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El fi lósofo francés Jacques Derrida (1930-2004), en conjunto con Hélène Cixous, nos presenta un planteamiento certero sobre la imposibilidad de con- tactar la realidad por la mirada. Tanto en lo que se refi ere a los textos, como en lo referido al encuentro con otros o lo diferente de uno mismo, la mirada es abatida180 por la imposibilidad de contactar lo visto, pues obtenemos de ella

—como punto de partida— sólo representaciones.

176Ibid., p. 53. 177Ibid., p. 55.

178Vid. Derrida, Jacques, op. cit. 179 Levinas, Emmanuel, op. cit., p. 56. 180Vid. Jay, Martin, op. cit., 2007.

Primeramente, en el texto de Derrida y Cixous titulado Sa(v)er se encuentra

el proceso de vencimiento o muerte de la miopía. La poeta habla de sí misma como alguien que estuvo impedida continuamente de ver o al menos jamás vio con seguridad. Ver era un creer cojeante. Todo era un quizás y, por ello, “vivir se encontraba en un estado de alerta”.181 El cuestionamiento es: si tras la

posibilidad de utilizar sus ojos ahora puede ver por completo o si, de alguna manera, se continúa siempre con una miopía relativa. De ser así, no hay láser que cure la vista y permanecemos en un interminable mundo de representa- ciones, en un incontenible interaccionismo simbólico.

La miopía es el inicio de la confusión. Sus límites generan contradicción pues es la forjadora de error e inquietud. Somos miopes por estar acostumbrados a ver lo que es y no lo que no es. ¿Será que ver es un goce supremo, es decir, dejar de no ver? Quizá sólo sea dejar de ver menos. Por otro lado, podemos preguntar: ¿soy

yo quien ve? O ¿acaso sólo llega a mí la visión como un instrumento imperfecto de contacto con el espacio? ¿Es mi yo el que ve o los ojos? No hay garantías en ese sentido y por ello “cada día disminuye la imprecisión de la imprecisión”.182

Tampoco se niega que no verse a sí mismo permite vivenciar algo de paz, esto debido a que el confl icto de verse a sí mismo supone la responsabilidad de delinear lo que uno ve, etiquetas al fi nal, conceptos que encierran al hombre que sería libre de sí al no verse a sí mismo. Si la mirada es una conexión im- perfecta a la realidad debido a nuestra traducción de lo visto, entonces, como sujeto cognoscible no está nunca el humano apartado de la esfera de la nebu- losidad. Verme siempre será un no verme, mucho más trágico además que el no-ser. Si no me veo no es que no exista, es sólo que existo sin ser un objeto —o un para qué— decantado por la conciencia. Para no ver tendría que existir la posibilidad de ver. Si no hay existencia entonces no sólo no se ve, sino que no se sabe que no se ve, puesto que no hay vista posible.

Por tanto, afi rmar que uno no se ve y que por ello hay tranquilidad es, más bien, un placebo ante la incertidumbre y la angustia de saber que en algún mo- mento uno mismo se tiene que volver a ver. Los no vistos antes quizá podrían gozar de paz plena, pero no el hombre que alguna vez se ha visto ya, pues eso

181 Derrida y Cixous, Velos, p. 23. 182Ibidem, p. 28.

presupone que se ha catalogado, que el saber le llevó a conceptuar y que por ello se delimitó, por tanto encarceló. La paz es muy temporal, tan breve que sólo permite respirar un poco antes de volver al abismo.

De hecho, si uno se ve a sí mismo sin distanciarse, quizá no se está viendo con sentido real. ¿Ver de cerca es ver? Necesito la distancia y la diferancia183

por ella suscitada (y a la inversa) para poder ver. Sin ello no podría ver. Ahora bien, como todo me es diferente, pero no todo esencialmente lo veo, entonces sólo veo las diferencias. ¿Cómo explicar desde esa perspectiva lo que veo de mí? ¿Cómo explicar el hecho de verme? Veo entonces lo que no soy, de nuevo es nada lo que veo, debido a la Nada.

