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Luchas ejemplares acerca de las necesidades: de la política a la Administración y viceversa

CULTURA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TARDÍO*

4. Luchas ejemplares acerca de las necesidades: de la política a la Administración y viceversa

Permítaseme aplicar el modelo que he estado desarrollando a casos concre- tos de conflictos de interpretación de las necesidades. El primer ejemplo que quiero analizar sirve para determinar la tendencia en las sociedades del Estado del bienestar a transformar la política de la interpretación de las necesidades en la gestión de las satisfacciones de las mismas. Otro grupo de ejemplos sirve para distinguir un contramovimiento desde la Administración a la resistencia y potencialmente de nuevo a la política29.

Considérese, en primer lugar, la política de las necesidades que rodea al maltrato de género. Hasta la década de 1970, la expresión «wife-batte-

ring» [maltrato a la esposa] no existía. Cuando se hablaba públicamente del

tema, a menudo este fenómeno se denominaba «wife-beating» [pegarle a la mujer] y a menudo recibía un tratamiento cómico, como en «¿has dejado de pegarle a tu mujer?». Agrupado lingüísticamente con el castigo a niños 28 En Vigilar y castigar, Foucault analiza la tendencia de los procedimientos administrativos infor-

mados sociocientíficamente a plantear un yo profundo. En su libro The History of Sexuality, vol. 1: An Introduction, Nueva York, Vintage, 1990 [ed. cast.: Historia de la sexualidad. vol. 1, La voluntad de saber, Madrid, Siglo xxi Editores, 2005], Foucault analiza la postulación de un yo profundo mediante discursos psiquiátricos terapéuticos.

29 Por cuestiones de simplicidad, restringiré los ejemplos tratados solo a casos de conflicto

entre dos fuerzas, en los que uno de los contendientes es un organismo del Estado social. No consideraré, por lo tanto, ejemplos de conflicto a tres bandas, ni ejemplos de conflicto a dos bandas entre movimientos sociales enfrentados.

y criados, se consideraba un asunto «doméstico», no «político». Después, las activistas feministas cambiaron la denominación introduciendo un término sacado del derecho penal y crearon un nuevo tipo de discurso público. Afirmaron que el maltrato no era un problema personal o domés- tico, sino sistémico y político; su etiología no debía buscarse en problemas emocionales de mujeres u hombres determinados sino, por el contrario, en el modo en el que estos problemas reflejaban relaciones sociales generaliza- das de dominación masculina y subordinación femenina.

En este caso, como en tantos otros, las activistas feministas cuestio- naron los límites discursivos establecidos y politizaron lo que antes había sido un fenómeno despolitizado. Además, reinterpretaron la experiencia del maltrato y plantearon un conjunto de necesidades asociadas. A este respecto, situaron las necesidades de las mujeres maltratadas en una larga cadena de relaciones de finalidad que desbordaban las separaciones con- vencionales entre «esferas»; afirmaron que, para liberarse de la dependencia respecto a los maltratadores, las mujeres maltratadas no solo necesitaban refugio temporal sino también trabajos que aportasen un «salario familiar», centros infantiles, y vivienda permanente y asequible. Las feministas crea- ron, además, nuevos públicos de discurso, nuevos espacios e instituciones en los que dichas interpretaciones opuestas de las necesidades pudieran desarrollarse y desde los cuales pudieran difundirse al público en gene- ral. Por último, las feministas modificaron elementos de los medios de interpretación y comunicación autorizados; acuñaron nuevos términos de descripción y análisis, y diseñaron nuevos modos de aludir a los suje- tos femeninos. En su discurso no aludían a las mujeres maltratadas como víctimas individualizadas, sino como potenciales activistas feministas, miembros de una colectividad políticamente constituida.

