39
EN MI OPINIÓN, nadie ha mejorado aún la definición de teoría crítica ofre-
cida por Marx en 1843: «la autoconciencia por parte del presente de sus luchas y deseos»1. Lo que hace tan atractiva esta definición es su carácter
directamente político. No reivindica ningún rango epistemológico espe- cial sino que supone por el contrario que, con respecto a la justificación, no hay diferencia filosóficamente interesante entre una teoría de la socie- dad crítica y otra acrítica. Pero hay, de acuerdo con esta definición, una diferencia política importante. Una teoría social crítica enmarca su pro- grama de investigación y su marco conceptual con miras a los objetivos y las actividades de aquellos movimientos sociales de oposición con los que tiene una identificación partidista, aunque no carente de sentido crítico. Las cuestiones que plantea y los modelos que diseña están inspirados por esa identificación y ese interés. Así, por ejemplo, si las protestas contra la subordinación de las mujeres figurasen entre las más significativas de una época determinada, una teoría social crítica de ese tiempo tendría como objetivo, entre otras cosas, arrojar luz sobre el carácter y las bases de dicha subordinación. Emplearía categorías y modelos explicativos que revela- rían las relaciones de dominación masculina y subordinación femenina, en lugar de ocultarlas. Y revelaría el carácter ideológico de enfoques rivales que ocultan y racionalizan dichas relaciones. En esta situación, por lo tanto, uno de los criterios para evaluar la teoría crítica, una vez sometida a todas las pruebas usuales de validez empírica, sería: ¿en qué medida teoriza la situación y las perspectivas del movimiento femi- nista? ¿En qué medida ofrece una dilucidación de las luchas y los deseos de las mujeres contemporáneas?
*Agradezco a John Brenkman, Thomas McCarthy, Carole Pateman y Martin Schwab los útiles comentarios y críticas; a Dee Marquez y Marina Rosiene su excelente revisión de textos; y al Stanford Humanities Center su apoyo a la investigación.
1 Karl Marx, «Letter to A. Ruge, September 1843», en Karl Marx: Early Writings, Nueva York,
Vintage Books, 1975, p. 209 [ed. cast.: «Carta a Arnold Ruge, septiembre de 1843», Marxists Internet Archive, abril de 2008].
¿QUÉ HAY DE CRÍTICO EN LA TEORÍA CRÍTICA?
EL CASO DE HABERMAS Y EL GÉNERO*
En este artículo doy por supuesta la concepción de la teoría crítica que acabo de esbozar. Asimismo, tomaré como situación actual del presente el supuesto que acabo de delinear como hipotético. Basándome en estos presupuestos, quiero examinar la teoría social crítica elaborada por Jürgen Habermas en
Teoría de la acción comunicativa y otros escritos recientes relacionados con
ésta2. Quiero analizar esta obra desde el punto de vista de las siguientes cues-
tiones: en qué proporciones y en qué aspectos la teoría de Habermas aclara y/o mistifica las bases de la dominación masculina y la subordinación feme- nina en las sociedades modernas. ¿En qué proporciones y en qué aspectos cuestiona y/o reproduce las racionalizaciones ideológicas imperantes de la dominación y la subordinación mencionadas? ¿En qué medida se pone o puede ponerse al servicio de la autoaclaración de las luchas y los deseos de los movimientos feministas? ¿En resumen, con respecto al género, qué es crítico y qué no lo es en la teoría social de Habermas?
Se trataría de una empresa bastante sencilla de no ser por una cosa. Aparte de un breve análisis sobre el feminismo, al que considera un «nuevo movimiento social» (un análisis que consideraré en breve), Habermas no dice prácticamente nada acerca del género en La teoría de la acción comuni-
cativa. Dada mi perspectiva de la teoría crítica, ésta es una carencia grave,
pero no necesariamente se interpondrá en el tipo de investigación que pro- pongo. Solo hace falta interpretar la obra desde el punto de vista de una ausencia; extrapolar lo que Habermas dice y lo que no dice; reconstruir cómo podrían ser los diversos asuntos que atañen a las feministas desde la perspectiva de Habermas si él los hubiese escogido como tema.
