• No se han encontrado resultados

La Nada, el fi n último y el movimiento en Aristóteles

Se ha advertido ya que todo tiene una causa y que los procesos de la naturaleza se dirigen a un fi n como un hecho de la experiencia. Aristóteles supone, en sus obras, que ese fi n es siempre bueno, tal como sucede con un caballo o una plan- ta que al crecer embellecen. Pero, en contraparte a esta supuesta bondad natural del cambio, habría que seguir observando al caballo y la planta y veríamos que la fi nalidad última no es necesariamente buena: su muerte. Sin embargo esta fi nalidad tampoco es negativa sino sólo necesariamente natural y fi nalista.

El fi n es lo que en el curso del proceso de la generación, según una ley na- tural y dentro de un desarrollo continuo, aparece cada vez como resultado último. Hay necesariamente una conexión entre los principios del movimien- to y lo movido, Düring lo expresa del siguiente modo: “los principios del movimiento son cosas que anteceden a lo movido; aquellos, los principios que explican la estructura de una cosa, existen al mismo tiempo que la cosa singular”.39 Lo mismo argumentaba Aristóteles al afi rmar que: “el movimiento

y el tiempo son continuos y sólo aspectos de la misma realidad, sin movi- miento no hay tiempo”.40 Se entiende entonces que existe una relación

39 Düring, Ingemar, op. cit., p. 328. 40 Aristóteles, Física IV, 10-14.

interdependiente entre lo movido y lo que lo mueve. No puede ser asumido, por tanto, que el Motor Inmóvil sea absoluto e incontingente, puesto que es- tablece relaciones de dependencia con lo movido. Por el contrario, asumir la Nada no como lo que mueve sino como lo que permite y faculta al movi- miento, le libera de la caracterización de necesidad que le corresponde al Motor Inmóvil. Lo que mueve directamente es lo asociado a lo material dentro de un contexto específi co, el caos o una causalidad multifactorial puede ser lo que directamente genere el movimiento pero es la Nada la que lo permite al ser, en sí misma, la causa fi nal.

La Nada como principio supremo sólo puede ser actualización pura pues si fuese sólo potencialmente también estaría en situación de no-ser y no puede ser que la Nada no sea. Si esto último fuera exacto no habría absolutamente ningún ente. Es decir, el principio supremo no puede no-ser pues de ser un no-ser Nada sería todo. Tampoco puede ser la Nada un no-ser potencial pues en los lapsos en que tal potencia se actualizase, el mundo y las cosas sensibles dejarían de mover- se, lo cual no ha sucedido nunca pues constatamos el movimiento actualmente. Si la Nada no fuera, no habría un motor que moviera a la Nada hacia su Ser luego de estar en el no-ser. Y si lo hubiera, ese otro motor sería el Motor del que hablamos: la Nada. Por tanto, no hay manera que la Nada sea nada.

Aristóteles, por ejemplo, objeta a Platón el que haya hecho del Bien un princi- pio, sin explicar cómo es que el Bien es asimismo fi nalidad, motor y forma. Y sin embargo, de cualquier modo, el estagirita “dota a su principio de movimiento con todas las propiedades de la idea platónica del Bien”.41 No basta entonces, como

Platón, hacer del alma el principio del movimiento, pero tampoco al Motor aris- totélico se le deben connotar clarividentes sentidos bondadosos en su fi nalidad. Tales sentidos bondadosos del Fin último se observan en la relación que hace Aristóteles del Fin Supremo con la Ética. Para el estagirita el principio del movimiento mueve como Fin Supremo, hacia el cual tiende el Universo; el primer cielo mueve a todo lo demás, en cuanto que es movido por este prin- cipio. Como se ve, todos los procesos naturales, por tanto, son regidos por el

proton kinou y “el amor al Bien es en último término el móvil del Universo y

de todo obrar humano”.42 Comprendiendo estas implicaciones “se entiende, de

41 Düring, Ingemar, op. cit., p. 332.

por sí, cuan fácil era interpretar esto cristianamente y substituir el principio abstracto por un motor personifi cado”.43

