La figuratividad e idiomaticidad en el marco de la lingüística cognitiva
5.2. La figuratividad en el marco de la Teoría del Lenguaje Figurado Convencional (TLFC)
Como señala L. Timofeeva (2008: 316), aunque la pertenencia de la fra- seología al acervo del lenguaje figurado constituye un hecho comúnmente aceptado, los criterios de la figuratividad fraseológica generalmente son ambiguos y no llegan a explicitarse. La figuratividad, vinculada a la irre- gularidad (o idiomaticidad) de las expresiones idiomáticas, se contempla como un rasgo característico “natural” de todo tipo de unidades lingüís- ticas cuyo significado se define como “no-literal”. Sin embargo, según los estudios recientes (cfr. Dirven, 2002; Stern, 2000), la figuratividad es un fenómeno gradual y resulta poco adecuado tratarla como sinónimo de la no-literalidad.
Con el objetivo de establecer criterios que permitan determinar si una unidad dada es figurativa y, seguidamente, fraseológica, D.O. Dobrovol’skij sistema un valor idiomático irónico, presentan, por su significado, una especial tendencia a ser empleadas en muchos contextos en sentido irónico (Timofeeva, 2007:§ 4.2., 2008: 437—441). Estas expresiones periféricas se distinguen de los usos irónicos ocasionales (Timofeeva, 2007: § 4.3., 2008: § 4.3.3.2.) a que pueden estar sujetos potencialmente todos los tipos de UF (Olza Moreno, 2009: 88).
y E. Piirainen proponen recurrir a su Teoría del Lenguaje Figurado Conven- cional (Conventional Figurative Language Theory), según la cual las diferencias entre las unidades léxicas figurativas y no figurativas residen precisamente en el hecho de que codifican diversos tipos de conocimiento. Así pues, todos los esfuerzos por analizar el lenguaje figurado por sí mismo, sin tener en cuenta el conocimiento extralingüístico, están condenados al fracaso. Como admiten los propios autores, “idioms are one of the central classes of conven- tional figurative language, but by no means the only class”14 (Dobrovol’skij
y Piirainen, 2005: 1). Es decir, las expresiones idiomáticas se consideran lo prototípico de las UFC, no obstante, esto no significa que la figuratividad de cada una de las expresiones de este tipo se conciba siempre de la misma manera: se pueden observar varios grados de la misma.
Los investigadores mencionados no entienden la figuratividad de la misma manera que G. Lakoff y M. Johnson (1986: 52), quienes la tratan como la parte no “usada” de la metáfora conceptual: “These sentences15
fall outside the domain of normal literal language and are part of what is usually called ‘figurative’ or ‘imaginative’ language” (ibídem: 53). Según D.O. Dobrovol’skij y E. Piirainen (2005: 14), una gran parte de las metá- foras convencionales es figurativa incluso si no “cae” fuera de las partes “usadas” de los modelos metafóricos en cuestión. En su opinión, no todas las metáforas y metonimias pertenecen al lenguaje figurado. Lo primordial reside en el hecho de que estas unidades poseen el componente de imagen
(image requirement) claramente y (más o menos) perceptible y presentan la
denominación adicional (additional naming) (ibídem: 24).
En el apartado que sigue expondremos en qué consisten estos dos requi- sitos gracias a los cuales se pueden distinguir las unidades convencionales en función de la figuratividad.
14 Según los autores, la mayoría de los proverbios (algunos no son figurados y mantienen
su sentido literal, como every beginning is hard) o metáforas monolexemáticas (one-word meta-
phor) pertenecen también al lenguaje figurado; en cambio, las “metáforas muertas o fósiles”
(cfr. Lakoff y Johnson, 1986), aunque forman parte del lenguaje no-literal, no son figurativas (cfr. Dobrovol’skij y Piirainen, 2005: 13).
15 Se trata de las metáforas novedosas tipo His theory has thousands of little rooms and long,
winding corridors que, según G. Lakoff y M. Johnson, presentan la figuratividad frente a las
expresiones convencionales como construct a theory o foundation of a theory al caracterizarse por la literalidad.
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5.2.1. El requisito de imagen
Según D.O. Dobrovol’skij y E. Piirainen (2005: 5), lo que subyace al significado de una unidad figurativa es una estructura conceptual especí- fica basada en la imaginería mental: “The image component, i.e. a specific conceptual structure mediating between the lexical structure and the actual meaning of figurative units, is a relevant element of their content plane” (ibídem). Así pues, el requisito en cuestión está vinculado al concepto de
componente de imagen (image component), dado que postula que una unidad
es figurativa siempre y cuando se pueda rastrear una imagen que sustenta su significado.
