Aunque a la Nada se le ha relegado al olvido en algunas culturas y en algunas épocas específi cas, en realidad no puede ser negada hoy en día pues el testi- monio de fi lósofos, poetas, artistas y la naturaleza en general son demasiado grandes como para no ser vistos. De hecho “entre las grandes cosas que se encuentran entre nosotros, la existencia de la Nada es la más grande”.41
En el arte islámico, los musulmanes celebran la Nada como una vaciedad que debe ser llenada, no como un peligro sino como una oportunidad. Y es que al fi nal las personas anhelamos pautas y algo con lo cual llenar cualquier vacío. El gran historiador del arte Ernst Gombrich bautizó este impulso, refi - riéndolo a la decoración, como horror vacui.42 Precisamente, en el pensamien-
to medieval y la primera parte del Renacimiento, la Nada era vista como la antítesis de Dios, o bien, como el estado de olvido al que eran arrojados los adversarios y enemigos de Dios. En ese sentido creer en “una única creación Divina de todo a partir de la Nada, era un dogma básico de fe”43 y nada fuera
de eso era permitido. Por ello Agustín de Hipona (354-430 a. C.) afi rmaba que la Nada era contraria a Dios pues era lo que estaba antes de la obra divina. Es probable que el monje de Hipona no se diera cuenta que con eso daba ma- yor fuerza a la Nada que a Dios. Al ser cuestionado en ese sentido, propuso que el tiempo fue creado al mismo instante que Dios creó el Universo y que, por tanto, no había un tiempo antes de lo creado. Lo anterior es una prestidigi- tación de fe bastante creativa pero fácil de vencer, puesto que si el tiempo inició con la creación, entonces la creación empezó junto al tiempo y si toda creación supone el paso de la no-creación a lo creado, entonces tampoco podría soste- nerse la idea de la creación misma al no existir un pasado desde el cual se hubiese podido crear lo que en el presente existiese.
Más adelante, Tomás de Aquino se encargó de radicalizar la negación aris- totélica de la Nada y la entendió como aquello que había sido aniquilado con la acción de Dios. El Aquinate creía también que “si Nada absolutamente
41 Da Vinci, Leonardo, Th e notebook, p. 61. 42 Barrow, John, op. cit., p. 78.
existía en el pasado entonces nada pudiera existir ahora”,44 con lo que suponía
la obligatoriedad de un Creador. Sin embargo, aunque pueda ser necesaria una energía inicial que suponga el movimiento de algo que no es a un ser o modo de ser nuevo, eso tampoco implica una voluntad omnipotente creadora.
Es claro que con las interpretaciones medievales de Aristóteles y el imperia- lismo del cristianismo, se creó una compleja maraña de ideas cuya consistencia fi losófi ca era reducida a un acto de fe. Es así que: “como resultado del rechazo por parte de Aristóteles de la idea de que podía existir un vacío separado, sobre la base de que era lógicamente incoherente, durante la Alta Edad Media se creía casi universalmente que la Naturaleza aborrecía la creación o persistencia de cualquier estado vacío”.45
Esto incluía, por supuesto, a la idea sobre la Nada que fue negada durante cientos de años precisamente para dar cabida a la idea de Dios. Aun más, Ribas supone que con Aristóteles se inicia el antivacuismo cuando comenta que: “el gran foco en que se articula la gran corriente del antivacuismo domi- nante es la tradición del pensamiento occidental. Durante muchos siglos la opinión de Aristóteles conforma el corpus del saber escolástico, aquel que deberá ser rechazado y sometido para alumbrar la Revolución científi ca moderna”.46
En el siglo xvii proliferaron las similitudes a la idea estoica del vacío en la que se entendía que el cosmos fi nito estaba rodeado de un vacío infi nito y que, además, los atributos de tal vacío coincidían con los atributos de un vacío circundante en este mismo mundo; es decir, un vacío inmutable, continuo e indivisible, más cercano a la idea de la Nada que a la del vacío físico.
Isaac Newton parece acreditar esta Nada que está en todas partes al rela- cionarla con la Deidad misma. Afi rmó que no debemos considerar al mundo como el cuerpo de Dios, o sus diversas partes como las partes de Dios pues Él es un ser uniforme, vacío de órganos, miembros o partes, estando en todas partes presente a las cosas mismas.47 Como vemos, las ideas de Dios y de la
Nada han sido y suelen ser tanto contradictorias como similares.
44Ibid., p. 81. 45Ibid., p. 83.