Sin embargo, Aristóteles advierte: “si no aprobamos mi solución estaremos de nuevo ante el problema de Parménides. El Ser procedería del no-ser, y sabe- mos que esto es imposible. Hay por tanto un primer movido, a saber, el primer cielo, y un principio del movimiento, ambos eternos”.44 Pero también es cierto

—para mí—, que Parménides no está del todo equivocado, puesto que si la Nada atrae al Ser es por ello un principio de movimiento que existe. La cuestión milenariamente supuesta es que la Nada es el no-ser y en ello radica la tergiver- sación. La imposibilidad aristotélica de defi nir claramente al Primer Motor permitió a su vez las lamentables interpretaciones de los cristianos escolásticos y de todos los demás que asumen en su propuesta un asunto teológico.

Hay que entender que en la Grecia antigua “todo lo que estaba elevado sobre la esfera humana era theion o se atribuía a la intervención de dios”.45 Se

entiende que la fi losofía aristotélica sigue una lógica irrefutable al coincidir con tales cánones y premisas propias de su época. Sin embargo, tal irrefutabilidad sólo resulta posible realizando una dialéctica con su contexto específico, puesto que la conclusión se vuelve insostenible fuera de esas premisas facul- tativas y a la vez condicionantes.

Se creía también, en la Grecia antigua, que los cuerpos celestes eran seres vivos pues todo lo que se movía sin violencia debía estar vivo. Pero la cuestión sobre el sentido politeísta o monoteísta del dios aristotélico es, según Düring, insignifi cante.46 Afi rma posteriormente en tono categórico:

La interpretatio Christiana medieval, que explicó la teoría aristotélica del movi- miento como su teología, se ha sostenido con asombrosa tenacidad. Por ello, yo considero importante subrayar: primero, que en el complejo de sus ideas Dios es indispensable exclusivamente como proton kinou (motor inmóvil); segundo, que absolutamente sin distinción él habla de “Dios”, “el dios” o “lo divino”.47

43 Düring, Ingemar, op. cit., p. 335. 44Cfr. Aristóteles, Lambda 7. 45 Düring, Ingemar, op. cit., p. 339. 46Ibidem, p. 346.

Estas formas comunes de hablar de la divinidad se encuentran en el texto de la Ética a Nicómaco48 y hay que asumir además que debido a que este libro

es uno de los últimos del estagirita, entonces, muy probablemente se había dado cuenta de la necesidad de fl exibilizar sus ideas sobre aquello que está más alto que el hombre mismo. En los mismos pasajes del libro citado se advier- te además que Aristóteles reconoce que Dios tiene que estar más alto que el fi lósofo. De hecho, si concebimos a Dios como la Nada, ésta está por encima del fi lósofo.

Cabe la posibilidad que Aristóteles, aun concibiendo la realidad de la Nada, no pudiera más que intuirle debido a la imposibilidad de llamarla por su nombre y asumirla como real en la cultura griega. En sus palabras, Rotman expresa que:

Para Aristóteles, ocupado en clasifi car, ordenar y analizar el mundo en sus cate- gorías, objetos, causas y atributos irreducibles y fi nales, la perspectiva de una va- ciedad inclasifi cable, un agujero sin atributos en el tejido natural del ser, aislado de causa y efecto y desligado de lo que era palpable para los sentidos, debe haberse presentado como una maldad peligrosa, una locura negadora de Dios que le dejaba con un horror vacui imposible de erradicar.49

Desde esta perspectiva es fácil entender que para los griegos, aun para los fi lósofos, era complejo asumir algo que estuviera fuera de forma en su propia cultura. Y es que:

La fi losofía y psicología griegas no podían encontrar ningún lugar en su Universo indivisible del Ser para el tipo de hueco que requeriría la realidad de la Nada. Y, por eso, simplemente, no podía ser. No se podía hacer algo de la Nada. Aristóteles defi nía el vacío como un lugar donde no podía haber ningún cuerpo. Este paso le hubiera permitido emprender muchas exploraciones fi losófi cas diferentes, trasla- dándose al Este para contemplar las nociones de no-ser y de Nada tan queridas de los pensadores indios. En lugar de esto concluyó que el vacío no podía existir. Todo lugar está ocupado por cosas eternas. No puede haber estado de vaciedad perfecta, privado de Ser.50