La definición del componente de imagen, elaborada por D.O. Dobrovol’skij y E. Piirainen (2005: 14), a través del cual podemos comprender mejor la naturaleza de las unidades figurativas en general, y las fraseológicas en particular, hace referencia a un nivel conceptual adicional que presentan las unidades figurativas, cuyo plano del contenido, a diferencia de las unidades léxicas simples, no consiste solamente en el significado “puro”, es decir, el significado actual denotativo, sino que posee también un segundo nivel conceptual en el que se crean asociaciones entre aquel y la forma literal de la unidad. Este segundo nivel conceptual es el que conforma el componente de imagen (cfr. Timofeeva, 2008: 320).
Por todo ello, la esencia del componente de imagen consiste en la ha- bilidad sincrónica de una unidad lingüística de designar un referente de manera indirecta, a través de otro concepto. Una unidad figurativa difiere de la literal, ante todo, en la habilidad de combinar dos niveles conceptuales distintos en su estructura semántica (Dobrovol’skij y Piirainen, 2005: 17).
En la opinión de L. Timofeeva (2008: 320—321), el concepto de compo-
nente de imagen entronca con el de idiomaticidad como mecanismo originario
de unidades figurativas, pues se identifica en muchos aspectos con las ope- raciones reinterpretativas que subyacen a la idiomaticidad (vid. 5.4.1.). Es decir, el concepto de idiomaticidad incluye la noción de componente de imagen, pues este “materializa” la aplicación de los esquemas de reinterpretación en cada UF concreta. Del mismo modo, según la lingüista, tal relación explica que la presencia del componente de imagen se erige en un requisito del lenguaje figurado (el requisito de imagen), ya que si la idiomaticidad es el mecanismo que está en el origen de las unidades figurativas complejas, el componente de imagen, que forma parte de él, obligatoriamente debe estar presente en la figurativización.
Cabe resaltar que, según algunos investigadores, entre ellos D.O. Dobro- vol’skij (1996: 73, apud. Timofeeva, 2008: 321), la mención de una UF dada con frecuencia evoca en la memoria no tanto la imagen que fundamenta
dicha unidad, sino la situación en la que el hablante la oyó por primera vez. Por tanto, a menudo, cuando el hablante desconoce el significado conven- cionalizado fijado en el diccionario, puede inferir un significado que difiera en alguna medida de aquel, así como crear una etimología propia y original de la UF, que nada tenga que ver con la real (ibídem).
Como señalan D.O. Dobrovol’skij y E. Piirainen (2005: 141), la intuición de los hablantes nativos de que una unidad figurativa es transparente se basa en un razonamiento retroactivo (backward reasoning). Es decir, los ha- blantes normalmente conocen el significado actual de una UF simplemente porque lo han aprendido; solo a posteriori aplican tal conocimiento a la es- tructura léxica de la UF y reconstruyen la proyección conceptual posible.
5.2.2. El requisito de denominación adicional
Otro criterio que permite distinguir la unidad figurativa de la literal, el de denominación adicional, hace referencia al hecho de que un lenguaje figurado es una parte secundaria, no obligatoria e, incluso, decorativa del sistema lingüístico. Es decir, una unidad figurativa no es la única manera de expresar el significado que encierra, hay expresiones mucho más directas y simples desde el punto de vista cognitivo que designan la misma entidad. Por ejemplo, decir desatinos o proferir con ira denuestos, blasfemias, juramentos vs. echar alguien sapos y culebras. Por ello, una unidad figurativa constituye una manera adicional (no primaria, sino secundaria) de denominar cosas, propiedades, acciones, estados, eventos y mucho más; es una unidad de denominación secundaria (ibídem: 18).
Así pues, como constata L. Timofeeva (2008: 317—318) que también basa sus investigaciones en la TLFC, las unidades figurativas no son semánti- camente igualables a las unidades de denominación primaria, pero guar- dan relación con ellas en términos de subordinación16. De esta manera, al
concepto de engaño corresponde, por una parte, la denominación primaria expresada a través de la palabra engañar (nivel básico), mientras que dársela
con queso (nivel subordinado) constituye una especificación del concepto
expresado a través de la denominación primaria y la afinación del mismo
16 En el marco de la lingüística cognitiva, las unidades figurativas pertenecerían al ni-
vel subordinado de la categorización (cfr. Cuenca y Hilferty, 1999: 42—46); en cambio, las unidades de denominación primaria corresponderían al nivel básico, esto es, el nivel de abs- tracción donde realizamos la categorización básica y establecemos relaciones graduales “de discriminación intercategorial y de similitud o parecido intracategorial” (Cifuentes Honrubia, 1994: 151).
