Uno de los temas principales de la Física de Aristóteles —en la cual me centré
para responder al título de este apartado— es el de la materia y la relación de ésta con los límites, el lugar y el espacio. Se trata, por tanto, de distinguir entre espacio y lugar.
Para Aristóteles: “el lugar o espacio no son aquello en donde algo está, sino que el lugar existe junto con la cosa, pues junto con lo limitado están los límites”.14
Esto permite entender que la totalidad de un cuerpo es sólo una totalidad relati- va en cuanto que para que exista el ente se requiere el límite del ente mismo. Desde mi perspectiva, a Aristóteles le hizo falta la afi rmación de que algunos de esos límites no son propiamente físicos, sino también metafísicos; si hubiera pensado en ello, habría podido abrir la puerta al no-ser como posibilitador del cambio. Ciertamente entre los límites del ser está su no-ser correspondiente.
Debido a las constantes transformaciones que ha sufrido el concepto
de hyle en Aristóteles, debemos delimitar que se refi ere más que a “mate-
ria” a algo indeterminado, por lo que al hablar de hilemorfi smo nos referimos a la indeterminación de la forma del hombre, o una forma en constante potencia y posibilidad de modifi cación. Por ello, el hombre es indeterminación deter- minada, o bien, una determinada indeterminación.
Para Platón, el espacio sufre cambio y confi guración mediante lo que entra en él, como si el espacio fuera llenado; con Aristóteles el espacio siempre continúa
13 Vid. Hegel, Lecciones sobre la historia de la fi losofía, p. 280. 14Física II 212a 6 y 29.
como límite de la materia sensible. Esto lo observamos con las siguientes palabras aristotélicas: “el espacio, como límite de la cosa, determinado métrica y geométricamente, es inmutable y uno con la cosa”.15 Se necesita el espacio para
que exista el ser, por ello el espacio es más originario que el ser, pero no po- dría haber tampoco espacio sin ser. El espacio opera como límite y el límite requiere de “lo limitado”. Sobre la posible pregunta del lector sobre la dife- rencia entre el espacio y la Nada podríamos decir que el espacio es la mani- festación física de la Nada a nuestros ojos, es decir, en el sentido estricto de su relación con el ente sensible y específi camente también en su categoría de cambio referido al desplazamiento.
Habría que aclarar la distinción entre espacio y vacío. Si bien el espacio es la distancia entre dos cuerpos, tendríamos que reconocer que en aquello que vemos “aire” hay algo también. Todo espacio está ocupado por lo que enton- ces se vuelve un lugar. Un lugar es el sitio en donde algo está. “No existe lugar fuera de las cosas, sino sólo como la determinación geométrica y métri- ca de la cosa que puede padecer movimiento”.16 Por ello, en el cuerpo está su
lugar que ocupa, el lugar está siempre esclavizado al cuerpo móvil. El lugar es siempre donde estoy por lo que no cambiamos de lugar sino más bien de contexto físico.
El espacio es lo que está entre eso que está y su distancia de otra cosa próxi- ma. Pero cuando realmente hay un vacío, como ausencia plena, entonces, aun así hay ahí un algo que es la Nada, es decir, posibilidades absolutas. Tanto el vacío como la Nada son el no-ser siendo.
Así como el calor se encuentra en lo que está, por ello, caliente; del mismo modo el movimiento está en lo que está siendo movido y el lugar es en refe- rencia a lo que está o no en el lugar (o en las proximidades de tal). El Ser es una condición de la existencia del lugar. Del mismo modo que el Ser es una condición para nuestra percepción de la Nada. Y esta misma Nada es, a la vez, una condición del Ser e independiente a nuestra percepción. El estagirita no asume una relación con la Nada al no asumir como real el concepto de vacío que probablemente le hubiera llevado a ello, nos dice: “puesto que hemos
15Física II 212a 20. 16Física II, 212b 27.
demostrado que no existe el espacio en sí, se sigue de ello que tampoco existe un espacio vacío”.17 La Nada que podría haber percibido Aristóteles se quedó
sólo en su concepto de límite del Ser. Por ello, cuando se habla de la imposi- bilidad del vacío, esto es debido, más que a la imposibilidad real, a los conceptos preconcebidos de lugar. Al asumirse que no hay lugar “descontenido” se concluye que no hay vacíos.