Esta intervención discursiva fue acompañada por los esfuerzos de las femi- nistas para cubrir algunas de las necesidades que ellas habían politizado y reinterpretado. Las activistas organizaron alojamientos para mujeres maltrata- das, lugares de refugio y concienciación. La organización de estos alojamientos era no jerárquica; no había líneas claras entre el personal y las usuarias. Muchas de las asesoras y organizadoras habían sido a su vez maltratadas, y en un por- centaje elevado las mujeres que usaban los alojamientos pasaban a asesorar a otras mujeres maltratadas y se convertían en activistas del movimiento. Concomitantemente, estas mujeres pasaron a adoptar nuevas autodescripcio- nes. Mientras que en un principio se habían culpado mayoritariamente a sí mismas y defendido a sus maltratadores, muchas acabaron por rechazar esa interpretación para adoptar un punto de vista politizado que les ofrecía nue- vos modelos de agencia. Estas mujeres modificaron además sus afiliaciones e identificaciones sociales. Mientras que en un principio se habían sentido iden- tificadas con sus maltratadores, muchas pasaron a aliarse con otras mujeres.

Esta organización tuvo finalmente un impacto en públicos discursivos más amplios. A finales de la década de 1970, las feministas habían conseguido en general establecer la violencia doméstica contra las mujeres como un genuino asunto político. Consiguieron en algunos casos cambiar las acti- tudes y las políticas de la policía y los tribunales, y obtuvieron para esta cuestión un lugar en la agenda política informal. A partir de entonces las necesidades de las mujeres maltratadas estaban suficientemente politi- zadas como para convertirse en candidatas a una respuesta satisfactoria públicamente organizada. Por último, en varios municipios y localidades, los alojamientos del movimiento empezaron a recibir financiación de la Administración local.

Desde la perspectiva de las feministas, esto representó una victoria sig- nificativa, pero no sin coste. La financiación municipal llevaba consigo una variedad de nuevas restricciones administrativas que variaban desde los pro- cedimientos contables hasta las exigencias de reglamentación, acreditación y profesionalización. Los alojamientos financiados públicamente experi- mentaron, como consecuencia, una transformación. Acabaron estando cada vez más atendidos por trabajadoras sociales profesionales, muchas de las cuales no habían experimentado malos tratos. Así, una división entre profesional y cliente suplantó al continuo de relaciones más fluido que caracterizaba a los alojamientos anteriores. Asimismo, dado que muchos trabajadores sociales han sido formados y formadas para enmarcar los pro- blemas en una perspectiva semipsiquiátrica, esta perspectiva estructura las prácticas de muchos alojamientos con financiación pública a pesar de las intenciones de miembros específicos del personal, muchas de ellas feminis- tas políticamente comprometidas. Las prácticas de dichos alojamientos, en consecuencia, se han vuelto más individualizadoras y menos politizadas. Las mujeres maltratadas tienden a ser consideradas ahora como clientes. Son cada vez más psiquiatrizadas, abordadas como víctimas con perso- nalidad oscura y complicada. Rara vez se alude a ellas como potenciales activistas feministas. El juego lingüístico de la terapia ha suplantado al del incremento de la concienciación. Y el lenguaje científico neutral de «maltrato conyugal» ha ido suplantando a la expresión más política de «violencia masculina contra las mujeres». Por último, las necesidades de las mujeres maltratadas han sido sustancialmente reinterpretadas. Las ambi- ciosas reivindicaciones anteriores de prerrequisitos sociales y económicos de independencia han tendido a ceder paso a un enfoque más limitado en los problemas de «baja autoestima» de cada mujer30.

30 Susan Schechter, Women and Male Violence: The Visions and Struggles of the Battered Women’s

Movement, Boston, South End Press, 1982, analiza la historia de las casas de acogida para mujeres maltratadas.

El caso de los alojamientos para mujeres maltratadas ejemplifica una ten- dencia seguida por la política referente a las necesidades en las sociedades del capitalismo tardío: la tendencia a que la política de la interpretación de las necesidades evolucione hacia la administración de la satisfacción de las mismas. Existe también, sin embargo, una contratendencia que va de la administración a la resistencia del cliente y potencialmente de nuevo a la política. Me gustaría ahora documentar esta contratendencia analizando cuatro ejemplos de resistencia de las clientes, ejemplos que varían desde lo individual, lo cultural y lo informal a lo colectivo, lo político y lo formal- mente organizado.

