necesita para saberse considerado como miembro de determinado grupo social. Para saberse y sentirse aceptado. Por esta aceptación social, o reconocimiento (que se ve reflejado, incluso, en el rechazo) las vanguardias históricas adquirieron un carácter y una influencia de índole internacional. El futu-rusticismo de Kuri, por el contrario, se quedó al nivel de unos cuantos agremiados, por lo que no alcanzó a tener una influencia significativa, ni siquiera, en la comunidad teatral de la Ciudad de México; es decir, su nivel de aceptación social o reconocimiento, fue limitado; por ejemplo, no tenemos noticia de que Rascón Banda hubiera respondido a la carta de apoyo para la creación del Mesón futu-rústico que mencionamos al principio de este capítulo. Y es que
(…) la autoidentificación del sujeto del modo susodicho requiere ser ‘reconocida’ por los demás sujetos con quienes interactúa para que exista social y públicamente. Por eso, decimos que la identidad del individuo no es simplemente numérica, sino también una identidad cualitativa que se forma, se mantiene y se manifiesta en por los procesos de interacción y comunicación social (Habermas citado por Giménez, 61).
Rogelio Marcial encuentra en el cuerpo la “herramienta adecuada para resignificar una posición ante la sociedad que se relaciona estrechamente con la búsqueda social y desmarcaje cultural” (Marcial, 164). Hemos querido entender “cuerpo”, en el caso de Kuri no sólo como lo que corresponde a su estructura biológica, sino también su entorno. Esto nos permite concebir la Embajada de la Luna y el Mesón futu-rústico como parte fundamental de la búsqueda de esta corporeización y de este desmarcaje institucional-social. El cuerpo, en este sentido, es convertido en un territorio propio, con
38 Los paréntesis son del autor.
reglas de socialización propias, es decir, con protocolos específicos que, vistos desde afuera, podrían parecer una caricaturización de los modos reales de la diplomacia, como ocurrió en el caso del encuentro de Kuri con el embajador en Puebla. Como observadores ajenos al acontecimiento, éste adquiere un cierto carácter fársico, por lo irreal de la situación. Pero, quizá, Kuri no lo vivió en ese plan fársico. De ahí, la posible ingenuidad que señala Estela Leñero y que a ella misma le provoca hilaridad.
Reconocer lo fársico que nos resulta este encuentro es un indicativo de que no basta, como dijimos líneas arriba, que el agente social se auto-asigne una identidad. Ésta, ineludiblemente, tiene que pasar por el ojo y el reconocimiento de otro o, incluso, de muchos otros. Lo que ocurre es que la identidad no se define únicamente por la relación del agente social en búsqueda de reconocimiento de algún “otro” agente social. La identidad tiene, más bien, un carácter sistémico-social; es producto de una red infinita de relaciones sociales y de las diversas pertenencias del individuo a comunidades distintas que G. Simmel intenta describir como ‘conjunto de sus pertenencias sociales’ y que Giménez expone como una primera serie de atributos de la identidad:
El hombre moderno pertenece en primera instancia a la familia de sus progenitores; luego, a la fundada por él mismo, y por lo tanto, también a la de su mujer; por último, a su profesión, que ya de por sí lo inserta frecuentemente en numerosos círculos de intereses (…) Además, tiene conciencia de ser ciudadano de un Estado y de pertenecer a un determinado estrato social. Por otra parte, puede ser oficial de reserva, pertenecer a un par de asociaciones y poseer relaciones sociales conectadas, a su vez, con los mas variados círculos sociales” (Giménez 62).
Hay una segunda serie de atributos que definen la identidad; como los contempla Giménez, son los “atributos particularizantes”. Él los propone como de una naturaleza múltiple, variada y, además, cambiantes de acuerdo a los diferentes contextos en los que participa el individuo. Esto tiene que ver con la identidad específica de cada ser humano. Para describirlos, este autor hace una enumeración de la cual, advierte, es abierta, no definitiva y estable:
Las personas también se identifican y se distinguen de los demás, entre otras cosas: 1) por atributos que podríamos llamar ‘caracteriológicos’; 2) por su ‘estilo de vida’ reflejado principalmente en sus hábitos de consumo; 3) por su red personal de ‘relaciones íntimas’ (alter ego); 4) por el conjunto de ‘objetos entrañables’ que poseen, y 5) por su biografía personal incanjeable.
Los atributos caracteriológicos son un conjunto de características tales como “disposiciones, hábitos, tendencias, actitudes y capacidades, a los que se añade lo relativo a la imagen del propio cuerpo” (Lipiansky; 1992, 122). Algunos de estos
perseverante, imaginativo), mientras que otros tienen un significado relacional (v.g. tolerante, amable, comunicativo, sentimental) (Giménez, 64).
Pensamos que, tal vez, en tanto parte integrante de un mismo cuerpo de identidad, podríamos considerar la Embajada de la Luna como un elemento indispensable para comprender la personalidad de Jorge Kuri; para entenderlo de esta manera, nos apoyamos en una cita de Giménez en la que asegura que “los estilos de vida constituyen sistemas de signos que algo dicen acerca de la identidad de las personas. Son ‘indicios de identidad’” (64). Así, esta Embajada es un indicio de la identidad de Jorge Kuri, la cual no puede desvincularse ni de sus textos dramáticos, ni de sus relaciones familiares ni, tampoco, de su herencia artística que, como hemos descrito en este trabajo, está estrechamente vinculada con los postulados de las vanguardias artísticas, principalmente, de los futuristas.