GENEALOGÍA DEL TÉRMINO DEPENDENCIA SEGUIMIENTO DE UNA PALABRA CLAVE EN EL ESTADO DEL BIENESTAR
3. La dependencia industrial: el trabajador y sus negativos
Con el ascenso del capitalismo industrial, la geografía semántica de la dependencia cambió significativamente. En los siglos xviii y xix, lo que figuraba de manera central en el discurso político y económico era la
independencia, no la dependencia, y sus significados fueron radicalmente
democratizados. Pero si examinamos con atención el discurso sobre la independencia, observamos la sombra de una poderosa inquietud respecto a la dependencia.
Lo que en la sociedad preindustrial había sido una condición normal y no estigmatizada se convirtió en algo anómalo y estigmatizado. De manera más precisa, algunas dependencias se tornaron vergonzosas mientras que otras se consideraban naturales y adecuadas. A medida que la cultura política de los siglos xviii y xix intensificó, en particular, la diferencia entre sexos, aparecie- ron nuevos tipos de sentidos de dependencia explícitamente sexistas: estados considerados propios de mujeres pero degradantes para los hombres. Las construcciones racistas emergentes hicieron, de igual modo, algunas formas de dependencia apropiadas para las «razas oscuras», pero intolerables para los «blancos». Esas valoraciones diferenciadas se hicieron posibles al fracturarse la unidad preindustrial del término. En la era industrial la dependencia, que ya no designaba solo una subordinación generalizada, podía ser sociojurídica, política o económica. Con estas distinciones se produjo otro cambio semán- tico importante: ahora la dependencia ya no necesitaba referirse siempre a una relación social; podía también designar un rasgo de carácter individual. Nació así el registro moral/psicológico.
En estas redefiniciones influyó enormemente el protestantismo radical, que elaboró una nueva imagen positiva de la independencia individual y una crítica a la dependencia sociojurídica y política. En la tradición católica y del primer protestantismo, la dependencia respecto a un amo había sido modelada a imagen de la dependencia respecto a Dios. Para los radicales de la Guerra Civil inglesa, o para los puritanos, los cuáqueros y los congregacionistas en Estados Unidos, por el contrario, rechazar la dependencia respecto a un amo era equiparable a rechazar la blasfemia y los dioses falsos16. Desde esta perspectiva, las jerarquías de estatus ya no
parecían naturales ni justas. La sujeción política y la subsunción socio- jurídica eran ofensas contra la dignidad humana, defendibles solo, si de alguna manera podían considerarse soportables, en condiciones especiales. Estas creencias inspiraron diversos movimientos radicales durante toda la era industrial, incluidos el abolicionismo, el feminismo y la organización 16 Christopher Hill, The Century of Revolution 1603-1714, Nueva York, W. W. Norton &
obrera, con éxitos sustanciales. En el siglo xix, estos movimientos abolieron la esclavitud y algunas incapacidades jurídicas de las mujeres. Victorias más profundas obtuvieron los obreros varones blancos que, en los siglos xviii y xix, derrocaron su dependencia sociojurídica y política, y obtuvieron derechos civiles y electorales. En la era de las revoluciones democráticas, el de ciudadanía, un concepto reciente y en desarrollo, descansó en la inde- pendencia; la dependencia se consideraba antitética a la ciudadanía.
Los cambios en el paisaje civil y político de la dependencia y la inde- pendencia fueron acompañados por otros aún más drásticos en el registro económico. Cuando los trabajadores blancos exigían derechos civiles y electorales, afirmaban ser independientes, lo que suponía reinterpretar el significado del trabajo asalariado para desprenderlo de la asociación con la dependencia. Ello a su vez exigió cambiar de perspectiva: de la experiencia o los medios de trabajo (es decir, la propiedad de herramientas o tierra, el control de destrezas y la organización del trabajo) a la remuneración y cómo se gastaba ésta. Los obreros varones radicales, que antes habían rechazado el trabajo asalariado tachándolo de «esclavitud asalariada», rei- vindicaban una nueva forma de independencia viril en dicho trabajo. Su orgullo colectivo se inspiraba en otro aspecto del protestantismo: la ética del trabajo, que valoraba la disciplina y el esfuerzo. Los trabajadores pro- curaron reclamar estos valores dentro del victorioso sistema del trabajo asalariado; muchos de ellos –tanto mujeres como hombres– crearon y ejer- cieron un nuevo tipo de independencia con su militancia y osadía frente a los empresarios. Gracias a sus luchas, la independencia económica acabó por abarcar el ideal de ganar un salario familiar, suficiente para mantener una familia y sostener a una esposa y unos hijos dependientes. Así, los obreros varones expandieron el significado de la independencia econó- mica, haciendo que incluyese el trabajo asalariado además de la propiedad de bienes inmuebles y el autoempleo17.