He aquí, por lo tanto, los pasos que seguiré. En la primera parte de este ensayo, examinaré algunos elementos del marco socioteórico de Habermas para ver cómo tiende a presentar la crianza de los hijos y la moderna familia nuclear, reducida y encabezada por el varón. En la segunda parte, consideraré cómo explica las relaciones entre las esferas pública y privada de la vida en las sociedades capitalistas clásicas, y reconstruiré la connotación de género no planteada por él. En la tercera parte, por último, examinaré el análisis 2 Jürgen Habermas, The Theory of Communicative Action, vol. 1: Reason and the Rationalization of
Society, Boston, Beacon Press, 1984, y Theorie des Kommunikativen Handelns, vol. 2: Zur Kritik der funktionalistischen Vernunƒt, Frankfurt, Suhrkamp Verlag, 1981 [ed. cast.: Teoría de la acción comunicativa, 2 vols., Madrid, Taurus, 1987]. Me basaré también en algunas otras obras de Habermas, en especial, Legitimation Crisis, Boston, Beacon Press, 1975 [ed. cast.: Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Buenos Aires, Amorrortu, 1975]; «Introduction», en Jürgen Habermas (ed.), Observations on «The Spiritual Situation of the Age»: Contemporary German Perspectives, Cambridge (MA), MIT Press, 1984; y «A Reply to my Critics», en David Held y John B. Thompson (eds.), Habermas: Critical Debates, Cambridge (MA), MIT Press, 1982. Me basaré igualmente en dos útiles sinopsis de este material: Thomas McCarthy, «Translator’s Introduction», en J. Habermas, The Theory of Communicative Action, vol. 1, cit., pp. v-xxxvii; y John B. Thompson, «Rationality and Social Rationalisation: An Assessment of Habermas’s Theory of Communicative Action», Sociology, vol. 17, núm. 2, 1983, pp. 287-294.
que Habermas hace de la dinámica, las tendencias a las crisis y los potencia- les de conflicto específicos del capitalismo en el actual Estado del bienestar occidental, para ver si arroja luz sobre las luchas feministas contemporáneas.
1. El marco socioteórico: una interrogación feminista
Permítaseme empezar considerando dos distinciones fundamentales en el marco categorial socioteórico de Habermas. La primera es la distinción entre la reproducción simbólica y la reproducción material de las socieda- des. Por una parte, afirma Habermas, las sociedades deben reproducirse materialmente: deben conseguir regular el intercambio metabólico de los grupos de individuos biológicos con un entorno físico no humano y con otros sistemas sociales. Por otra parte, las sociedades deben reproducirse simbólicamente: deben mantener y transmitir a los nuevos miembros normas y patrones de interpretación lingüísticamente elaborados que sean constitutivos de identidades sociales. Para Habermas, la reproduc- ción material se garantiza mediante el «trabajo social». La reproducción simbólica, por el contrario, comprende la socialización de los jóvenes, la cimentación de la solidaridad de grupo, y la transmisión y ampliación de las tradiciones culturales3.
Esta distinción entre reproducción simbólica y material es en primer lugar funcional. Distingue dos funciones diferentes que deben cumplirse de manera más o menos adecuada para que una sociedad sobreviva y per- dure. Al mismo tiempo, sin embargo, Habermas utiliza la distinción para clasificar prácticas y actividades sociales existentes. Éstas se distinguen de acuerdo con cuál de las dos funciones se les asignan exclusiva o principal- mente. Así, en las sociedades capitalistas, Habermas considera actividades de reproducción material aquellas actividades y prácticas que componen la esfera del trabajo remunerado puesto que, en su opinión, son «trabajo social» y cumplen la función de la reproducción material. En contraste, las actividades y las prácticas de criar a los hijos, que en nuestra sociedad son efectuadas sin remuneración por las mujeres en la esfera doméstica –llamémoslas «trabajo no remunerado de las mujeres en la crianza de los hijos»– se consideran actividades de reproducción simbólica, puesto que en opinión de Habermas cumplen la labor de socialización y la función de la reproducción simbólica4.