Los individuos pueden, en primer lugar, encontrar cierto espacio de maniobra dentro del marco administrativo de un organismo público. Pueden desplazar y/o modificar las interpretaciones oficiales que el orga- nismo hace de sus necesidades, incluso sin presentar una oposición abierta. La historiadora Linda Gordon ha descubierto ejemplos de este tipo de resistencia en los registros de los organismos de protección infantil durante la Progressive Era (1890-1920)31. Gordon cita casos en los que mujeres maltra-

tadas por sus maridos presentaban quejas alegando maltrato infantil. Al haber implicado en su situación a los trabajadores del caso invocando una necesidad interpretada que estaba reconocida como legítima y entraba en la jurisdicción del organismo, conseguían interesar a dichos trabaja- dores por una necesidad que no estaba reconocida como tal. En algunos casos, estas mujeres consiguieron, bajo el supuesto de maltrato infantil, una intervención que les proporcionaba cierto alivio contra el maltrato de género. Así, ampliaban informalmente la jurisdicción del organismo para incluir, de manera indirecta, una necesidad hasta entonces excluida. Al citar la definición oficial que de su necesidad hacía el Estado social, desplazaban simultáneamente esa definición y la acercaban a sus propias interpretaciones.

En segundo lugar, grupos informalmente organizados pueden desarro- llar prácticas y afiliaciones que difieren de la forma que el Estado social tiene de posicionarlos como clientes. Al hacerlo, pueden alterar los usos y los significados de las prestaciones aportadas por los organismos públi- cos, incluso sin ponerlas explícitamente en cuestión. La antropóloga Carol Stack ha documentado ejemplos de este tipo de resistencia en su estudio de las «redes domésticas de parentela» entre negras pobres perceptoras del programa de la Aid to Families with Dependent Children (AFDC) en una ciudad del Medio Oeste a finales de la década de 196032. Stack describe

31 Linda Gordon, Heroes of Their Own Lives: The Politics and History of Family Violence, Boston

1880-1960, Nueva York, Viking Press, 1988.

32 Carol S. Stack, All Our Kin: Strategies for Survival in a Black Community, Nueva York, Harper

elaboradas soluciones familiares que organizan intercambios diferidos o «regalos» de comidas preparadas, cupones de alimentos, cocina, com- pras, productos de charcutería, espacio para dormir, dinero en metálico (incluidos los salarios y las prestaciones de la AFDC), transporte, ropa, cuidado infantil, incluso niños. Es significativo que estas redes familiares domésticas abarquen varios hogares físicamente distintos. Esto significa que las perceptoras de la AFDC usan sus subvenciones fuera de los confi- nes establecidos por la categoría administrativa principal de los programas de asistencia pública, a saber, «la familia nuclear». En consecuencia, estas clientes eluden los procedimientos de familiarización nuclear utilizados por la Administración de las políticas de bienestar. Al utilizar las prestacio- nes fuera de los confines de un «hogar», alteran los significados asignados por el Estado a dichas prestaciones y, de ese modo, a las necesidades que supuestamente deben satisfacer. Al mismo tiempo, protestan indirecta- mente contra la forma que el Estado tiene de posicionarlas como sujetos. Mientras que la AFDC las aborda como madres biológicas que pertenecen a familias nucleares anómalas, carentes de proveedores masculinos, ellas suman esa posición de sujeto a otra, a saber, miembros de redes familiares constituidas socialmente, no biológicamente, que cooperan para enfren- tarse a una terrible pobreza.

En tercer lugar, individuos y/o grupos pueden resistir contra las ini- ciativas terapéuticas del Estado social y al mismo tiempo aceptar la ayuda material. Pueden rechazar las interpretaciones terapéuticas que el Estado promueve de sus relatos vitales y capacidades de agencia, e insistir por el contrario en relatos y concepciones de identidad alternativos. La socióloga Prudence Rains ha documentado un ejemplo de este tipo de resistencia en su estudio comparativo de las «trayectorias morales» de adolescentes blan- cas y negras embarazadas a finales de la década de 196033.