Este cambio en el significado de la independencia también transformó los significados de la dependencia. A medida que el trabajo asalariado se volvía más normativo –y cada vez más definitorio de la independencia– eran precisamente los excluidos del trabajado asalariado quienes parecían 17 Podría decirse que esta redefinición situaba el trabajo asalariado como una nueva forma de
propiedad, a saber, la propiedad de la propia fuerza de trabajo. Esta concepción se basaba en lo que C. B. Macpherson denominó «individualismo posesivo», la suposición de la propiedad de un individuo (en masculino) sobre su propia persona. (Véase C. B. Macpherson, The Political Theory of Possessive Individualism: Hobbes to Locke, Oxford, Oxford University Press, 1962 [ed. cast.: La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke, Madrid, Trotta, 2005). Conduciendo a la construcción de los salarios como un derecho reconocido, este enfoque era abrumadoramente masculino. Allen Hunter (comunicación personal) la describe como una pérdida de crítica sistémica, un sentimiento de independencia obtenido limitando el foco al trabajador individual y dejando atrás aspiraciones de independencia colectiva frente al capital.
personificar la dependencia. En la nueva semántica industrial, emergieron tres iconos de dependencia principales, todos negativos de hecho respecto de la imagen dominante del «trabajador» y cada uno de ellos personifica- ción de un aspecto diferente de la no independencia.
El primer icono de la dependencia industrial fue «el indigente», que no vivía de salarios sino de limosnas18. En la enérgica nueva cultura del
capitalismo emergente, la figura del indigente era como un doble malo del obrero honorable, que amenazaba a este último si se descuidase. La imagen del indigente se elaboró en gran medida en un registro nuevo y emergente de discurso de la dependencia: el registro moral/psicológico. Los indigentes no eran simplemente pobres, sino también degradados, de carácter corrupto y con una voluntad agotada por depender de la cari- dad. A buen seguro, la condición moral/psicológica de la indigencia estaba relacionada con la condición económica de la pobreza, pero no era una relación sencilla, sino compleja. Si bien los expertos en beneficencia del siglo xix reconocían que la pobreza podía contribuir a la pauperización, también sostenían que los defectos de carácter podían causar pobreza19.
Hacia finales de siglo, a medida que se imponía el pensamiento hereditario (eugenésico), a los defectos de carácter de los indigentes les fueron atribu- yendo una base biológica. La dependencia del indigente se diferenciaba de la del siervo en que era unilateral, no recíproca. Ser un indigente no era estar subordinado dentro de un sistema de trabajo productivo; era estar fuera por completo de dicho sistema.
Otro icono de la dependencia industrial estaba personificado alterna- tivamente por las figuras del «nativo colonial» y «el esclavo». Ellos, por supuesto, estaban profundamente insertos en el sistema económico, y a menudo su trabajo era fundamental para el desarrollo del capital y de la industria. Mientras que el indigente representaba la destilación caracte- rológica de la dependencia económica, nativos y esclavos personificaban el sometimiento político20. Sus imágenes como «salvajes», «infantiles» y
18 En el siglo xvi el término pauper, «indigente», significaba simplemente un pobre y, en el
aspecto jurídico, alguien a quien se le permitía demandar o defenderse en un juzgado sin pagar costas (OED). Dos siglos más tarde, el Oxford Dictionary adoptó una definición más restrictiva, haciendo referencia a un nuevo tipo de personas que subsistían de la beneficencia y no de sala- rios, y que eran consideradas anómalas y culpables.
19 Linda Gordon, «Social Insurance and Public Assistance: The Influence of Gender in Welfare Thought
in the United Status, 1890-1935», American Historical Review, vol. 1, núm. 97, 1992, pp. 19-54.