3 J. Habermas, Theorie des kommunikativen Handelns, vol. 2, cit., pp. 214, 217, 348-349; J.
Habermas, Legitimation Crisis, cit., pp. 8-9; Th. McCarthy, «Translator’s Introduction», cit., pp. xxv-xxvii; J. B. Thompson, «Rationality and Social Rationalisation: An Assessment of Habermas’ Theory of Communicative Action», cit., p. 285.
4 J. Habermas, Theorie des kommunikativen Handelns, vol. 2, cit., p. 208; J. Habermas, «A Reply
Vale la pena señalar que la distinción que Habermas hace entre reproduc- ción simbólica y material está abierta a dos interpretaciones diferentes. La primera toma las dos funciones como dos tipos naturales y objetivamente distintos con los que tanto las prácticas sociales reales como la organización de hecho de actividades en una sociedad dada pueden corresponderse de manera más o menos fidedigna. Desde este punto de vista, las prácticas de crianza de los hijos están simplemente, en sí y por sí, orientadas a la reproducción simbólica, mientras que las prácticas que producen comida y objetos se ocupan, por su naturaleza esencial, de la reproducción material. Y la moderna organización social capitalista –a diferencia, pongamos, de la de las sociedades arcaicas– sería un fiel reflejo de la distinción entre ambos tipos naturales, puesto que separa estas prácticas institucionalmente. Esta interpretación de «tipos naturales», como la denominaré, choca con otra interpretación posible, que denominaré «contextual-pragmática». Esta última no consideraría que las prácticas de crianza de los hijos estén inhe- rentemente orientadas a la reproducción simbólica. Sin embargo, ofrecería la posibilidad de considerarlas útilmente, en determinadas circunstancias y dados ciertos fines, desde ese punto de vista, si, por ejemplo, alguien desease protestar contra el punto de vista dominante, en una cultura política sexista, de acuerdo con el cual esta ocupación tradicionalmente femenina es meramente instintiva, natural y ahistórica.
Ahora quiero sostener que la interpretación de tipos naturales es con- ceptualmente inadecuada y potencialmente ideológica. No es cierto que las prácticas de crianza de los hijos cumplan fines de reproducción simbólica, como algo opuesto a la reproducción material. Ciertamente, comprenden la enseñanza de la lengua y la iniciación en las costumbres sociales, pero también la alimentación, la higiene y la protección contra daños físicos. Ciertamente, regulan las interacciones de los niños con otras personas, pero también sus interacciones con la naturaleza física (en forma, por ejemplo, de leche, gérmenes, suciedad, excremento, climatología y animales). En resu- men, no solo está en juego la construcción de las identidades sociales de los niños sino también la supervivencia biológica de estos. Y en consecuencia, por lo tanto, pertenecen a la supervivencia biológica de las sociedades. Así, la crianza de los hijos no es per se una actividad de reproducción simbólica; es igualmente, y al mismo tiempo, una actividad de reproducción material. Es lo que podríamos llamar una actividad de «aspecto dual»5.
Pero lo mismo puede decirse de las actividades institucionalizadas en el trabajo capitalista remunerado moderno. Cierto que la producción de comida y objetos contribuye a la supervivencia biológica de los miembros de la sociedad, pero dicha producción también reproduce al mismo tiempo 5 Agradezco a Martin Schwab la expresión «actividad de aspecto dual»
identidades sociales. No solo se producen alimentos y vivienda en sí mismos, sino también formas de alimentación y vivienda culturalmente elaboradas y con significados sociales transmitidos simbólicamente. Asimismo, dicha producción tiene lugar a través de relaciones sociales culturalmente elabora- das y prácticas sociales transmitidas simbólicamente y regidas por normas. Tanto los contenidos como los resultados de estas prácticas sirven para for- mar, mantener y modificar las identidades sociales de personas directamente implicadas e indirectamente afectadas. Solo tenemos que pensar en una actividad como la programación informática remunerada en el sector farma- céutico estadounidense para apreciar el carácter profundamente simbólico del «trabajo social». Así, dicho trabajo, como la crianza no asalariada de los niños, es una actividad de «aspecto dual»6.