48 Aristóteles, Ética a Nicómaco X, 8, 1178b, 7-27.

49 Rotman, B., Signifying Nothing: Th e Semiotics of Zero, p. 63. 50 Barrow, John, op. cit., p. 68.

Lógicamente, volviendo a la idea central, lo que se nos muestra es que el Motor Inmóvil es el número uno en sentido absoluto de la serie de seres. Gnoseológicamente demuestra que es la forma actualizada, sin materia y por tanto sin potencia ni contingencias. Axiológicamente, en cuanto meta de toda tendencia en el universo, es el Bien Supremo. Pero en cada una de estas tres demostraciones, puede entrar acoplada la concepción de la Nada aquí propuesta sin mucha difi cultad.

La Nada no tiene materia, tampoco es potencia ni tiene contingencia, sino que es el fi n último pues todo lo que existe en algún momento termina siendo parte de la Nada ya sea para favorecer el cambio o por destrucción. La Nada es el Motor, puesto que posibilita el movimiento por atracción y no por empuje o violencia, en ese sentido las cosas vivas se dirigen sin violencia a la Nada, por vía de la muerte. Queda sólo la cuestión de necesidad y de contin- gencia que muestra el Motor aristotélico con respecto a lo movido, pero si tal contingencia no es forzosa entonces la Nada puede simbolizar el Motor en parte. En mi opinión, concibo a la Nada como algo más aún que el mismo Motor pues el concepto de Motor muestra como característica sustancial el hecho de mover algo. No me parece que la Nada tenga como exclusividad tal cuestión. Sin embargo, me parece claro que cuando Aristóteles expresa su concepción sobre el Motor Inmóvil si se refi ere en parte a una de las facultades de la Nada. He de decir además, que la Nada no es contingente a lo movido sino que lo movido es contingente a la Nada para poder ser y además para ser movido.

Sólo la Nada es desapego, vincularse a la Nada es la meta, el desapego pleno y, en ese sentido, la convivencia parcial con la Nada es el gozo supre- mo. No supone la apatheia imperturbable del estoico, sino la sabiduría del devenir en el caos que anonada. Si seguimos el postulado de que deben acep- tarse las teorías en que un menor número de problemas queden sin resolver51

en un tema del que no se tienen certezas, entonces, pensar que la Nada es el Motor Inmóvil deja menos puntos sin resolver que si el Motor Inmóvil es Dios desde la perspectiva común. Dios no es un buen principio.

Tanto Platón como Aristóteles buscaron un principio estático, Platón lo ve fuera del mundo sensible y Aristóteles lo ve implicado en el mundo sensible.

Aunque, si el mundo sensible no es sólo éste, por supuesto que el principio originador debe estar también en otro sitio donde exista algo originado.

Se necesita la Nada, puesto que “lo necesario es: algo forzoso, el sentido de algo sin cuya existencia el fi n no puede existir, al no poder ser de otra manera”,52

y la Nada cumple con todos los requisitos. Esto es congruente con el hecho de que “el fi n es también un comienzo”.53 Finalmente, cuando el estagirita afi rma

que: “lo que se cambia es la materia y aquello en lo que cambia es la forma”54

se asume que el movimiento es un predicado y que en cambio el principio del movimiento no puede ser un predicado, sino que es algo de lo cual no se puede predicar algo, es decir, la Nada.

He planteado hasta aquí las principales líneas de convergencia con el pensamiento aristotélico sobre la Deidad por considerar que está altamente relacionada a la concepción de la Nada que propongo. La vinculación intuitiva del pensamiento aristotélico con esta concepción de la Nada es en sí misma una temática digna de un estudio completo que merecería un espacio particular. He de dejar hasta aquí, por tanto, la cuestión del estagirita pues la intención no es comprobar que el fi lósofo concebía intuitivamente lo mismo que he de pro- poner aquí, sino que me he limitado a esbozar algunos aspectos de la fi losofía aristotélica que son un preámbulo a algunas explicaciones de mi concepción de