Durante los últimos años, se han multiplicado las monografías, manuales y artículos que, influidos quizás por cierta terminología de la cultura cristiana, describen la «muerte» y «resurrección» de la filosofía política en el siglo XX. En lo que todos parecen coincidir, es que la principal causa del oscurantismo, en la cual se sumió esta disciplina en la primera mitad del siglo pasado —amén de la inestabilidad política del período de entreguerras y la profunda crisis económica—, fue el dominio arrollador del positivismo y
su influencia sobre todas la disciplinas académicas de la época19.
18 Sunstein ha desarrollado una interesante propuesta a propósito de esta idea liberal del
«marketplace of ideas», confrontándola (como veremos más adelante) con el «system of democratic deliberation» [SUNSTEIN, CASS: Democracy and the problem of free speech,
The Free Press, Nueva York, 1993, pp. 17 y ss.].
19 «La filosofía esta muerta —he oído decir— y la han matado los positivistas lógicos y sus
sucesores al demostrar que muchos de los problemas de que se ocupan los grandes pensado- res políticos del pasado eran espurios, basados en confusiones del pensamiento y en el mal uso del idioma» [PLATENATZ, JOHN: «La utilidad de la teoría política», en QUINTON,
El positivismo lógico consistió en la congregación de una amplia
tradición del empirismo como fuente del conocimiento20, lo que desembo-
có en la creencia de que el único conocimiento verdadero era aquel que podía aplicar, para su validación, a la realidad, la experiencia o los hechos. La inicial admiración de los filósofos por los progresos de las ciencias, tanto materiales como humanas (piénsese, por ejemplo, en el «Círculo de Viena»), fue precedida por su intención de propiciar la realización de una filosofía en la cual sus principios fuesen consecuentes con la evolución científica, tanto natural como social; además de que quebrase con los fuer- tes esquemas de la metafísica idealista y el racionalismo clásico. De esta forma, todo enunciado o proposición que no se correspondiera al simple testimonio de un hecho no encerraba ningún sentido real e inteligible, ne- gándose así la importancia de la metafísica y la filosofía misma. En defini-
tiva, modernidad, ciencia y razón valían como sinónimos21.
ANTHONY: Filosofía política, traducción de E. L. Suárez, colección Brevarios, número
239, Fondo de Cultura Económica, México, 1974, p. 35, (pp. 34-51)].
20 La filosofía del sujeto —que inauguró Descartes— concibió a la razón como una entidad
trascendental, situada allende del mundo y que, en total soledad, observaba las cosas y los hechos. Esta relación monológica (sujeto/objeto), pronto se emparentó con el modelo aristotélico de la acción teleológica y quedó convertida en una razón cognitiva instrumental, o sea, con arreglo a ciertos fines. La razón logocéntrica, tal y como es concebida en el modelo clásico de ciencia que representa la física, está internamente ligada al criterio de validez asertórico que constituye la verdad proposicional (éste es el canon que gobierna el proceso de aprehensión de la realidad por el intelecto). Tal concepto posee la connotación de una autoafirmación con éxito en el mundo objetivo, posibilitada por la capacidad de mani- pular informadamente y de adaptarse inteligentemente a las condiciones de un entorno con- tingente [HABERMAS, JÜRGEN: Teoría de la acción comunicativa, traducción de M.
Jiménez Redondo, editorial Taurus, Madrid, 1992, pp. 125 y ss.].
21 Esta visión «técnica» de la racionalidad, así como sus implicaciones sociales, fueron blanco de
atención por parte de muchos filósofos políticos del siglo XX. Desde «la derecha» (por decirlo de algún modo), Heiddeger identificó en ella a la esencia totalitaria de su época; un principio que se trasunta en unas técnicas de dominación de la naturaleza, de conducción de la guerra y de cría de razas que todo lo avasallan. De igual modo, y desde «la izquierda», Habermas quiso poner en duda el concepto de racionalidad cognitiva instrumental que postula el positivismo: un reduccionismo que ha atenazado a la filosofía occidental durante gran parte del siglo XX y que ha reclamado, en forma contumaz, el ámbito de las cuestiones que se pueden decidir con fundamen- to [HABERMAS, JÜRGEN: Conciencia moral y acción comunicativa, traducción de R. García
Cotarelo, sexta edición, colección Historia, Ciencia, Sociedad, número 249, editorial Península, Barcelona, España, 2000, p. 61]. En definitiva, como alguna vez se lamentó Foucault, «La filoso- fía al fin se ha salido con la suya —o la ciencia pura y las ciencias sociales se han salido con la suya— y nos vemos gobernados por expertos en estrategia militar, medicina, psiquiatría, peda- gogía, criminología y demás» [FOUCAULT, MICHEL: Discipline and punish: The births of the prission, traducción de A. Sheridan, Vintage Books, Nueva York, 1979, p. 223].
Después de varias décadas de mala prensa en la filosofía moderna,
el razonamiento práctico22 —o sea, el uso de la razón como un instrumento
idóneo para afrontar discusiones morales y políticas— experimentó un re- surgimiento a partir de los últimos treinta años. Sin embargo, la fecha y causas de esa «resurrección», son todavía motivo de disputa. Algunos, qui- zás la mayoría, sostienen que no fue sino hasta 1971, con la publicación de
A theory of justice de John Rawls, que la filosofía política volvió a gozar
de buena salud. La publicación de esta obra, ciertamente la más importante en su género, sería la principal responsable del (re)nacimiento de la filoso-
fía moral y política en occidente23. Otros, en cambio, han sostenido que si
bien la historia del pensamiento puede sufrir transformaciones aceleradas, es muy difícil que existan cortes tajantes que expliquen, por sí solos, di- chos cambios. Lo que sucedería, es que se tiende a confundir el período de desarrollo de una idea con su fecha de nacimiento (es decir, el momento en que una idea se ha convertido en una tradición y ha adquirido ya una iden-
tidad propia)24.
¿Qué se escribió y publicó inmediatamente concluida la Segunda Guerra Mundial?
A finales de la década de los cuarenta, con motivo de una nueva publicación del Leviatán (1946), Michael Oakeshott presentaba una novedosa visión y aproximación a la política, al mismo tiempo que, dos
22 Para una conceptualización de «razón práctica», ver RAZ, JOSEPH: Razón práctica y
normas, traducción de J. Ruiz Manero, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1991,
pp. 12, 13 y 14.
23 Ver, por ejemplo, BARRY, BRIAN: «The strange death of political philosophy», en BARRY,