46 Ribas, Albert, Biografía del Vacío, p. 9. 47Vid. Newton, Isaac, Óptica, 1977.
La idea de Dios como la Nada misma comenzaba a tener sentido pero nunca dicho de manera tan clara. Naturalmente no todos estarían de acuerdo con Newton y los neo-estoicos, principalmente aquellos que necesitan de repre- sentaciones tangibles y antropomórfi cas para referirse y entender a la Deidad. Uno de ellos, como se mencionó en el primer capítulo, fue Leibniz. Poco a poco se fue dejando de lado esta controversia y se retomó informalmente la idea de Dios como Ser y se excluyó la noción de Dios como Nada.
Los poetas y escritores también han hecho de la Nada un tema recurrente. Le observamos claramente en el poema siguiente: “Nada fue primero y será lo último pues Nada se mantiene para siempre. Y nada ha escapado a la muerte de modo que no puede ser el viviente más duradero […] Nada puede vivir, cuando el mundo ha desaparecido, pues todo llegará a Nada”.48
Del mismo modo podríamos decir que Nada es más alto que Dios. Y por ello, algo lo es. La vacuidad no es la negación del Ser, pues es en relación con
el Ser como negación de presencia; por tanto, el vacío es un vacío de algo, un algo que podría haber estado antes y en ese sentido sería ausencia. A diferencia de la ausencia, el vacío es el espacio físico no ocupado por un ser específi co, pero no la negación del Ser. No siempre se asimila de este modo el vacío, un ejemplo de ello es el cristianismo que, dentro de sus perspectivas panteístas, negó la posibilidad del vacío al afi rmar que Dios está en todo lugar.
Hay varias nociones sobre la Nada en las obras de William Shakespeare (1564-1616), la siguiente cita de Macbeth es notable: “la vida es una historia
contada por un idiota, llena de ruido y furia, que Nada signifi ca”.49 Por su parte,
el físico alemán Otto von Guericke (1602-1686), entendió mejor que algunos fi lósofos a la Nada. Su valoración es citada por John Barrow en la siguiente afi rmación:
La Nada contiene todas las cosas, es más preciosa que el oro, sin principio ni fi n, más alegre que la percepción de la luz munifi cente, más noble que la sangre de los reyes, comparable a los cielos, más alta que las estrellas, más poderosa que un relámpago, perfecta y bendita en todo. La Nada siempre inspira. Allí donde nada
48 Dyer, Edward apud Barrow, John, op. cit., p. 90. 49 Shakespeare, William, Macbeth, V, v, 16.
es, cesa la jurisdicción de todos los reyes. La Nada está exenta de daño [...] La Nada está fuera del mundo, está en todas partes. Se dice que el vacío es Nada y se dice que el espacio imaginario —y el espacio mismo— es Nada.50
En el terreno de la ciencia, Otto von Guericke inició los experimentos con bombas de aire que habían de continuarse posteriormente. Son también con- tundentes sus afi rmaciones sobre la existencia del vacío aun fuera del mundo, en el espacio mismo,51 con lo cual se asemeja en parte a lo propuesto original-
mente por los estoicos.
Por otro lado, en Francia, Blaise Pascal intentó unir las dos concepciones de Nada que hasta el siglo xvii se habían estado manejando, es decir, la Nada abstracta, moral, psicológica y la nada física asociada al vacío. En la presente obra, aunque he incluido referencias de la Nada asociada al vacío, me interesa principalmente la Nada abstracta, implicada en el orden metafísico. Para Pas- cal, centrado en el debate sobre el vacío físico, la separación no fue tan viable como la que he propuesto aquí y ello se debió a que los detractores del vacío utilizaban argumentos (o pseudoargumentos) teológicos para rebatirle con la intención de hacerle parecer hereje y que, por tanto, detuviera sus afi rmacio- nes. No olvidemos que pocos años antes de nacer Pascal, se realizó el juicio a Giordano Bruno quién murió quemado en la hoguera en 1600. Eran ambien- tes tensos en donde los defensores de la fe —muchos de ellos jesuitas como el padre Noel, tutor de Descartes— se enfrentaron a Pascal quien tuvo que separar, al fi nal, sus afi rmaciones sobre el vacío físico de las implicaciones teológicas que suponían.