Esto permite deducir que la distinción entre el trabajo femenino no remu- nerado de criar a los niños y otras formas de trabajo desde el punto de vista de la reproducción no puede constituir una distinción de tipos naturales. Si, llegado el caso, hubiese que efectuarla, debería hacerse como una distinción pragmático-contextual, con el objeto de centrarse en lo que en cada caso no es más que un aspecto de un fenómeno de aspecto dual. Y esto, a su vez, debe encontrar su justificación en relación con fines de análisis y descripción específicos, fines en sí mismos susceptibles de análisis y evaluación, y que necesitan, por lo tanto, ser justificados mediante la argumentación.
6 Podría argumentarse que la distinción categorial de Habermas entre «trabajo social» y «socia-
lización» ayuda a superar el androcentrismo del marxismo ortodoxo. El marxismo ortodoxo solo admitía un tipo de actividad históricamente significativa: «producción» o «trabajo social». Asimismo, entendía esa categoría androcéntricamente y por lo tanto excluía de la historia la crianza no remunerada de los hijos por parte de las mujeres. Por el contrario, Habermas admite dos tipos de actividad históricamente significativa: el «trabajo social» y las actividades «simbólicas» que incluyen, entre otras, la crianza de los niños. Así, consigue incluir en la historia la actividad no remunerada de las mujeres. Aunque esto constituye una mejora, no basta para solucionar las cosas. En el mejor de los casos, conduce a lo que ha venido a denominarse «teoría de los sistemas duales», un enfoque que plantea dos «sistemas» distintos de actividad humana y, en consecuencia, dos «sistemas» distintos de opresión: el capitalismo y la dominación masculina. Pero esto es engañoso. No son, de hecho, dos sistemas distintos sino, por el contrario, dos dimensiones profundamente entremezcladas de una única formación social. Para entender esa formación social, una teoría crítica necesita un solo con- junto de categorías y conceptos que integren internamente el género y la economía política (quizá también la raza). Una exposición clásica de la teoría de sistemas duales es la de Heidi Hartmann, «The Unhappy marriage of Marxism and Feminism: Toward a More Progressive Union», en Lydia Sargent (ed.), Women and Revolution, Boston, South End Presss, 1981. Se puede encontrar una crítica a la teoría de sistemas duales en Iris Young, «Beyond the Unhappy Marriage: A Critique of Dual Systems Theory», en ibid.; y «Socialist Feminism and the Limits of Dual Systems Theory», Socialist Review, vols. 50-51, 1980, pp. 169-180. En la segunda y la tercera partes de este artículo, desarrollo argumentos y líneas de análisis basados en conceptos y categorías que integran inter- namente el género y la economía política (véase la nota 30). Éste podría considerarse un enfoque de «sistema único». Sin embargo, me parece una clasificación engañosa porque, para empezar, no considero que el mío sea principal o exclusivamente un enfoque de «sistemas». Por el contrario, como Habermas, intento relacionar enfoques estructurales (en el sentido de objetivadores) e inter- pretativos sobre el estudio de las sociedades. A diferencia de él, sin embargo, no lo hago dividiendo la sociedad en dos componentes, «sistema» y «mundo de la vida». Véase más adelante este mismo apartado, en especial la nota 14.
Pero si no es así, la clasificación de tipos naturales que considera la crianza de los niños como reproducción simbólica y otros trabajos como reproduc- ción material es potencialmente ideológica. Podría usarse, por ejemplo, para legitimar la separación institucional, en las sociedades capitalistas, entre la crianza de los niños y el trabajo remunerado, una separación que muchas feministas consideramos un componente fundamental de las actuales for- mas de subordinación de las mujeres. Podría usarse, en combinación con otras suposiciones, para legitimar el confinamiento de las mujeres en una «esfera separada». En breve consideraré si Habermas lo usa de este modo.