20 De hecho, hay muchas variantes dentro de la familia de imágenes que personifican el some-
timiento político en la era industrial. Entre ellas se encuentran los estereotipos relacionados, aunque no idénticos, del siervo ruso, el esclavo caribeño, el esclavo de Estados Unidos y el indí- gena americano. Asimismo, hay claros estereotipos masculinos y femeninos dentro de cada una de esas categorías. Aquí simplificamos para resaltar los rasgos comunes a todas estas imágenes, notablemente la idea de sometimiento natural radicada en la raza. Nos fijamos especialmente en los estereotipos que retratan a los estadounidenses de origen africano como personificación de la dependencia por su importancia histórica y su resonancia contemporánea en el lenguaje de las políticas sociales estadounidenses.
«sumisos» empezaron a destacar a medida que el antiguo sentido territorial de dependencia entendida como colonia se entremezclaba con un nuevo discurso racista elaborado para justificar el colonialismo y la esclavitud21.
Emergió una deriva de un sentido más antiguo de la dependencia enten- dida como relación de sometimiento impuesta por una potencia imperial sobre una población indígena a un sentido más moderno, entendida como cualidad inherente o rasgo de carácter de las personas así sometidas. En el uso anterior, los coloniales eran dependientes porque habían sido conquis- tados; en la cultura imperialista del siglo xix, eran conquistados por ser dependientes. En esta nueva concepción, era la dependencia intrínseca y esencial de nativos y esclavos la que justificaba su colonización y esclavitud.
La dependencia del nativo y del esclavo, como la del indigente, estaba elaborada en gran medida en el registro moral/psicológico. Los rasgos de carácter aducidos para justificar el imperialismo y la esclavitud, sin embargo, no derivaban tanto del temperamento individual como de la supuesta naturaleza de los grupos humanos. El racismo científico fue el elemento central de este razonamiento. Al permitir la percepción de «el negro» fundamentalmente como otro, este modo de pensar proporcio- naba la extraordinaria fuerza justificadora necesaria para racionalizar el sometimiento en una época en la que la libertad y la igualdad se esta- ban proclamando «derechos del hombre» inalienables: por ejemplo, en ese rechazo clásico al estatus colonial, la «Declaración de independencia» esta- dounidense. El racismo ayudó de ese modo a transformar la dependencia en cuanto sometimiento político en dependencia en cuanto psicología, y forjó vínculos duraderos entre el discurso de la dependencia y la opresión racial.
Como el indigente, el nativo y el esclavo estaban excluidos del tra- bajo asalariado y de esa forma eran negativos de la imagen del obrero. Compartían esa característica, aunque poco más, con el tercer gran icono de la dependencia en la era industrial: la figura recientemente inventada del «ama de casa». Como hemos visto, la independencia del obrero varón blanco presuponía el ideal del salario familiar, un salario suficiente para mantener una familia y sostener a una esposa y unos hijos no empleados. Así, para que el trabajo remunerado crease la independencia (de los varones blancos), hacía falta una dependencia económica de las mujeres (blancas). Las mujeres fueron transformadas, así, «de compañeras en parásitos»22. Pero esta trans-
formación no fue en absoluto universal. En Estados Unidos, por ejemplo, 21 La evolución del término native, «nativo», resume claramente este proceso. Su significado
original en inglés, que data aproximadamente de 1450, estaba ligado a dependencia: «alguien nacido en servidumbre; nacido esclavo», pero sin significado social. Dos siglos después, compor- taba un significado adicional de no blanco o negro (OED).
22 Hilary Land, «The Family Wage», Feminist Review, vol. 6, 1980, p. 57. Jeanne Boydston, Home
and Work: Housework, Wages, and the Ideology of Labor in the Early Republic, Nueva York, Oxford University Press, 1991.
el ideal de salario familiar predominaba más entre los blancos que entre los negros, y entraba en discrepancia de hecho con la práctica real para todos los pobres y la clase obrera. Asimismo, tanto las esposas empleadas como las no empleadas siguieron realizando trabajo en otro tiempo considerado crucial para la economía familiar. Dado que pocos maridos lograban de hecho sos- tener por sí solos una familia, la mayoría de los hogares dependía del trabajo de mujeres y niños. La norma del salario familiar obtuvo, no obstante, gran lealtad en Estados Unidos, en parte porque era utilizada por la clase obrera organizada como argumento para exigir salarios más elevados23.