En lo referente a la presencia antes del mundo, ¿quién la ha visto? Podríamos acompañar a Derrida en la pregunta sobre la presencia después del mundo. Nuevamente —como se ha mencionado líneas arriba—, sólo no se ve lo que existe, lo que no existe no es que no se vea, simplemente no se concibe. Pode- mos concebir a la Nada a pesar de que no la vemos y es que, precisamente, su existencia supone nuestra invidencia ante ella. Al contrario de los supuestos gestálticos, el contacto siempre es parcial. En los escritos de Fritz Perls se concibe el precontacto como nublación de aquello que se tiene frente a sí. La contradicción llega cuando el término “totalidad” se une a la Gestalt en la hipótesis de que es posible el contacto pleno. No lo hay. Si la mirada es abatida y, por otro lado, el roce sólo es posible en las diferencias, entonces no es posible encontrar un contacto pleno debido a que sólo es posible el con- tacto precisamente en la diferencia. No hay unidad, no hay comunión, sólo comprobación de la distancia.

Especifi car ciertamente es disminuir. Especifi car lo observado es disminuir la observación de lo no especifi cado. De tal modo que, en lo correspondiente a la mirada, la disminución se vuelve focalización y tal es una reducción del marco visual para centrarme en aquello que he de entender mejor puesto que lo he disminuido. La disminución centra mi mirada en un punto, cosa o per- sona específi ca —si es que estoy en un encuentro a la manera de Levinas— para entonces comprenderlo más, disminuyéndolo. La disminución generará que no lo vea nunca en realidad, pero sí que lo vea parcialmente. Lo concibo

al menos y eso es mejor que no concebir. Si ver no es posible, el no-ver viendo es preferible a no concebir que se podría ver. Esto supone aceptar, en lo que respecta a la interacción humana, que sólo nos es posible vernos al distorsio- narnos. Al distorsionarte te veo, pero es mejor o preferible que no haber podido nunca concebir sobre ti la posibilidad de lo contrario. El mutuo entendimiento es el reconocer que no somos reconocidos, que escapa el otro de mi mundo como escapo del suyo y en ello la igualdad.

Si el velo es lo que cubre, ¿cómo puedo percibir el velo de lo velado? ¿De qué manera puedo caer en la cuenta de que no he caído en cuenta de ello? ¿Cómo ver que no veo, cómo entender que no entiendo? ¿Cómo descubrir que no descubro algo? Se trata de desvelar el velo, ver el velo, no en la lógica de siempre verlo, sino en la perspectiva de saber que se ve el velo y no lo velado, empezando por entender que el velo es. Merleau-Ponty tendría que implicar- nos en este sentido la posibilidad fenomenológica, la distinción entre el ojo y la mente,184 para entonces reconocer que no hay realidad visible sólo sombras,185

velos por doquier. Reconocerlo es el primer paso para adentrarse en el conoci- miento del velo y no suponerle lo velado.

Tras los ejercicios de desvelo —y las desveladas que ello implica— se ob- tiene un cansancio sostenido. Cansancio de los velos de la verdad ante la necesaria irreductibilidad de la verdad para comprenderla, y el hecho inefable de la pérdida de la misma en la intención de poseerla.

Cansado de creer que se sabe cuando sólo se ve lo que se ha querido ver, el velo. Los desvelos que no rompen el velo son placebos. No curan la necesidad del saber, cuando saber es algo incluso creyendo que no hay velo, cuando aún se cree que se sabe a pesar de que no se cree en eso mismo. Aporías y contra- dicción, fi nalmente velos sobre la mesa cristalina y nada sobre la mesa, sólo el desvelo posible que nunca llegó y no se vio ni se ve.

Ahora mismo lector, me encuentro con mi parte velada que le dice al que supone que rompe el velo: ¿y aún sigues creyendo en la posibilidad de conocer las cosas sin el velo que les supone? La diferencia entre la realidad y la percep- ción no es sólo una cuestión imaginativa, no es posible conocer en absoluto, el

184 Merleau-Ponty, El ojo y la mente, 1976.

conocimiento siempre será una distorsión. ¿Para qué conocer entonces si fi nal- mente lo conocido nunca será propiamente el objeto cognoscible (ahora ya incognoscible)? ¿No es mejor alejarse humildemente a la caverna del desconoci- miento pleno? ¿Acaso masoquismo intelectual? ¿Cuál es el placer derivado de intentar y nunca encontrarse con la verdad? ¿Cuál es el nombre de esta mise- rable condena? ¿Humanidad?