Rains contrasta la forma en la que los dos grupos de jóvenes se rela- cionaron con las interpretaciones terapéuticas de su experiencia en dos ámbitos institucionales distintos. Las jóvenes blancas de clase media se encontraban en una cara institución residencial privada. Esta instalación combinaba servicios tradicionales, como reclusión y una tapadera para «buenas chicas que habían cometido un error», con servicios terapéuticos más modernos, como sesiones de terapia individual y de grupo con traba- jadores sociales psiquiátricos. En dichas sesiones, trataban a estas jóvenes como si tuviesen una personalidad oscura y complicada. Las animaban a no considerar su embarazo como un simple «error», sino como un acto 33 Prudence Mors Rains, Becoming an Unwed Mother: A Sociological Account, Chicago, Aldine

Atherton, Inc., 1971. En las próximas páginas, todas las citas hacen referencia a esta edición y los números de página aparecen en el texto después de las citas. Agradezco a Kathryn Pyne Addelson que me recomendase el texto de Rains.

significativo e inconscientemente motivado que expresaba problemas emo- cionales latentes. Esto hacía que una muchacha tuviese que interpretar su embarazo (y el acto sexual que constituía la causa superficial) como una forma de fingimiento, pongamos, un rechazo a la autoridad parental o una exigencia de amor parental. Le advertían que, a no ser que llegase a entender y reconocer estos motivos oscuros y ocultos, probablemente no conseguiría evitar futuros «errores».

Rains documenta el proceso por el cual las jóvenes blancas de esta insti- tución llegaban en su mayoría a interiorizar esta perspectiva y se rescribían a sí mismas en el lenguaje psiquiátrico. Registra los relatos elaborados por las chicas en el proceso de revisar su «trayectoria moral». Por ejemplo:

Cuando llegué aquí lo tenía todo mentalmente resuelto. Tom […] más o menos había insistido y yo me había dejado. Más o menos se lo achaqué todo a él. Realmente no acepté mi propia participación en el asunto […]. Aquí resaltaron mucho que si no te das cuenta de por qué estás aquí o por qué has acabado aquí y las razones emocionales que hay detrás, volverá a ocurrirte. Ahora siento que entiendo muy bien por qué he acabado aquí, y que había una razón emocional. Y acepto más mi parte de responsabilidad. No fue solo él (Rains, 1971, p. 93).

Este relato es interesante en varios aspectos. Como señala Rains, el cambio de la contemplación del pasado como un «error» a una visión psiquiátrica proporcionaba cierto alivio: la nueva interpretación «no solo dejaba a un lado el pasado sino que lo explicaba, y lo explicaba de maneras que permitían a las jóvenes creer que en el futuro actua- rían de otra manera» (ibid., p. 94). Así, el punto de vista psiquiátrico ofrece a la adolescente embarazada un modelo de agencia que parece ampliar su capacidad de autodeterminación individual. Por otro lado, el relato es altamente selectivo, reconociendo ciertos aspectos del pasado y negando otros. Resta importancia a la sexualidad de la narradora, tratando su comportamiento y sus deseos sexuales como «manifestaciones epifenomenológicas de otros problemas y necesida- des emocionales más profundos y de carácter no sexual» (ibid., p. 93). Neutraliza, asimismo, la cuestión potencialmente explosiva del consen- timiento frente a la coerción en el medio heterosexual adolescente, al excusar a Tom y revisar la anterior sensación que la muchacha tenía de que su relación sexual no había sido plenamente consensuada. El relato excluye, además, cualquier duda respecto a la legitimidad de la «rela- ción sexual prematrimonial», dando por supuesto que, al menos en el caso de las mujeres, está moralmente mal. Por último, vistas las decla- raciones que las jóvenes hacen de que no necesitarán anticonceptivos

cuando regresen a casa y vuelvan a salir con chicos, el relato tiene otro significado más. Condensando una nueva conciencia de proble- mas emocionales profundos, se convierte en un escudo contra futuros embarazos, un profiláctico. Dadas estas elisiones en el relato, un escép- tico bien podría concluir que la promesa psiquiátrica de aumentar la autodeterminación es en gran medida ilusoria.