En lo que respecta al tiempo, Aristóteles deja muy claro que éste sólo exis- te en medida de la existencia del movimiento. Sólo cuando se añade un antes y un después hablamos de tiempo pues “el tiempo no es idéntico al movimiento, sino que es el movimiento, en cuanto que tiene un número”.18 Ahora bien, sin
el hombre que cuenta el tiempo no habría tiempo contado, pero sí un tiempo acontecido. El tiempo y el movimiento existen aunque ningún ente los observe. Pero no pueden existir sin aquello que se mueve. Distinto es que algo se mueva y el algo o alguien que capta eso. Sólo el segundo es prescindible.
Para Aristóteles, la percepción del antes y el después supone la existencia del alma (la cual es la conciencia en el glosario aristotélico). El estagirita afi rma que: “si no se admite la existencia del numerante, es imposible que exista lo numerable, por lo que no existiría el número […] pero si es cierto que en la na- turaleza de las cosas solo el intelecto o el alma que está en ellas tiene la capacidad de numerar, resulta imposible la existencia del tiempo sin la del alma”.19
De tal modo que la estructura hilemórfi ca de la realidad sensible que im- plica necesariamente materia y potencialidad, es la raíz de todo movimiento. Del mismo modo “no puede haber un paso de la potencia a un acto sin que exista ya un motor en acto”.20 Lo que siempre es es la Nada, que además está
implicada a la posibilidad de la potencia de las cosas y en todos los cambios desde que algo es como acto hasta que todas sus potencias se actualizan o no. Sin embargo, “lejos de contribuir a la introducción de la Nada, el devenir viene a ser para Aristóteles como el cambio que conduce a la plenitud del ser”.21 Aun
17Física IV, 8, 214b 33. 18Física IV, 219b 3. 19Física IV, 223a 21-26.
20 Reale, Giovanni, op. cit., p. 72. 21Ibidem, p. 73.
así, no puede entenderse el cambio sin la implicación de la Nada puesto que el devenir mismo —del que habla Aristóteles— es permitido por su causa. Ciertamente el devenir supone un sustrato que es el ser potencial, pero tal ser potencial es el límite del ser actuante, un límite que sin embargo no supone una ruptura lineal.
Por otro lado, aunque podría sonar contradictorio, el hecho de imponer a la Nada una categoría adjetiva propia le implica volverla un algo. Es decir, poner adjetivos a la Nada le reduce a la categoría de ente. Por ello, hablar de una “nada infi nita” sería inútil e insostenible, tanto como decir “nada rugosa” o “nada apestosa”, lo cual fi nalmente le denigra. Se entiende que intentemos poner adjetivos a la Nada para volverla comprensible, pero lo único que se logra es que lo que conceptualizamos nunca sea lo que intenta- mos conceptualizar.
Dicho sea de paso, con respecto a la imposibilidad de adjetivar a la Nada como “nada infi nita”, el infi nito está en el tiempo pero la Nada es atemporal. No tiene movimiento, aunque todo se mueva debido a ella. Esa Nada podría ser el centro de nosotros mismos desde lo cual todo se mueve a nuestro alre- dedor. No es esto una nueva fuerza del solipsismo, sino sólo el reconocimiento de que el verdadero centro que nos pertenece tiene que ver con nuestra corpo- reidad. Y si la Nada posee al cuerpo no sería del todo iluso suponer que se ubica en el centro de lo que somos, la parte profunda que no solemos tocar más que sigilosamente. El lugar de la Nada no es sólo uno, sino que está ubicado en el centro de cada ser, ahí donde Aristóteles suponía que era el lugar de cada cosa y de cada ser, ahí es donde está el lugar de la Nada: en el lugar del Ser.