El segundo componente del marco categorial de Habermas que quiero examinar es la distinción entre «contextos de acción integrados social- mente» y «contextos de acción integrados sistémicamente». Los contextos de acción integrados socialmente son aquellos en los que diferentes agentes coordinan entre sí sus acciones por referencia a alguna forma de consenso intersubjetivo explícito o implícito acerca de las normas, los valores y los fines, un consenso basado en el discurso y en la interpretación lingüísticos. Por contraste, los contextos de acción integrados sistémicamente son aque- llos en los que las acciones de diferentes agentes están coordinadas entre sí por el entrelazamiento funcional de consecuencias inesperadas, mientras que cada acción individual está determinada por cálculos interesados de maximización de la utilidad típicamente manifestados en los lenguajes –o, como dice Habermas, en los «medios»– del dinero y el poder7. Habermas
considera que el sistema económico capitalista es el ejemplo paradigmático 7 J. Habermas, The Theory of Communicative Action, vol. 1, cit., pp. 85, 87-88, 101, 342, 357-360;
Theorie des kommunikativen Handelns, vol. 2, cit., p. 179; Legitimation Crisis, cit., pp. 4-5; «A Reply to my Critics», cit., pp. 234, 237, 264-265; Th. McCarthy, «Translator’s Introduction», cit., pp. ix, xv-xxx. Al presentar la distinción entre contextos de acción integrados sistémicamente e integrados socialmente, me baso en la terminología de Legitimation Crisis y estoy modificando la terminología de la Teoría de la acción comunicativa. O, mejor dicho, estoy seleccionando uno de los diversos usos desplegados en esta última obra. En ella, Habermas se refiere a menudo a lo que yo he denominado «acción socialmente integrada» como «acción comunicativa». Pero esto da lugar a confusión. Porque también utiliza esta expresión en otro sentido más estricto, a saber, para las acciones en las que la coor- dinación se produce solo por consenso alcanzado mediante diálogo (véase más adelante en este mismo apartado). Para evitar repetir la equivocación de Habermas sobre la «acción comunicativa», adopto la siguiente terminología: reservo la expresión «acción alcanzada comunicativamente» para las acciones coordinadas por consenso explícito, reflexivo y alcanzado mediante el diálogo. Contrasto dicha acción, en primer lugar, con la «acción garantizada normativamente», o con acciones coordinadas mediante consenso tácito, prerreflexivo y otorgado previamente (véase más adelante, en este mismo apartado). Considero que las acciones «alcanzadas comunicativamente» y «garantizadas normativamente» son subespecies de lo que aquí denomino «acción socialmente integrada», o acciones coordinadas por una forma cualquiera de consenso de normas. Esta última categoría, a su vez, contrasta con la acción «integrada en el sistema» o las acciones coordinadas por el entrelazamiento funcional de consecuencias no intencionadas, determinadas por cálculos egocéntricos en los medios del dinero y el poder, y que poco o ningún consenso de cualquier tipo implican. Estas decisiones terminológicas no representan un excesivo alejamiento del uso dado por Habermas; él mismo, de hecho, utiliza con frecuencia estos términos en los sentidos que yo he especificado. Representan, por el contrario, una estabilización o una sistematización del uso hecho por él.
de un contexto de acción integrado sistémicamente. Por el contrario, piensa que la moderna familia nuclear y reducida es un caso de contexto de acción integrado socialmente8.
Esta distinción es muy compleja, y comprende seis elementos conceptua- les que considero analíticamente distintos: funcionalidad, intencionalidad, lingüisticidad, consensualidad, normatividad y estrategicidad. Sin embargo, tres de ellos –funcionalidad, intencionalidad y lingüisticidad– están paten- temente operativos en casi todos los grandes contextos de acción social y por lo tanto pueden dejarse a un lado. Ciertamente, tanto en el lugar de trabajo capitalista como en la moderna familia nuclear reducida, las conse- cuencias de las acciones pueden entrelazarse funcionalmente de maneras no planeadas por los agentes. De igual modo, en ambos contextos, los agentes coordinan sus acciones entre sí de manera consciente e intencionada. Por último, en ambos contextos, los agentes coordinan entre sí sus acciones en el lenguaje y a través de él9. Supongo, por lo tanto, que la distinción de