Varios registros de dependencia distintos convergían en la figura del ama de casa. Esta figura combinaba la tradicional dependencia sociojurí- dica y política de la mujer con su dependencia económica más reciente en el orden industrial. Presente desde el uso preindustrial estaba la suposición de que el padre era el cabeza de familia y que los demás miembros de dicha familia estaban representados por él, como codifica la doctrina jurídica de amparo y dependencia de la mujer casada. La dependencia sociojurídica y política de las esposas reforzaba su nueva dependencia económica, ya que de acuerdo con el régimen jurídico de amparo y dependencia, ni siquiera las mujeres casadas que eran trabajadoras asalariadas podían controlar legalmente sus propios salarios. Pero las connotaciones de la dependencia femenina se alteraron. Mientras que los hombres blancos anteriormente dependientes habían ganado derechos políticos, la mayoría de las mujeres blancas siguió siendo jurídica y políticamente dependiente. El resultado fue el de feminizar –y estigmatizar– la dependencia sociojurídica y política, haciendo que la figura de amparo y dependencia de la mujer casada pare- ciese cada vez más repulsiva y estimulando la agitación en pro de las leyes y las sentencias judiciales que finalmente la desmantelaron.
Juntas, por consiguiente, diversas nuevas personificaciones de la depen- dencia se combinaron para constituir la otra cara de la independencia del trabajador. A partir de entonces, quienes aspiraran a constituirse en miem- bros plenos de la sociedad tendrían que distinguirse del indigente, el nativo, el esclavo y el ama de casa para construir su independencia. En un orden social en el que el trabajo asalariado se estaba haciendo hegemónico, era posible condensar todas estas distinciones simultáneamente en el ideal del salario familiar. Por una parte, y más abiertamente, el ideal del salario familiar basaba la independencia del trabajador blanco varón en la subordi- nación y la dependencia económica de su esposa. Pero por otra, contrastaba 23 Gwendolyn S. Hughes, Mothers in Industry, Nueva York, New Republic, 1925; Sophonisba P.
Breckinridge, «The Home Responsibilities of Women Workers and the “Equal Wage”», Journal of Political Economy, vol. 31, 1928, pp. 521-543; Lorine Pruette (ed.), Women Workers Through the Depression: A Study of White Collar Employment Made by the American Woman’s Association, Nueva York, Macmillan, 1934; y L. Gordon, «Social Insurance and Public Assistance: The Influence of Gender in Welfare Thought in the United States, 1890-1935», cit.
simultáneamente con las imágenes contrarias de los hombres dependien- tes: primero con los varones indigentes degradados que dependían de la beneficencia, y después con los estereotipos racistas de los hombres negros incapaces de dominar a las mujeres negras. El salario familiar fue, por lo tanto, un vehículo para elaborar significados de dependencia e independen- cia profundamente modulados por el género, la raza y la clase.
En esta nueva semántica industrial, los trabajadores varones blancos pare- cían ser económicamente independientes, pero su independencia era en gran medida ilusoria e ideológica. Dado que pocos ganaban de hecho lo suficiente para sostener por sí solos a una familia, la mayoría dependía de hecho –aunque no de palabra– de la aportación de la esposa y los hijos. Igualmente importante, el lenguaje del trabajo asalariado en el capitalismo negaba la dependencia de los obreros respecto a los empresarios, disimulando así su estatus de subordinados en una unidad encabezada por otro. La jerarquía que había sido relativamente explícita y visible en la relación campesino-terrateniente quedaba así mistifi- cada en la relación del operario fabril con el propietario de la fábrica. Había un sentido, por consiguiente, en el que el truco lingüístico hacía desaparecer la dependencia económica del obrero blanco, algo similar a reducir el número de pobres bajando la línea que marca la pobreza oficial.
Por definición, pues, la desigualdad económica entre los varones blan- cos ya no creaba dependencia. Pero la jerarquía no económica entre los varones blancos se consideraba inaceptable en Estados Unidos. El término
dependencia fue de ese modo redefinido para hacer referencia exclusiva-
mente a las relaciones de subordinación no económicas, consideradas adecuadas solo para personas de color y mujeres blancas. El resultado fue el de diferenciar dimensiones de dependencia que en el uso preindustrial habían estado fusionadas. Mientras que todas las relaciones de subordi- nación habían contado previamente como relaciones de dependencia, las relaciones capital-trabajo quedaron a partir de entonces exentas. La jerar- quía sociojurídica y la política parecían divergir de la jerarquía económica, y solo las primeras parecían incompatibles con los puntos de vista hegemó- nicos en la sociedad. Parecía indicar, además, que si alguna vez se aboliesen formalmente la dependencia sociojurídica y la política, no quedaría nin- guna dependencia socioestructural. Cualquier dependencia que persistiese solo podía ser moral o psicológica.