Y sin embargo, pequeños avances son posibles, el duelo de un ojo que se convierte en otro ojo. Al fi nal también escuchar depende de la mirada. Pues para escuchar hay que ver bien. En buena medida el escuchar es también un ver, si no sé ver entonces no puedo escuchar. Nunca la comunicación ha sido realmente verbal. Lo que hago cuando te escucho es explorar mi mundo, re- descubrirlo (desvelarlo) y generar mis propias imágenes. Oigo lo que dices, escucho lo que entiendo y veo lo que deseo. Los “lentes de no contacto”186

son fi nalmente ineludibles, requiero de un lente para enfocar, pero ese enfoque me separa de lo enfocado. Tocar el mundo con los ojos es precisamente rozar la diferencia (no hay roce sin ella) derivada de la diferancia.187

El velo de la Verdad que se intenta comunicar —aunque nunca se tuvo— son las palabras. Lo verdadero de la Verdad es inalcanzable, no por una cuestión de distancia sino de cercanía. No puedo ver lo que no está separado de mí. De tan cerca está infi nitamente lejos, nada más lejano que lo que está frente a mí. Y al fi nal, la manera de mirarse a uno mismo supone comparación con lo que no se es. Nunca un contacto real, sólo representaciones, velaciones continuas de supuesto saber. Todo esto de igual modo sucede con la Nada, puesto que no sólo está cerca del visor que es cada uno, sino que cada uno lo es en sí mismo. Por si fuera poco, hemos heredado una lengua que nunca ha sido realmente nuestra. El lenguaje es el modo de distorsionar lo que ya se había distorsionado con la mirada. El velo se multiplica.

Sólo buscamos disminuir nuestro no-ser en la apariencia de ser algo. ¿Cómo disminuir el no-ser sino siendo? ¿Pero cómo ser si no se es? Lo que queda es disimular el no-ser ¿Y qué mejor manera que no ver? Tenemos entonces una ceguera disimulante.

186 Derrida y Cixous, op. cit., p. 23.

Tu mirada me permite verte verme. Tu mirada desvela el hecho innegable de los velos que me poseen. Nadie me verá sin el velo de la representación visual y de la interpretación verbal. Verte verme y permitir que veas que te veo no es más que asegurarnos de la imposibilidad del mutuo conocimiento. Conocimiento que tampoco es posible hacia mí mismo pues no puedo verme viéndome, sólo veo la imagen que se muestra y refl eja en objetos. No puedo mirarme como me miras en el sentido de la posición de ser mirador, ni en el sentido del contenido de la mirada, de la consecuencia cognitiva en ti de mirarme.

Por otro lado, el lenguaje es el instrumento ineludible para poder entender textos, leer. Al fi nal, “saber leer sólo se logra desde la prenda dada”188 y por ello

le debo a lo dado el signifi cado torcido. Poder contradecir un velo con otro velo no consiste sólo en anteponer: “no basta con disponer de conceptos, hay que saber colocarlos, como se colocan las velas de un barco, a menudo para esca- parse claro, pero a condición de coger el viento en las velas”,189 es un asunto de

fuerza. Las velas son las palabras, su colocación las transforma en conceptos. Ser dialéctico signifi ca tener la fuerza del viento de la historia en las velas. Al fi nal, el consenso lo da la concordancia con lo dicho. La inconcordancia genera revuelo pues supone un desvelo, pero también un avance probable.

Lo que el saber no sabe es lo que sucede, lo que en este momento sucede o lo que sucede en otro. De ahí que hay que saber otro sa(v)er, el sa(v)er del otro. Un saber que permite ver y no el saber que vuelve ciegos a quienes saben. Fi- nalmente, la muerte es el momento en que dejaré de mirar. La muerte quitará todo velo aunque no podamos ver lo desvelado pues, entonces, nosotros mis- mos nos habremos desvelado ante la muerte. La muerte que libera, la Nada que es. El desvelo fi nal.