Posteriormente, la controversia sobre la existencia del vacío físico fue to- mando forma experimental en búsqueda de la demostración del vacío real. Científi cos como “Torricelli, Galileo y Boyle utilizaron bombas para extraer el aire de recipientes de cristal para demostrar la realidad de la presión y de- mostrar el peso del aire”.52 Más tarde se ideó la existencia de un éter cósmico que
explicó parcialmente la imposibilidad del vacío real. En un artículo publicado
50 Barrow, John, op. cit., p. 63. 51 Ribas, Albert, op. cit., p. 100. 52 Barrow, John, op. cit., p. 22.
en 1881, Michelson53 afi rmó que la hipótesis de un éter estacionario era erró-
nea, con lo que se pudo así eliminar al imaginario éter del plano científi co y darle su lugar al vacío de masa y energía. Posteriormente se descubrió que aun el vacío suponía una energía que impregnaba el universo. Esto orilló a la ad- misión de la existencia del vacío a pesar de la inevitabilidad de la energía en un vacío cuántico. Hasta hace pocos años se afi rmaba que “debe de haber alguna ley sencilla de la Naturaleza, que todavía no hemos encontrado, que restaure el vacío y haga esta energía del vacío igual a cero”.54 Aunado a ello,
hoy hay también evidencias de que tal energía es la que propicia la expansión del Universo y posiblemente su fi nal.55
Albert Einstein tras el descubrimiento y elaboración de la teoría de la rela- tividad en 1915, se dedicó a la tarea de comprender el Universo. A partir de los estudios de Einstein, fue Alexander Friedmann quien advirtió que el Universo cambia y que no es estático, que no sólo las estrellas y los planetas se mueven, sino que el Universo mismo tiene un movimiento y que éste es de expansión. La energía que supone la expansión es una energía de vacío, por lo que el vacío en sí mismo es “llenado” por una energía que implica la posibilidad del movimiento.
Desde este enfoque, no puede hablarse de espacios vacíos propiamente, sino de estados vacíos o estados fundamentales56 que aun así poseen energía.
Esto fue llevando poco a poco a la elaboración del término vacío cuántico el
cual puede entenderse como: “un mar de compuestos de todas las partículas elementales y sus anti-partículas que aparecen y desaparecen continuamente […] a partir del vacío cuántico y luego se aniquilarán mutuamente y desa- parecerán”.57
Por tanto, el vacío está lejos de estar privado de energía, al menos en el sentido de la ciencia cuántica. Sin embargo, esta imposibilidad de vacío abso- luto en el mundo físico no atañe a la Nada de la que hablamos puesto que, si
53Ibidem, pp. 137-144. 54Ibid., p. 23.
55Idem.
56Ibidem, p. 212. 57Ibid., p. 227.
bien se identifi ca a la Nada con el vacío en el sentido de lo físico y lo material, no es ése el sentido estricto desde el cual partimos en la idea de la Nada que aquí manejo y que está vislumbrada más en el plano de lo ontológico que en el de la Física, aunque esto no erradica similitudes que puden ser objeto de estudios posteriores.
Por último, si el vacío de la física cuántica contiene el mínimo de energía dis- ponible, entonces en él existe la posibilidad del cambio y es ahí donde la noción de la Nada como posibilitante del cambio sigue teniendo sentido.
En lo que respecta a este estudio, he referido la cuestión del vacío físico sólo como una situación relacionada a la Nada que me importa más, en este caso la Nada Metafísica. Creo también que no es forzosa la comprobación científi ca del vacío físico para la comprensión de la Nada Metafísica a la que me refi ero y que, incluso, puede ser la contraparte de las concepciones cultu- rales que se han atribuido a la deidad. No es necesaria una postura absolutista que intente afi rmar a toda costa la existencia del pleno vacío físico desprovisto de energía, pues de cualquier modo no puede ser sostenido, al menos desde la perspectiva de la física cuántica. Coincido, claramente, con esta disciplina científi ca en que el Universo no es continuo y en que existe el cambio en fun- ción a la constante de Planck, cuestión no percibida desde nuestros miopes alcances comunes. Siendo así, el entrelazamiento cuántico es posible debido a la interacción entre el Ser y la Nada. Por ello, la teoría de la relatividad, la física cuántica y mi posición respecto al concepto de la Nada no están contra- puestas si consideramos la perspectiva de la electrodinámica cuántica, la cual es una veta muy factible de seguir. De cualquier modo, en suma, no podemos igualar los conceptos de vacío y de Nada. El vacío se ha entendido como la región del espacio que no contiene materia; pero la Nada es, incluso, aún sin el espacio mismo del que requiere el supuesto vacío.
Dejando hasta aquí la cuestión de la ciencia, en el siguiente capítulo se abordará el planteamiento central de este libro, es decir, la propuesta específi ca de la Nada, una visión alternativa para la comprensión del hombre y de su quehacer en el mundo.