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por añadidura de una serie de matices y datos de índole modal, principal- mente (ibídem).
Tal y como ponen de manifiesto D.O. Dobrovol’skij y E. Piirainen (2005: 18), la aplicación práctica de este criterio presenta algunas dificultades. El primer problema está vinculado al fenómeno de la sinonimia léxica. En la lingüística actual predomina la opinión de que dentro de una misma lengua difícilmente se pueden encontrar dos términos estrictamente sinoní- micos, que signifiquen lo mismo; a veces uno puede parecer más básico que el otro (hablar vs. comunicar, conversar, charlar). No obstante, en estos casos, el hecho de poseer un término de denominación primaria y la posibilidad de expresar casi lo mismo de maneras distintas, no nos legitima para opinar que uno de los cuasi-sinónimos es literal, mientras que los otros son figurativos (cfr. Dobrovol’skij y Piirainen, 2005: 18; Timofeeva, 2008: 318).
El segundo problema reside en el hecho de que las unidades léxicas pue- den ser percibidas de manera intuitiva como figurativas aunque no poseen una contrapartida literal, al menos en el lenguaje cotidiano (Dobrovol’skij y Piirainen, 2005: 18). Como ejemplo, los autores recurren a la expresión
sea horse (caballito de mar). Dicho animal no cuenta con otra denominación
posible que designe este tipo de pez (el término latino hippocampus, propio de la taxonomía biológica, según los autores, no puede considerarse como una contrapartida literal propiamente dicha), sin embargo, la expresión en cuestión puede evocar asociaciones basadas en la imagen fijada en su es- tructura léxica. Por tanto, debido a la transparente estructura de constituyen- tes (sea+horse) la expresión presenta un componente de imagen reconocible desde un punto de vista sincrónico y concebido como una unidad léxica convencional de cierta base metafórica. No obstante, en la opinión de los lingüistas, este hecho no constituye un argumento decisivo para incluir la expresión sea horse en el grupo de las unidades figurativas. Para que la unidad léxica sea considerada como figurativa ha de cumplir no solo el requisito de imagen, sino también el de denominación adicional, incumpli- do en este caso. Lo mismo pasa con las combinaciones castellanas elefante
marino o hierba pastel.
En la opinión de L. Timofeeva (2008: 319), en los casos arriba menciona- dos no se puede hablar del incumplimiento del requisito de denominación adicional en sentido estricto. Un término latino no se adecua exactamente al papel de denominación alternativa, pero tampoco se puede ignorar su existencia. Por tanto, en lugar de excluir este tipo de unidades del acervo figurado, la investigadora postula contemplarlas como casos periféricos del mismo, tratando las peculiaridades de la denominación adicional como cri- terio para determinar tal posición.
Como corroboran D.O. Dobrovol’skij y E. Piirainen (2005: 18), estos dos criterios heurísticos que permiten distinguir las unidades figurativas
de las no-figurativas aparecen en distintas combinaciones y pueden tener un carácter gradual:
a) una expresión que no tiene componente de imagen pero presenta la de- nominación adicional, se considera no figurativa;
b) una expresión que tiene componente de imagen pero no presenta la de- nominación adicional, se considera también no figurativa; sin embargo, en este dominio se pueden encontrar algunos casos fronterizos: el caso de sea
horse arriba mencionado o el término ratón del ámbito de informática;
c) una expresión que tiene componente de imagen (más o menos fuerte) y es una unidad de denominación secundaria —dos requisitos están cumpli- dos—, se considera figurativa. Una gran parte de nombres (no técnicos) de plantas, aves o insectos pertenecen a este grupo. Además, cuanto más fuerte es la imagen, más posibilidad de que una unidad léxica se conciba como figurativa.
Asimismo, como ponen de manifiesto los propios autores de la TLFC (ibídem: 19), es difícil establecer una definición estricta del concepto de
figuratividad si no se analizan con detalle distintos tipos del lenguaje figu-
rado. Así pues, las expresiones figurativas incluyen, sobre todo, todas las metáforas y metonimias novedosas del lenguaje poético, así como todas las metáforas y metonimias convencionales figurativas (palabras, locuciones, proverbios, etc.) que hacen referencia al denotatum de manera indirecta a través de otros conceptos, mientras que existe otra, más simple y directa, forma de designar el referente. Además, existen expresiones idiomáticas semánticamente ambiguas (por ejemplo, los somatismos) que al principio se pueden concebir tanto desde el punto de vista literal como el figurado.