La facilidad relativa con la que las adolescentes de Rains interiorizaban la interpretación terapéutica de su situación contrasta por completo con la resistencia ofrecida por las muchachas negras estudiadas. Las jóvenes negras de su estudio eran clientes de una institución municipal no resi- dencial que proporcionaba atención prenatal, enseñanza reglada y sesiones de terapia con una trabajadora social psiquiátrica. Las sesiones de terapia tenían una intención y un diseño similares a las de la instalación residencial privada; animaban a las jóvenes a hablar sobre sus sentimientos y a sondear las posibles causas emocionales profundas de su embarazo. Este enfoque terapéutico tuvo, sin embargo, mucha menos eficacia en la institución pública. Las jóvenes resistieron los términos del discurso psiquiátrico y el juego lingüístico de preguntas y respuestas empleado en las sesiones tera- péuticas. Les disgustaba la actitud no frontal y la neutralidad moral de la trabajadora social –la renuencia a decir lo que ella pensaba– y les indignaba lo que consideraban preguntas impertinentes y excesivamente personales. Estas chicas no reconocían el derecho de la trabajadora social a hacerles ese tipo de preguntas, dado que ellas no podían hacerle a su vez preguntas «personales». Interpretaban, por el contrario, este «interrogatorio personal» como un privilegio reservado a amigas íntimas y familiares cercanas en condiciones de reciprocidad.

Rains documenta varias dimensiones de la resistencia planteada por las jóvenes negras a los aspectos de «salud mental» incluidos en el programa. En algunos casos, criticaban abiertamente las normas del juego lingüís- tico terapéutico. En otras, se resistían indirectamente mediante el humor, malinterpretando de manera semideliberada las preguntas vagas, no direc- tas, pero «personales» que les hacía la trabajadora social. Por ejemplo, una chica interpretó «¿Cómo te quedaste embarazada?» como una pregunta tonta y respondió «¿Y tú no deberías saberlo?» (ibid., p. 136).

Otras sometieron el constante «¿cómo te sentiste?» terapéutico a una operación que solo puede denominarse «carnavalesca». La ocasión fue una sesión de terapia de grupo a la que la trabajadora del caso llegó tarde. Las jóvenes reunidas para la sesión empezaron a conjeturar dónde andaría. Una mencionó que la señora Eckerd había ido al médico. La conversación siguió:

«A ver si está embarazada».

«Probablemente piense que allí es donde te dan los niños». «A lo mejor el doctor le va a dar un niño» [...].

Bernice empezó entonces a imitar una entrevista en la que fingía ser una trabajadora social haciendo las preguntas de una señora Eckerd falsamente embarazada, «Dígame, cómo se sintió? ¿Le gustó?». Esto provocó una tormenta de risas, y todas empezaron a imitar pre- guntas que supuestamente les habían hecho a ellas. Una dijo:

«Me preguntó si quería dar mi bebé en adopción, y cómo me hacía sentirme».

Cuando por fin llegó la señora Eckerd, May preguntó, «¿Por qué las trabajadoras sociales hacéis tantas preguntas?».

La señora Eckerd dijo: «¿A qué tipo de preguntas te refieres, May?». Bernice […] dijo, «Pero, ¿cómo “te sentiste”?».

Esto provocó un estallido de carcajadas […] (ibid., p. 137).

En general, por lo tanto, las muchachas negras que participaron en el estudio de Rains diseñaron un variado repertorio de estrategias para resistir las expertas interpretaciones terapéuticas de sus relatos vita- les y de sus capacidades de agencia. Eran perfectamente conscientes de la connotación de poder que subyacía en sus interacciones con la trabajadora social y de la dimensión normalizadora de la iniciativa terapéutica. En efecto, estas jóvenes eludían los esfuerzos por incul- carles normas de individualidad y afectividad propias de la clase media blanca. Rechazaban la inducción de la trabajadora del caso a conver- tirlas en seres psicologizados, y al mismo tiempo aprovechaban los servicios sanitarios de la institución. De ese modo, usaban aquellos aspectos del programa público que ellas consideraban adecuados para las que ellas mismas interpretaban como sus necesidades y pasaban por alto o eludían los demás.

Cuarto, además de formas de resistencia informales, específicas, estra- tégicas y/o culturales, hay también tipos formalmente más organizados, explícitamente políticos. Las clientes de los programas de ayudas socia- les pueden unirse en cuanto clientes para cuestionar las interpretaciones que la Administración hace de sus necesidades. Pueden apoderarse de las identidades pasivas, normalizadas e individualizadas o familiarizadas

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